P.O.L.

Éxodos / panóptico / Febrero de 2018

Philippe Ollé-Laprune

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Editar es un oficio de sombra. Esta labor de quien debe desparecer para alumbrar mejor la labor de otro, cobra todo su valor en el recogimiento y la discreción. El mito de la figura del editor se alimenta con imágenes de sacrificio y modestia: los profesionales más importantes en esta disciplina se desenvuelven lejos del mundanal ruido y de los reflectores mediáticos. Por lo menos, ésa es la idea que obtenemos al observar este ámbito con atención. Una noticia terrible se abatió sobre el mundo de la edición francesa el 2 de enero de 2018. Mientras todo el mundo intercambiaba felicitaciones y se deseaba cantidad de cosas buenas para el futuro, el emblemático editor Paul Otchakovsky-Laurens, mejor conocido por sus iniciales P.O.L., se mataba en un accidente de auto en las Antillas. En estos tiempos en que la actividad editorial se encuentra cada vez más sometida a las estrategias de los grandes corporativos, dejando un papel secundario al olfato del lector y al talento de los autores, la presencia de P.O.L. tranquilizaba. Él era la prueba de que se puede seguir editando sin renunciar al instinto, a los gustos personales, a la pasión de los textos originales. Es verdad que había perdido progresivamente su autonomía financiera, pero eso no afectaba en nada sus decisiones: su independencia como editor estaba garantizada. Su aura y reputación lo protegían de toda injerencia. Su historia y la de su casa editora, “P.O.L.”, se colocan bajo los signos de la amistad, la curiosidad y la exigencia. Se sabe que cuando un personaje de esta envergadura nos deja, es costumbre y buen gusto escribir un elogio. Pero, en este caso preciso, los testimonios abundan y van todos en el mismo sentido: un caballero de la edición y un amigo fiel han desaparecido. De joven, P.O.L. aprendió el oficio en contacto con sus mayores habitados por la literatura. Para empezar, con Christian Bourgois, un editor genial con quien trabajó de pasante y luego como dictaminador. Estamos a inicio de los años setenta y el medio aún no se encuentra sometido a las reglas que se le impondrán más adelante. Los textos originales tienen su lugar. Después, P.O.L. anima la colección “Textes” de Flammarion donde se codea con Bernard Noël, quien será autor suyo, amigo y fuente de inspiración. Una de las evidencias que surgen cuando se mira la trayectoria de P.O.L. es su gran fidelidad. Encuentra a sus autores gracias a una lectura atenta de los manuscritos que llegan a sus manos y, desde el momento en que decide publicar a un escritor, sigue su trabajo con una constancia poco común. Muy rápido, por ejemplo, ficha a Marc Cholodenko y lo acompaña a través de los años. Su sed de independencia se traduce en la creación de una colección propia, muy suya, en Hachette, en 1977. Logra forjarse un nombre, pero sobre todo una reputación de descubridor de talentos. En aquella colección publica, por ejemplo, los primeros tomos del diario de Charles Juliet, cuando éste era todavía un desconocido para el público en general. Triunfa en 1978 con el Premio Medicis otorgado la extraordinaria novela La vida instrucciones de uso de Georges Perec. P.O.L. tiene 34 años… Como aspira a una mayor autonomía, da el salto en 1983: funda las ediciones P.O.L., que existen hasta el día de hoy. Más que un nombre, se forja unas iniciales… con altibajos, momentos duros ante la triste realidad del mercado, destellos despampanantes y éxitos estruendosos. Hoy, el sello P.O.L. tiene un sentido: el de una literatura de calidad, exigente pero abierta a sensibilidades diversas. No hay “escuela P.O.L.”, ni clan ni grupo, más bien un sentimiento cercano al de una familia. Los autores se codean sin el menor compromiso u obligación, tanto en el ámbito de la amistad como en el de la escritura. Pero existía un corazón en este dispositivo: P.O.L. en persona. “Este editor, contrariamente a sus colegas, se manifestaba primero como un hombre.” Estas palabras de Richard Millet definen con acierto aquel contacto singular que P.O.L. establecía con el mundo, en particular con sus autores. Todos aquellos que se acercaron a P.O.L. saben que ese rasgo tan humano en sus relaciones lo diferenciaba de sus colegas. Por supuesto que su infinita cortesía y su amabilidad casi siempre impecable no eran únicas, pero