Algún día escribiré sobre mi madre

El Caribe / dossier / Julio de 2021

Marlon James

Traducción de: Editorial RUM

Nació en Linstead, St. Catherine, en 1936. Sus hermanas siguen diciendo que era la más hermosa de las chicas Dillon, lo cual es mucho decir porque todo el mundo en Linstead había escuchado de la belleza de las chicas Dillon, pero las fotos antiguas lo confirman. En una sale con sus rizos apretados a la Billie Holiday, arreglada como una muñeca de película de los años cincuenta. En otra aparece junto con tres mujeres, todas con minifaldas a gogó y peinados colmena, recargadas en un coche deportivo. Se ven como si estuvieran en una playa. Parecen hermanas del alma más que hermanas de verdad, pero no tengo idea de quiénes eran esas mujeres. Esa foto me hace pensar en quién era ella antes del matrimonio y la maternidad. Mi madre divirtiéndose. Mi madre frecuentando y liderando a su pandilla, y quizás hasta metiéndose en uno que otro problema. Mi madre, una mujer divirtiéndose con sus amigas. Me obsesiona porque la madre que yo conozco tenía amigas más bien del trabajo, y para finales de los ochenta todas habían desaparecido. Cuando yo tenía dieciocho años me dijo: “Bueno, ya sabes que no tengo con quién platicar”. Y esa aseveración, que parecía la acotación al margen de otro pensamiento, quizás sea la razón por la que el matrimonio siempre me ha parecido un purgatorio.

Ilustración de Carolina Magis Weinberg Ilustración de Carolina Magis Weinberg

Es un cambio que aún hacen las mujeres, incluidas mis amigas que ya no son mis amigas. Ahora que soy una mujer casada, mi vida es mi esposo y mi familia. Las amigas se desvanecen. En aquella época eso era algo que le vendían a las mujeres, que la amistad era algo para perder el tiempo mientras encontrabas tu verdadero propósito como esposa y madre. La felicidad era una cosa que debías dar a tus hijos, no a ti misma. Mi madre fue la primera persona en mostrarme una contradicción que era real. La vi en dos amigos míos que engañaron a sus esposas y en otro que probablemente iba a hacerlo. Hombres y mujeres con una familia en expansión, que aun así eran las personas más solitarias del planeta. También esto: ella es una pedorra épica. Siempre le digo que un día se pondrá en órbita.


Mis primos se sorprenden por su infinita capacidad de ternura. Para ellos, es ese tipo de tía. Alguien que puede abrazarte dulce y suavemente con sólo palabras, incluso palabras tan simples como “Felices fiestas”. Cuando está con sus hermanas y hermanos, se convierte en la mayor, la única que se quedó en Jamaica, la última de las hermanas en casarse y la última en creer que debía casarse con mi padre. En el funeral de su madre, en 1976, sostuvo con firmeza a dos de sus hermanas cuando perdían pie. Cansada también, con sus brazos envolviendo a mis tías, los ojos ocultos bajo su sombrero negro de ala ancha. Una sola lágrima bajando por su mejilla derecha. Ella es en quien se apoyan, incluso ahora. Y esto: todavía me llama “baby” en público. Y lo hace así: Adiós, bayyybeeeee. Solía sacarme de quicio cuando era yo un hombre y tenía 21 años, pero ahora, siempre que nos despedimos, en la casa o en el aeropuerto, me quedo en suspenso esperando a que me lo diga.


También hubo una vez, una tarde lenta de domingo, cuando yo tenía unos quince o dieciséis años, cuando mi papá estaba en la cocina enseñándome a preparar langosta y lo caché mirando por la ventana, que daba al jardín. Me hizo señas con su mano izquierda, en la mano derecha tenía un tenedor gigante con el que pinchaba las langostas para sumergirlas en una olla de aceite hirviendo. Afuera en el jardín mi madre estaba arrodillada y adentro nosotros dos mirándola plantar flores como si fuera una desconocida a punto de desaparecer de la escena. ¿La ves? Es la mujer más lista que he conocido. Pero es demasiado orgullosa. Reprobó sólo uno de sus exámenes generales y nunca lo volvió a presentar. ¿Tenemos más ajo? Años después, en la cena de Navidad, cuando todos elogiaban la langosta de mi padre, el cerdo rostizado y el cabrito al curry, ella dijo, sin dirigirse a nadie en particular, otra vez en esa forma como de acotación al margen con que expresaba su decepción: Nadie dice nada cuando yo cocino. Ella nunca ha dicho una grosería. Nunca. Ni siquiera mierda. Mi madre cree que el hospital mató a mi padre. Nunca ha sido muy de dar rodeos ni de morderse la lengua, a veces su honestidad se vuelve falta de tacto. Flannery O’Connor dijo alguna vez que las grandes historias se resisten a la paráfrasis. Tengo la sensación de que la historia de mi madre se resiste a ser una historia. O que quizás lo único que puedo hacer es recordarla, no reconfigurarla ni reacomodarla en algo parecido a una narración. Si bien me va, a lo mejor puedo lograr algo como las “7 u 8 cosas que sé de ella” de Michael Ondaatje. Tengo la sensación de que es algo más sencillo, quizá el hecho de que ni siquiera conozco a mi madre. Sé que le gusta el refresco de vainilla y que aún le dice agua con gas. Todavía le dice paraguas a las sombrillas. Pero ponle un pelea de box en la tele y ella grita con frenesí, como Norman Mailer viendo a dos hombres negros golpearse.


