De la X a la Z. Una brecha generacional entre dos mujeres cuando hablan de amor
Leer pdfA Victoria Eugenia
Reflexionar sobre la generación Z es hablar de jóvenes preparados para cualquier cosa. Las cucarachas aparecieron en mi mente cuando escribí estas palabras. Estos insectos tienen la fama de poder sobrevivir a un holocausto, o eso decían mis padres hace cinco décadas o más. Miro a mi hija de veinte años y, aunque la imagen en mi cabeza es asquerosa, le sonrío. Acaba de contarme por qué terminó con un último “novio” o “el parche mal pegado” que trajo el último mes. —Desde el principio fue una relación supertóxica, mamá. Somos hijos abandonados con daddy issues. Imposible así. Nunca pudo hablar de nada. Nunca entendió que estoy en periodo premenstrual permanente y que necesito mucha atención —dice con desprecio. De inmediato, José José comienza a cantar en su habitación: “Me basta, con un poco de tu amor”… —Sí, mamá, soy una “migajera”. Aprendí de la mejor —me dice, guiñándome el ojo, y se lanza a mis brazos—, te amo tanto. Eres la mejor mamá del mundo. Mis ojos se cierran y suspiro al abrazarla. Siento miedo, un miedo permanente. No entiendo casi nada, pero sé que debo estar ahí observándola, porque no tolera no ser mirada; no soporta ni la soledad ni el aislamiento. Pero pudo sobrevivir la pandemia a mi lado acompañada de dos huskies hembras, tan hembras como ella y yo. Soy mamá de una chica de la generación Z y no estoy curada de espanto, si bien he desarrollado mecanismos de supervivencia. Todos los días percibo algo tóxico en el entorno, pero ya aprendí a sobrevivir a esta relación sin alterarme. O eso quiero pensar. Aunque siempre habrá un reto nuevo, algo que entender desde una nueva perspectiva. Hoy tenemos cita con el psiquiatra. Desde la pandemia o desde su nacimiento (la pandemia es una explicación a la que solemos recurrir para todo), la sensibilidad de mi hija es enorme: puede llorar con la facilidad de Libertad Lamarque y volver a la calma un segundo después. Todo le resulta doloroso y peligroso pero, al mismo tiempo, parece no tener miedo. Se lanza cotidianamente a la calle con la certeza de que este mundo la lastima, aunque no quiere perder las oportunidades que le da la vida; quiere desaparecer, pero no quiere morir; desea ser amada, pero no puede con el compromiso sostenido de una relación. Las jóvenes de la generación Z aprendieron de las mejores a vivir en guerra constante; sin embargo, supieron decir que dolía y no soportan a sus madres, para quienes “no se puede hacer nada” frente a las violencias. Para las Z sí es posible, aunque no sepan exactamente qué; al menos, por el momento, gritan: “verga violadora a la licuadora”. Odian o aman a sus padres, ausentes siempre, aunque vivan con ellas. Esos son los padres X, una incógnita matemática permanente, aislados en un silencio que puede significar “no entiendo por qué estoy aquí, estoy cansado, no quise ser padre ni hijo ni nada; aún así tengo que trabajar, trabajar siempre, eso me enseñaron”. La generación Z vino a desaprender las lecciones de los X y ello produce un enfrentamiento constante, pero también el amor más profundo. Guardar silencio, obedecer, mimetizarse con el grupo y, simultáneamente, ser el mejor y ganar dinero para ser exitoso; tener un doctorado y ser un analfabeto emocional no tiene ningún sentido para la generación Z. Nos ven con un poco de compasión por el desastre en el que hemos sumido al planeta; se enojan y cuestionan permanentemente las reglas, nuestra autoridad sin autoridad. No escuchan y demuestran que hacen bien, que el mundo ahora es de ellos y que nosotros tenemos que dejarlos tomar el control.
San Valentín, 2020. Fotografías de Alondra Hernández. © De la autora.
Crecieron con los videojuegos más violentos, diseñados por los X para hacerse ricos con las reglas del neoliberalismo y luego quejarse de lo violento que es el mundo. Los Z escuchan a sus padres aplaudir el éxito y la riqueza y después también los oyen decir en secreto “son puros pendejos”. Aprendieron a sobrevivir en un mundo de doble moral y no les gusta. Por eso descalifican y etiquetan todo con las palabras más dolorosas y abrumadoras del vocabulario: “soy una tóxica”, “soy neurodivergente”, “soy una asesina serial”, “soy una migajera”… Sin embargo, aprendieron a amar y aman profundamente. Salieron del aislamiento de una pandemia con todas las ganas de ser abrazados, de jurarse amor eterno y, de la mano de alguien, reconstruir… reconstruirse tras el desastre generado por sus padres. La cursilería la llevan en las venas; probablemente sea la herencia maldita de sus madres abandonadas, amamantadas por las telenovelas y esperando permanentemente al príncipe azul. Reconocieron en los boleros y en la música romántica de los setenta y ochenta su ilusión más profunda: una relación sexoafectiva que les dé la fuerza y la razón para no conseguir el trabajo que sus padres les exigen, así como para tolerar una existencia que los provee de una permanente desazón por un futuro incierto o la amenaza de una violación durante una noche de peda.
Imagen de portada: Metro Tacubaya, 2023. Fotografías de Alondra Hernández. © De la autora.