dossier Gen Z MAY.2026

Elena Eguiarte Pardo

La mano invisible que todo lo edita

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Cuando era niña, seguramente, yo quería ser otra cosa. Arquitecta, veterinaria, pintora, bióloga marina: a las niñas que crecimos en los dosmiles ya no nos costaba pensar en femenino. Aun así, hay muchas palabras que no existen por default en el vocabulario de la infancia —y que, por ende, no moldean el mundo ni el futuro en ese tiempo—. Yo, por ejemplo, no conocía la palabra “editora”, ni conocía a nadie que se dedicara a ello. Hoy tengo veintisiete años y llevo al menos cinco editando profesionalmente; sin embargo, mucha gente fuera de mi círculo laboral sigue sin conocer el término. O lo conocen de oídas, quizá, sin saber a qué se refiere exactamente. Para ser honesta, a veces yo tampoco sé con precisión qué significa esto de “editar”. Es difícil mapear la ruta exacta que me trajo aquí, y al pedir indicaciones sobre cómo llegar a “ser editora”, lo más probable es que cada quién apunte en una dirección diferente. Las arquitectas estudian arquitectura; las abogadas, derecho; las doctoras, medicina. ¿Y las editoras? Si buscas “editor” en LinkedIn, buena parte de los resultados sugieren vacantes relacionadas con la producción audiovisual. Si me preguntan cómo llegué a donde estoy, diré que a tientas. Y estaré siendo honesta, aunque parezca que me guardo el secreto egoístamente. A tientas, pero con entusiasmo, persiguiendo los puntos y las comas y todos los textos crudos que se me atravesaran. A tientas, pero con muchas manos guiando el trayecto. El camino de la editora es errático, pero muy rara vez es solitario. Una puede escribir a solas y leer en silencio, pero lo que sucede en medio es un proceso polifónico que siempre implica a alguien más. Editamos a alguien, para alguien, con alguien. Editar es una labor fundamentalmente colectiva. ​ Casi parece que una no se topa con el sustantivo (soy editora) hasta que empieza a ejercer el verbo (yo edito). Cuando miro mi propia trayectoria, me pregunto si acaso puedo hablar de una “orientación vocacional” que me haya traído hasta aquí. Contrario a lo que quisiera contar, de niña no me gustaba leer. A pesar de los esfuerzos incansables de mi mamá por despertarme algún interés por la lectura, a mí me gustaba más la tele. Aunque nunca me he sentido parte de la generación Z —porque nací en ese periodo liminal después de la World Wide Web, pero antes del cambio de milenio—, supongo que, si lo que la caracteriza es haberse criado más en las pantallas que en las calles, entonces sí, pertenezco a esta juventud tecnológica que estuvo condenada desde el inicio a ser conejillo de indias de un ciberfuturo tan emocionante y añorado como improvisado y anticlimático. La virtualidad ha atravesado muchas de mis vivencias, como seguramente atraviesa las de la gente que nació en un tiempo y un contexto similar. Quizá sea pertinente decir también que, más que sólo una herramienta o un medio de comunicación, la Gen Z —al menos este nicho al que yo pertenezco— ha encontrado en el internet una forma de mediar el mundo. Aunque la interacción en línea es compleja, durante mi adolescencia, “mi gente” no era sólo con la que compartía espacios físicos, sino a la que retuiteaba y quienes me daban like en Tumblr. Y ahí está, creo yo, lo realmente determinante: estas redes implican interacción constante: reaccionar, compartir, comentar, debatir, cambiar de opinión y picar “borrar”. Esto moldea la forma en la que construimos comunidad, pero también conocimiento. Las computadoras reciben input y el internet lo propaga en segundos, mucho más rápido que cualquier imprenta.

Rodrigo A. Truqui, cortesía del autor, 2023.

