La vegetariana

Selección

Comida / dossier / Abril de 2022

Han Kang

 Leer pdf

Acostado y cubierto con el edredón, perdí el sentido de la realidad por un momento y me quedé mirando ausente la luz de la mañana invernal que entraba a través de las cortinas blancas. Cuando moví ligeramente la cabeza y puse mis ojos sobre el reloj de la pared, me levanté disparado como un resorte y salí de la habitación abriendo la puerta de par en par. Mi mujer estaba otra vez en la cocina delante del frigorífico. —¿Estás loca? ¿Por qué no me has despertado? ¿No sabes la hora que es? Interrumpí lo que estaba diciendo al sentir algo mullido bajo mis pies. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Ella estaba en cuclillas, vestida con el mismo camisón y con el pelo despeinado cayéndole a ambos lados de la cara. A su alrededor y sobre el suelo de la cocina había desperdigadas tantas bolsas de plástico y recipientes herméticos que no quedaba lugar donde poner los pies. Ternera cortada finamente para hacer shabu-shabu, panceta de cerdo, dos jarretes completos de vaca, calamares guardados en bolsas herméticas, anguilas limpias y troceadas que le había mandado recientemente mi suegra del pueblo, corvinas semisecas y atadas con una cuerda amarilla, empanadillas congeladas todavía sin abrir y un sinnúmero de paquetes que no se sabía qué contenían. Haciendo crujir el plástico, mi mujer estaba metiendo esos bultos uno a uno en una gran bolsa de basura. —¿Qué se supone que estás haciendo? —le grité, perdiendo los estribos. Igual que la noche anterior, ignoró mi presencia y siguió tirando los paquetes de carne en la bolsa. La ternera y el cerdo, el pollo troceado y las anguilas marinas, que debían de valer como mínimo 200 mil wones; todo fue a parar a la bolsa de la basura. —¿Te has vuelto loca? ¿Por qué estás tirando todo esto? Apartando las bolsas de plástico, me abalancé sobre ella y la agarré de la muñeca. No me lo esperaba, pero la firmeza de su mano era férrea. Tuve que utilizar la fuerza hasta que se me subió el calor a la cara para lograr que soltara el paquete que sostenía. Masajeándose la muñeca derecha enrojecida con la otra mano, habló con el mismo tono de siempre. —He tenido un sueño. Otra vez lo mismo. Me lo dijo mirándome a los ojos, sin que se le alterara en lo más mínimo la expresión. Entonces sonó mi móvil. —¡Mierda! Empecé a buscar en los bolsillos de la americana que había dejado sobre el sofá la noche anterior. En el último bolsillo encontré el móvil, que sonaba desaforadamente. —Lo siento muchísimo. Es que me surgió un problema en casa… De verdad, lo siento. Me daré mucha prisa para llegar lo antes posible. No, no, puedo salir de inmediato. ¡Ahora mismo! No, no haga eso. Espéreme que ya voy. De nuevo le pido mil disculpas. No sé qué decirle… Colgué y entré corriendo al baño. Me afeité con tanta prisa que me corté dos veces. —¿No hay ninguna camisa planchada? No me respondió. Soltando tacos, revolví la cesta de la ropa sucia y encontré la camisa que me había quitado la noche anterior. Afortunadamente no estaba muy arrugada. Mientras me colgaba la corbata al cuello como una bufanda, me ponía los calcetines y guardaba la agenda y la cartera en los bolsillos, mi mujer no se movió de la cocina. Por primera vez en cinco años de casados, salí hacia mi trabajo sin que me ayudara a prepararme y me acompañara hasta la puerta. —¡Se ha vuelto loca! ¡Totalmente loca! Metí los pies en los zapatos nuevos, que todavía me iban estrechos, y salí abriendo con fuerza la puerta del apartamento. Al comprobar que el ascensor estaba en la última planta, bajé corriendo los tres pisos por las escaleras. Cuando por fin logré subirme al metro, que justo estaba a punto de salir, me miré en el cristal de la oscura ventanilla. Me arreglé el pelo, me hice el nudo de la corbata y alisé con las manos la arruga de la camisa. Fue entonces cuando me acordé de la escalofriante calma que tenía la expresión de mi mujer y también de su voz dura y seca.

Maurits van der Valk, Bosque de pinos, 1867-1935. Rijksmuseum Maurits van der Valk, Bosque de pinos, 1867-1935. Rijksmuseum

Dos veces me había dicho que todo se debía a un sueño que había tenido. Su cara pasó como una ráfaga contra la oscuridad del túnel, al otro lado de la ventanilla del metro en movimiento. Era una cara desconocida, como si la viera por primera vez. Pero no había tiempo para pensar en su extraño comportamiento puesto que solo tenía treinta minutos para inventar una excusa que darle al cliente y repasar el borrador de la propuesta que iba a presentarle. Brevemente me dije para mis adentros que volvería a casa tan temprano como pudiese. Desde que me habían cambiado de sección, hacía meses que no salía del trabajo antes de las doce.


