Cultura UNAM

Teoría del Monsieur Bébé

Género / panóptico / Marzo de 2019

Alessandro Raveggi

Los enfant prodige frecuentemente son descritos como relámpagos que atraviesan un cielo sereno: llegan, alteran todo y se van. Son los primeros, en absoluto. Pero, al mismo tiempo, conocemos muy pocos enfant prodige que se hayan convertido, al menos en el apenado mundo de la literatura, en prodige adultos: que hayan establecido una carrera duradera, dejándonos vestigios sustanciosos. Sus vidas se prestan para un trágico epílogo o para un vuelco imprevisto, una fulguración espiritual que los apague y los obligue a huir de la literatura o de la vida. Si los dioses desean a los jóvenes, entonces quien es joven y prodigioso, al parecer, resulta aún más atractivo. Una de las fábricas más eficientes de niños prodigio ha sido Francia, justo entre el siglo XIX y el XX. Los primeros que se nos vienen a la cabeza son tres “clásicos”: antes que nadie, incluso en orden cronológico, el infaltable Rimbaud; e inmediatamente después, casi contemporáneamente, se encuentran Radiguet y Alain-Fournier, probablemente menos famoso que su Le Grand Meaulnes, la única novela que Sal Paradise de On the Road se permite llevar consigo a su vagancia. ¿Cuál es una de las características en común más evidentes de estos enfant prodige, además de ser frecuentemente un desafío a la moral de su época? Los tres nos demuestran que no habrían sido tales sin su propio Pigmalión o controcanto; al cual rara vez sobrevivieron, pues, como ya dijimos, fueron estrellas fugaces. Uno huyó a África para convertirse en mercader de armas y esclavos, y más tarde morir alucinando “en una especie de sueño continuo”, durante el epílogo de un terrible cáncer de hueso, como escribe su hermana, Isabelle Rimbaud; otro fue aniquilado por la fiebre tifoidea a los veinte años; otro más fusilado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Respecto a sus controcanto, sabemos de Rimbaud que encontró a su Virgen Loca (llamada “el cerdo” en otra ocasión), Paul Verlaine que, inconsolable después de la fuga de su amante, buscó alivio en otro enfant, Lucien Létinois. Létinois murió jovencísimo de tifus, como también Radiguet… Este último es un claro ejemplo de enfant interrumpido: en octubre de 1918, con sólo quince años, tocó a la puerta de Jean Cocteau y trastornó su vida y producción para siempre. Murió en diciembre de 1924 solo y abandonado por todos, en su lecho de la rue Puccini en París: “Escuchen una cosa terrible: dentro de tres días seré fusilado por los soldados de dios”, confesó. Y la orden fue ejecutada. Y, finalmente: Alain-Fournier, que impactó la trayectoria de otro prodigio de la crítica literaria: Jacques Rivière, con quien compartió parte de sus estudios y una hermana, que se casó con el segundo. Él, como ya dijimos, muere en la Primera Guerra Mundial y deja un único libro. En cambio, su amigo Rivière más tarde es nombrado director de la Nouvelle Revue Française, contribuyendo al mito de Baudelaire y de Proust. Años después, bajo una gélida ironía del destino, Rivière murió también de tifus y siguió con sólo 39 años los pasos de su amigo.

