Cultura UNAM

Colección Clásicos de la Lengua Española

Éxodos (Febrero de 2018)

Rafael Mondragón

Aquel conocido verso de Campbell —Tis distance lends enchantment to the view— consigna un hecho que claramente explica el atractivo con que nos seduce la antigüedad: el hombre no nació para lo presente, y en ello no encuentra reposo, pues las propias miserias y las ajenas por todas partes le punzan; de donde, o sube la corriente de los años en busca del buen tiempo perdido […], o se imagina risueñas perspectivas en lo venidero; pero éstas se deshacen conforme se acerca a ellas, como los aparentes lagos del desierto, mientras lo pasado no está sujeto al desengaño de la experiencia, ante la imposibilidad de conseguirlo excita la fantasía y se lo presenta más cautivador. Rufino José Cuervo

¿Será de verdad cierto que los filólogos son, naturalmente, personas tristes, enamoradas del pasado y pesimistas ante la posibilidad de hacer de nuestro mundo en el presente un lugar mejor? Las emocionadas palabras del académico de la lengua Rufino José Cuervo con que hemos dado inicio a este texto parecerían responder que sí. Pero es que Cuervo era un conservador: para él, cambiar el mundo era esperanza vana: sólo quedaba refugiarse en los textos clásicos; aprender a preservarlos; conservar la lengua en estado de pureza ante la acción destructora del tiempo y del vulgo ignorante y salvaje… Desde finales del siglo XIX, cuando Juan María Gutiérrez publicó sus Cartas a un porteño, hasta finales del siglo XX, cuando apareció la Historia política del español coordinada por José del Valle, muchas personas han expresado su desconfianza ante esa tristeza que convertiría automáticamente a todo filólogo en una persona reaccionaria (en el sentido etimológico). El rico debate latinoamericano llevado a cabo en esos siglos ha elaborado una fuerte crítica a nuestras academias de la lengua cuando ellas han funcionado como sede de una aristocracia de la cultura alejada de los problemas urgentes de sus países. Ese debate también ha llevado a algunas Academias de la Lengua a reflexionar sobre sí mismas. Por eso son tan importantes los esfuerzos de la Academia Mexicana de la Lengua por repensarse como una institución que cumple una función pública en un país desigual desde el punto de vista social, y diverso desde el punto de vista étnico, lingüístico y cultural. Dichos esfuerzos no empezaron ayer ni han avanzado sin tropiezos; han dado origen a un debate en el interior de la institución del que pueden encontrarse huellas en los discursos de ingreso de intelectuales como Miguel León-Portilla, Carlos Montemayor y Margit Frenk, entre los muchos que podríamos citar de ayer, y de Víctor de la Cruz, Diego Valadés, Leopoldo Valiñas y Patrick Johansson, entre los muchos que podríamos citar de hoy. Los últimos años han sido testimonio de una transformación fundamental, presente en la entrada de intelectuales cercanos al movimiento indígena, la construcción de recursos abiertos como el Corpus Diacrónico del Español de América, el funcionamiento cotidiano de una comisión de consultas con la que la Academia entra en contacto con estudiantes del país y la aparición de un conjunto de libros que resaltan por su belleza, su rigor y su deseo de contribuir a la democratización de los bienes culturales. Dentro de esos libros, la colección Clásicos de la Lengua Española es la más ambiciosa y también, probablemente, la más necesaria. Con ella, nuestra Academia intenta realizar un antiguo sueño: construir una colección de clásicos; se trata de un proyecto que involucra elaborar un acuerdo que permita la transmisión de un patrimonio que se intuye en peligro, y construir un espacio de mediación que permita la apropiación de obras que, por su influencia, se consideran de interés público. Es una colección ambiciosa, que se enfrenta a las dudas que existen sobre la capacidad de la filología mexicana para acometer ediciones así de complejas. El modelo viene de la colección que Francisco Rico diseñó en la Editorial Crítica, después continuó publicando con Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, y que hoy tiene el nombre de Biblioteca Clásica de la Real Academia Española. La colección de la AML no es una reimpresión de la colección española, sino un proyecto nuevo. Menos mal: de los 111 volúmenes proyectados en la Biblioteca Clásica, sólo cinco corresponden a autores fuera de España. Se trata de ediciones críticas, resultado de una investigación del proceso de transmisión de los textos, que intentan ofrecer las versiones más fieles y confiables de los mismos. Cada volumen inicia con una presentación y un ensayo introductorio; los textos están acompañados de notas al pie con la