Padre, perdóname porque he pecado de Sierra Simone
El sueño erótico de un nuevo milenio
Leer pdfEscondida en la burbuja virtual, tardé en enterarme de lo que, al parecer, ya todos sabían: una de las tendencias comerciales más exitosas en la ficción actual es el género que se ha dado en llamar spicy. Se trata de romances cuya principal característica es tener contenido sexual, que puede ir de lo más sutil a lo más explícito. Me enteré de esto de la manera más directa que se pueda imaginar: cuando fui arrollada por la multitud de compradoras que rodeaban los estantes donde se exhibían las novedades del género. No pude resistir la curiosidad, así que entré al grupo exclusivo de lectoras de Facebook en el que participo y pedí recomendaciones, mientras más picosas, mejor. Una de las que más se repitieron fue Padre, perdóname porque he pecado (Priest, en inglés) de Sierra Simone, el primer tomo de una serie de seis libros que cuenta el amor prohibido entre el sacerdote Tyler Bell y una agnóstica recién llegada a su comunidad, Poppy Danforth. Antes de convertirse en una autora de éxito, Sierra Simone era una bibliotecaria norteamericana aficionada a las novelas de romance. Eso explica que haya estado tan familiarizada con lo que requiere el género, pero también con el apetito de esta generación. Este tipo de novelas siempre ha existido, lo sabemos, y se discute también cuál ha sido su rol cultural y social. Elena Garro decía envidiar a Corín Tellado por el éxito económico que le garantizaba acceso a la vivienda y el dentista, mientras que el feminismo reivindica la función de este tipo de obras como una forma de expresión —e incluso educación— sexual femenina; no se puede negar que, para tener un alcance masivo, deben reflejar el pensamiento de su época. Y aquí es donde mi lectura de Padre se volvió mucho más interesante de lo que esperaba. Confieso que, al principio, lo primero que me tomó por sorpresa fue lo explícito del libro. A pesar de que mis prescriptoras fueron claras al respecto, no estaba ni siquiera cerca de imaginar lo que podía encontrar en el relato. Esto habla del libro, pero también de mí, por lo subjetivo de este criterio, pero quiero decir que todas las partes del cuerpo aparecen nombradas sin lugar a ambigüedades, y los distintos encuentros entre los personajes van cada vez más lejos en su afán de transgredir las convenciones. Intentaré ser tan clara como la novela: hay sexo oral, vaginal, anal, juegos de rol, encuentros en la iglesia, y casi todos involucran objetos devocionales o litúrgicos del ritual católico. La transgresión también pretende ser ideológica: en distintos momentos de la trama, los antecedentes de la pareja los llevan a reafirmarse en la fe, pero también a cuestionar a la institución que protege pederastas y no se ha actualizado lo suficiente como para ordenar a mujeres, o permitir a sus sacerdotes casarse y formar familias. Lejos de mostrar los actos de los protagonistas como profanaciones, la autora propone una interpretación poco original, pero comprensible, en su contexto: el sexo puede ser una experiencia espiritual y sagrada bajo ciertas circunstancias. ¿Y cuáles son los términos que se nos proponen para que esto resulte aceptable? Esto fue para mí el aspecto más interesante de la novela: los protagonistas y su manera de vincularse nos proponen nuevos modelos de la masculinidad, de la feminidad y del romance. No es riesgoso asumir que, si gozan de aceptación masiva, es porque en buena medida representan las aspiraciones de una buena parte de la población (o al menos de su segmento de mercado). Estas coordenadas de lo deseable podrían asemejarse a sus predecesoras; después de todo, los personajes centrales son jóvenes, guapos y buenos. Lo interesante radica en saber cómo las entiende, al menos los dos últimos términos, esta generación. Poppy, la “ovejita descarriada”, es una muchacha que ha estudiado en las mejores universidades del país y proviene de una familia, no sólo adinerada, sino de cierta alcurnia. Su destino hubiera sido casarse con un soltero prometedor y administrar su herencia, pero sintió un llamado interior: el de independizarse y buscar su propia identidad. Sin dejar de tener éxito en los negocios, consiguió descubrir su vocación artística y combinarla con sus exploraciones sexuales. El encuentro con Tyler es parte de una búsqueda espiritual que había iniciado en su labor como voluntaria en países menos favorecidos. Un detalle particular: su fragancia huele a lavanda, aroma tradicionalmente masculino, aunque puede que esto responda mucho más a la popularidad actual de Libre, creación de la destacada perfumista Anne Flipo para Yves Saint Laurent, que a una sutileza de la autora para señalar los matices de androginia que presenta Poppy, al menos en comparación con protagonistas más tradicionales del género romántico. Por otro lado, Tyler es un sacerdote que decide ordenarse por una cuestión familiar más que por vocación. Decisión inteligente por parte de Sierra Simone, pues si nos hubiera planteado a este personaje como un hombre que desde niño había sentido el llamado de la religiosidad, Poppy sería considerada una corruptora. En cambio, ambos nutren mutuamente su curiosidad espiritual: ella es una tentación que propone otras maneras de contactar con lo sagrado, mientras que él le muestra que la fe católica puede ser un consuelo y un medio de realización. En este caso, diríamos que Tyler es el seducido, y gran parte de su atractivo tiene que ver con eso; en muchas ocasiones lo vemos contener sus impulsos, sin embargo, no siempre porque le preocupe el pecado o lo que pueda suceder con él, sino cómo pueda sentirse Poppy. Incluso reflexiona en términos feministas y brilla entre sus cavilaciones la palabra consentimiento. Además, la relación que se establece entre ambos tiene, desde el principio, un componente sexual que predomina en la narración, pero la autora es muy cuidadosa al mostrar que no es eso lo único que los une; comparten aficiones, valores, el interés por la comunidad y la vocación de ayudar a los demás. Si no he sido clara hasta este punto, aprovecho la oportunidad: esta representación parecía prometedora. Si bien no es completamente transgresora, al menos no se apoya en los tradicionales roles de género. Por otra parte, es significativo que Poppy es un ideal de mujer propuesto por otra mujer, cuyas características centrales no incluyen sólo el atractivo sexual, sino también la autonomía sobre su propio cuerpo y placer. En ese mismo sentido, Tyler es un ideal de hombre escrito por una mujer, que en la relación sexual aspira a satisfacer a su pareja —le inquieta incluso—, y no juzga el comportamiento de Poppy, ni en ese ámbito ni en ningún otro. Ésa es la verdadera fantasía erótica, si me lo preguntan. Lo que también es pertinente aclarar es que eso es insuficiente en sí mismo para recomendar esta lectura. En parte porque el elemento erótico es a veces tan excesivo que resulta casi de humor involuntario y porque se llega a tensar la trama en un sentido moral que parecía original (el dilema entre el placer individual y el deber dentro de la comunidad), pero esa tensión se resuelve de la manera más convencional que a cualquiera se le pueda ocurrir. (Eso también pareciera humor involuntario, una alusión al chiste que se burla de que las mujeres ven completas las películas pornográficas porque creen que al final los protagonistas se casarán). Honestamente, no volvería a leer un libro de este género (uno fue suficiente para satisfacer mi curiosidad), pero al menos me tranquiliza saber que las generaciones actuales esperan algo más del amor, del matrimonio y del sexo. Aunque sólo sea en la ficción.
Sierra Simone, Padre, perdóname porque he pecado, Vera, México, 2024.
Imagen de portada: Reprografía de fotograma de la película Los demonios del director Ken Russell, 1971.