Jean Marais. Fotograma de la película Orphée de Jean Cocteau, 1950

El segundo que mencionamos, Radiguet —pues ¿qué no se trata de realizar una teoría de los segundos? Que así sea, ¡hasta el final!— es un caso al que hay que prestar especial consideración. Una figura que bien describe la teoría de la “segundeidad” de los enfant prodige: su existencia como ángeles más que como mesías, flamas imprevistas que de repente hasta alivian, pero que se consumen velozmente entre las manos de quien las hospeda. La figura de Radiguet es sugestiva, porque él mismo rechazó en diversas ocasiones la retórica del niño prodigio: se presentó en casa de Cocteau con actitud madura, llevando consigo incluso un bastón para caminar: un “nacido con cuarenta años”, un “joven prodigio que detestaba a los jóvenes prodigio”, como dijo el mismo Cocteau, quien lo protegió y vampirizó. Radiguet escribió también contra la escuela que nos mantiene gombrowiczanamente jóvenes (“nos enseñan a quedarnos jóvenes / a nosotros que queremos envejecer”, en el poema “Los novios de trece años”) y rechazó el malditismo en diversas ocasiones. De la juventud poseía seguramente la imprudencia, la impaciencia y la curiosidad e incluso la inconstancia: de ahí la exigencia de un mentor determinado y ya establecido como Cocteau… Desde los dieciséis años, vagabundeaba por Montmartre y dormía frecuentemente en la rue Gabrielle en la casa de Max Jacob, quien lo lanzó en su revista. Mantuvo intercambios epistolares y discusiones con Aragon y Breton, y menospreció al así llamado Suicide Club de los dadaístas, influido por la campaña de rappel à l’ordre del mismo Cocteau. Quien, ahora podemos decirlo, también contribuyó en definir y pulir la imagen de Radiguet en sociedad: le aconsejó acentuar su estilo dandy; el monóculo, los guantes blancos, las solapas con pico, las corbatas de seda… Aunque muchos otros testigos de esa época hacían referencia a su mirada miope, al cabello mal cortado y labios partidos: ¿estaba quizá Cocteau demasiado enamorado para ver ciertos pequeños defectos? Raymond y Jean escribieron juntos una ópera lírica para Satie, fundaron la revista Le Cocq, pasaron los veranos juntos, desnudos en las playas de Piquey y de Pramousquier, y Cocteau incluso toleró sus infidelidades, como la relación que mantuvo con Brancusi. Se dice hasta que, en un momento de su vida juntos, ambos adoptaron la misma grafía… En pocas palabras, Radiguet se convirtió en producto de su Pigmalión, que lo llamaba con cariño Monsieur Bébé. De él decía que era “el genio del cual me siento honrado de ser maestro y discípulo”. Croce e delizia, podríamos decir: Cocteau se atormentaba por la vida despreocupada del joven, que llegó de la campiña del valle del Marne, y que se presentaba a las citas siempre muy imbibé d’alcools. La Ville Lumière, con sus cabarés y su frenético ritmo —al cual contribuyó también su mentor con el lanzamiento en los mismos años del famoso club Le Boeuf sur le Toit— corrompía rápidamente su apariencia física, sin contar con el vampirismo de Cocteau. Aun siendo una querida amiga suya, la diseñadora Coco Chanel se refirió a él con un comentario poco generoso: “es un pequeño burgués sin talento que intenta desesperadamente robarles las ideas a sus colegas”. Dijimos que los enfantes prodiges son ángeles fugaces. Podríamos agregar que, por los escándalos pasados y presentes de Radiguet, Cocteau el Vampiro fue también una especie de sacerdote censor: aconsejó al joven poeta no publicar algunos versos que le parecieron demasiado obscenos, con la intención de demostrar una imagen casi católica del muchacho en sociedad. Sin embargo, el joven fue para él un ambiguo ser, musa y ángel de la muerte. Tanto así, que lo inmortalizó en el famoso poema del ángel Heurtebise en el cual leemos un retrato de Raymond: “Chico bestial, flor… con mejillas ardientes… cae disparado por los soldados de dios”. Heurtebise se presentará otras veces, con diversos roles, en la producción de Cocteau, tanto en el teatro como en el cine —así como también Cocteau tuvo otros jóvenes ángeles: el actor-fetiche Jean Marais o el hijo adoptivo Édouard Dermit—. Los ángeles van, los ángeles vienen, y es que no sólo son mensajeros, sino incluso meros funcionarios-soldados-burócratas del cielo: leitourgoi, y “guardianes de la puerta”, como diría Kafka. “La ciencia innata del estilo, la gracia de un árbol que habla y habla nuestra lengua, las aves encantadas por un espantapájaros volcado, aquí están las razones de la soledad extrema de Raymond Radiguet”, escribió Cocteau a Jacques Maritain, su guía espiritual cuando se encontraba devastado por el uso de opio, con el que aliviaba la muerte de Monsieur Bébé. “Usted conoce lo que yo llamo los guantes del Cielo”, le escribía así el poeta, “El Cielo a veces usa guantes para tocarnos sin ensuciarnos. Raymond Radiguet era un guante del Cielo. Su forma era como un guante en el Cielo, y cuando el Cielo quita la mano, entonces es la Muerte”. L’enfant prodige como un guante que se desliza fuera de las manos del Cielo: ¡qué imagen sublime de segundeidad!

Agradecemos a Valeria Farill por la traducción del italiano.

Imagen de portada: Wilhelm von Gloeden, Terra del fuoco, 1895