La otra tribu

Animales / dossier / Mayo de 2020

Julieta García González

El rinoceronte lleva una armadura extraordinaria en la que se ven picos y estrellas, un cuerno junto a las cervicales y marcas que se asemejan a líquenes. Es una xilografía notable por lo que dice y por lo que imagina. Se llama Un rinoceronte y fue elaborada por Alberto Durero en 1515. En la parte superior del grabado puede leerse una breve explicación: el rinoceronte llegó de Goa, en la India, a Portugal. Su destino final sería el Vaticano, donde se pondría a las órdenes del papa. Durero no conoció al rinoceronte: hizo su grabado a partir de dichos y de un boceto que circulaba del animal. El rey Manuel I de Portugal ofreció el rinoceronte que pintara Durero como regalo al papa León X para congraciarse con él. Manuel tenía una ménagerie notable: salas de bestias traídas de sus colonias africanas, asiáticas y americanas para su propia fascinación y la de sus súbditos. Había gacelas, manadas de antílopes, elefantes y leones, aves exóticas y un guepardo entrenado. El papa había recibido ya desde Portugal una sucesión de maravillas, incluyendo un elefante que le daba inmensa felicidad. El rinoceronte era muy preciado; no se había visto uno en Europa desde los tiempos romanos y Manuel quería seducir al Sumo Pontífice para ganarle terreno a España en su carrera colonial. Pero la bestia, Ganda, nunca llegó al Vaticano: se hundió en el barco que lo transportaba, junto con la tripulación y los maderos. Aunque los rinocerontes pueden nadar, él estaba encadenado, como todos los animales atesorados por los ricos europeos. Lawrence Norfolk narró esta historia con maestría, detalle y ficción en El rinoceronte del Papa, de 1996. La novela subraya la forma en que se miraba a los animales durante el Renacimiento: con fascinación, miedo e incomprensión. Ganda murió ahogado hace casi quinientos años. En la época de su muerte las ménageries de los reyes y los nobles abundaban en palacios y casas de campo por toda Europa; eran sitios crueles, donde los animales estaban encerrados, amarrados con cadenas, llevaban grilletes y bozales de hierro, dormían en cuartos sin ventilación parecidos a calabozos, salían a pasear como parte de un espectáculo y los alimentaban de forma caprichosa (con pasteles, vino y otros seres vivos, como perros o gatos). Tenerlos y tratarlos a placer le daba estatus y prestigio a los ricos y llenaba de asombro a los pobres. El tiempo transcurrido —y las transformaciones del mundo, su marcha acelerada— no han sido suficientes para que veamos a los animales de otra manera. Nos fascinan, nos asustan y, sobre todo, no encontramos cómo vincularnos con ellos de una forma justa.

Ménagerie de animales de la selva, ca. 1800

El falso prestigio

Los zoológicos nacieron, como muchos de nuestros males, en el siglo XIX. En 1826 se abrió lo que se conocería más tarde como el Zoológico de Londres, el primero de su tipo. La intención original era hacerlo “un jardín científico” donde los naturalistas pudieran explorar a sus anchas las características de los animales que llegaban desde distintas partes del mundo. El nombre oficial fue Zoological Society of London (Sociedad Zoológica de Londres), pero pronto se hizo popular el término “zoo”. La ilustración que se utilizó para celebrar esta apertura incluye un elefante, un cebú, algo que parece un antílope, una avestruz y dos posibles canguros. Se harían otras ilustraciones en esos primeros años y también un mapa de los jardines zoológicos una vez que se abrieron al público. En una de las ilustraciones es posible ver a un grupo de damas emperifolladas, con polizones, gorros y sombrillas, pasmarse ante las altas rejas que protegen a las jirafas. Una jirafa pesca con su hocico curioso la sombrilla de una dama causando un pequeño escándalo. En muy poco tiempo el jardín mutó de casa científica a espacio público. Más animales llegaron y, con ellos, distintas formas de encerrarlos. Las sociedades zoológicas del mundo, donde las había, pagaban porque les trajeran especies exóticas. Quienes hacían la transacción en Londres, París o Luxemburgo contrataban a personas que, a su vez, empleaban a cazadores: en las selvas y las sabanas, en la tundra y los océanos, distintos grupos de personas arrancaron a los animales de su hábitat para llevarlos a los zoológicos, donde podrían ser apreciados por un público ávido de bestias y por grupos de científicos necesitados de sujetos de estudio. Los zoológicos se extendieron por el mundo entero, dándole prestigio a las ciudades que tenían uno. Las personas se hacían pintar —y, tiempo después, fotografiar— junto a las hienas, las cebras, los osos y las cacatúas. Durante décadas, siglos, no importaba mucho que los animales murieran. Había exclamaciones: ¡qué pena que murió el oso!, ¡lástima que no está más el león! Pronto, los animales eran reemplazados. ¿Por qué? Volvamos la mirada.