Una media mañana hace años estábamos solos en la casa. Yo todavía vivía ahí, así que debía tener unos 24 o 25. No puedo recordar por qué estábamos solos, pero recuerdo que ella tocó a la puerta de mi cuarto y entró trepidante, ansiosa. —Párate —dijo—, rápido. Hice lo que hace la gente de veinte años y le pregunté por qué. Estaba tirado en mi cama, tratando de decidir entre un CD de Jane’s Addiction y uno de Mother Love Bone. —Sólo ponte de pie —dijo ella—. Baila conmigo. No supe qué hacer. Peor aún, porque parecía una petición seria, no una broma. Se quedó ahí parada esperando, con el mismo vestido de verano que siempre usaba, su pelo recogido. —Yo no bailo— dije. No me oyó pero empezó a cantar, y fue sólo cuando llegó al coro que reconocí el “Tennessee Waltz” de Patti Page. Dijo que era su canción favorita pero que nunca la había escuchado en la radio. Probablemente llevaba cuarenta años sin oírla. Seguía junto a la puerta. Yo seguía en la cama esperando a que se fuera y la incomodidad entre nosotros se hacía espesa. Cuando se iba me pregunté si ése había sido su último intento de volver a ser la de hace cuarenta años y mi última oportunidad de verla en una versión más joven que yo.


La mañana de mi exorcismo llegué con una lista de reproches contra mi padre. Había ido a una iglesia en la zona residencial de Kingston porque no quería que nadie de mi propia iglesia se enterara. Y porque el demonio en mí, aquél que deseaba ver sin ropa a Jake Gyllenhaal y a Hugh Jackman, se estaba apoderando de mi vida, o sea: de mi computadora. Y el folleto de la iglesia, que guardé durante años para recordarme que los hombres que yo pensaba que me quería coger eran en realidad los hombres en los que yo me quería convertir, se estaba deslavando. Pecado—culpa—confesión—absolución—enjuague—repita. Yo sólo deseaba ser normal. No es cierto. Para nada deseaba ser normal. Deseaba desearlo. No deseaba una esposa e hijos, deseaba desearlos. No deseaba una casa y dos carros en los suburbios ni un trabajo normal con el típico desayuno normal un martes por la mañana, mirando la tele y mandando a los niños a su escuela. Deseaba desearlo. No lo dije cuando mis exorcistas, un hombre y una mujer, entraron a la habitación beige de tres por tres amueblada con tres sillas y dos bolsas para vómito sobre el piso. Me preguntaron por qué estaba ahí. Disparé todas las razones por las que mi padre me cagaba, me decepcionaba, me ofendía y se ganaba mi desaprobación, porque todos los maricones necesitan al padre. “Háblame de tu madre”, dijo el hombre. Abrí la boca y salió un grito.


Desde que murió mi padre, mamá se ha estado vistiendo de nuevo con pantalones. No lo había hecho desde los setenta. Ahora se viste de jeans, una cosa muy nueva para ella. La más joven de mis hermanas, que ahora vive con ella, le ha estado enseñando el arte del glamour, así que ya usa base en la cara. Pero como la muerte de mi padre la liberó de las tonterías para complacer a los hombres, ahora su pelo es muy corto, con rizos apretados y brillantes. Le platica a su hija cosas que jamás le diría a sus hijos, incluyendo su terror a quedarse sola. Sus hijos viven en el extranjero y ella viaja todos los años. Pero no a mi casa: me aterra cuánto trabajo implicaría quitarle lo gay. Yo sólo deseaba ser normal. No es cierto. No deseaba ser normal en absoluto. Deseaba desearlo. No deseaba una esposa e hijos. Deseaba desearlos. La semana en que su último hijo se fue de su casa, la tía Elisa se puso a hacer cerámica. Mi madre, que pasó la mayor parte de su vida entre el trabajo y la familia, nunca se hizo de un cuarto propio. Y no sabe hacerle espacio a nada que no sea la iglesia, a pesar de que le sobre espacio. Nunca se pondrá a hacer cerámica ni nada nuevo, su viejo miedo al fracaso le impide intentarlo. Pero esta mujer todavía camina un kilómetro y medio para ir a la iglesia, se prepara su comida, conduce como una máster y mantiene unidos a sus hermanos y hermanas. La mamá de mi mejor amigo se jubiló en un sillón frente a la tele, a esperar una muerte que llegó siete años más tarde. No creo que mi madre se haya rendido, ninguna mujer que recién descubrió los jeans se ha rendido, pero me pregunto por el limbo en el que parece estar. Un limbo en donde resuelve crucigramas y le manda mails a sus sobrinos y nietos. Todos estamos a la expectativa de qué pasará cuando descubra Facebook. No tengo el valor de preguntarle si es feliz, aunque creo que sí lo es. Al menos cuando piensa en sus hijos, en sus nietos y en la iglesia.