​ A los doce años tuve mi despertar lector con Harry Potter. Como si se tratara de un rito de iniciación adolescente de la Gen Z, cuando acabé con los libros, el cauce de mi entusiasmo voraz me llevó a Wattpad. Para quienes no estén familiarizados con la plataforma (no con lo que es ahora, sino con lo que era antes), se trataba, sencillamente, de un lugar para contar historias. La clave era la libertad que la regía: cualquiera podía escribir sobre cualquier cosa. El sitio se alejaba de los parámetros y rigores del mundo editorial y académico. No había un proceso de selección ni mucho menos de revisión. Es más, ni siquiera existía una discusión real sobre derechos de autor. Y aunque la falta de filtros significó cierta pérdida de corrección estilística, lo que ganamos fue mucho mayor: dejamos de preocuparnos por ganarnos una voz y nos lanzamos directo a usarla. Casi por naturaleza, la comunidad en Wattpad se conformó sobre todo por mujeres jóvenes y disidencias. Predominaba el fanfiction: historias escritas por fans que retoman personajes, ambientes y situaciones de otras obras —novelas, películas, series, ánime, videojuegos— para dar pie a nuevas tramas, relaciones amorosas y escenas cotidianas. En Wattpad, todas teníamos derecho a fantasear y a compartir la fantasía. La práctica común era publicar un capítulo a la vez y dejar que las lectoras —que a veces eran dos, pero qué más da— esperaran con ansias la siguiente actualización. Como las novelas de entregas, pero sin cobrar un centavo. Eventualmente, se habilitó una función de comentarios que simulaban notas al margen, pero públicas. Podías subrayar un pasaje y escribir “< 3”, lo mismo que sugerir “valdría la pena retomarlo en el siguiente capítulo” o “Hermione Granger nunca haría eso”. Ahora, en retrospectiva, pienso que el quehacer editorial —no sólo el que corrige, sino el que acompaña la escritura— sí que estaba presente en Wattpad. Y es que ese Wattpad de antaño puso en evidencia algo importante: editar no es lo mismo que fiscalizar lo que se escribe. Y esto resulta fundamental a la larga, pues aunque en el mundo editorial existe una labor de depuración a través de dictámenes y otros procesos de selección —los cuales determinan qué sí y qué no merece publicarse—, Wattpad planteó otro punto de partida: uno que no decide quién puede participar en la carrera, sino que te acompaña mientras entrenas y te recuerda que eso también es correr. No hace falta demostrarlo. ​ Casi al mismo tiempo, durante la secundaria y el bachillerato, participé en el taller de escritura de mi escuela. Era una actividad extracurricular que pronto se convirtió en mi momento sagrado. La dinámica era simple: escribir en casa, traer fotocopias para todxs, leer en voz alta y discutir. Tex, el maestro de español, moderaba las sesiones y hacía una corrección de estilo minuciosa de cada texto. Yo registraba cada punto y cada coma y cada acento y cada rima interna y cada verbo mal conjugado. Anotaba todas las observaciones en todos los cuentos y poemas, aunque no los hubiera escrito yo. Cuando Tex terminaba de corregir, era nuestro turno. Debatíamos lugares comunes, proponíamos figuras retóricas, discutíamos los límites de la cursilería, de la verosimilitud y del morbo; animábamos a desarrollar más a los personajes y a cortar lo que considerábamos reiterativo. Se nos iban las horas en eso: en desmenuzar los textos como si pretendiéramos sacarles brillo de tanto hablar de ellos. En su ensayo “Razones para perdonar a los talleres”,1 Laura Sofía Rivero confiesa: “no puedo pensar en el taller como un evento sagrado. Sigo asociándolo al sudor, al trabajo, al ruido colectivo, a la ayuda entre pares […]. A los talleres les perdono sus deslices porque en ellos encontré lo que había buscado por mucho tiempo: un lugar para hablar de lo que las palabras pueden llegar a hacer”. Además de reconocerme en las palabras de Rivero, me pregunto también si no es acaso precisamente eso —sudor, trabajo, ruido colectivo, ayuda entre pares— lo que implica el quehacer editorial. Todavía hoy, años después de mi última sesión en el taller, cuando me siento a editar, recurro a las herramientas que me enseñaron todxs esxs adolescentes para examinar los textos y preguntarme “lo que las palabras pueden llegar a hacer” cuando se trabajan a conciencia, sin juicios, con cuidado, en colectivo.

Rodrigo A. Truqui, cortesía del autor, 2023.

