La catedral inconclusa

Imperialismos / dossier / Noviembre de 2021

Carlos Manuel Álvarez

Como una pesadilla metafísica, el castrismo establece su ruta justificativa en el tiempo, pero no menciona la geografía. La historia le pertenece al tirano. El territorio, a la gente. En los sesenta, la Crisis de los Misiles coloca a La Habana en la órbita de Washington y Moscú. Una estela, la Guerra Fría, que el discurso oficial nunca más quiere abandonar. En los setenta y ochenta se trasladan tropas militares a África, específicamente a Angola y a Etiopía. En los noventa, cuando hace falta una mercancía que se oponga al capital, Cuba astutamente se convierte en su propia marca. Ninguno de estos sitios —ni la carrera armamentista, ni la guerra, ni el commodity ideológico— son habitables. Se dinamita un lugar para entrar en la historia. Mandela agradece la ayuda de la isla en la derrota del apartheid, y el cumplimiento de esa misión se paga con la mano de obra espiritual de innumerables vidas malgastadas, la desfiguración de un pueblo cuyo rostro ha sido mordisqueado por los perros de la fuga y el tedio, guardianes severos del orden nacional. Perezosa para edificar, esta época, en cambio, también tiene su monumento, la catedral magnífica que, fuera de la retórica y los embustes de la palabra, toma el pulso de esa carnicería de los afectos que ha significado nadar entre las propelas del relato mesiánico y el verso de la escasez; la recompensa moral por el sacrificio de los cuerpos. Cerca de Cienfuegos, al sur del país, permanecen todavía los restos de una planta de energía nuclear que el castrismo intenta construir con ayuda soviética. En abril de 1976, el primero de varios acuerdos entre ambos países prevé condiciones de pago en veinticinco años, contando a partir del 1 de enero de 1981, con el 2.5 por ciento de interés. Los soviéticos garantizan el suministro íntegro de la tecnología, el personal técnico y dos reactores nucleares de 440 megawatts. Aparece la Ciudad Nuclear Juraguá, un pueblo sin muertos y sin gentilicio que no adquiere su verdadera identidad hasta septiembre de 1992, cuando Fidel Castro lo visita para comunicar en un discurso de varias horas que, debido a la desaparición del campo socialista, la construcción de la central nuclear debe detenerse.


Roto el imperialismo comunista, quedan los restos de una gloria pasajera, figuras extraviadas en lugares extraños, cosas distantes que se mezclan a través del experimento social. Es así como Natalia Nikolaevna, mujer kazaja, conoce en los años ochenta a un joven cubano estudiante de ingeniería en la URSS, se enamora, se casa y se va a la isla. A él lo envían a la Ciudad Nuclear y, más de veinte años después, alguien le hace un documental a Natalia, aunque el marido no aparece por ninguna parte. Veo en ella el canto de cisne de la ideología muerta. Su desgracia es la desgracia de la magnificencia rebajada a la experiencia prosaica. Hay edificios vacíos, construcciones a medio hacer, armatostes de cemento deshabitados, los parques yermos, las calles desoladas, algún perro que cojea, alguna sombra en la distancia. El mar, los barcos oxidados por el salitre, arañazos de luz recorriendo la superficie del agua. Natalia viste botas negras. Pantorrillas robustas, un largo vestido de rayas anchas, el pelo recogido. Parece una koljosiana. En su momento, Natalia fue contratada por la empresa de cultura de Cienfuegos como cantante lírica en la capital provincial. “Y canté”, dice, pero ya no canta, y no se explica por qué. Pide que le devuelvan un tiempo secuestrado. No sólo no puede cantar ya, sino, dice, la han borrado de los anales, desaparecido de un plumazo sin explicación ni causa posible. Tiene una libreta con la firma de setenta y cinco músicos de la localidad que ha conocido a lo largo de los años, con los que ha colaborado y que acudieron en su defensa. Ha recorrido todas las instituciones cienfuegueras y la fiscalía de la ciudad le ha confesado no encontrar ninguna prueba de que ella realmente haya sido cantante lírica. Natalia dice haber hallado su expediente laboral falsificado. Guarda, además, un recorte del periódico local 5 de septiembre. Son solamente dos palabras, pero “de mucha calidad y muy cariñosas”, dice, esbozando una sonrisa o bien riéndose a mandíbula batiente. “Nuestra soprano Natalia, invitada especial de la segunda noche”, se lee en el recorte de prensa. Se pregunta: “Entonces, ¿hay pruebas o no hay pruebas de que Natalia Nikolaevna fue cantante lírica?” Su acento, casi un trino, es seductor, como si el acento dijera todo por sí mismo. Resulta evidente que el drama de Natalia es aún más drama por el acento con que lo cuenta, o que es drama únicamente por el acento con que lo cuenta, un acento kazajo, deslavado, contrito, lo cual, por oposición, viene a decirnos que el acento del cubano no es un acento idóneo para la tragedia, tal vez para cualquier otra cosa sí, pero no para el terreno del sufrimiento y la penuria. En la escala tonal del drama, el acento cubano no puntúa. Por lo mismo, el drama cubano no puntúa y, mientras no encuentren otro registro para relatar su travesía, el drama y el acento cubano, los dos por igual, seguirán mereciendo la más burlesca de las trompetillas o el más humillante y merecido ninguneo.

