Entre los liguecillos, los “casi algo” y los vínculos confusos
Leer pdfCada generación crea palabras para nombrar su realidad; sucede con lo que nos rodea y con lo que experimentamos, como el amor. Antes, por ejemplo, era común oír: “¿Ese muchacho es tu pretendiente?” o “¿Y tu viejo?”; o, al menos, ésas son las expresiones que usa mi mamá. En cambio, con mis amistades es más frecuente escuchar: “Tengo un liguecillo por ahí” o “Mi casi algo me dejó bien traumada”. Etiquetas como éstas y muchas otras que circulan en redes sociales y conversaciones cotidianas reflejan las nuevas formas en que la generación Z vive y entiende sus relaciones sexoafectivas. De acuerdo con mi año de nacimiento, pertenezco a ese rango etario, como la mayoría de mis amistades en la universidad. Según el INJUVE, esta generación incluye a las personas nacidas entre 1995 y 2007, cuyo comportamiento y manera de relacionarse están definidos por el mundo globalizado y las tecnologías digitales.1 Muchos de los textos sobre este grupo poblacional abordan el tema de sus relaciones amorosas. Varios reportan que la Gen Z evita las relaciones largas y opta por nuevas formas de vivir los vínculos. Esto se debe a diversas causas: el miedo al compromiso y el temor a perder la posibilidad de encontrar mejores opciones, así como la incertidumbre económica y social que, en algunos casos, impide pensar las relaciones a largo plazo. La juventud, entonces, crea otros modos de relacionarse que se caracterizan por ser zonas grises y de vínculos flexibles. De hecho es común que en redes se bromee sobre este asunto; yo misma, scrolleando en Facebook, me he encontrado con memes sobre los casi algo. Los memes no son sólo una de las formas de comunicación y manifestación de nuestra cultura; al igual que los aromas, también activan en nosotros situaciones y experiencias.2 Recuerdo uno, en particular, que expresaba un profundo hartazgo hacia este tipo de relaciones y mostraba una determinación radical a dejar de aceptar ambigüedades y buscar únicamente propuestas de matrimonio. Este tipo de humor expresa lo difícil, confuso y doloroso que resulta tener un casi algo. Efectivamente, algo ocurre con las relaciones amorosas de esta generación y uno de los síntomas más evidentes es el surgimiento y uso de una serie de formas de llamar a las relaciones sexoafectivas, por ejemplo: casi algo, ligue/liguecillo, vínculo confuso, situationship, vínculo ancla, vínculo cometa y vínculo satélite.
Ana Freer, páginas de Diario de un jardín, 2025. Todas las imágenes son cortesía de la artista.
El INJUV chileno define estas formas como los vínculos que se dan entre dos personas y que combinan elementos afectivos (emociones y sentimientos) y sexuales (conexión sexual e intimidad), con lo que mantienen ciertos rasgos prototípicos de las relaciones sexoafectivas.3 Sin embargo, además perfilan otros matices que marcan una gran diferencia con las relaciones de otras generaciones, que utilizan expresiones como quedantes, pretendientes y novios, entre otros. Estas generaciones anteriores establecen una línea más clara y continua en sus relaciones, las cuales inician como quedantes, eventualmente formalizan el vínculo y pasan a ser novios o pareja y después se comprometen y se casan. En las relaciones de la generación Z, en cambio, se percibe un desarrollo distinto, en el que, en algunos casos, el matrimonio ya no es considerado como el punto meta o final; además, se agregan otras zonas que presentan ambigüedades en cuanto al compromiso, la fidelidad y la dirección de la relación. Estas nuevas expresiones no son simples ocurrencias de la generación Z. Paul Ricoeur plantea que el lenguaje, en especial el del discurso, tiene una triple mediación; esto es: con el mundo, con el otro y con una, uno, une misme.4 De ahí que se pueda afirmar que estas nuevas etiquetas reflejan la manera en que la generación Z vive y experimenta las relaciones en estos tres niveles. ¿Qué revelan, por tanto, estas denominaciones de nosotras, nosotros y nosotres? La sociedad actual se caracteriza por la prevalencia de una cultura de consumo en la que se normaliza la dinámica de deseo-posesión-descarte; es decir, los medios de comunicación nos engatusan para comprar cierto producto, emocionándonos con la idea de adquirirlo y estrenarlo, pero una vez que el hype termina, el objeto también pierde su novedad y ya no nos satisface como al inicio. Se genera así un ritmo acelerado en la sociedad: nos gustan las cosas que se pueden conseguir de manera sencilla e inmediata, aunque no sean duraderas.