​ A Página Salmón llegué a tientas, pero con muchísimo entusiasmo. Primero como lectora, luego como escritora, y por fin, como editora. Iba a media carrera en Letras Inglesas y tenía veintidós años recién cumplidos cuando me integré al comité editorial, después de tomar con ellxs un taller de escritura que me dejó con la misma hambre de másmásmás que me llevó a Wattpad. Cuando llegué, el proyecto llevaba ya cinco años. Había una metodología rigurosa y bien estructurada de lo que había que hacer. Sin entrar en detalles, debo decir que la receta para preparar cada número de la revista es tediosa. Implica horas de planeación, lectura, discusión y corrección de estilo. A veces incluso un poco de diseño y programación. La palabra “talacha” no tiene ese dejo de dignidad académica ni se parece al idilio del poeta bohemio, pero es lo que hace una editora. Una y otra vez. Y claro, el corazón sostiene en buena medida nuestro quehacer, pero a veces se cansa, y entonces entra la disciplina. Y más cuando se trata de un proyecto independiente. Pero un proyecto independiente también conlleva otra palabra fundamental: comunidad. Gente comprometida, con intereses y entusiasmos comunes; gente que en el camino discute, duda, discrepa, se cansa y se frustra, pero que también conversa, celebra, se apoya, se motiva y se cuida. El quehacer editorial no es sostenible a solas, porque un corazón solo se cansa y una voz sola se pierde. En 2023 publicamos nuestro primer libro como editorial (Radiografía de cuerpo completo de Olympia Ramírez Olivárez). Diseño, maquetación, imprenta, distribución, presentaciones: recorrimos todo el proceso que culmina en un libro. Por no mencionar todo el cuidado y acompañamiento del proceso de escritura de Olympia, que tomó casi dos años. El comité editorial de Página Salmón somos cuatro personas, pero para que un par de ojos pueda leer lo que un par de manos escribió, se necesitan muchísimas personas en medio. Y no hay gloria del otro lado. Editar puede ser una profesión invisibilizada. El nombre de la editora no aparece en la portada. ​ Hace unos años me convertí en editora de una revista de gastronomía y estilo de vida. También llegué ahí a tientas y con más dudas que entusiasmo. Tuve que integrar a mi vocabulario editorial palabras como SEO, alcance, pauta. Apacigüé mis aspiraciones literarias para satisfacer al algoritmo. Aprendí que la edición habla muchos lenguajes para apelar a lectores, clientes y máquinas. La edición comercial exige entender lo que hay detrás de la pantalla, saber esconder frases clave; identificar dónde conviene insertar una imagen —y cuál—, un link, un anuncio; escribir lo que no se lee. La edición comercial en internet no sólo es minuciosa con lo que le dice al lector, sino también a los motores de búsqueda. El saber de las imprentas se ha construido a lo largo de casi seis siglos, pero el algoritmo cambia constantemente, y con él, el manual de estilo para triunfar en la red. Y ahora sí que lo que quieres es triunfar. Esto no es Wattpad ni tenemos catorce años; hay que pagar la renta. Si pensaba que editar literatura era tedioso, era porque no conocía esta otra rama del oficio. Pero si algo he aprendido, es que sí que existe una mano invisible que todo lo edita, y eso me emociona. Esta labor de mediar el mundo, de cuidar las palabras que lo moldean, de acompañar escrituras y proponer lecturas, de entusiasmarse cuando das con la redacción correcta: este oficio podrá no nombrarse, pero existe y es enorme y hay que defenderlo. No sólo de los avances tecnológicos que insisten en usar el verbo (editar) y borrar el sustantivo (editora), sino también de este sistema que nos susurra a veces que si tu nombre no está en la portada, tu trabajo no cuenta. Confiar en que quizá no estamos caminando a tientas y en que nombrarnos editoras ya nos lleva por buen camino.

Imagen de portada: Rafael Flores, Bosque de un solo árbol [autómata], 2025. Cortesía de Salón Basalto y La Quiñonera.

  1. Laura Sofía Rivero, “Razones para perdonar a los talleres”, Enciclopedia de las artes cotidianas, Ediciones Moledro, Ciudad de México, 2022, pp. 18-19.