periódicas Gen Z MAY.2026

Yeisson Vargas Rendón

Arquitectura condicional

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Reparo el desplome del muro en Tetuán cada martes. La sección J-47 del plano marca esta grieta con precisión de tres milímetros anuales, un cálculo que había aprendido a hacer en Bogotá midiendo el declive de los muros de adobe en la sabana, donde la lluvia tenía otra densidad, otra intención. Habría llegado a dominar completamente el comportamiento de las estructuras en altura, habría escrito el manual de cargas sísmicas que mi profesor había prometido publicar con mi nombre en la portada. Pero aquí la humedad tiene otra gramática, y mis manos conocen un vocabulario que Madrid no lee. ​ La llave Allen de ocho milímetros que llevo en el bolsillo pesa exactamente lo que pesaba en Suba. Es el único objeto que cruzó el océano sin modificarse. Había usado esta herramienta durante once años en la constructora donde aprendí que toda estructura revela su verdad en los ángulos de 45 grados, en los que el peso decide ser fuerza o fracaso. Habría enseñado esto a mi hijo, que ahora tendría diecisiete años y habría heredado mis manos y mi capacidad para leer el concreto como quien lee rostros. La llave conserva en sus seis caras hexagonales la grasa de los andamios del edificio Colseguros, del puente de la calle 170, de la bodega en Fontibón donde había dejado mis herramientas grandes porque tres maletas no son suficientes para una vida que había requerido una casa entera. ​ Todos los jueves a las 18:32 desciendo del Metro en Tribunal. Hay un momento, entre el segundo 47 y el 53, cuando la luz que entra por la claraboya replica exactamente la luz de la estación de TransMilenio en la calle 100, la tonalidad específica de las 17:45, durante marzo, cuando el sol atraviesa la polución del occidente bogotano creando un naranja que aquí no existe. Durante seis segundos, la sección planimétrica de ambas estaciones coincide: el ángulo de incidencia, la reverberación en las baldosas, el eco específico de los pasos multiplicándose en geometrías idénticas. Había calculado alguna vez que Bogotá y Madrid comparten cinco coordenadas de luz al año. Habría llegado a documentarlas todas, habría creado un mapa de convergencias lumínicas que explicara por qué ciertos exilios duelen en lugares específicos del cuerpo.

Jesús Magaña, El no-ruido 34, 2026. © Del artista.

​ Mi madre había cocinado durante cuarenta y dos años con la misma olla de presión. Yo había heredado su comprensión del tiempo: veintidós minutos exactos para los frijoles rojos, dieciocho para las lentejas, treinta y cinco para el sancocho de costilla. Habría perfeccionado su técnica, habría abierto un pequeño restaurante en Chapinero, donde la gente habría hecho fila porque yo había aprendido a medir el punto exacto en el que el cilantro deja de ser hierba y se convierte en arquitectura del sabor. Aquí compro lentejas en Mercadona que no se comportan como deberían. Les falta memoria. Hierven pero no se ablandan con la lógica que había aprendido. Preparo un guiso que sabe a traducción simultánea, a versión no autorizada de una receta que habría transmitido generacionalmente. ​ El capataz de la obra en Vicálvaro me dice que amarre las cargas de otra manera. Había aprendido a hacer nudos siguiendo la tradición de los maestros de obra de la séptima con cuarenta y cinco, donde don Rodrigo había enseñado que el nudo de alondra doble es el único que resiste carga variable sin desplazamiento. Habría alcanzado yo su nivel, habría llegado a distinguir a ojo la resistencia de una viga sin necesidad de consultar tablas. Pero aquí los nudos tienen otros nombres y mi técnica es considerada “insegura” porque no aparece en los manuales españoles. Aprendo nudos nuevos con manos que conocen mejor otros nudos. Mis dedos recuerdan mientras obedecen, conjugando en dos gramáticas incompatibles. ​ Camino por Malasaña buscando la panadería que no existe. Había trazado mentalmente durante años la ruta perfecta desde mi casa hipotética hasta la panadería que habría abierto mi hermana después de graduarse de la escuela de cocina. Habría recorrido esa ruta cada domingo a las 9:15 para llegar antes de que se acabaran las almojábanas. La panadería habría estado en la carrera trece con calle sesenta y siete, local 203, segundo piso, con vista a los cerros que habrían permanecido en su lugar mientras yo envejecía caminando la misma ruta hasta memorizarla con los pies. Aquí encuentro panaderías que venden pan que no es pan sino una interpretación europea de algo que requiere otro clima para ocurrir. Compro. Como. Traduzco mientras mastico. ​ La esquina de Fuencarral con Gran Vía contiene un error en la mátrix. He verificado las coordenadas: 40.4205° N, 3.7007° O. Exactamente en ese vértice, cuando el semáforo está en rojo, entre el segundo quince y el veintitrés del ciclo, se abre una fisura geométrica. Había estudiado un fenómeno similar en el cruce de la Caracas con calle veintidós, donde la convergencia de tres flujos vehiculares creaba una zona de turbulencia que los peatones evitaban instintivamente sin saber por qué. Yo había aprendido a detectar estos puntos leyendo las rutas de evacuación que la gente traza inconscientemente. Habría llegado a ser el ingeniero que rediseña esos cruces, el especialista en flujos que había soñado ser. En Madrid, parado en esa esquina exacta, experimento la superposición: estoy comprando un billete de metro y estoy comprando minutos de celular en el San Andresito; evito un charco y, al mismo tiempo, el hueco de la avenida Suba que nunca repararon; llevo una chaqueta de Zara y la chaqueta que compré en el centro comercial Andino para la entrevista con la que habría conseguido el ascenso.

