El vendedor de silencio, de Enrique Serna

Una ontología del machismo mexicano

Cultura / crítica / Diciembre de 2019

Eloy Urroz

Samuel Ramos, Octavio Paz, Roger Bartra y algunos más nos han dado su propia visión del mexicano —léase: su psicología, su mitología, sus embelecos y tics, su idiosincracia u ontología, en resumen, una posible anatomía de sus taras, virtudes y supersticiones—. Ninguno de estos ensayos logró, sin embargo, convencerme tanto como lo hiciera una sola novela: La muerte de Artemio Cruz, la cual traslada a la ficción lo que Paz quiso hacer con El laberinto de la soledad. Digo esto porque lo que, en apariencia, es la verídica historia de un poderoso periodista mexicano, Carlos Denegri, es, en el fondo, la mejor y más incisiva radiografía que se ha hecho de nosotros (los mexicanos) desde la publicación de la novela de Fuentes en 1962. No estoy ni siquiera seguro de que Serna intentara hacer esto —si buscaba o no elaborar una cosmovisión (o patología) del mexicano post-Artemio Cruz—, pero eso es justo lo que, al final, acabó por hacer en esta extraordinaria novela de casi 500 páginas. Lo que parecía ser una biografía novelada bien documentada sobre el más influyente personaje del periodismo mexicano de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, acaba por convertirse en una sinécdoque del mexicano (Denegri somos todos), un mapa incisivo (y francamente terrible) de nuestro clasismo y racismo ancestral. Sirva como botón de muestra esta declaración de principios entresacada a partir de un diálogo que Denegri tiene con Jorge Piñó Sandoval, su reverso, su némesis, uno de esos escasos periodistas que no se vendieron a los poderosos durante los 71 años de priismo: “Nunca supiste darte a respetar, Jorge. Por eso acabaste de burócrata segundón. El que se agacha una vez se agacha toda la vida. ¿No has entendido que en este país sólo se respeta a los chingones?” (p. 355). O bien: “Como muchos hombres con poder, elegí el bando de los chingones para deslindarme de los jodidos […]. Para nosotros, las leyes no valen nada y el código civil menos que ninguna” (p. 457). Ojo: el que habla es Denegri, el chingón por antonomasia, el defeño aventajado y transa, el criollo o mestizo convencido de que hay que sobajar para no ser sobajado, el burgués que piensa que entre más humille al de abajo más se da a respetar, el eterno prepotente y racista que cada uno lleva dentro y contra el que bregamos (o no) desde que nacemos en México, ora porque lo heredamos, ora porque lo mamamos o bien porque lo emulamos de papá. Para los que nacimos en los sesenta o después, el nombre Denegri no significa nada. Para los que nacieron antes significa muchísimo. Su voz, sus artículos de opinión en Excélsior, sus programas de televisión podían arruinar o ensalzar vidas enteras, destronar o catapultar a políticos corruptos o empresarios, determinar una candidatura o el rumbo político de nuestra nación (por insólito que parezca) y, por eso justamente, había que estar “bien” con Denegri, por ello había que comprar su silencio a como diese lugar. No era tanto lo que denunciara o criticara, sino lo que Denegri se callaba y guardaba en su archivero secreto. Sí, en la venta de silencio Denegri encontró su mina de poder. La dinámica del “chayotazo” o el “embute” (a según) era simple y hoy se emplea cotidianamente: ora Denegri se alineaba con el poder corrupto en nombre de las instituciones, ora Denegri y su asistente investigaban los puntos flacos de esos politicastros a los que había que esquilmar hurgando, primero, en sus vidas privadas para, acto seguido, amenazarlos con publicar la verdad. Con la venta de su silencio, Denegri se forjó un emporio y, más importante, expandió su radio de poder hasta los mismos presidentes de la república. Fue amigo íntimo de Miguel Alemán y solapó al hermano incómodo de Manuel Ávila Camacho, Maximino, probablemente el personaje más temido y corrupto de la primera mitad del siglo XX mexicano. Su estela de poder llegó hasta Díaz Ordaz pero luego se vino abajo con Echeverría, quien le tuvo siempre ojeriza desde que los dos se conocieran en una tertulia literaria cuando aún eran jóvenes. Imposible no asociar El vendedor de silencio con otras dos novelas diametralmente distintas en el tiempo y el espacio, dos obras cuyas premisas curiosamente se acercan: La conciencia de Zeno de Italo Svevo y Don Catrín de la Fachenda de Fernández de Lizardi. Pero ¿qué tienen que ver estos relatos con la novela de Serna? La conciencia. En ese vértice se enlazan pues las tres se zambullen en la conciencia de un pillo, un vivales, un crápula, un “jodeputa”, que no hace sino justificarse cada vez que comete un despropósito, una sinvergüenzada o incluso la peor fechoría. En esta conciencia corrompida que Zeno, don Catrín y Carlos Denegri comparten se encuentra el gran hallazgo de estas novelas: sus héroes no tienen la conciencia mancillada ni se arrepienten de sus veleidades (o maldades) porque los tres son lo que llamaríamos unos “relativistas morales”, los tres están convencidos de su bien hacer a pesar de que sus lectores opinemos lo contrario. Baste un ejemplo entre cientos en El vendedor de silencio para explicar lo que digo: “A título personal, él [Denegri] estaba a favor de las luchas obreras, pero desde que entró al juego de los embustes y las igualas tenía dos conciencias: la propia, enmohecida por falta de uso, y otra de alquiler, sujeta a los vaivenes de la política personal” (p. 205). El otro vértice que hace de El vendedor de silencio una novela doblemente acerada con nuestro carácter e idiosincracia nacionales es su incisiva penetración en el machismo de Denegri, es decir: en nuestro ingénito machismo. No ennumeraré las salvajadas y vejaciones cometidas por el periodista, algunas de ellas inenarrables, como la ordalía a la que condena a su criada Damiana, quien, por haber engañado a su marido, es maniatada con un improvisado arnés y amarrada de la cintura y las axilas, para luego ser arrastrada a caballo por Denegri por toda la avenida Sonora hasta Insurgentes:

Estaba vengando a Basilio [su chofer] pero también a sí mismo, a todas las víctimas inocentes de las malas pécoras, de las falsarias con furor uterino que le abrían las piernas a cualquier pelafustán […]. Maridos, padres, hermanos, todos hundidos en la ignominia por la brama de esas rameras. El divino placer de hacerse justicia por su propia mano lo embriagaba más que el alcohol y la coca (p. 303).

Y he aquí el centro irradiador de la novela, el cual no es otro que el miedo intestino de Denegri, su inseguridad y el legendario encono a las mujeres, todo lo cual sólo se explica hasta el final, en uno de los capítulos más trágicos de la literatura o de la vida que yo haya conocido. Y digo trágico en el sentido literal (ese “canto del macho cabrío”), donde el héroe en su pathos descubre la verdad escondida en un momento de agnición terrible, un suceso revelador tan poderoso que consigue torcer su destino para siempre. Ese dato escondido de la madre y sólo revelado en 1945 —cuando Denegri tiene 34 años de edad y viaja a San Francisco— parece ser, o al menos eso se deduce del diagnóstico-novela de Serna, el resorte que catapulta su incomprensible misoginia. Aquí no contaré el suceso para no estropear el desenlace; sólo concluyo con esta otra confesión que hará al padre Alonso hacia el final de la novela: “Toda la vida he aborrecido en secreto a las mujeres que deseo. Las amo y las temo con la misma fuerza. Cuanto más guapas, menos confianza les tengo. Presiento sus traiciones, y como el que pega primero pega dos veces, me adelanto a ellas con castigos preventivos” (p. 456). No por azar, Denegri morirá balaceado por su esposa, a quien poco antes había él mismo intentado balacear. El que a hierro mata…

Alfaguara, Ciudad de México, 2019

Imagen de portada: Emma Berliner, sin título, 2018. Cortesía de la artista