Litografía a color de un zoológico con jirafas, tigres y un pavorreal, ca. 1900. Wellcome Collection

Una escisión

La primera pintura que realizó nuestra especie, según el ensayista John Berger, representó animales. Eran los seres que formaban parte del ritual, los que acompañaban en el tránsito vital y servían como deidades. Seres supremos convertidos en bestias de carne y hueso que, al ofrendar su vida, extendían la de los humanos. Se les adoraba como parte fundamental de la existencia; eran algo sagrado, no utilitario. Joseph Campbell, especialista en mitos y leyendas, dijo:

Los enviados animales del Poder Secreto no sirven más, como en los tiempos primeros, para enseñar y guiar a la humanidad. Osos, leones, elefantes y gacelas están enjaulados en los zoológicos. El hombre no es ya un novato en el mundo de planicies y bosques; nuestros vecinos dejaron de ser las bestias salvajes, y son otros seres humanos luchando por bienes y espacio en un planeta que gira sin fin alrededor de una estrella de fuego. Ni en mente ni en cuerpo habitamos más el mundo de aquellas razas del Paleolítico, a cuyas vidas y hábitos debemos la forma de nuestros cuerpos y la estructura de nuestras mentes.

La escisión se construyó a lo largo de los siglos, tal vez de la mano de los monoteísmos. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza y, en algún momento de la historia, dejó de lado a todas las otras criaturas que formaban parte de la Creación. Las ménageries primero y los zoológicos después han sido la representación indigna de esta idea: el resto de las especies merece nuestra admiración siempre y cuando esté tras barrotes, bajo control y supervisión rigurosa. Nuestros tatarabuelos decimonónicos encontraban alarma y entretenimiento sin parangón en los zoológicos. Usaban a los animales como inspiración para ataques políticos; miembros de tal o cual partido, indeseables de distintas filiaciones, eran representados como animales: monos, lagartos, hipopótamos y serpientes servían a los caricaturistas de la época para señalar características y defectos más que humanos. Los niños, las nanas, los paseantes en general, durante todo el siglo XIX y una muy buena parte del siglo XX, consideraban normal que las jaulas en las que deambulaban con desasosiego las panteras y dormitaban los osos fueran espacios yermos, regidos por la disciplina de la ingeniería humana y no por los caprichos de la naturaleza, con sus curvas, pendientes, hondonadas y sombras. Los zoológicos han sido un espacio de separación y no de acercamiento. Estar con los animales implicaba no sólo retirarlos de su entorno sino mantener entre esos seres y las personas vallas, rejas, pedazos de terreno polvoso y, en el mejor de los casos, vidrio o acrílico. El león subsahariano tenía como vecinos a los íbices ibéricos o los osos americanos. Si bien las placas colocadas en la base de sus encierros indicaban su origen y características, la realidad para los paseantes del domingo era otra: ahí estaban todos, a unos metros de distancia, mirándose con extrañeza o fastidio o la tristeza de algo irremontable y sin solución.

