crítica Calor JUN.2026

Rodrigo Flores Sánchez

El ejército ciego de David Toscana

Entre ejércitos ciegos y arcoíris nocturnos

Quince mil hombres caminan a tientas por los Balcanes. El 29 de julio de 1014, tras la batalla de Clidio, el emperador bizantino Basilio II (quien pasaría a la historia con el apodo de “Bulgaróctono”, “asesino de búlgaros”) ordenó cegar a quince mil soldados prisioneros, dejando a uno de cada cien con un solo ojo para que guiara al resto de vuelta a casa. No fue un acto de compasión sino una estrategia bélica. Al devolver a esos hombres sin ojos, los convertía en una carga insostenible para el imperio enemigo. Así lo registró el historiador Juan Escilitzes en su Synopsis Historion, aunque la cifra se antoja inverosímil y estudiosos modernos la han cuestionado. ¿Cuántos fueron en realidad? Nadie lo sabe con certeza. Pero el número importa menos que la imagen: una columna de desarrapados cruza las montañas con las cuencas vacías, tanteando el camino hacia un hogar que no los espera como héroes. Cuando el zar Samuel los vio llegar a las murallas de su capital, no pudo soportar el espectáculo y cayó muerto. Sus herederos no pudieron contener el avance bizantino. Bulgaria fue conquistada en 1018. En ese punto exacto en el que la historia (un poco confundida con la ficción) archivó el episodio y siguió adelante, el novelista se detuvo. ​ David Toscana (Monterrey, 1961) no intenta reconstruir las guerras búlgaro-bizantinas, de las que existe documentación abundante. Su propósito es peculiar. Su proyecto consiste en conjeturar sobre lo que vino después de la batalla de Clidio, las escenas que los cronistas callaron por falta de interés o simplemente porque el testimonio de los vencidos carecía de méritos para registrarse. Como el propio escritor regiomontano ha expresado, le tomó años encontrar cómo contar esta historia.1 Y es que trabajar en el territorio de esta ficción, en particular, más que con la realidad historiada, requiere un tipo particular de imaginación y otro tanto de inteligencia. El ejército ciego no es una novela histórica ni trata de serlo. La Historia (con mayúscula) ofrece apenas un punto de partida. Los ciegos regresan, el zar Samuel cae fulminado al verlos, su hijo Gavril hereda un imperio amenazado y debe gobernar con la moral de su pueblo por los suelos. Hasta ahí llegan los cronistas. Ningún historiador dio el paso siguiente; Toscana, sí. A partir de ese silencio, imagina la vida de aquellos soldados que regresan a una patria que no los recibe como héroes ni como mártires sino como una carga remitida por el enemigo. Pero Toscana no se limita a los derrotados. También narra desde el otro lado, desde Basilio II y el sacaojos Zósimo que ejecutó sus órdenes, porque toda ceguera necesita de algo o alguien que la inflija. Acudiendo al título de Pierre Michon, retrata las “vidas minúsculas” después de la ceguera de aquellos hombres, sus familias, sus verdugos y los testigos del evento, en una mezcla de tragicomedia y farsa, de mito y fábula. ​ Kozaro, el escriba, es la voz que articula este coro de derrotados. Antes de la guerra, su oficio consistía en copiar textos sagrados en un alfabeto recién heredado, el glagolítico, que los búlgaros empleaban únicamente para asuntos de fe. Pero Kozaro quería algo más. Deseaba hacer algo grandioso que quedara en la memoria de los hombres, en sus propias palabras. La ceguera, paradójicamente, le concede esa oportunidad. Impedido de copiar lo ajeno, vuelca en el pergamino una historia propia y así el lector va conociendo a Prémeld, el carpintero, que talla muñecas de madera sin ojos y a las que puede faltarles un brazo o la nariz, porque la vida misma a veces crea niñas así. También intima con Bromo, el criador de puercos, que al volver ciego a la piara familiar se confunde paulatinamente con sus bestias hasta que su padre comprende, con espanto, que su hijo es uno más de los cerdos. Se familiariza con el panadero Nikifor, que ya no distingue cuándo la masa ha dorado su corteza en el horno y a veces quema el pan y en ocasiones lo saca crudo, pero todos comen de él. Y se le presenta el ceramista Moskono, un judío que descubre un negocio inesperado fabricando ojos de cerámica con los que los ciegos pueden rellenar sus cuencas vacías, cada par con un temperamento y un estado de ánimo distintos. También está maese Zósimo, el sacaojos imperial que desobedeció a Basilio y terminó en Bulgaria colocando las pupilas que su oficio le enseñó a extraer. Y finalmente está Igorón, el obeso entrañable, cuyo nombre se convierte en el grito de guerra cuando el ejército ciego marcha a su última batalla. Toscana despliega estas vidas con una ironía que no excluye la compasión. El humor negro deviene una forma de la dignidad, la única que les queda a estos hombres cuando no tienen otro bien. Porque en esta novela todo gira en torno a los ojos, no sólo como órgano arrebatado sino como leitmotiv, como mercancía, como reliquia y como emblema. ​ El ojo, escribe Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, es el correlato espiritual de la clarividencia. Plotino sostenía que el ojo no podría ver el sol si no fuese en cierto modo un sol. Si dos ojos expresan la normalidad, el ojo único alude a lo inferior. Entonces cegar a alguien es arrebatarle no sólo la vista sino la inteligencia, la posibilidad de comprender. Cirlot añade que la multiplicidad de ojos diseminados se asocia con la noche y lo inconsciente,2 y es difícil no pensar en eso al leer las páginas en las que Toscana describe ánforas de ojos en salmuera, el rodar de ojos por el hipódromo de Constantinopla, ojos que los soldados aprietan con las manos o lanzan desde un acantilado. La acumulación resulta macabra y poética, un “arcoíris nocturno”, que es el símil que emplea uno de sus personajes. El ejército ciego está atravesada por esa alegoría. La novela invoca las Escrituras cuando recuerda que a Sansón los filisteos le sacaron los ojos o cuando alguien advierte que si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo. Hay algo de Polifemo en estos soldados, del gigante que Odiseo ciega y que vaga iracundo; Góngora convirtió ese mito en poesía suntuosa, y Toscana transforma el castigo de los quince mil en una fábula en la que la belleza no desaparece con los ojos sino que se enmascara. Hay también un parentesco con Hamm, el ciego tiránico de Fin de partida de Beckett, cuyo humor fársico ante un mundo en ruinas resuena con el tono de esta novela. En Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, multitudes dejan de ver sin explicación. Pero en Toscana la ceguera no es metáfora abstracta ni epidemia fantástica sino consecuencia de un episodio de la historia, un castigo de guerra se vuelve condición existencial. Sus ciegos no representan a la humanidad en general. Son hombres con nombre, oficio y memoria a los que un emperador decidió vaciarles las cuencas. ​ Que un escritor nacido en Monterrey sitúe su novela en la Bulgaria del siglo XI, en plena Edad Media, no es un capricho. David Toscana ha planteado sus ficciones, desde la Königsberg de Euler a la Varsovia de la posguerra, en geografías que poco tienen que ver con el norte de México donde creció. En eso se emparenta con Sergio Pitol, que escribió sobre Polonia, Rusia y Venecia. En una entrevista reciente, Toscana señaló que a los latinoamericanos no siempre se les concede el pasaporte a la universalidad, que se espera de ellos que hablen del narco o de los fenómenos locales, como si un mexicano no pudiera escribir sobre Austria o Bizancio o acerca de la Rusia decimonónica. Su respuesta es una frase que es un manifiesto: “lo universal está en la periferia”.3 Y sin embargo, quien haya leído El ejército iluminado sabe que este autor también ha contado derrotas en Monterrey, con un ejército de niños que marcha hacia un desastre que nadie recuerda. El tema no cambia al modificarse la geografía. Lo que le interesa es la mirada lateral, oblicua. Toscana escribe como quien observa la historia desde una rendija, no desde el trono de Basilio ni desde la cátedra del historiador, sino desde el taller de un carpintero que talla muñecas rotas o en la celda de un escriba que ya no puede leer