Entrevista con Iñaki Uriarte

“Yo no me hablo con adjetivos”

La noche / panóptico / Junio de 2021

Carlos Barragán, Gonzalo Sevilla

Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) no empezó a escribir sino hasta los 50 años. Cuando publicó sus diarios en 2015, Enrique Vila-Matas y Antonio Muñoz Molina elogiaron el libro. A pesar de lo poco que ha escrito y su escasa obra (apenas tres libritos con la editorial Pepitas de Calabaza, que ahora se han juntado en un único tomo), de sus diarios emerge una voz única en la literatura del yo en España.

Iñaki Uriarte, 2017. Fotografía de Txeng Meng Iñaki Uriarte, 2017. Fotografía de Txeng Meng

Usted no se considera escritor.

No, no soy escritor. No me considero parte de la iglesia o el clero de la literatura. Me considero un aficionado. Y en este momento un aficionado un poco lesionado. A partir de la publicación del libro me pegué un susto… De repente se me apareció el lector, el famoso lector, que hasta entonces no había sido para mí más que una cosa fantasmal. O yo mismo, o algunos amigos y familiares. Después de publicar, ese lector fantasmal se convirtió en un ente real y muy intimidante. Y yo no tengo carácter para enfrentarme a eso. Me pongo de los nervios. Imagínate que me pega dos palos. He tenido suerte.

¿Cómo le ha afectado el miedo a la hora de volver a escribir?

Me ha afectado muchísimo. Ahora tomo muy pocas notas, y siempre con eso de las películas en la cabeza, creo que se llama la advertencia Miranda: “Tiene usted derecho a guardar silencio, cualquier palabra que utilice podrá y será usada en su contra…” Un día Ramiro Pinilla me dijo: “Pero eso es de psiquiatra”, y yo le contesté: “Probablemente”.

¿Pero a la vez no sirve para ser más exigente?

Puede. Podría ser positivo, sobre todo si logro convencerme de que no voy a publicar más diarios. Esto de los diarios y su publicación me ha empachado de mí mismo. Me encantaría estar escribiendo ahora una novela. Distanciarme de mí. Pero no sé. 

¿Usted antes de 1999 ya escribía diarios o fue la primera vez?

La primera vez. Si quieres te cuento por qué empecé a escribir.

Porque dejó de beber.

Dejé de beber, de salir…, tenía tiempo y miraba mi vida para atrás y veía todo emborronado. No veía ningún orden ni cronología clara. No sabía qué había hecho en ciertas épocas. Y hace veinte años, a los 52, decidí tomar algunas notas y de paso ordenar mi memoria. Las razones por las que uno escribe un diario son cincuenta mil . Todavía aquí, en Clarín [coge la revista], hay artículos que explican por qué se escribe un diario. Yo las encontré todas juntas en una selección de Amiel que creo que publicó Pretextos. Cuando empecé, lo único que sabía era que yo quería escribir en primera persona. Con mi voz. Yo hacía reseñas en los periódicos, pero siempre, al escribir para el público, al releerte, notas dónde has estado un poco forzado, haciéndote el gracioso o pasándote de literario. Yo quería escribir sin ninguna retórica, en primera persona. Un día anoté para mí unas líneas y pensé: “Así quiero escribir”. Y ésa fue la primera entrada del diario, una pequeña revelación. Yo había estado leyendo diarios, aunque no sistemáticamente. Recuerdo que por entonces leía a Pla, a Montaigne, a Pessoa, a Jünger, a Julien Gracq… Tampoco es que yo fuera un gran aficionado a los diarios. Me gustaban los libros en primera persona, eso sí. Las memorias de Baroja, por ejemplo. Pero lo que yo quería encontrar era esa especie de monólogo en el que consisten los diarios que más me gustan. Alguna vez me he preguntado por qué se publican diarios y por qué pueden llegar a tener algún éxito. ¡Si está todo el mundo escribiendo de sí mismo en internet! Y siempre recuerdo una cita de Jünger: “El éxito de un diario consiste en el monólogo bien logrado”. En internet escribes para afuera, para que te lean. En un diario, lo que haces es escribirte a ti mismo, monologas. Luego resulta que se complica el asunto, porque empieza a aparecer una voz particular que ya no sabes si es la tuya, pero que acaba teniendo una cierta continuidad y es la que te sale cuando te pones a escribir.