Botones de muestra: seres vivos

Están los casos emblemáticos: Shamu, Sissy, Gus. Shamu fue una orca capturada en 1966 en mar abierto, separada de su familia y transportada a Sea World. Ahí, fue “entrenada” y expuesta en espectáculo. Los parques acuáticos son zoológicos con agua. Delfines, tortugas, lobos marinos y ballenas, como Shamu, son confinados a espacios mínimos para asombrar a públicos que no suelen nadar en el mar. Shamu murió en 1971, después de mostrar comportamientos erráticos y lastimar severamente a su entrenadora. La alberca en la que nadaba medía, cuando mucho, cien metros; en libertad, una orca nada alrededor de ciento sesenta kilómetros cada día. En 1969, cuando tenía un año, Sissy la elefanta fue extraída de su hábitat en Tailandia y llevada a Texas a un zoológico de “caricias”. No cabe aquí su odisea, que incluye bruscos traslados kilométricos de un sitio cruel a otro peor, golpizas, brutales intentos para inseminarla y su abandono durante una inundación (sólo su trompa sobresalía del lodo) que la dejó con miedo de por vida a las tormentas. Ahora vive en Tennessee —tan alejado de Tailandia— en un santuario que la protege y le da lo que puede darle. Gus nació en cautiverio en 1985. Fue un oso polar hijo de padres cautivos. Por esta condición se pensó que se adaptaría sin problemas al Zoológico de Central Park, en Nueva York. No fue así. Gus, como todos los seres, era dueño de un bagaje genético que le exigía a su cuerpo desplazarse, estar en un entorno frío, cazar, deslizarse sobre el hielo. En su clausura nadaba a toda velocidad en su piscina. Pasaba en el agua hasta doce horas diarias y agredía a los niños que lo veían a través del vidrio submarino. Aun a sabiendas de que en libertad los osos polares nadan en un entorno un millón de veces mayor, sus cuidadores le dieron Prozac, invirtieron 25 mil dólares en terapia conductual, lo tacharon de neurótico y lo llamaron, sin ironía, bipolar. Murió a los 27 años, diez años menos de lo que habría vivido en libertad.

Gus, el oso polar. Fotografía de Jason Saul, 2006

Los nuevos zoos

Los nuevos zoológicos están en las pantallas. Es ahí donde vemos lo que queremos ver de los animales. Están las cabras en pijama y los orangutanes que se lavan las manos, los gorilas que hablan en lengua de señas y los elefantes que comen pastel en su cumpleaños. Desde el celular las personas tienen la misma distancia con ellos que en los viejos zoológicos y aún más. No hay olores posibles (ni el acre olor de los orines ni el almizcle, no está la peste del encierro, no hay gases ni sarro), los sonidos han sido filtrados y editados, la belleza de las bestias se da por sentada. En las pantallas los flamencos son únicamente elegantes y las salamandras tienen colores de caramelo. Son también las estrellas de series y documentales, como Tiger King o Blackfish, para el estremecimiento y gozo controlados de las audiencias. Coexisten en el mundo los encierros concretos de animales salvajes y sus encierros virtuales. El hombre va a la caza de las bestias y trata de aislarlas, de separarse de ellas. Las utiliza para experimentos o las lanza en jaulas. Las atrapa con el obturador o la lente, las atrapa en la realidad con redes y cadenas para desplazarlas, venderlas y, sobre todo, para hacer de sus cuerpos espectáculo. El zoológico está en los dispositivos electrónicos y en las ciudades y funciona como un mundo paralelo, da un placer efímero a costa de profundo sufrimiento. El zoológico anula las emociones y los vínculos de los animales. Temple Grandin, especialista en ciencia animal y consultora en el manejo de ganado, escribió un libro llamado Animals Make Us Human (Los animales nos hacen humanos). En él, Grandin discute cuáles son las mejores formas de hacer que los animales estén libres de sufrimiento y estrés, cómo hacer para que sean la mejor versión de sí mismos, incluso en cautiverio. El título y la premisa son tentadores y, aunque ayudan a recategorizar a los animales, valorándolos, fallan en un punto central: todavía hay distancias, ellos y nosotros. Atinan a desentrañar mejor el misterio de las mitologías de casi todas las culturas, pobladas de semidioses encarnados en seres que son a la vez bestia, persona y deidad: en un mundo parecido habitamos. Los zoológicos, virtuales o físicos, nos separan de la bestialidad y la carnalidad que también somos, rompen con el equilibrio del entorno que requerimos para vivir, nos inyectan con fantasías de superioridad y una megalomanía que sólo puede perjudicarnos: hacen que quitemos la mirada de los seres que nos rodean, de esa tribu terrenal a la que también pertenecemos.


Escucha el Bonus track de Julieta García González, con Fernando Clavijo

Imagen de portada: Un jardín zoológico con jaulas para recortar. Litografía de Joseph Scholz, ca. 1900. Wellcome Collection