información mínima para entender el pasaje, y notas complementarias que ayudan a la reconstrucción de los códigos culturales de la época; cada libro incluye una sección con estudios y anexos elaborados por especialistas. El lector que se acerque a los títulos editados por la AML podrá observar cómo la colección ha ido pasando de un primer momento, cuando en ella reeditaban los títulos de la colección de Rico añadiéndoles una presentación a cargo de un académico mexicano, a un segundo momento, en donde se trata de editar a nuestros clásicos, y de hacerlo de tal manera que dicha edición cumpla los estándares más altos en materia de investigación filológica, al tiempo que sea accesible a lectores con distintas trayectorias. De la primera etapa es testimonio la Historia verdadera de las cosas de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, en edición de Guillermo Serés, con un magnífico ensayo preliminar de Miguel León-Portilla, que por su profundidad y su extensión desborda los alcances de una mera presentación y se erige como modelo de lo que debería ser una apropiación situada de un clásico. La etapa siguiente puede quedar simbolizada por dos títulos que representan alternativas distintas sobre lo que podría ser la edición de un clásico mexicano: Visión de México es una antología en dos tomos de Alfonso Reyes que puede entenderse, al mismo tiempo, como un recorrido por la obra completa del autor y como un viaje por la historia de México de la mano del propio Reyes. La edición fue elaborada por un equipo al que dirigió Adolfo Castañón; no tiene aparato crítico propiamente dicho, pero destaca por la calidad y abundancia de sus notas complementarias, que permiten leer este libro como un ensayo de historia cultural en diálogo con la obra de Reyes. La segunda alternativa es representada por El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, en una edición coordinada por Susana Quintanilla de la que son notables el aparato crítico coordinado por Emiliano Álvarez y el estudio de la coordinadora, que reconstruye la historia del libro desde la primera publicación de sus capítulos (¿crónicas? ¿cuentos?) en El Universal. A través del trabajo detectivesco que fundamenta la edición los lectores podemos entrar al taller de la escritura de Guzmán: reconstruir los ires y venires que reordenaron los capítulos del libro, eliminaron textos y afinaron pasajes. La edición no hace una comparación exhaustiva entre las versiones de los textos publicados en El Universal y La Prensa, pero sí recupera cuatro textos que Guzmán decidió no incluir en la versión final. Si en el ensayo de Quintanilla se advierten la fluidez, la profundidad y el rigor a los que nos tiene acostumbrados, el trabajo de fijación crítica del texto hace de ésta una edición excepcional que honra a la filología mexicana y frente a la cual se medirán las siguientes ediciones de la AML. Hay personas que desconfían del carácter elitista de las ediciones anotadas. Ellos quizá dirán cosas así: “si la Academia está preocupada por la situación del país, debería dedicarse a hacer libros para la gente”. De acuerdo. Pero ¿quién es la gente? ¿De qué es capaz? ¿Qué le interesa y qué le pertenece? La filósofa radical Marina Garcés escribió hace poco que en los últimos años ha tomado fuerza un discurso que dice que todo lo dirigido a la gente común debe estar expresado en un lenguaje simple. Dicho discurso se presenta como una crítica del elitismo, pero funciona como un elitismo a la inversa: menosprecia a las personas que dice defender. Confunde lo complicado con lo difícil: complicar las cosas significa disfrazar las propias palabras para que otros no puedan acercarse a lo que uno está diciendo. Pero la dificultad es un señuelo del deseo. Cuando una persona expone cosas difíciles ante los demás, invita a pensar en común y a crecer. Ojalá los libros de Clásicos de la Lengua Española alimenten el deseo. Y ojalá sea el inicio de una exploración más vasta. Su aparición hace despertar muchas preguntas: ¿cómo ayudar a que esta colección se abra a la edición de clásicos escritos en otras lenguas de México, además del español? ¿De qué manera la colección podría ayudar a la revisión del canon de la literatura mexicana? ¿Cómo editar allí nuestras literaturas populares orales y escritas, qué hacer con los clásicos desconocidos o escritos recientemente? ¿Qué estrategias de mediación podrían imaginarse para que estos libros tengan vida? ¿Cómo hacer para que estos libros sean más baratos? ¿Será posible profundizar la política de acceso abierto para que los libros estén disponibles de manera gratuita?


Imagen de portada: Imagen de la Tragicomedia de Calisto y Melibea, edición de Juan Jofre, Valencia, 1514.