¿No es premeditada?

No, no está buscada. A lo mejor al pulir, al recortar, al seleccionar, llegas a que sea siempre la misma voz, pero no, no es una cosa premeditada. ¿Soy yo o no soy yo? Te pongo un ejemplo. Hay varias reseñas y comentarios que imaginan al autor de mis diarios feliz, relajado, en bata y zapatillas, escribiendo en casa. Joder, ¡no! Ni estoy relajado, ni tengo bata ni zapatillas y en invierno escribo con corbata. Y me pregunto: ¿Estoy estafando a alguien? ¿Soy yo o no soy yo? Pero estoy seguro de que, aunque escribiera de chaqué y en la mayor de las angustias, aparecería luego el hombre de la bata y las zapatillas que también llevo dentro para seleccionar y corregir lo escrito. Yo no me veo tan relajado. Al contrario. Pero parece que los diarios confortan a algunos de los que los leen.

Pero hay otros diarios producidos por la melancolía o el desgarro. Pessoa, por ejemplo.

Sí, es cierto. Y es buenísimo, pero si Pessoa te pilla en un mal día te desasosiega de verdad. Al principio le enseñé a un amigo el primer libro y le dije que me parecía que daba una sensación demasiado melancólica y que no me gustaba. Él me decía que no, que qué va. ¿A ti te lo parece?

No, no mucho.

Mi visión del mundo es muy pesimista, pero mi carácter no es melancólico. Por lo menos el carácter del que escribe. El que escribe es un tío más alegre que yo. Bueno, sobre todo el que corrige.

Y en esa corrección, particularmente en sus siguientes diarios, ¿también hay una corrección política?

Lo normal.

Lo digo porque al principio, antes de saber que va a publicar, critica a autores como Agustín Fernández Mallo o Belén Gopegui.

Tampoco les critico tanto, y es que ahí escribía sólo para mí. Puede que esa corrección política ahora sí que influya. O podría no hacerlo. Incluso hay gente que se ha especializado en eso, en poner a parir a todo el mundo. Pero si volviera a publicar, no sería agresivo con nadie. No se trata de hacer sangre. He tenido mucha suerte.

A veces se pone en duda en su propio diario.

Intento no soltar un rollo largo ni exponer teorías desarrolladas. En primer lugar porque no las tengo sobre nada. El otro día leía algo sobre Montaigne que me hizo gracia. La alegría que da abrir un libro de Montaigne y saber que a la página siguiente ya estará hablando de otra cosa. Parece que, en conjunto, todos esos fragmentos crean al final una especie de personalidad, pero yo no he intentado construir un personaje coherente con todas esas entradas. O a lo mejor sí, es que nunca sabes lo que haces inconscientemente. Pero no me preocupo mucho. Lo que sí me viene bien es recortar el texto original. Lo que se ha publicado contaba con una ventaja, y es que llevaba mucho tiempo escrito. Empecé en 1999 y lo primero salió en 2010. Yo ya lo había revisado, cortado y seleccionado. Iba conservando sólo las notas que me gustaban. ¿Hasta qué punto me quedaba con aquellas entradas que favorecían a un tipo de personaje que me gustaba o que me hacía gracia o que yo me creía que podía ser? No sé. En cualquier caso, el libro es mejor que yo.

Usted no se hace crítico literario sino hasta que viene a Bilbao, ¿no?

Sí. Yo no tengo vocación de escritor. Pero creo que es Léautaud el que dice que todo aquel al que le gusta la literatura de verdad y lee mucho siempre acaba escribiendo algo. Pues de alguna manera a mí me gustaba, y como te gusta, pues piensas que lo puedes hacer. Quizá probé un poco con algo de poesía…

Y le publicaron en una selección de poetas junto con los jóvenes más prometedores del momento: Luis Antonio de Villena, Félix de Azúa, Javier Marías…

Aun así, yo me di cuenta de que no tenía talento para escribir. Pero, dado que me gustaba leer, pensé que tal vez podía ganarme algo de dinero haciendo crítica literaria. Conseguí entrar en El Correo y funcionó, pero sin vocación de escritor.