Cartel de la película _Natalia Nokolaevna_, 2014 Cartel de la película Natalia Nokolaevna, 2014

En las mañanas, Natalia atraviesa en una lancha de pasajeros la bahía de Cienfuegos y en la glorieta de la ciudad canta algunas arias de Rossini, Donizetti o Verdi. Algunos turistas o alguna pareja de recién casados la escuchan y le donan algunas monedas. Algunos viejos indigentes también la escuchan. “Quien inauguró el canto lírico en Cienfuegos, a comienzos del siglo XX, fue Caruso”, dice Natalia, “y quien lo inauguró en la Ciudad Nuclear fue Natalia Nikolaevna”. Durante las tardes, Natalia ensaya con el organista de la iglesia, un muchacho joven que no le presta mucha atención, aun cuando Natalia lo anime a organizar un concierto. “No hay dinero, pero ya tenemos repertorio suficiente, y así nosotros nos animamos también”. En realidad, Natalia ya está animada, no parece que el ánimo se le vaya a esfumar, al menos no a corto o mediano plazo. Pero el organista sí luce un tanto desesperanzado y Natalia, que no es tonta, se percata. Le preocupa quedarse sin acompañante. “Esta fue mi ayuda para sobrevivir en el Período Especial”, dice, y enseña a la cámara una báscula. Natalia, la solista lírica de Cienfuegos, andaba por la calle con esto para poder sobrevivir.

La gente se pesaba por una cantidad de dinero. Llegué desde cincuenta quilos a cinco pesos. Un peso primero, dos después. Y así. Pero los funcionarios del Poder Popular me prohibieron terminantemente seguir pesando personas.

Natalia suelta una carcajada contagiosa. “Y yo estoy de acuerdo con ellos”, dice, quizás en el momento más sublime del documental, “porque una cantante lírica soprano no tiene por qué andar pesando gente por ahí”. Hay algo más que Natalia enseña a la cámara: el certificado de discapacidad con diagnóstico de esquizofrenia paranoica. En una exposición de la galería municipal, Natalia observa los cuadros de los artistas locales y se detiene en un tornillo de banco que, entre sus quijadas, sostiene un huevo. Dice:

Esa soy yo. Yo digo que yo soy tan frágil que no hace falta tanta maquinaria para romperme ni para sostenerme ni nada. Yo me siento muy identificada con eso, esa soy yo, y realmente pienso que no tengo futuro en Cuba porque tengo unas personas que están tratando de matarme. Hay peligro para mi salud desde hace tiempo y están detrás de mí con las sustancias para afectar mis cuerdas vocales. Usted es cubano [le dice a la cámara] usted sabe que los envenenamientos ocurren en esta sociedad.


Mientras llueve y, hemos de suponer, mientras el agua le corre por la cara y la barba y le empapa el uniforme y los grados, mientras la tela gruesa de ese mismo uniforme verde olivo se adhiere a su piel, Fidel Castro habla con los trabajadores. Su megalomanía de Napoleón de los países No Alineados se viene abajo con la pérdida del brazo colonial soviético. Una imagen: el jefe irrumpe y el ingeniero, de camino entre una edificación y otra, enrolla los planos y guarda en su bolsillo el lápiz mocho de los cálculos. El obrero de overol manchado detiene el cincel. El soldador apaga la pistola, el chisporreteo cesa y el soldador, atento a lo que tienen que decirle, descubre su cara sudada, escondida hasta ahora detrás del casquete blindado que le protege los ojos. El albañil coloca el ladrillo en el suelo. Alguien baja de un andamio. El jefe dice paren, ni un gesto más, y el ingeniero, el albañil y el soldador quedan interruptos, con una ecuación a medio hacer, una pistola apagada y un ladrillo suelto, hecho para nada. Para ese entonces, ya se ha terminado el noventa por ciento de la construcción civil, más del noventa y cinco por ciento de los objetos auxiliares, se han vertido más de trescientos cincuenta mil metros cúbicos de hormigón, se han instalado unas siete mil toneladas de equipos y cerca de tres mil toneladas de tuberías tecnológicas. Se cuenta, además, con el ochenta por ciento de suministros para la puesta en marcha del bloque. Se ha construido una ciudad con más de dos mil viviendas, una base de apoyo industrial, carreteras, líneas de ferrocarril, un politécnico, un puerto para grandes pesos, y todo esto suma una inversión de más de mil cien millones de dólares. Una fortuna para un país como Cuba, pero insuficiente para una planta electronuclear. De todas las provincias han llegado ingenieros y técnicos para habitar la ciudadela y consagrarse a una tarea de grandes proporciones, algo finalmente a la altura de lo que han estudiado. De haber arribado a feliz término, sólo las dos primeras unidades de la planta habrían ahorrado, en principio, más de un millón doscientas mil toneladas de petróleo. Está el tamaño de un país, y luego el tamaño de su ambición. Otra imagen: Castro, compungido, a pie de obra, sacando fuerzas de donde no hay para informar que las construcciones deben detenerse de inmediato. Castro, destruido por dentro, sintiendo que el país se le va de las manos, que la pelea ha sido dura, muy dura, a fin de cuentas estamos en 1992, y las cosas no le han salido como pensaba. Castro, empapado por la lluvia, mostrando optimismo, insuflándose energías e insuflándoselas a los otros, queriendo convertir el revés en victoria, en vez de dejar el revés en revés y punto, en vez de sostenerlo y ver qué tal, cuánto pesa, cómo huele, darle una mordida, en vez de educarse en el rigor, no en el engaño a voces, creyendo y haciendo creer que no es tan grave, diciendo: “Vamos a reservar la esperanza de que pueda reanudarse de alguna forma, y pueda aparecer alguna solución en ese sentido que justifique plenamente el esfuerzo”. Pero no hay ni habrá nunca una esperanza que justifique plenamente el esfuerzo. Hay toneladas de esfuerzo que no van nunca a ningún lugar, esfuerzo desperdiciado, esfuerzo porque sí, muerte por nada, años echados por la borda, pasos en falso, merodeo fatuo. ¿Desconoce Fidel Castro tamaña obviedad o la conoce y cree, en cambio, que es dañino propagarla? ¿Aparecerá algún día el diario íntimo donde Fidel Castro repase las derrotas desde la devastación, desde la perplejidad y la turbación, y no con el tono enérgico habitual? ¿Habrá algún legajo donde haya exorcizado el resquebrajamiento? ¿Se encontrarán los restos físicos de algún mercado negro donde a manos llenas intercambiara el agotamiento por la materia trascendental con la que hablaba y elaboraba sus discursos?

