Cultura UNAM

El entenado

Tabús / dossier / Junio de 2018

Juan José Saer

La carne humeaba, despacio, sobre el fuego. Al derretirse, la grasa goteaba sobre las brasas, produciendo un chirrido constante y monótono, y por momentos formaba un núcleo breve de combustión, acrecentando la humareda y atrayendo la atención de los asadores que se inclinaban, interesados, y se ponían a remover el fuego con sus palos largos. El silencio de los indios era tan grande que, a pesar de la muchedumbre que rodeaba las parrillas no se oía nada más que la crepitación apagada de la leña y la cocción lenta de la carne sobre el fuego. De la carne que iba asándose llegaba un olor agradable, intenso, subiendo junto con las columnas de humo espeso que demoraban en disgregarse hacia el cielo. El origen humano de esa carne desaparecía, gradual, a medida que la cocción avanzaba; la piel, oscurecida y resquebrajada, dejaba ver, por sus reventones verticales, un jugo acuoso y rojizo que goteaba junto con la grasa; de las partes chamuscadas se desprendían astillas de carne reseca y los pies y las manos, encogidos por la acción del fuego, apenas si tenían un parentesco remoto con las extremidades humanas. En las parrillas, para un observador imparcial, estaban asándose los restos carnosos de un animal desconocido. Estas cosas son, desde luego, difíciles de contar, pero que el lector no se asombre si digo que, tal vez a causa del olor agradable que subía de las parrillas o de mi hambre acumulada desde la víspera en que los indios no me habían dado más que alimento vegetal durante el viaje, o de esa fiesta que se aproximaba y de la que yo, el eterno extranjero, no quería quedar afuera, me vino, durante unos momentos, el deseo, que no se cumplió, de conocer el gusto real de ese animal desconocido. De todo lo que compone al hombre lo más frágil es, como puede verse, lo humano, no más obstinado ni sencillo que sus huesos. Parado inmóvil entre los indios inmóviles, mirando fijo, como ellos, la carne que se asaba, demoré unos minutos en darme cuenta de que por más que me empecinaba en tragar saliva, algo más fuerte que la repugnancia y el miedo se obstinaba, casi contra mi voluntad, a que ante el espectáculo que estaba contemplando en la luz cenital se me hiciera agua a la boca. Durante el tiempo que duró la cocción, la tribu entera permaneció inmóvil, en las inmediaciones de las parrillas, contemplando con su semisonrisa ausente la carne que iba dorándose entre las columnas de humo, anchas y espesas, que subían sin disgregarse. Tan grande era la inmovilidad de esa gente, tan absortos estaban en su contemplación amorosa, que empecé a pasearme entre ellos y a observarlos en detalle, como si hubiesen sido estatuas; por no parecer descorteses, algunos me dirigían gestos rígidos y rápidos, sin desviar la vista de la carne; uno solo, molesto por mi merodeo inoportuno, murmuró algo y me lanzó una mirada impaciente. Anduve largo rato entre esos cuerpos desnudos y sus sombras encogidas que el sol de mediodía estampaba en la arena hasta que, en medio de ese silencio casi total, se oyó la voz de uno de los asadores, invitando a los indios a aproximarse sin duda, ya que de la muchedumbre se elevó, súbito, una especie de clamor, y, precipitándose todos al mismo tiempo, los indios, en un estado de excitación inenarrable, se amontonaron junto a las parrillas, empujándose unos a otros y tratando de ganar un lugar favorecido cerca de los asadores. La inminencia del banquete los volvía ansiosos: podía verlos apiñándose alrededor de las parrillas y mostrando, por los gestos que realizaban sin darse cuenta, su nerviosidad: algunos, como criaturas, cambiaban de pie de apoyo una y otra vez, como si el peso de sus cuerpos los fastidiara, otros, al menor roce, les daban a sus vecinos un empujón violento; muchos se rascaban, con furia distraída, la espalda, los cabellos, las axilas, los genitales; algunos, sosteniéndose en un solo pie se rascaban, con las uñas del otro, como ausentes, la pantorrilla oscura y musculosa hasta hacerla sangrar. Yo me mantenía a distancia, observándolos, y apenas si podía ver los círculos exteriores de la muchedumbre. Tan apretados estaban, que los más mínimos gestos de un individuo sacudían su vecindad de modo tal que el estremecimiento se propagaba a toda la tribu, como los estremecimientos que ocasiona una piedra en el agua. Por esta razón, cuando los que estaban en el círculo más cercano a los asadores empezaron a moverse, bruscamente, la muchedumbre entera se sacudió, siguiendo el impulso que parecía común a todos los individuos: instalarse lo más cerca posible de las parrillas. Esta tendencia general estaba en contradicción con los esfuerzos de los de las primeras filas que, como pudo verse unos minutos después, habiendo ya obtenido un pedazo de carne, trataban de abrirse paso hacia el exterior.