El no-ruido 7, 2022.

​ Mi voz había cambiado tres veces. Primero, a los catorce años, obviamente. Después, a los veintitrés, cuando aprendí a hablar con los ingenieros usando su vocabulario de cargas y momentos de fuerza. Habría llegado a perfeccionar ese registro, habría sido el tipo de profesional que explica problemas complejos con frases simples. Aquí mi voz cambia por tercera vez: pierdo la ese al final de las palabras, la erre se me ablanda, el ritmo se me acelera para mantener el paso de las conversaciones madrileñas que tienen otra velocidad, otra urgencia. Cuando llamo a mi madre los domingos, ella dice que hablo raro. Habría envejecido con la voz que ella reconoce. Habríamos desarrollado juntos ese idioma privado que las familias crean sin darse cuenta. En cambio, ahora hablo en dos frecuencias simultáneas y ninguna es completamente audible.

​ El domingo salgo a correr por el Retiro. Había corrido durante doce años en la ciclorruta de la calle 116, siempre el mismo recorrido, 8.2 kilómetros exactos que conocía por memoria muscular: la subida en el kilómetro 3, la curva cerrada en el 5.4, el parche de terreno irregular en el 7 cuando había que cambiar el patrón de zancada. Habría llegado a correr esa ruta hasta los setenta años, hasta que mi cuerpo la hubiera trazado como surco permanente en el espacio. En el Retiro corro rutas que no conozco, que debo reaprender cada vez porque todos los senderos se parecen y ninguno es similar al circuito que había convertido en extensión de mi sistema nervioso. Corro en presente simple mientras mis piernas recuerdan en pluscuamperfecto. ​ En la obra de Canillejas encuentro un plano mal dibujado. La escala está desfasada 1:150 cuando debería ser 1:100, un error que había aprendido a detectar en tres segundos, después de revisar cuatrocientos planos en mi primer año de trabajo. Habría llegado a ser el tipo de profesional que encuentra errores que las computadoras no detectan, el que salva proyectos completos con una observación correcta en el momento exacto. Señalo el error. El arquitecto español revisa, confirma, se sorprende. Me pregunta dónde estudié. Le digo el nombre de una universidad que él no conoce, en una ciudad que él visitó una vez de turismo durante un fin de semana. Habría explicado mejor mi formación, habría tenido los documentos apostillados, habría conseguido la homologación que me habría permitido firmar proyectos. En cambio, reviso planos sin poder firmarlos, acumulo autoridad fantasma. ​ Mi exnovia se casó en octubre. Lo supe por Instagram. Yo habría estado en esa boda si las líneas temporales no se hubieran bifurcado en 2019. Habríamos bailado salsa en la finca de Sasaima donde sus padres habían reservado el salón grande, habríamos discutido porque a mí nunca me gustó bailar en público pero habría cedido porque era su día. Su hijo tendría ahora dos años y yo habría sido una presencia extraña en su vida, el que pudo ser y no fue, el que aparece en una foto de la boda con expresión incómoda. En cambio, no estoy en ninguna foto. Existo en negativo. Soy la exposición que no sucedió, el fotograma velado. En Madrid salgo con una mujer que no conoce mi apellido completo, que no ha visto mi ciudad, que construye una imagen de mí usando únicamente el material del presente. Habríamos llegado a un punto de intimidad que requiere historia acumulada. Aquí, la intimidad es un edificio sin cimientos, pura estructura en altura sin memoria de suelo.

El no-ruido 23, 2025.

