dossier Gen Z MAY.2026

Abril Castillo Cabrera

Escuela de cocina

Leer pdf
Lección 1: Somos una misma generación

Pero no es cierto. Ellos nacieron en el 2003, 2004, 2005. Yo, en el 84. Pasé los primeros semestres preguntándole a mis compañeros por la edad de sus papás. Me imaginaba que, de haber tenido hijos en mis veintes, así se sentiría convivir con alguien de esa edad; así se verían. ¿Ellos cómo me verían a mí?

​ Escribir es elegir palabras, algo que parece simple pero no lo es. Porque no es lo mismo decir que soy cocinera a que soy chef o que soy una aficionada a comer que también escribe. No siento lo mismo cuando me preguntan que si sigo en mis cursos de cocina a explicar que es una licenciatura de gastronomía, y que la gastronomía no sólo es cocinar. Quisiera contarles, cuando me preguntan, que llevo yendo a esa escuela seis horas al día (y más contando los traslados, las idas a comprar insumos, las horas haciendo tarea), seis días a la semana y qué es lo que me levanta con ímpetu por la mañana. Las palabras importan. Contarles que las técnicas no son lo más importante aquí, sino las personas. Y que uno de mis principales objetivos, desde las primeras semanas, se centró en hacer amigos, en lograr encontrar un amigo de verdad. ​ Sebas y yo no nos llevamos desde siempre, fue hasta el segundo año. Los primeros semestres de la carrera no tuve muchos amigos, sentía que era complicado por el salto de edad, no sé. Pero un día, en mi mente, Sebas y yo casi nos volvimos amigos. ​ Estábamos en primer semestre aún y ese día habían matado al magistrade Jesús Ociel Baena Saucedo. O la exposición que contaba como el trabajo final fue al día siguiente. En clase teníamos que exponer sobre la libertad de expresión, y Sebas dijo, entre otras cosas: “¿Realmente creen que uno elige ser así y que te maten?”. ​ Era una clase donde ya antes se había hablado del aborto, de la izquierda o de la derecha, donde por primera vez escuché a alguien joven defender “la vida” por encima del cuerpo y la decisión de una mujer. Yo venía de estudiar y trabajar en áreas de humanidades y jamás había platicado uno a uno con alguien joven que estuviera en contra de lo que siempre me habían enseñado estar a favor. Escuché a algunas compañeras decir palabras como feminazi o frases como fuera los migrantes. A veces hervía por dentro y no resistía y, sin levantar la mano, comenzaba a replicarles. Pero no siempre tenía la energía y luego pensé que no tenía sentido hacerlo; me cambié de banca, comencé a avanzar en cosas de trabajo en las clases teóricas y a escuchar de fondo lo que decían, a intentar entender esa otra visión sin juzgarla. Nunca había escuchado a alguien defender en serio que la preferencia sexual es una decisión. Me costaba imaginar hacer amigos en un contexto así, tan diferente al mío. Y me fui sentando cada vez más atrás. ​ Ese día en que Sebas habló del magistrade, sentí que el grupo quedó helado. Y confieso que también me hizo sentir menos sola. No faltaron los chistes en la oscuridad durante la proyección, risas y voces actuadas. Al fondo del salón, yo lo escuchaba atenta, lo sentía. Y un arpón se me clavó en la garganta. El miedo a morir joven, algo en mí roto y partido. No alcancé a Sebas al terminar la clase y ya no pudimos volvernos amigos ese día.

Sofía Prado, Florizar, Dibujos de la casa. Paleta cálida y fría [díptico], 2022. Cortesía de Salón Basalto y La Quiñonera.