Era un bosque oscuro. No había nadie. Tenía la cara y los brazos arañados por abrirme paso entre los árboles de hojas puntiagudas. Creo que estaba en compañía de otras personas, pero parece que me perdí. Hacía frío. Crucé un arroyo congelado y descubrí un edificio iluminado que parecía un granero. Entré apartando una cortina de arpillera y los vi. Eran cientos de enormes y rojos bultos de carne que colgaban de unos maderos. De algunos de ellos caían gotas de sangre todavía fresca. Me abrí paso apartando los incontables trozos de carne, pero la puerta de salida del fondo no aparecía. La ropa blanca que llevaba puesta se me empapó por completo de sangre. No sé cómo me escapé de ese lugar. Volví sobre mis pasos corriendo y crucé de nuevo el arroyo. De pronto el bosque se aclaró y aparecieron árboles primaverales muy tupidos y verdes. El sitio estaba atestado de niños y olía a cosas ricas. Varias familias que estaban de picnic. Era un panorama increíblemente luminoso. Corría un manantial rumoroso, a su vera había gente sentada sobre esterillas que comía rollos de arroz envueltos en algas. A un lado asaban carne a la parrilla, se escuchaba tararear canciones y resonaban las risas de alegría. Sin embargo, yo tenía miedo. Todavía llevaba mis ropas manchadas de sangre. Me agaché y me escondí detrás de un árbol para que nadie me viera. Tenía también las manos manchadas de sangre. Y la boca. Había comido los pedazos de carne caídos en el suelo de ese granero. Me había embadurnado las encías y el paladar con la sangre roja de esa blanda carne cruda. Mis ojos, que se reflejaban en los charcos de sangre, centelleaban. N o pudo ser más vívida la sensación de desgarrar con mis dientes esa carne cruda. Y mi cara, mis ojos… Me había vuelto una desconocida, pero no había duda de que era yo. No, al revés. Era un rostro visto innumerables veces, pero no era mi cara. No puedo explicarlo. Conocida y desconocida a la vez, fue una sensación vívida y extraña, terriblemente extraña.


La cena que había preparado mi mujer consistía en hojas de lechuga y pasta de soja, una sopa clara de algas que no tenía carne ni almejas y kimchi. Eso era todo. —¿Pero entonces has tirado toda la carne que había en el frigorífico por ese estúpido sueño? ¿Cuánto valía lo que tiraste? Me levanté de la mesa y abrí la puerta del congelador. Estaba vacío. Solo había cereales tostados, pimiento rojo en polvo, guindillas congeladas y una bolsa de ajo picado. —Hazme aunque sea un huevo frito. Estoy realmente agotado. Casi ni he almorzado. —También tiré los huevos. —¿Qué? —Tampoco nos volverán a traer leche. —¡Joder! ¿Pretendes que yo no coma carne? —No podía dejar todo eso en el frigorífico. No lo soportaba. ¿Cómo podía ser tan egoísta? Me quedé mirándola fijamente. Ella había bajado los ojos, pero se veía más serena que nunca. No me esperaba aquello. No me imaginaba que pudiera ser tan egoísta y que hiciera lo que le viniera en gana. No sabía que era tan irracional. —¿Quieres decir que a partir de ahora no comeremos carne en esta casa? —Tú, en general, solo desayunas en casa. Seguro que comerás carne en la comida y en la cena. No te morirás por no comer carne por la mañana —respondió con parsimonia, como si su decisión fuera lógica y apropiada. —De acuerdo. En mi caso, vale, pero, ¿y tú? ¿No vas a comer carne de ahora en adelante? —Ella respondió asintiendo con la cabeza—. ¿Ah, sí? ¿Hasta cuándo? —Hasta cuando sea. No supe qué más decirle. Sabía, de haberlo leído y escuchado, que estaba de moda ser vegetariano en estos días. La gente se hacía vegetariana para tener una vida más sana, para cambiar su metabolismo y dejar de sufrir alergias y piel atópica, o simplemente para cuidar el medio ambiente. Los monjes budistas que hacían vida retirada también eran vegetarianos, pero lo eran por una buena causa: evitar hacer daño a los seres vivos. ¿A qué venía esa extravagancia de mi mujer? Ni que fuera una adolescente caprichosa. No necesitaba bajar de peso ni tenía que curarse ninguna enfermedad, pero había cambiado sus hábitos de alimentación por una simple pesadilla. ¡Ni que estuviera poseída por un demonio! ¿Cómo podía ser tan tozuda e ignorar de aquella manera la oposición de su marido?

Han Kang, La vegetariana, Rata Books, Barcelona, 2017, pp. 16-22. Traducción de Sunme Yoon. Se reproduce con autorización.

Imagen de portada: ©Rubén Ojeda Guzmán, La pintura en el mercado, de la serie homónima, 2015. Cortesía del artista