​ Los domingos habría visitado a mi madre. Habríamos desarrollado una rutina: llegar a las once, almorzar a las doce y media, café a las dos, salir a las cuatro. Cuarenta años de domingos multiplicados por cinco horas son 10 400 horas que no sucedieron. Si las convirtiera en días completos sumarían 433 días, poco más de un año de tiempo físico que existió en otra línea. Ese año paralelo tiene peso material. Ocupa espacio en algún lugar de la geometría del universo. Los domingos en Madrid me despierto tarde, preparo huevos que saben a derrota menor, escucho el silencio español que es distinto del silencio colombiano porque está hecho de otras ausencias. Mi madre envejece a una velocidad que no puedo medir correctamente porque sólo la veo en pixeles de baja resolución cada ocho días. Habría aprendido a leer su envejecimiento cada semana, habría notado el momento exacto en el que su espalda empezó a curvarse. En cambio, la veo a saltos, como un time-lapse mal calibrado. ​ He calculado que cruzo, en promedio, veintidós umbrales al día: la puerta de casa, la del portal, la del metro, la de la obra, la del bar donde almuerzo, la del supermercado. Veintidós bisagras diarias entre espacios. Había cruzado otros umbrales en Bogotá: los de mi casa de la infancia, los de la universidad, los del trabajo, lugares que frecuenté hasta convertirlos en coordenadas existenciales. Habría seguido cruzando esos umbrales hasta que mi cuerpo los conociera sin verlos, hasta desarrollar la capacidad de los ciegos para detectar puertas a partir de cambios de presión atmosférica. Aquí cruzo umbrales que debo ver para reconocer. Cada puerta es una primera vez perpetua. Acumulo esfuerzo consciente donde debería haber automatismo. ​ Un compañero de la obra me pregunta por qué vine. Es una pregunta razonable que no tiene respuesta razonable. Había tenido una vida que funcionaba: trabajo estable, apartamento en arriendo pero con opción de compra, relaciones que habían alcanzado profundidad por acumulación temporal. Habría pagado ese apartamento en doce años, habría cambiado la cocina, habría pintado las paredes de un color específico que había elegido después de meses de considerar muestras. Vine a Madrid porque la construcción estaba en crisis en Colombia en 2019, porque un primo había dicho que aquí pagaban mejor, porque en algún momento decidí que la línea temporal donde me quedaba era menos probable que la línea a donde me iba. No le explico esto. Le digo: “Trabajo”. Él asiente como si hubiera dicho algo completo. ​ La estación de Atocha, a las siete de la mañana, huele a un café que no es el café que yo había bebido. Había desarrollado una relación de veintiún años con el tinto de la tienda de don Mario en la esquina de mi casa, esa tienda que habría permanecido en su lugar siendo cada mañana idéntica a la anterior. Don Mario me habría visto envejecer, habría comentado mi primera cana, se habría reído cuando mi barriga empezara a crecer, habría preguntado por mi familia en ese tono de curiosidad que no resulta invasiva que los tenderos veteranos perfeccionan. Habríamos tenido una relación construida por dos minutos diarios durante veintiún años: 12 775 encuentros que suman 425 horas, casi dieciocho días completos de conversación fragmentada. En Atocha compro café en máquinas automáticas que no me reconocen, que me tratan con la hospitalidad genérica de las superficies de plástico. ​ Hay una vibración específica en el Metro de Madrid que no coincide con la vibración del TransMilenio. Lo había medido: frecuencia de 17 Hz en TransMilenio vs. 22 Hz en el Metro. Esos cinco hercios de diferencia se acumulan en el esqueleto. Después de tres años, mi columna vertebral ha sido reentrenada por las sacudidas españolas. Habría seguido siendo sacudido por las frecuencias bogotanas hasta que mi estructura ósea las incorporara como patrón permanente. Soy un instrumento musical resintonizado a la fuerza, y las canciones viejas ya no suenan igual cuando las toco.

El no-ruido 5, 2023.

​ El correo electrónico de mi antiguo jefe llegó en marzo. Una oferta: volver a la empresa, un puesto mejor que el que había dejado, salario en pesos que convertido a euros no es ni la mitad de lo que gano aquí, pero que allá significaría estabilidad reconocible. Habría aceptado inmediatamente en 2019. Habría reconstruido la vida que había interrumpido. Pero ya no es 2019 y la vida interrumpida ya no existe como opción reconectable. Respondo educadamente que estoy bien aquí. Es una mentira técnicamente verdadera. Estoy bien en el sentido en que funciono, en que sobrevivo, en que pago el alquiler. Habría estado mejor en el sentido en que habría sido coherente con mi historia, en que no habría requerido traducción simultánea para existir. ​ Reparo el desplome del muro en Tetuán. La grieta ha crecido tres milímetros esta semana. La reparo con mezcla española que se comporta diferente de la mezcla que había aprendido a preparar. Habré reparado este muro quinientas veces cuando cumpla diez años en Madrid. Habré aceptado que algunos desplomes no se reparan sino que se administran. Habré aprendido que la arquitectura de una vida no es la suma de lugares habitados sino la resta de lugares abandonados. Las grietas vuelven. Los muros ceden. Había guardado todo en tres maletas. Había prometido volver. Habré comprendido que algunos verbos carecen de conjugación en futuro simple porque el futuro mismo es una forma gramatical que no existe fuera del condicional. Hay una grieta en la pared de mi piso en Lavapiés.

Este cuento fue ganador del IV Premio de Relato Migrante UNAM-España / Festival Centroamérica Cuenta, que celebra la escritura literaria sobre la experiencia de la migración latinoamericana en dicho país.

Imagen de portada: Jesús Magaña, El no-ruido 14, 2024. © Del artista