Lección 2: Las lenguas muertas

En segundo semestre nadie me saludaba. El anterior yo había dado clases en esa misma universidad y ahora veía a los alumnos en los pasillos y sentía que me retiraban la vista. En segundo semestre me tocó ser representante porque nadie más quiso. Un compañero de brigada me hablaba de usted por más que le pedía que me hablara de , decía que era por respeto. ​ Esa tarde estaba sentada en la banca afuera del salón de la junta de representantes. Estaba haciendo tiempo antes de que empezara una clase de humanidades: entre que veía mi celular y leía un ensayo sobre traducción. ​ Por la mañana había mandado un mensaje al chat del salón, intenté organizar a todo el grupo para comprar los insumos de la clase de panadería, pero nadie me respondió. Me peleé con Diego, mi compañero de brigada. Nadie respondía ya mis mensajes. En eso pasó Sebas por allá abajo mientras yo me comía mi aguacate con atún, preparado como pude ahí sentada en la banca, de una lata y un aguacate cerrados. Sebas miró para arriba y yo para abajo, lo vi pasar, entrar al mismo edificio que yo. El semestre pasado había sido lo del magistrade; en éste ya no íbamos en ninguna clase juntos. Nos miramos y nos reconocimos con los ojos y llegó ese momento en el que supe que pasaría de largo, que como mis exalumnos u otros excompañeros, nos miraríamos y él haría como que soy invisible. Aun así levanté la mano y vi que Sebas no me quitaba la mirada y, en eso, me saludó también. ​ Entró al edificio y deseé que subiera. No tenía sentido que eso pasara, no habíamos hablado nunca fuera del salón de clases, quién sabe a dónde iba. Pero fantaseé con esa posibilidad. Me sentí mal por haber regañado a Diego, por haberle dicho que pidiera ayuda a alguien más cercano. “Tú no conoces mi situación personal ni yo la tuya”, le dije. “Siento que te hayan asaltado ayer, pero quedaste de comprar las cajas la semana pasada.” Recordé peleas continuas con exsocios ocurriendo con nuevas personas. La eterna repetición. Ser esa persona poco empática. Diego para defenderse me volvió a hablar de usted y me dijo que no quería problemitas conmigo. Le pedí disculpas tres veces hasta que me dijo: “Ya resolví con un familiar y no se preocupe”. ​ Me senté sola en la banca y comí y leí sobre el humanismo y las lenguas que se traducían. Traducir una lengua muerta a una viva para que las ideas persistan. Pensé: “Si sube, le diré a Sebas que nunca nos dio a probar esos buñuelos de su abuela de los que habló el primer día de clases; le diré que me siento triste y que me da miedo convertirme en Vane, su compañera que prefirió salirse de la brigada, que me da miedo pensar que puedo hacer todo sola, que nadie hace las cosas bien más que yo”. Pensé: “Sebas me escuchará y dirá que me calme, que no soy como Vane. Me contará con detalles esa experiencia, conoceré el otro lado de la historia y empatizaré con él”. Pensé: “Me soltaré llorando y le diré que me siento sola; que yo no decidí ser vieja, que quisiera haber llegado aquí antes, haber tenido la claridad de que esto quería a los 18 años, que me gustaría volver a vivir la vida completa toda otra vez, que no quería ser dura con mis exsocios, con mi hermano, con mi pareja”. Le contaría que, así como Diego me volvió a hablar de usted para luego dejarme de hablar, ya conozco ese silencio que los deja enterrados por días o meses o años. Sé que mis palabras son lapidarias y sé que por eso estoy sola. Debo callarme. Estar sola y callarme y que de la tierra vuelvan a surgir todas las piedras que enterré. Aceptar mi edad y no quejarme. ​ Diego es un niño de 18 años. El día anterior, caminando por el patio nos encontramos a su tutora, quien le preguntó que por qué la había plantado, que le tenía una paleta de agua que se derritió. Él sólo se rio. Me contó cómo le había entregado una cartera a unos güeyes en moto. No entendí si traían armas o no. Si sólo le dijeron: “Oye, niño, danos tu cartera”, y él se las dio, con sólo pedírsela, sin pistola ni cuchillo ni nada. ​ ¿Debí haberle resuelto el problema a Diego? Quizá todavía me hablaría. Aunque, al final, logré lo que quería: Diego resolvió y ya no fue mi problema lo de las cajas. Recuperé mi miércoles libre. ​ No sé cómo traducir lo que siento, del mismo modo en que no sé cómo algo muerto se vuelve nuevo otra vez, como esas lenguas muertas que hablaban de Dios y que Lutero tradujo para que todos lo escucharan en su lengua materna, la lengua de su corazón. ​ Sebas nunca subió.

Sín título, 2019.