Cuando esta lógica de consumo se traslada al terreno de lo afectivo, las relaciones se ven atravesadas por la dinámica de la novedad y la constante posibilidad de alternativas. En este contexto, los vínculos se vuelven frágiles, pues la lógica de la inmediatez dificulta los procesos que requieren tiempo, negociación y compromiso. Esta fragilidad ha sido descrita por el sociólogo Zygmunt Bauman como consecuencia de lo que él llama la sociedad líquida. En ella las relaciones se vuelven más inestables y poco duraderas.5 En efecto, los términos como casi algo, vínculo confuso, liguecillo, entre otros, expresan esta fugacidad. No obstante, no todos son equivalentes; se pueden establecer categorías. Por ejemplo, vínculo confuso y situationship son relaciones ambiguas que no tienen muy claro hacia dónde se dirigen; nombran aquello en lo que existe un interés romántico y/o atracción física/emocional, pero en lo que hay una falta de coherencia e intención sobre lo que las personas involucradas quieren formar. Esta incertidumbre, ocasionada por la ausencia de acuerdos y límites, genera, en muchos casos, un desgaste emocional considerable. Los liguecillos y los casi algo describen relaciones provisionales. El primer término refiere a las relaciones en las que las personas se están conociendo y coquetean porque existe cierta atracción. El segundo, por su parte, se entiende como un vínculo entre dos personas que mantienen un lazo emocional y un trato similar al de una pareja, pero sin contar con una etiqueta que exija compromiso explícito, formalidad o exclusividad. Por lo tanto, y en palabras de la generación Z, los casi algo se tratan como pareja sin ser pareja. Los resultados que arrojaron los cuestionarios empleados para conocer el uso de estas expresiones fueron particularmente interesantes en esta última categoría.6 La definición de los casi algo guarda los dos posibles desenlaces de la relación: las personas involucradas terminan siendo pareja o nunca llegan a consolidarse como tal; el segundo modo de concebir y experimentar esta manera de relacionarse comienza a ser el prototípico. La mayoría de las experiencias de las y los hablantes indican que los casi algo rara vez se formalizan, lo que no impide que su ruptura pueda ser tan dolorosa como la de una relación de pareja. Por último, vínculo ancla, vínculo satélite y vínculo cometa son etiquetas empleadas en la poligamia para nombrar las diferentes relaciones según sus matices. El primero se entiende como la relación entre dos personas que navegan juntos a todas partes. El segundo es un vínculo entre personas que suelen frecuentarse, pero que no se involucran tanto el uno con el otro. El tercero es esa relación que viene y va; sus participantes suelen estar juntos por temporadas y después se alejan. En los tres hay cierto nivel de compromiso, adaptabilidad y apertura a mantener otras relaciones sin considerarlas infidelidad.7
Sin título [prey], 2025
Como diría Bauman, hemos puesto en el amor las mismas expectativas que en otros bienes de consumo. Hay un temor generalizado a establecer vínculos fuertes, pues percibimos la estabilidad como una limitación a la posibilidad de encontrar, supuestamente, mejores opciones. Si la relación deja de ser satisfactoria y demanda un mayor esfuerzo, entonces consideramos que es momento de darle fin de manera rápida y sencilla —si bien soltar vínculos que nos dañan es un acto de cuidado propio. Esta lógica fomenta la pérdida de capacidades y habilidades necesarias para relacionarnos, disminuyendo así nuestra tolerancia a la frustración para enfrentar las tensiones de las relaciones que, bien gestionadas, nos permiten conocer a la otra persona y construir vínculos sanos. En particular, el léxico de mi generación muestra que han surgido más relaciones que se encuentran en la zona gris de ser y no ser una pareja. Estas invenciones se deben, en parte, a los fenómenos económicos del mundo y a las cuestiones personales de cada individuo, pero también a la oportunidad de conocer y experimentar más formas de vivir el amor sin el juicio y la presión social que prevalecía en otras épocas.
Imagen de portada: Ana Freer, páginas de Diario de un jardín, 2025. Todas las imágenes son cortesía de la artista.
Pepe Cerezo, “La generación Z y la información”, Revista de Estudios de Juventud, núm. 114, 2016, pp. 95-109. ↩
John F. Vergara Velez y José S. Correa Cortés, “El meme como práctica, expresión y manifestación artística, cultural y comunicacional de los jóvenes en la actualidad, caso Facultad de Comunicación Audiovisual del Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid”, En-Contexto, vol. 8, núm. 12, 2019, pp. 155-174. ↩
INJUV, “¿Qué son los vínculos sexo-afectivos?”, Hablemos de todo. Disponible en https://acortar.link/KgPWxd. ↩
Paul Ricoeur, Historia y narratividad, Paidós, Barcelona, 1999. ↩
Zygmunt Bauman, Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide (trads.), FCE, México, 2004. ↩
Para este trabajo se aplicó un cuestionario de Google forms a 43 personas pertenecientes a la generación Z que habitan el Valle de México para conocer su percepción de cada una de las etiquetas. ↩
Jaime Gama [@Jaime Gama], en su reel de Tik Tok “amemosesticamente”, dice: “En una relación poliamorosa ética no vas a tener novios, vas a tener vínculos ancla, cometa o satélite”. Disponible en https://acortar.link/QA0JPQ. ↩