¿Nunca ha pensado en hacer algo más largo?

No. Al principio tan sólo quería hacer treinta páginas en mi tono de voz. De repente vi que ya había hecho treinta páginas. Seguí y se lo enseñé a un amigo y luego a otros dos. Y les gustó. Con aquella aprobación que me daban en enero a las pocas páginas que había escrito durante el año, me conformaba. Yo nunca he tenido la menor disciplina, pero me puse reglas para escribir. Diez folios al mes. Aunque no las necesitaba porque lo pasaba muy bien. Escribir me divierte.

Hay algunos autores que dicen que escribir les parece un suplicio.

Pues que no se martiricen. Escribir no es obligatorio. Aunque reconozco que lo que yo prefiero es corregir. Me gusta haber escrito y seleccionar y corregir. Ahí es cuando soy más feliz. Y la gozada más inmensa suele ser borrar. Es una satisfacción. Si tienes diez folios y eliminas dos mejoras el texto. No es tan fácil tirar a la basura aquello a lo que le has dedicado tiempo, pero es un hijo tonto que no va a funcionar de ninguna manera. Diarios está muy corregido. Creo que no hay ninguna frase que haya salido a la primera. Siempre intento simplificarlas. Si te estás escribiendo a ti mismo, ¿qué vas a hacer?, ¿andarte con florituras léxicas o sintácticas? Además, yo no tengo facilidad para escribir con estructuras complejas. Aunque cuando te pones a escribir, no sé por qué, la tendencia inicial es hacerlo todo más complicado de lo normal.

Me recuerda a aquello que dice de Valéry y de las grandes palabras.

Parece que te sale todo más complicado de lo que debe ser. Yo he tratado de escribir sin tonterías. Uso poquísimos adjetivos. “La literatura es el adjetivo”, decían Pla y Umbral. Pues será, pero yo a mí mismo no me hablo con adjetivos. Tengo cuatro adjetivos. Y pensando me imagino que menos. Pla decía que se paraba a liarse y encenderse un cigarrillo mientras pensaba un adjetivo. Yo, cada vez que me fumo un pitillo, y son muchos, quito un adjetivo. Por eso también es importante que lo que escribes pase tiempo sin publicarse. Tardar en publicar viene bien. Esas palabras o salidas de tono con los años las vuelves a leer y dices, pero ¡qué es esto! Piensas que te has vuelto a pasar.

¿Qué opina del ego del escritor?

Eso me admira. Y hay muchos que siguen y siguen y siguen y no tienen éxito y siguen. O tienen un éxito leve. No sé. Yo no podría.

Como crítico literario que ha sido, ¿está de acuerdo con la percepción del crítico literario como escritor frustrado?

No veo por qué. Los que son unos frustrados son la mayoría de los escritores. Vuelvo a insistir: el que lee y le gusta la literatura, lo intenta. Si ve que no lo hace bien y lo deja, yo no lo consideraría un escritor frustrado, sino una persona lúcida. Frustrado es el que se cree que escribe bien y al final a la gente no le gusta. Darte cuenta de que no tienes talento para la literatura no significa que te sientas frustrado por no escribir Guerra y paz. Frustrados están la mayoría de los novelistas que no pueden escribir Guerra y paz.

¿Se considera un lector solitario?

Sí. Aunque he tenido algunos amigos escritores, nunca hemos hablado mucho de literatura. No se habla de eso en nuestras reuniones. Muy poco. Y esto a partir de los cincuenta. Hasta los cincuenta ni eso. Yo leía, pero no era amigo de escritores ni me he movido en el ambiente literario.

Imagen de portada: David Bles, Hombre escribiendo, 1853. Universitaire Bibliotheken Leiden