Consideraciones sobre el destino de la lengua francesa
Una lengua es tanto una herramienta política como un medio de evasión, un instrumento que impone orden y ley, un mecanismo que invita a la fantasía y a la creación, un territorio donde afloran sentimientos y sensaciones gracias al sentido que construye, a la memoria que conserva y a la resonancia de sus palabras. Al respecto, la lengua francesa ha tenido una historia singular, cargada de fuerzas contradictorias o complementarias. En efecto, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano usa algunas palabras que empleaban también los colonizadores de África y del Magreb en el siglo XIX. La expansión del uso de esa lengua acompaña las conquistas coloniales que han marcado la historia, pero al mismo tiempo ha nutrido a espíritus preocupados por la libertad y la revolución. La lengua, pues, es una herramienta al servicio de la centralización, un poder fuerte en Francia que ha impuesto su cultura y su influencia. En el siglo XIX, por ejemplo, la Tercera República estableció un sistema que excluyó los particularismos y los regionalismos. La lengua francesa se convirtió así en el instrumento de la unificación en nombre de una igualdad republicana de tufos cuestionables, haciendo desaparecer, en consecuencia, las lenguas regionales; esto es, del catalán al bretón, pasando por el corso y el occitano. La lengua francesa llega como una imposición violenta, excluyente, a poblaciones que no pueden utilizar oficialmente su propia lengua. El Premio Nobel de Literatura que obtuvo en 1904 el poeta de lengua provenzal Frédéric Mistral suena, entonces, a un desafío; sin embargo, su alcance es limitado, pues no se invierten realmente las políticas públicas que tienden a querer unificar el país (notemos de paso que Lucila de María Godoy Alcayaga, poeta chilena, adopta el seudónimo de Gabriela Mistral en homenaje a ese autor y también obtendrá el Premio Nobel de Literatura). El lenguaje acompaña la expansión de la cultura y de la influencia francesa —a menudo impuestos por la fuerza—. Si bien en Europa una parte de las literaturas de países limítrofes con Francia, como Bélgica o Suiza, utiliza el francés sin que se vea como una imposición de tipo político, en lugares tan diferentes como Quebec, las Antillas, Vietnam o Camboya, el Magreb o el África subsahariana, Libán o Tahití, la imposición del uso del francés forma parte de los recursos de los que se sirve el colonizador para dominar a las poblaciones locales. De ahí la circulación de esa lengua en lugares alejados del planeta, como el español en América Latina, el portugués en África o en Brasil, y el inglés en numerosos países, comenzando por los Estados Unidos, la colonia que se convirtió en la potencia que conocemos… Sin embargo Francia, en particular durante ese siglo XIX tan centralizador, da a la educación y su vocabulario la función de avasallamiento: debe reunir en un mismo crisol a pueblos que no tienen mucho en común. Actualmente, es inevitable constatar que esos territorios, que en su gran mayoría ya son independientes, siguen utilizando esa lengua. Francia, preocupada por su esplendor y por una forma de dominio político, económico y cultural, ha creado incluso una política con ese fin: la francofonía. Busca reunir así a los diferentes pueblos que se expresan en esa lengua, y proveerlos de herramientas para promover su uso. Los escritores que se forman en esos países y que emplean el francés han sido etiquetados como “escritores francófonos”. Pero, desde luego, la lengua que utilizan tiene particularismos que vuelven su escritura singular y cargada de resonancias originales. Los autores de estas naciones tienen que hacer una elección: escribir en francés o en una lengua materna diferente, más cercana de las poblaciones locales, pero lejos del mundo editorial internacional y con mayor prestigio que llega a un público lector más amplio. Por ejemplo, en el Mediterráneo se presenta el dilema de expresarse en francés o en árabe. Adonis, el gran poeta sirio-libanés, escribe en árabe, aunque habría podido hacerlo en francés. Abdellatif Laabi, poeta marroquí, hizo la elección contraria. Assia Djebar, por su parte, nacida en Argelia, ocupó un asiento en la Academia Francesa… ¿Debe utilizarse la lengua del invasor y opresor, recuperarse, incluso si se adapta y se cambia para interpelar mejor al “otro”, o, por el contrario, debe rechazarse para denunciar así ese sometimiento? La elección parece cruel. La polémica de los años ochenta entre los escritores llamados de la creolidad, como Raphaël Confiant, Patrick Chamoiseau y Aimé Césaire, figura tutelar de la negritud, resume esa elección. Los primeros, jóvenes autores de las Antillas francesas, preocupados por distanciarse de las letras parisinas y del acontecimiento colonial, y buscando repeler la presencia aplastante del poeta emblemático de Martinica, Aimé Césaire, atacan con violencia a quienes escriben en un francés clásico y, según ellos, no respetan la riqueza local ni la lengua criolla. Césaire, quizá con un poco de paternalismo, les responde firmemente y justifica su empleo de una lengua francesa rica y trabajada. En primer lugar, defiende la magnificencia de la herramienta de la que dispone: el vocabulario y las construcciones verbales son mucho más ricas y variadas en francés; ve limitaciones en el dialecto créole que, sin embargo, habla muy bien. Además, y sobre todo, se incluye en un grupo, en una tradición de la que está orgulloso, pues a él pertenecen Victor Hugo, Rimbaud, Lautréamont y los surrealistas. Reivindica su pertenencia a un linaje de autores; quiere inscribirse en una historia literaria con cuya exigencia e insumisión se identifica. Esa lengua francesa no es solamente la del opresor, también es la palabra que libera, el impulso lírico que da vuelo al espíritu y sirve para denunciar. Las revueltas han marcado la historia de esas Letras; un rasgo de muchas obras de esa tradición francesa consiste en ubicarse bajo el signo de la disconformidad. Fanon no tiene problema en expresarse con ese vocabulario porque se reconoce en varios de los libros anteriores a él y no puede ser tachado de defensor del colonialismo… Los textos escritos por autores “negros” gritan las injusticias y los sufrimientos padecidos y circulan ampliamente con las palabras de los colonizadores para afrontarlos. El prefacio “Orfeo negro”, que escribe Sartre para la Antología de la nueva poesía negra y malgache en lengua francesa, expresa la estupefacción de los lectores franceses frente a textos redactados por autores afrodescendientes que manifiestan su furia y un rechazo violento a la dominación colonial. El filósofo señala el vigor de las palabras empleadas y enfatiza cuán justificada está la exuberancia de un vocabulario que expresa la inconformidad de los pueblos sometidos y su oposición al orden establecido. Además, a menudo, estos autores van a hurgar en la literatura de Francia para encontrar hermanos de lucha o bien textos que saben expresar el repudio y la humillación. Mientras que, al mismo tiempo, autores como Jean Genet o Pierre Guyotat buscan inspiración en las palabras de esos escritores que protestan contra ese pasado indignante.