lo que escribe. Esa perspectiva, desarrollada desde los bordes, no es únicamente una elección geográfica sino una postura narrativa, relatar lo que nadie consideró digno de ser contado, ya sea en Monterrey o en los Balcanes. Quien haya leído sus “Toscanadas”, esas columnas donde la ironía y la erudición conviven en textos breves, reconocerá la misma mirada descentrada que sostiene esta novela. Es la convicción de que las historias que importan no están en el centro sino en los márgenes. ​ Conviene decirlo. No es fácil ingresar por la aduana de esta narración. El tono alterna entre el mito, el registro histórico y la leyenda, y es posible que desconcierte al lector desprevenido. La multitud alambicada de personajes con nombres tan disímiles (Prémeld, Moskono, Panteleimon, Bronimir) supone otro obstáculo cuando se intenta descifrar quién habla y desde dónde. No obstante, superadas esas primeras resistencias, el libro paga con creces. Las páginas de El ejército ciego avanzan en un registro oral y poético que difiere de la novela histórica convencional. No hay aquí reconstrucción erudita ni épica de consumo fácil. Hay fábula posmoderna, y como toda fábula, aborda el presente sin nombrarlo. Toscana ha dicho que al escribir no pensó mucho en la época actual, que “las novelas piensan por sí solas”,4 pero también ha reconocido que sabe que esta “va a hablar de nuestra época”.5 Rabelesiano y cervantino, el regiomontano se aventura por un pasado ignoto para terminar hablando oblicuamente de nuestro presente, de la falta de empatía, de instituciones cegadas por el poder que conducen a los ciudadanos al desastre, de una barbarie que no es exclusiva del siglo XI sino transhistórica. La paradoja es que esta narración, con un aire de antigüedad, resulta inevitablemente contemporánea. Jorge Volpi, presidente del jurado del Premio Alfaguara, lo formuló con claridad al señalar que las historias particulares de estos ciegos reflejan lo que en el presente ocurre con las víctimas anónimas del poder autoritario. Mil años después, los quince mil continúan caminando. ​ Quizá es una obviedad mencionarlo, pero en el fondo El ejército ciego rinde homenaje a la literatura misma. Kozaro escribe acerca lo que no puede ver. Su propósito es dejar constancia de aquello que los historiadores descartaron. Por ejemplo, el día en que los ciegos se metieron como niños al mar, la música creada con esqueletos, los ojos de cerámica que cambiaban el ánimo de su portador. Toscana, como su escriba, sabe que la literatura no necesita de ojos para existir; durante siglos se escuchó antes de leerse, y en esta novela la oralidad es un factor determinante. El Premio Alfaguara de Novela 2026 le llega tras una trayectoria de tres décadas. Pero más allá del premio, lo que perdura es la novela y su vigencia inquietante. Las páginas de El ejército ciego están salpicadas de caracteres glagolíticos que el lector hispanohablante mira sin poder descifrar (¿son nombres, números o, acaso, insolencias?). Esas marcas son mucho más que un ornamento. Son el recordatorio de que toda buena literatura conserva un horizonte refractario a la paráfrasis, algo que se resiste a ser traducido del todo, que escapa a la comprensión y que precisamente por esa razón nos sigue convocando.

David Toscana, El ejército ciego, Penguin Random House, México, 2026.

Imagen de portada: Derrota búlgara, Codex Græcus Matritensis Ioannis Skyllitzes, ca.1100-1200. Dominio público.

  1. https://www.infobae.com/espana/cultura/2026/03/29/david-toscana-ganador-del-premio-alfaguara-de-novela-en-espana-los-escritores-se-pelean-mucho-y-se-insultan-en-mexico-todos-estamos-en-el-mismo-equipo/ 

  2. Cirlot, Juan Eduardo (1997). Diccionario de símbolos, Ediciones Siruela, Madrid, pp. 345-346. 

  3. https://www.milenio.com/cultura/david-toscana-rinde-homenaje-literatura-resistencia-humana 

  4. https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/27/cultura/gana-mexicano-david-toscana-el-premio-alfaguara-de-novela-2026 

  5. https://www.zendalibros.com/david-toscana-premio-alfaguara-de-novela-2026-por-el-ejercito-ciego/