su presencia imponía una suerte de respeto ganado gracias a su generosidad, siempre curiosa del otro. Sabía decir no con respeto, sin ironía ni desprecio. Demostraba que el meollo del oficio del editor es saber escuchar, y que tal rasgo de su carácter no era ni coquetería ni artificio. Era esencial a su ser y a su trabajo. La gran obra de un editor es su catálogo: cada nombre de autor aporta sus características al edificio, como cada pieza ocupa su lugar en un mosaico. En la casa editorial P.O.L. los autores ofrecen escrituras distintas, pero todos son exigentes y están profundamente sumergidos en su trabajo. Dos líneas se dibujan claramente: el género narrativo y el poé­tico. Por lo general, la lengua del autor es el francés porque P.O.L. no manejaba una lengua extranjera lo suficiente como para decidir la pertinencia de una traducción. Y como tomaba solo la decisión de publicar, no hubo presencia extranjera significativa en su catálogo, salvo la de algunos libros como los de Scott Fitzgerald, San Agustín o David Markson cuyas traducciones proponían los autores de la casa… En el ámbito poético, le gustaba que se transgredieran las convenciones, que se triturara la lengua, que no se respetaran las formas esperadas. Resulta entonces lógico que al lado de nombres como Bernard Noël o Charles Juliet, uno se encuentre con Christian Prigent, Olivier Cadiot, Pierre Alferi: autores que no se dejan encerrar en el género poético y cuyas escrituras sorprenden por la toma de riesgos y el gusto por la innovación. De hecho, un gran número de autores de P.O.L. practica géneros literarios variados, y mezcla en su bibliografía la novela y la poesía, el ensayo y la narrativa. Las puestas en escena de Valère Novarina o de Olivier Cadiot resultan igual de inclasificables en el ámbito de las artes escénicas. P.O.L. acostumbraba adoptar a los autores, más que sus textos, así que los seguía en el desarrollo de su obra sin importar el género literario. A la par de tanta apuesta riesgosa y de publicaciones justificadas únicamente por el aporte artístico del libro, nuestro editor también tuvo encuentros masivos con los lectores: sin que el éxito comercial fuera la causa de una primera publicación, tomó decisiones que lo recompensaron con ventas formidables. Desde sus inicios acogió los libros de Emmanuel Carrère, quien progresivamente obtuvo un enorme éxito con el público. Asimismo, Charles Juliet forma ahora parte de los escritores más vendidos de Francia, después de ser un autor confidencial que sólo existía para un grupo cerrado de lectores gracias a su Diario. La célebre historia de la publicación de una primera novela, Marranadas, de una joven desconocida, Marie Darrieussecq, que se convirtió en un_ best seller_ internacional, es significativa de esta mezcla de talento y de suerte que deben animar una empresa editorial. P.O.L. sabía detectar los registros lingüísticos más curiosos y al mismo tiempo respetar las formas de escritura colocadas en las fronteras de lo clásico, como las de Jean Rolin… Antes que nada, daba su voto de confianza a sus autores y recibía el éxito comercial como un aliciente para continuar con su labor. Desde niño, también tuvo la pasión por el cine. Consideró incluso estudiar para volverse cineasta. Publicaba una revista abocada a reflexionar sobre el séptimo arte, y además dirigió dos películas documentales que le permitieron expresar sus ideas y sentimientos, comunicarse con la imagen cuando las palabras le faltaban. Su segunda película acaba de salir y trata de su oficio de editor. Dice en ella: “Cientos de manuscritos por mes, miles por año. Palabras, voces, historias, secretos, mentiras. […] Esto es antes que nada la historia de alguien que, al leer manuscritos, al editar libros, encuentra poco a poco sus palabras, a través de las de otros, gracias a quienes consigue vivir”. Añade más adelante: “¿Qué es un editor? ¿Por qué esta actividad económicamente aberrante? ¿Por el poder que nos otorga sobre los demás? ¿Sobre quien no supe ser? ¿Para atar mi nombre a gente más grande que yo?” Sus palabras demuestran cuán honesto y profundo era en sus cuestionamientos, fiel a una exigencia extraordinaria y una modestia esencial. En el duelo cruel que provoca su desaparición, sepamos comprender que la literatura francesa contemporánea sería otra si P.O.L. no hubiera existido.

Imagen de portada: Paul Otchakovsky-Laurens