Una historia ridícula, de Luis Landero

La tragicomedia del burgués español

Futbol / crítica / Noviembre de 2022

Eloy Urroz

Aparte de algunos cuentos, Dostoyevski escribió solo dos novelas cómicas, ambas breves, El doble y La aldea de Stepánchikovo. Decir cómicas es, por supuesto, reducirlas: son más que eso. El doble es grotesca e innovadora en sus mejores momentos y La aldea es satírica y a ratos delirante (se dice que se burlaba de Gógol, a quien Dostoyevski había reverenciado siendo joven). Saco a colación esta prédica porque la última novela de Luis Landero, Una historia ridícula, abreva mucho más del gran escritor ruso de lo que a primera vista parece, a pesar de sus varios desaciertos.

Una historia ridícula es la “confesión”, “exposición”, “informe” de Marcial Pérez Armel, un hombre maduro, soltero, romántico y engreído en el límite de la enajenación. Lo mejor de la novela es su voz, la capacidad de Landero para articular en su personaje lo peor del burgués español actual. Marcial es mezquino, arrebatado y narcisista, pero tragicómico en los mejores momentos del relato. Marcial nos soltará una perorata de casi trescientas páginas en las que no hay forma de escapar a su imbecilidad, porque está convencido de que todo lo que dice es “fundamental”. Hasta aquí, pues, todo está en orden, la premisa del relato es sólida, la voz es verosímil y plausible, tenemos un insoportable timbre en primera persona… Solo que hay dos problemas: las infinitas digresiones del protagonista y los involuntarios chistes que, por ser involuntarios, deberían hacernos reír, pero no lo consiguen. No diré que no solté un par de carcajadas, pero nunca tantas como las que he soltado leyendo a Bryce Echenique, Jorge Ibargüengoitia, Adrián Curiel o David Trueba. No creo que sea un problema (mío) cultural; es decir, el de un lector mexicano incapaz de entender los retruécanos y ardides de Marcial. Cualquier lector, español o no, los comprende, solo que no siempre hacen reír.

​ El segundo problema son las digresiones, apabullantes por innecesarias. Y esto es, quizá, la peor parte de la arenga de este personaje, pues cuando, por fin, vemos surgir en lontananza esos pasajes con divertidas peripecias que pronostican más acción, Landero decide detenerse por largos tramos con reflexiones anodinas. Uno comprende, por supuesto, que se trata (una vez más) de las estúpidas reflexiones de Marcial, pero eso no lo exime. Como novelista es menester cuidar ese equilibrio. Si dejas ser a tu personaje tan completamente libre —y ridículo— como para desbarrancarse (y eso es justo lo que ocurre), entonces corres el riesgo de desbarrancar tu relato.

Helmut Kolle, *Autorretrato*, 1930. Städel Museum Helmut Kolle, Autorretrato, 1930. Städel Museum

​ El momento cimero de la acción ocurre hacia el último tercio, cuando Marcial es invitado a la tertulia de los jueves por la hermosa Pepita (homenaje a Pepita Jiménez, por supuesto) sin imaginarse que en esa fiesta será defenestrado por todos los contertulios. Entre el instante en que llega “reconcomido por las dudas” y su entrada al salón hay una digresión de quince páginas, algo a lo que Javier Marías nos tenía lamentablemente acostumbrados en algunas de sus últimas novelas, como Fiebre y lanza y Los enamoramientos. Este tipo de exordios resultan, sin embargo, difíciles de soportar; el lector desea avanzar, mientras que Landero nos somete a Marcial y sus interminables elucubraciones. Se trata, pues, de todo lo que un novelista no debería hacer jamás.

​ Junto con el brillante final de la novela (la cruenta hecatombe con que Marcial se inmola en esa reunión de los jueves), hay grandes aciertos, sobre todo en el capítulo 38, donde el protagonista va en busca de Natalia, su joven amiga prostituta, para llorar entre sus brazos, decirle que ama a Pepita y leerle el mismo ridículo cuento que le ha regalado a esta y ha leído en la tertulia, “Mi pequeña fauna”. Todo es estrambótico, pero el clímax de este capítulo aparece cuando, inexplicablemente, empieza a violentar a la pobre chica: la insulta, la humilla y la despide arrojándole unos billetes solo porque ella ha sido buena y comprensiva con él y porque no soporta que nadie lo compadezca. Y aquí, otra vez, tenemos un homenaje a la intrincada Memorias del subsuelo, de mi amado Dostoyevski, y al desaforado pasaje donde “el hombre del subsuelo” violenta a Lisa, la prostituta, a quien ha amado y que por amar ahora desprecia; la joven Lisa que, por ser buena con él, necesita ser sacrificada con insultos y vejaciones.

Tusquets, Barcelona, 2022

Imagen de portada: Helmut Kolle, Autorretrato, 1930. Städel Museum