Edoardo Agresti, de la serie _La ciudad nuclear_, 2017-1018. Cortesía del artista Edoardo Agresti, de la serie La ciudad nuclear, 2017-1018. Cortesía del artista

Dice: Estamos enterrando recursos todos los días, todos los años; ya hemos invertido mil cien millones, ¿para qué? ¿Para esperar quién sabe cuántos años antes de poder encender un bombillo con energía de esa planta, sin ninguna seguridad acerca de los suministros, incluso en este momento sin ninguna seguridad acerca de la entrega de los combustibles nucleares que necesitará esa planta? ¿Podemos imaginarlo diciendo tal cosa en voz baja, apoyado en alguna tubería, sujeto tan dolorosamente a la belicosidad de la historia, de la misma manera en que el ingeniero se sujeta, mareado, a su cálculo inconcluso, y el soldador a la pistola, y el albañil al ladrillo, y el supervisor a los bordes del andamio? También dice: “Para esos trabajadores fue durísimo. Hay compañeras y compañeros que han empleado una parte importante de su vida en esa obra y tenían ilusiones muy grandes”. Luego, en otro discurso, en otro lugar, recuerda:

La respuesta de los trabajadores fue excelente, la que esperábamos. ¡Ahí están ellos, dispuestos a ir a trabajar donde sea, dispuestos a trabajar donde se les sitúe y a mantener unida esa extraordinaria familia de constructores y de trabajadores de la electronuclear! Debo decir que ese día, como es lógico, hubo hombres y mujeres que derramaron lágrimas, hasta la naturaleza lloró esa tarde, y yo les decía que la naturaleza podía llorar, pero que nosotros no podíamos llorar, excepto que fuera por patriotismo y por emoción, como estaban llorando muchos allí.

Los oyentes rompen en aplausos cerrados.


La cúpula de la Ciudad Nuclear recuerda un Taj Mahal sin lustre, tropo invertido. Ofrenda no a la esposa muerta, sino a los propios trabajadores desfallecidos. La Ciudad Nuclear no como muerte, sino como no-vida. Hay siempre algo postapocalíptico en los pasajes últimos de los imperios extintos. Es el pasado desenterrando imágenes incrustadas en el porvenir. En Stalker, la zona alienígena es una prefiguración de Chernóbil. La Ciudad Nuclear representa entonces el estado permanentemente inconcluso del socialismo real, la evidencia de una conquista ideológica en tierras no atravesadas por la tundra, sino por la tierra roja y el salitre. Trescientos cincuenta mil metros cúbicos de hormigón, siete mil toneladas de equipos, cerca de tres mil toneladas de tuberías tecnológicas. Cemento y hierro, languidez. Hubo gente que aprendió ruso para luego trabajar en hoteles que acogían turistas canadienses e italianos. Mi escuela del preuniversitario se llamaba Carlos Marx y todos nos preparábamos para exiliarnos en el capitalismo. Los físicos lo saben. El átomo se quiebra. Las revoluciones se quiebran. Y siempre, más abajo, hay un enigma.

Imagen de portada: Edoardo Agresti, de la serie La ciudad nuclear, 2017-1018. Cortesía del artista