Festín canibal en Fiyi, 1869

El primero que apareció era un hombre ni joven ni viejo, con la misma piel oscura y lustrosa que el resto de la tribu, el pelo largo y lacio, los miembros musculosos, los genitales colgándole olvidados entre las piernas, el cuerpo sin vello a no ser un matorral ralo en el pubis. Había algo cómico en la manera en que sostenía el pedazo de carne que sin duda debía estar quemándole las manos y al que contemplaba, en hechizo amoroso, con la cabeza baja que logró erguir durante unos pocos segundos buscando, a su alrededor, un lugar apropiado para instalarse a devorar. Cuando lo encontró —un punto bajo los árboles, estratégicamente próximo de las vasijas mantenidas al fresco—, se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el tronco de un árbol, y empezó a comer. Antes del primer bocado se sumió, durante unos segundos, en la contemplación de su pedazo con expresión de incredulidad, como si el momento tan esperado, al actualizarse, viniese a satisfacer un deseo tan intenso que el tamaño del don recibido hiciese dudar de su realidad. Después, convencido por la presencia irrefutable de la carne, empezó a masticar: cada bocado, en lugar de apaciguarlo, parecía aumentar su apetito, de modo tal que el intervalo entre bocado y bocado iba haciéndose cada vez más breve, hasta que sus inclinaciones rápidas de cabeza hacían pensar menos en la aferrabilidad firme y segura de los dientes que en la obstinación repetitiva y superficial de un picoteo, a tal punto que, como tenía todavía la boca llena de carne que apenas si lograba masticar, el indio no arrancaba de su pedazo, con sus dentelladas rápidas y sucesivas, más que unos filamentos grisáceos que no llegaban a constituir, aisladamente, verdaderos bocados. Se hubiese dicho que había en él como un exceso de apetito que no únicamente crecía a medida que iba comiendo, sino que además, por su misma abundancia, hecha de gestos incontrolables y repetidos, anulaba o empobrecía el placer que hubiese podido extraer de su presa. Parecía más él la víctima que su pedazo de carne. En él persistía una ansiedad que ya estaba ausente en su presa. Cuando desvié la vista del indio para mirar la multitud, la escena que iluminaba el sol arduo me recordó, de un modo inmediato, la actividad febril de un hormiguero despojando una carroña: un núcleo apretado de cuerpos arremolinándose, llenos de excitación y de apuro, junto a las parrillas y, separados de la mancha central de la muchedumbre, los individuos que iban y venían, a buscar un primer pedazo si todavía no habían comido o un segundo si ya habían terminado el primero, desprendiéndose del tu-multo apretado que se estremecía cerca de los asadores, con un pedazo de carne en la mano, para ir a comerlo tranquilos bajo los árboles, parecidos a las hormigas también por la rapidez de la marcha, por las vacilaciones antes de ceder el paso si por las dudas se interceptaban dos que venían en sentido opuesto, como hacen las hormigas cuando se topan en un senderito, y hasta por la frecuencia y la rapidez con que iban y venían a las parrillas, con ansiedad creciente. En todos esos indios podía verse el mismo frenesí por devorar que parecía impedirles el goce, como si la culpa, tomando la apariencia del deseo, hubiese sido en ellos contemporánea del pecado. A medida que comían, la jovialidad de la mañana iba dándole paso a un silencio pensativo, a la melancolía, a la hosquedad. Rumiaban sus bocados con el mismo ritmo lento, olvidadizo, con el que se enfangaban en quién sabe qué pensamientos. A veces, deteniendo la masticación, la mejilla hinchada por el bocado a medio macerar, la espalda apoyada contra el tronco de un árbol, se quedaban un buen rato con la mirada fija en el vacío. El banquete parecía ir disociándolos poco a poco, y cada uno se iba por su lado con su pedazo de carne como las bestias que, apropiándose de una presa, se esconden para devorarla de miedo de ser despojadas por la manada, o como si el origen de esa carne que se disputaban junto a la parrilla los sumiese en la vergüenza, en el resquemor y en el miedo. A veces se veía, reunida bajo un árbol o en el gran espacio abierto y arenoso que separaba los árboles del río, lo que parecía ser una familia, ya que el grupo, separado de los demás, estaba compuesto de viejos, adultos, criaturas, y porque, en todos los casos, alguno de los viejos, o de los adultos, distribuía entre los demás pedazos de carne que iba a buscar a las parrillas pero, aunque se mantuviesen materialmente próximos, apenas recibían un pedazo de carne parecían hundirse en ese silencio hosco del que no quedaban a salvo ni siquiera los niños. En algunas caras se percibía la atracción y la repulsión, no repulsión por la carne propiamente dicha, sino más bien por el acto de comerla. Pero no bien terminaban un pedazo, se ponían a chupar los huesos con deleite, y cuando ya no había más nada que sacarle, se iban a toda velocidad a buscar otra porción. El gusto que sentían por la carne era evidente, pero el hecho de comerla parecía llenarlos de duda y confusión.

Con autorización de Elefanta Editorial, que publicó El ente­nado en México en 2015.