Paul Gauguin, Camino bajo las palmeras, 1887. Colección de la Familia Levy.
Inscribirse en un linaje permite que escritores provenientes tanto de territorios alguna vez colonizados como de otros países que no pasaron nunca por ese sometimiento adopten esa lengua. Y la lista es larga y apasionante. Algunos, de hecho, la usan porque quieren evitar caer en extravagancias, como del tipo: que temen caer en un estilo propio a la tradición de su lengua natal o, simplemente, porque consideran que se sienten más impregnados de esa tradición. Samuel Beckett, tan cercano a James Joyce, por ejemplo, elige el francés a fin de evitar el lirismo al que tiene miedo de sucumbir si escribe en inglés. Quizás también sea una forma de distanciarse de la obra imponente del Maestro. Otros anglosajones, como Julien Green o Jonathan Littell, hacen lo mismo cuando habrían podido utilizar su lengua materna. Esa “francofonía por elección” nos da obras excepcionales: desde los tajantes relatos cortos del egipcio Albert Cossery hasta la poesía deslumbrante del peruano César Moro, surrealista que compartió las actividades del grupo de este movimiento en París en los años veinte, pasando por las novelas del argentino Héctor Bianciotti o los textos sombríos del poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena… pueden añadirse, además, las obras de Joyce Mansour, egipcia que eligió este idioma para la elaboración de textos con resonancias también surrealistas, o Milan Kundera y Jorge Semprún, marcados por un exilio que aceleró su decisión. Algunos, en cambio, optan por escribir en más de una lengua, como Boubacar Boris Diop, gran autor senegalés contemporáneo, que publica novelas en francés con el deseo de llegar a un vasto público lector, y reserva su lengua materna, el wólof, para sus poemas, como si necesitara de los sonidos íntimos para exponer mejor las zonas más secretas de su espíritu. Actualmente, el término de “literatura francesa” ya no puede tener un sentido nacional, arraigado a un territorio: muchos autores escogen esa lengua sin tener la nacionalidad francesa, sin haber crecido en Francia o, incluso, sin conocer ese país. Algunos viven ahí, al menos, en tiempo parcial. Uno puede sorprenderse, al leer los palmarés de los grandes premios literarios, de ver cuántos escritores reciben esos premios sin ser franceses “de cepa”. Atiq Rahimi (Afganistán), Leïla Slimani (Marruecos), Mohammed Mbougar Sarr (Senegal), Kamel Daoud (Argelia) han recibido el premio Goncourt, el más prestigioso de esos reconocimientos, durante los últimos años. Y, frecuentemente, sus libros están marcados por interrogantes ligadas a su condición; el hecho de estar entre dos culturas les proporciona una perspectiva cosmopolita y una pluralidad particularmente pertinente para nuestros tiempos. Mbougar Sarr va todavía más lejos: su novela, La más recóndita memoria de los hombres, publicada y premiada en 2021, se inspira en los libros y el espíritu de Roberto Bolaño, lo que demuestra el anclaje internacional de su trabajo. La francofonía es, más que nunca, un espacio abierto que se ha liberado de sus ataduras, un territorio literario que se mestiza para enriquecerse, al mismo tiempo que se mantiene fiel a una tradición donde la revuelta y la insumisión tienen un lugar prioritario. Escribir en francés ya no está ligado a la condición de colonizador o de colonizado, ya no tiene nada que ver con la imposición de un instrumento de dominación aunque las huellas del pasado sigan profundamente grabadas: esa lengua se convierte en un medio de interrogar la ambigüedad o las intolerancias que han acompañado los procesos de dominación y de exclusión, poniendo en evidencia la violencia de los mecanismos y las adaptaciones que los oprimidos han tenido que adoptar. La lengua francesa hoy brinda su riqueza a todos los que saben asirla, incluso si las verdades enunciadas gracias a ella, como cargadas de una luz negra, conllevan un carácter cruel, enigmático o incluso brutal. Eso la vuelve una herramienta única e irremplazable, la transforma en lenguaje de liberación, cual si quisiera ser una venganza de ese pasado.
Imagen de portada: Paul Gauguin, Idas y venidas, Martinica 1887. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza .