Cultura

Cultura / dossier / Diciembre de 2019

Alberto Blanco

La cultura tiene sus raíces en la tierra, de esto no cabe la menor duda.
La metáfora misma —la cultura tiene raíces— nos remite a su origen agrícola y, en última instancia, vegetal.
Mucha gente está convencida de que cultivar la tierra es lo primero; cultivar el intelecto viene después.
Sin embargo, apenas tenemos diez mil años cultivando la tierra, mientras que nuestro intelecto ha crecido sin pausa por mucho más tiempo.
Hay objetos hechos con arte que tienen cien o doscientos mil años…
Hemos cultivado nuestra mente, todos nuestros sentidos, nuestras habilidades, y nuestros complejos lenguajes por milenios y milenios. Esto es cultura.
Con razón decía Joan Miró: “Considero que mi estudio es una especie de huerto.”
El pintor tenía sus raíces bien plantadas en Cataluña.
“Aquí hay alcachofas. Allí patatas. Hay que cortar las hojas para que se desarrollen los frutos. En un momento dado hay que podar.”
Porque la cultura no sólo es crecer; hay que saber podar a tiempo. Y también hay que saber detenerse…
Allí está la devastación del Amazonas como señal de alarma por el cultivo sin freno de un territorio que reclama ser virgen frente al hombre que sólo quiere satisfacer ciegamente sus instintos.
Y eso que sólo tenemos diez mil años de cultivar la tierra.
“Trabajo como un jardinero o como un viñador —sigue diciendo Joan Miró— y las cosas me llegan lentamente…”
La cultura es tiempo, pero también algo que va más allá del tiempo. Hay que saber esperar.
Tener paciencia para que la semilla germine, crezca, madure, florezca, dé apetitosos frutos y, finalmente, pueda dar a luz otras semillas. Formas que dan forma.
Este poder latente en la semilla, esta potencia que late en la creatividad, sólo llega a convertirse en acto… en la obra.
La cultura está hecha de actos y obras, así como de silencio y atención.
Es la obra de arte la que hace al artista. Es el poema el que hace al poeta.
Pero la cultura no sólo es hacer; tenemos que ser capaces de no-hacer.
Las huellas se borran y el fruto permanece. En la semilla duerme la raíz de su continuidad: lleva la vida eterna en su interior.

Imagen de portada: Abraham González Pacheco, Piel de nopal, 2019. Cortesía del artista y Machete Galería