Lección 3: Las IA son tus amigas

En las clases administrativas de la Escuela de cocina, nos dicen que el tiempo es dinero, los insumos son dinero, la merma es dinero, la luz es dinero. Dentro de la cocina la tecnología se limita a hornos inteligentes y fogones; está prohibido sacar el celular. Pero en las aulas, casi nadie usa cuadernos, sino tablets; nadie va a la biblioteca y ni siquiera guglea información, todo se resuelve en conversación directa con alguna inteligencia artificial. ​ Mis compañeros no dicen pregúntale al chat algo, dicen pregúntale a Chat, así sin artículo, como si fuera una persona. ​ Sebas, por ejemplo, le ha pedido antes a Chat que lo ayude a pimpear su CV para conseguir trabajo, por eso me sorprendió cuando hace unas semanas me lo mandó a mí para ayudarlo. Lo leí y vi que el mío era muy distinto y tuve el impulso de consultarle a Chat cómo volver más moderno mi CV. Mentiría si digo que no he aprendido a usar ChatGpt, Gemini o Canva para tareas cotidianas de la escuela. Pongo a las tres aplicaciones en la misma repisa porque, cuando entré a la carrera, me sorprendió cuánto se usaba Canva también y no podía dejar de pensarlo como una trampa. ​ Una tarea de una clase en línea me pedía explicar con una imagen cómo me veía en tres años. Hice una infografía a mano. El profesor me la devolvió con cero, alegando que un dibujo no es una imagen. Le pregunté: “¿qué es una imagen?”. No respondió más en el chat; luego, simplemente, me calificó. Las tareas pueden ser más simples que andar dibujando a mano: si pongo la misma instrucción que me dio el profesor como prompt, Chat me entregará la tarea resuelta y, como gracias a la constante interacción comenzará a conocerme, le pondrá mi tono, mi manera de hablar. Eso podría luego diseñarlo en Canva, pero el propio Chat me ofrecerá exportar la tarea a PDF o al formato que yo le pida. ​ Leí el CV de Sebas y no le sugerí mayores cambios. Aprendí más bien cómo se ven hoy en día estos documentos y me ayudó, más de lo que sabe, a actualizar el mío. Cuando pasados unos días, los reclutadores no le contestaban, me pidió redactar un mail en el que no sonara demasiado ansioso, pero sí firme y profesional. Me convirtió en su Chat análogo. ​ Chat no sólo le resuelve las tareas escolares a mis compañeros. De manera paralela, en su vida privada, cuando alguno se siente triste en la noche o no sabe qué decisión tomar, habla con Chat. Y ahí temo, ¿de qué hablarán? ¿Chat qué les aconsejará? Y recuerdo ese meme en el que un tipo le pregunta a Chat si puede comerse ese hongo, Chat le dice que sí y éste se lo come. En el siguiente cuadro el tipo muere y Chat responde: “Tienes razón, ese hongo sí era venenoso”.

Lección 4: El agua que cae no se pierde

Un acertijo en clase de creatividad o una historia sobre dos cántaros con un mensaje oculto. Elijan una pareja y discutan la historia, nos indica la maestra y, por cercanía, nos sienta a Sebas y a mí juntos. Es el principio del tercer semestre y estamos por volvernos amigos de verdad, pero aún no lo sabemos. Hay dos cántaros, uno está completo y uno fisurado. El cántaro completo se siente superior al otro hasta que, un día, alguien nota un camino de flores. Respondan por qué. Sebas y yo leemos la historia, en silencio nos miramos sin entender. La maestra nos revela entonces la solución del acertijo, nos explica que, más que interpretarlo como una pérdida, gracias a que uno de los cántaros está roto, esa agua regó el camino y nacieron esas bellas flores. ​ No recuerdo si pensamos que la metáfora era bella como las flores o no. Sé que fue la semilla de nuestro primer chiste local. ​ La clase termina y vamos corriendo a otra sobre administración, donde hablamos de la diferencia entre gastos y costos directos e indirectos, de precios de venta, de utilidades, de cómo para ganar dinero hay que gastar dinero y de que si no sabes en cuánto vender tu producto, al menos multiplícalo por tres y así no le pierdes, pero mejor aprender a hacer bien el cálculo, siempre pagar impuestos y tener cuidado, que luego hay gente que roba y el negocio se va a pique. ​ Sebas está sentado hasta allá con su mejor amiga Andy (que un semestre más tarde también se volverá la mía), y yo, en la mesa de al lado y atrás, sentada sola, con mi mochila y mis bolsas y mi suéter repartidos en toda la banca de dos, usada por sólo una. El profesor hace una pausa y nos pregunta sobre nuestro hipotético negocio: “¿Cómo saber si hay una filtración donde estamos perdiendo dinero sin saber?” Miro a Sebas con todas mis fuerzas hasta que me mira y, en silencio, le susurro allá, hasta su lugar: “Sólo sigue el camino de flores”.

Sín título, 2019.

Imagen de portada: Sofía Prado, Florizar, Dibujos de la casa. Paleta cálida y fría [díptico], 2022. Cortesía de Salón Basalto y La Quiñonera.