Los márgenes del Paraíso

La noche / dossier / Junio de 2021

Tamara Tenenbaum

Se supone que Lilith es una figura bíblica; sin embargo, es improbable —aunque supongo que no imposible— que a lo largo de su educación religiosa una persona judía o católica escuche hablar de ella. Sé que al menos yo no lo hice, a lo largo de siete años de estudiar la Torá; y ninguna de mis amigas la oyó mencionar en catecismo. Si llegamos a saber de ella, fue más adelante, en otros contextos.

Phillip Medhurst, _La Tentación de Adán y Eva_ de la serie “Imágenes de la Torah” a partir de Rafael Sanzio Phillip Medhurst, La Tentación de Adán y Eva de la serie “Imágenes de la Torah” a partir de Rafael Sanzio

Y es que Lilith es un personaje de esos que se ubican en los márgenes de los textos sagrados, en las caras ocultas que sólo se muestran a los iniciados y definitivamente jamás a los niños. En el Antiguo Testamento aparece solamente una vez, en el libro de Isaías, y ni siquiera en todas las traducciones. Se la lee mucho más, en cambio, en textos talmúdicos como la Gemara o cabalísticos como el Zohar. Lilith pertenece a los márgenes, entonces, en un segundo sentido: en el sentido de las anotaciones marginales, de los comentarios que escribimos al lado de la parte oficial del texto. Lilith, como el Talmud y la Cábala, es mayormente interpretación: no es algo que Dios le haya dado a la humanidad, sino lo que la humanidad leyó —escribió— entre Sus palabras. Esto me interesa porque en algunas lecturas Lilith es un demonio, pero hay muchos demonios en el folklore judío que no hacen lo que ella hace con el relato bíblico; no lo corrompen tan desde la raíz como ella. Lilith es la corrupción que está en nosotros, la oscuridad que llevamos dentro y no podemos evitar entremezclar en las historias luminosas; la desconfianza originaria de nuestro mito de origen.


En el Jardín del Edén, nos explicaron, vivían felizmente Adán y Eva; el hombre de barro y la mujer que Dios le había hecho a partir de una costilla suya. La serpiente les hizo morder el polvo de la curiosidad —primero a ella, que lo tentó a él— y ahí apareció eso que los cristianos conocen como el pecado original, o la caída de la gracia, que se lavan en el bautismo y que francamente no sé si en la tradición judía tiene nombre pero lo que es seguro es que tiene bastante menos peso. En cualquier caso, es curioso que rara vez reparemos en lo que el mito de Adán y Eva funda; no sólo el pecado, no sólo la carne, no sólo la humanidad —el trabajo de parto, el trabajo de la tierra, el trabajo como forma de habitar el mundo que nos caracterizará como especie—, sino también el binarismo. Adán y Eva, el varón y la mujer que por primera vez se dividieron las tareas de la producción y la reproducción y nos hicieron a todas y todos para heredar sus condenas respectivas.

Henry Keen, _Lillith_, _ca_. 1935. © The Trustees of the British Museum Henry Keen, Lillith, ca. 1935. © The Trustees of the British Museum

Lo primero que Lilith viene a quebrar, entonces, es esta estructura binaria: Lilith es la tercera, y de alguna manera, su naturaleza demoniaca la coloca por fuera de la díada varón-mujer. Lilith no es ninguna de las dos cosas, pero no sólo en el sentido de que no es una mujer humana; también en el sentido del que habla la teórica feminista Monique Wittig cuando dice que las lesbianas no son mujeres. Si, como dice Wittig, las lesbianas (orgullosamente) no son mujeres porque se niegan a ocupar socialmente ese lugar que se llama mujer, Lilith es la primera no mujer. En muchas versiones, está hecha de tierra, igual que Adán; en contraste con Eva, que afirma la diferencia, Lilith es un testimonio provocativo de la mismidad. Y quizás es por eso que se rebela cuando Adán intenta someterla, escapando así de la linealidad de la historia humana a la tangencialidad de la noche. En la penumbra, el demonio Lilith se dedicará a la lujuria y el secuestro; robará bebés, pero también provocará a los hombres mientras duermen para engendrar, con el semen de sus poluciones nocturnas, sus propios pequeños hijos demonios. Lilith representa, así, la unión de dos conceptos interesantísimos: la sensualidad y el atentado a la familia. Me gusta que en ella haya eso: no reconciliación entre dos ámbitos contradictorios de la vida, no la posibilidad de un matrimonio ardiente, sino la aceptación de una contradicción sin esperanza. La lujuria está prohibida porque es peligrosa y atenta contra todo lo correcto; Lilith, según ciertos relatos más tardíos, se acuesta con el Arcángel Samael y engendra con él algunos demonios, pero definitivamente no forman una familia. Lilith, a diferencia de Adán y Eva, seguirá su camino sola.