Ilustración de Carolina Magis Weinberg Ilustración de Carolina Magis Weinberg

Incluso cuando piensa en mi padre. Eran mejores amigos que nunca debieron casarse. Pero lo hicieron, procrearon a cuatro hijos y cerca del final de la vida de él, cuando ya no había nada de qué amargarse, volvieron a ser mejores amigos. Fue algo digno de verse, el ritmo de la amistad y la camaradería tardías entre un hombre y una mujer, sin ninguna de las mierdas complicadas que conlleva el matrimonio. Ella no extraña a un esposo —ese hombre realmente nunca estuvo ahí—, pero extraña a su amigo y todavía llora por su muerte. Hubo una vez un hombre que me invitó a París para Navidad. Era el 2005 y el tipo no me parecía atractivo, pero ésa no fue la razón por la que no fui. Sólo podía pensar en qué pensaría mi madre si se enteraba de que era gay. Iría aún más a la iglesia, con la misión de rezar hasta quitarme lo gay, o peor, a expiar su fracaso como madre. Creo que la razón por la que grité en la sala de exorcismo fue porque me di cuenta en ese momento de que había construido mi horrible vida en torno a no decepcionar a mi madre, a pesar de que ella jamás me lo hubiera pedido. E incluso después de darme cuenta de que de todos modos era gay, eso significaba que debía hacer las paces con que ella no formara parte de mi vida. Allí estaba otra vez yo interpretando a mi madre no como una persona sino como un concepto sobre el que podía proyectar mis miedos y deseos para luego reaccionar. ¿Cómo no iba a saberlo ella? Nunca tuve novia. Cómo iba a saberlo ella, nunca hablamos de esas cosas; de hecho, somos una familia que no habla, algo que casi devastó a mi hermana. 15 de marzo de 2015, lo hice público en la revista The New York Times. No lo sentí como salir del clóset pero el texto fue recibido así y se hizo viral. Había finalmente llegado al punto en el que no me importaba lo que pensara la gente, y la reacción, positiva o negativa, no me interesaba. El fin de semana previo comí con mi hermano mayor. Honestamente, creí que ésa sería la última vez que estaríamos juntos en un mismo lugar, mientras que él creía que sólo estaba comiendo con su hermanito. Fue una semana rara de hipocresías, de mí actuando como si cumpliera con los ritos funerarios de todas mis relaciones. Así que resultó cómico que obtuviera el anticlímax con el que soñé durante treinta años, uno en que mis amigos y familia estarían de mi lado después de mi revelación y que lo superarían al instante. Pero incluso mis hermanos se preguntaban si había escuchado algo de parte de mi madre. Opinaban que debía llamarla y explicarle, dado que ella se enteraría al mismo tiempo que unos cuantos millones de personas más, y quién sabe cómo reaccionaría por no haber sido avisada antes. Y yo estaba de acuerdo con esto hasta que caí en cuenta de que estaba harto de ofrecer explicaciones sobre mi persona. Y entonces gané el Booker Prize, y todas las noticias empezaban con “autor jamaiquino abiertamente gay”. Mi mamá seguía mis alertas en Google, así que seguramente ahora ya sabía. No iba a decirle. Maurice Sendak nunca salió del clóset frente a su madre tampoco. Todo este asunto abiertamente gay me hizo dudar si algún día volvería a saber de mi madre. Es demasiado dramático, claro que sabía que volvería a escuchar de ella, pero me preguntaba si me diría otra cosa además de los asuntos familiares. De cómo el seto necesita una podada y de quiénes ya nunca vienen a la iglesia. También esto: mi madre me ha cantado “Feliz cumpleaños” cada 24 de noviembre desde que tenía un año de edad. Incluso me llamó por teléfono a Nigeria hace dos años. Me resigné a nunca volver a recibir otra llamada de ésas. No por maldad o amargura, sino porque nuestra enfermedad familiar de no hablar podría extenderse a su canto. Pero a las nueve de la mañana del día de mi cumpleaños, cuando me estaba despertando crudo en Londres, mi celular sonó. Vi su número. No dijo hola ni nada, sólo tomó un pequeño respiro y cantó.

Imagen de portada: Ilustración de Carolina Magis Weinberg