Cultura UNAM

La máquina del tiempo

Tiempo / DOSSIER / Marzo de 2018

Juan Pablo Villalobos

“Aguanta”, me dijo un amigo al contestar a mi llamada telefónica, “te marco en cinco minutos”. Hacía unos cuantos meses que no hablábamos, no recuerdo exactamente cuántos. Tres, cuatro, máximo seis, de eso estoy seguro, porque si hubieran sido más de seis meses la frase hubiera cambiado. “Hacía mucho tiempo que no hablábamos”, habría escrito. Por aquel entonces yo llevaba quince años viviendo fuera de México y el contacto con los amigos mexicanos se regía por reglas cada vez más extrañas. Podíamos enviarnos mensajes compulsivamente durante algunas horas del mismo día y luego permanecer incomunicados durante meses o años. Por cierto, al escribir “por aquel entonces” me refería a la semana pasada, que fue cuando llamé por teléfono a mi amigo. En realidad, no ha cambiado nada desde aquel día, es como si eso hubiera sucedido hoy, pero la fórmula retórica de falso pasado remoto me encanta. Gracias a la literatura, suena a aristocracia del tiempo, a inicio de novela decimonónica: “por aquel entonces…”. Pensé en aprovechar los cinco minutos de espera para hacer otra llamada. Debía resolver un asunto de logística familiar: preguntarle a una amiga si podría cuidar a mis hijos la próxima semana. La llamada, evidentemente, podría durar más de cinco minutos, considerando dos aspectos. Primero, que yo soy mexicano y para pedir un favor debería recurrir a esas fórmulas infinitas de la cortesía y el pudor. Segundo, que la amiga en cuestión es argentina y, sin abusar de los estereotipos, siendo en este caso estrictamente fiel a la verdad, sufre de verborragia. En resumen: conceptualmente, era una llamada de cinco minutos que no iba a durar cinco minutos, de la misma manera que yo sabía que mi amigo no iba a devolverme la llamada en ese lapso. Todo en orden, entonces. Después de saludarla, de preguntarle por su salud, su estado emocional, su trabajo, su gato, sus padres, su hermana y su sobrino, le expliqué la situación. Que yo iba a participar en una mesa redonda el jueves por la tarde de la próxima semana y que necesitaba que alguien se quedara con los niños un par de horas. Un par de horas significaba que me había olvidado de preguntarle al profesor que me había invitado cuánto iba a durar la charla. Y, por supuesto, el cálculo no contemplaba que tendría que llegar una media hora antes para tomar un café con los panelistas y, quizá, después, al finalizar, ir a tomar una cerveza con ellos o incluso a cenar. El par de horas, pues, podrían expandirse a tres, cuatro o máximo cinco. En mi cabeza, eso sí, no iban a ser más de cinco horas, de lo contrario no le habría pedido quedarse con mis hijos un par de horas, sino la tarde-noche. La tarde-noche, todo mundo lo sabe, empieza a las cinco de la tarde y termina a las diez de la noche. No puede alargarse hacia antes, ni hacia después, porque entonces estaríamos hablando de la mitad del día. La mitad del día, claro, tiene una duración total de entre seis y ocho horas, no doce. El tiempo no es cosa de aritmética. Supongo que se entiende perfectamente. “¿De qué hora a qué hora necesitas que me los quede?”, me preguntó mi amiga. Hice cuentas dentro de mi cabeza rápidamente. La mesa redonda sería a las seis de la tarde. Recordé el lugar donde tendría lugar el evento e imaginé el tiempo que me tomaría trasladarme en metro hasta ahí. “Como de cinco a ocho y media”, le respondí. El par de horas, mágicamente, se habían convertido en tres y media. No le había mentido. O al menos todavía no, porque yo ya intuía que de ninguna manera sería capaz de volver a las ocho y media. Volvería, casi seguro, sobre las nueve y media, cuando muy temprano. Más bien sobre las diez, máximo diez y media. Pero entonces, como ya dije, le tendría que haber pedido que se quedara con ellos la tarde-noche del jueves y no un par de horas, una petición muy violenta de acuerdo con el grado de intimidad que tenía con esa amiga argentina por aquel entonces. Quiero decir que éramos íntimos amigos desde hacía quince años, pero durante algunas épocas habíamos estado distanciados. Algunas épocas: los meses que ella vivió en Londres; los tres años que yo viví en Brasil; las diferentes veces en que estuvimos enojados por motivos que ahora no vienen al caso, algunas ocasiones durante días, o meses, y una vez por casi dos años; algunas épocas, en resumen. A todo esto, la llamada ya duraba quince minutos. Quince minutos. Lo digo de memoria, puede ser que lleváramos diez minutos hablando o máximo veinte. Más de veinte no, porque entonces habría escrito directamente “media hora”. Y más de media hora tampoco, porque entonces ya sería “mucho rato”. ¿Me habría devuelto ya mi amigo la llamada? Claro que no: esos cinco minutos comprendían un lapso que empezaría cuando se cumplieran los dichosos cinco minutos y terminaría la tarde del día siguiente, veinticuatro horas después. Mi amiga argentina aceptó quedarse con los niños hasta las once de la noche. Es decir, ofreció seis horas. No soy el único mexicano al que conoce, es una verdadera experta. Para agradecer su magnanimidad, y sintiéndome culpable, volví al tema de su salud, su estado emocional, su trabajo, su gato, sus padres, su hermana y su sobrino, esta vez pidiendo algunos detalles de la información que me había compartido antes. Nos despedimos antes de que se cumpliera una hora. Ésa es la sensación que me quedó: que la llamada duró en total un mínimo de cuarenta y cinco minutos y un máximo de una hora y cuarto, es decir, menos de una hora. Cuando colgué, vi que mi amigo mexicano me había enviado un mensaje de texto. “Perdón”, decía, “te marco en cinco”. Otros cinco minutos. El mensaje era de hacía media hora. ¿Tengo que explicar de nuevo cuánto dura media hora? Más de veinte minutos y menos de mucho rato, lo repito para los despistados. Lo importante era que cinco minutos más cinco minutos sumaban cuarenta y ocho horas. De acuerdo. Mi amigo me había hecho saber que no se había olvidado de mí, que estaba pensando en mí, que realmente quería que conversáramos. El arte de ganar tiempo. En eso somos los reyes, los campeones mundiales, los mexicanos. Entonces sonó mi teléfono de nuevo. No era mi amigo, claro que no. Era uno de mis primos, que quiere venirse a vivir a España y me anda buscando para que le ayude con algunos trámites. No respondí a la llamada. Cansado de la situación y de que no entendiera mis indirectas, decidí acabar de una vez por todas con eso, hacerle saber que no lo voy a ayudar, que no puede contar conmigo. Le envié un mensaje de texto: “Te llamo ahorita”. Mi amigo mexicano, por cierto, todavía no me llama. Pero ayer me mandó un mensaje de texto: “No creas que se me ha olvidado. Te llamo durante la semana”. Durante la semana. Eso le da un margen, aproximadamente, de dos años; hasta febrero de 2020, para ser exactos.

Imagen de portada: Andrés Audriffred, Mañana lo hago, 1938.