En su artículo “The Flight of Lilith: Modern Jewish American Feminist Literature”, la investigadora Ann R. Shapiro destaca el rol de la cultura judía en el feminismo estadounidense de la segunda ola; a diferencia de la primera ola feminista, caracterizada por el reclamo sufragista y protagonizada por mujeres de alto nivel económico y ascendencia protestante, la segunda fue remarcadamente judía, encabezada por mujeres de clase media, muchas de ellas hijas de inmigrantes que habían huido de la Europa ocupada. Yo nunca lo había pensado, pero cuando Shapiro empieza —como hace mi abuelo ante la lista de miembros de cualquier club— a enumerar los nombres y apellidos, aparecen nada menos que Betty Friedan, Gloria Steinem, Bella Abzug, Gerda Lerner, Shulamith Firestone y Andrea Dworkin, por mencionar apenas algunas. Todas estas mujeres se identificaron como personas seculares, pero unas cuantas reconocieron la influencia de la herencia judía y sobre todo de la experiencia familiar y generacional del Holocausto en la articulación de sus ideas feministas. Susan Gubar, coautora del clásico de la crítica literaria feminista La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX, escribe sobre esto en su ensayo “Eating the Bread of Affliction”: es claro, anota Gubar, que quienes vivieron como judías en los años de posguerra heredaron una “desconfianza de la autoridad pública” y una “confianza en los vínculos privados”, que ella relaciona con la “valoración (femenina) de las redes de reciprocidad”. Me quedo pensando sobre todo en esto último, la idea del feminismo como una red invisible, una confianza construida a raíz de la desconfianza, un encuentro necesariamente oculto y clandestino. En este mismo ensayo, Gubar trae específicamente la figura de Lilith como una que le sirvió a ella para reconectar con la tradición judía con la que había roto, justamente, por sexista. Lilith le mostró un lugar liminal, un lugar límite, de local pero sobre todo de extranjera, que ella podía hacerse en esa cultura. Muchas feministas hoy y ayer celebraron a Lilith como un modelo de mujer independiente; Gubar, sin embargo, prefiere mantenerla en su rol demoniaco, como alguien que por su propia naturaleza está excluida de la comunidad humana. La historia más rica de Lilith, desde mi punto de vista, siguió por ese camino: no por el que la reivindica como una empoderada, digamos, sino por el que la dejó en el lado de la oscuridad, de la transgresión no integrada sino desintegrada. Para los románticos alemanes e ingleses, Lilith encarnó la figura de la femme fatale: la asociaban con las amapolas, símbolo de frialdad y de muerte, y con las rosas blancas, que representan la pasión estéril. Se la representaba con el cabello largo, que en el folklore judío evoca el peligro de la sensualidad femenina, y mirándose al espejo. En algún sentido Lilith es también la vanidad: en algunas leyendas folklóricas, se habla de su poder de poseer a las mujeres a través de los espejos. Ya entrando en el siglo XX, Lilith fue incorporada por la religión neopagana de wicca y otras corrientes del nuevo ocultismo. Para algunos es la mujer de Satán, para otros la encarnación de una diosa o una sacerdotisa. Paradójicamente, por este rol de esposa del Diablo, algunos satanistas ven en Lilith una especie de figura materna. Otras —especialmente adoratrices mujeres— reivindican su mito original y la entienden como la diosa de la independencia.


Nunca tuve relación con el feminismo brujeril; no tengo ni la constancia ni la inocencia para poner a cargar cristales las noches de luna llena, aunque juntarse con amigas a urdir tramas de amor y de muerte sea de mis actividades favoritas. No conocí a Lilith a partir de esos discursos, sino por un lugar completamente diferente; por el festival Lilith Fair, que organizaba en los años noventa Sarah McLachlan.

Portada del disco _Best of Lilith Fair 1997 to 1999_. Nettwerk Records, 2010 Portada del disco Best of Lilith Fair 1997 to 1999. Nettwerk Records, 2010

El Lilith Fair fue un festival de rock de mujeres: por él pasaron muchas de mis artistas favoritas de la adolescencia, como Tracy Chapman, Fiona Apple o Aimee Mann. Nunca fui, por supuesto, pero me enteré de su existencia en los primeros años de las descargas ilegales de música, bajando versiones de temas que ellas habían cantado en esos escenarios. No duró mucho tiempo pero el solo hecho de que existiera me parecía fascinante, y así supe que le habían puesto Lilith Fair por esa mujer oscura que no existía en la Biblia que a mí me habían contado. La estética del Lilith Fair no tenía absolutamente nada de oscuro, más bien lo contrario; se veía algo folk, algo familiar, algo femenino. Si los artistas grunge varones de esa misma época parecían tener otro vínculo con el negro y la destrucción, la sensación era que las chicas del Lilith Fair eran una especie de ninfas que se juntaban a tomarse de las manos en el bosque y recitar cantos primaverales. Alguna vez lo conversé también con mis amigos metaleros, para los que el Lilith Fair parecía sacado de algún libro de Tolkien o alguna fantasía élfica por el estilo. Sin embargo, con los años, me fui dando cuenta de muchas cosas. Era un festival muy indie, muy desconocido (mucho más que las fechas en las que tocaban los rockeros encuerados), siempre con problemas de dinero y organizado a partir de la voluntad del encuentro. Muchísimas artistas de edades y grados de masividad diversos se reunían allí, como en un aquelarre, dejando los egos de lado, sólo por el deseo de estar juntas y cantar juntas. Hoy todavía les hablo del Lilith Fair a personas que conozco y casi nadie sabe a qué me refiero: no lo hicieron para eso, no hubo intención de hacer historia, sólo de verse y encontrarse. Creo, por un lado, que los encuentros de mujeres que se reúnen por fuera de las estructuras de la familia y de las instituciones masculinas tienen una oscuridad verdadera que no puede lavarse, ni siquiera cuando el feminismo se está volviendo parte de la conversación cotidiana; y por otro, que nos enseñaron a infantilizar determinadas estéticas, a imaginar lo tenebroso de una forma específica, como si nuestras formas de vivir y estar fueran necesariamente dóciles y blancas, justamente para que no veamos esa oscuridad que reside en nosotras y que se hace fuego cuando nos juntamos. Lilith, la que huyó del Paraíso antes de que la echaran, vive en todas las que nos vamos de los lugares donde se supone que deberíamos querer estar. Vive en todas las que elegimos lo que no nos conviene. Lo peligroso pero no lo supuestamente peligroso, no el chico malo que detrás de todos los cueros negros tiene un corazón de oro: lo peligroso en serio.

Imagen de portada: Jan van de Velde, The Witch (Night Piece), 1943. Cleveland Museum of Art