Cultura UNAM

Los de abajo de Mariano Azuela

Ella como regla

Cultos / CRÍTICA / Diciembre de 2018

Pável Granados

No leí Los de abajo cuando debí, es decir: en 1915, el año de su publicación. Tampoco la leí hacia 1925, cuando el crítico Francisco Monterde la descubrió para la literatura mexicana, erigiendo así un clásico repentino. No la leí en la carrera de Letras Hispánicas, pues mis profesores le rendían culto a Martín Luis Guzmán. Y yo… pensaba que me encontraría ante un Momento Solemne de la Literatura, que tendría que bajar la mirada y pasar sin comprender. La leí muchos años después, para mi mal, pues no se puede recuperar el tiempo perdido. Si la hubiera leído antes habría comprendido más cosas y su luz me habría iluminado algunos periodos. Ahora me pregunto cuántos autores en verdad la conocen y mido otras novelas con ella como regla. Si la nueva novela del narco la tuviera de referencia, tendríamos un momento luminoso de la literatura. ¿Qué es aquello que sorprende en esta novela?, me preguntaba mientras la leía. Una técnica que copia el transcurrir del tiempo, que capta el movimiento real de los acontecimientos. Nada ocurre en el pasado, nada llega a los sentidos por medio de la evocación. Por el contrario, todo se encuentra ante la mirada, el presente que se toca con las manos, la dureza de la piedra y el calor del fuego. No te detengas a describir, autor, ya que el tiempo no te esperará a que termines tu obra. Los asuntos tienen que continuar, y no lo harán según tu capricho. Ni siquiera tendrás tiempo para construir un momento dramático. La vida no es de ese modo, no sabe nada de dramaturgia. Y aun así es inesperada. ¿Qué le puedes arrancar al instante si no son pinceladas, la sorpresa del movimiento, las líneas que conforman un gesto —el cual se escaparía para siempre si no quedara consignado con su correspondiente adjetivo—? Sólo recordaré que el inicio de la novela ocurre en la frontera entre Zacatecas y Jalisco, Demetrio Macías inicia un movimiento que es como el desgajamiento de una peña sobre el precipicio. De hecho, ésa es la imagen que usa el protagonista: toma una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se precipita y no se detiene, se van desprendiendo otras más. Es la imagen que sintetiza la Revolución, es el destino representado de manera pedagógica, para que los personajes lo entiendan. Adalbert Dessau (en La novela de la Revolución mexicana) dice que luego de la escena inicial (las fuerzas de Macías salen de su rancho, El Limón, con dirección a Fresnillo, para llegar a Zacatecas), el protagonista pierde el rumbo. Igual que el novelista. La claridad de los primeros capítulos se diluye y asistimos a los actos de rapiña de sus fuerzas. Los personajes no tienen plan, viven en la zozobra. Y el autor también. La angustia de no tener plan y de escribir conforme la realidad maquina sus próximas escenas. Extrañamente, pienso, la novela tiene una estructura circular: Demetrio vuelve al sitio del cual salió originalmente, pero sólo a morir. Qué rápido decae el hombre y qué indiferente es la naturaleza. Eso ya lo dije, pero no importa. Es que la naturaleza vuelve y se renueva, menos nosotros, que la vemos florecer. Lo único que cada año florece en nosotros es la angustia, deslumbrantemente. Y Azuela abre tres caminos narrativos: el humano (el cual vive negando lo que ocurre en su interior), el de la naturaleza (que tiene su discurso propio, cíclico, indiferente) y el histórico. Ah, éste tiene cierta poesía y es el que más nos interesa. De la misma manera en que las piedras que caen y arrastran otras, de la misma manera en que una pequeña bola de nieve provoca una avalancha, los actos individuales de los personajes se amplifican. Es como si estuvieran en una cámara de resonancia. Vean esto: Demetrio Macías y sus tropas entran a una casa rica y comienzan a saquear, ante los ojos indignados de Luis Cervantes (el joven periodista lleno de idealismos que se une a Macías). Sólo que Cervantes ve cómo, de muy discreta manera, una cajita que contiene dos diamantes cae ante sus pies, y la recoge sin que nadie se dé cuenta. De todas maneras, le causa horror la barbarie y se lo reclama al líder. “Es el único gusto que les queda después de ponerle la barriga a las balas”, responde. Cervantes se escandaliza: “¡Pero eso nos desprestigia!” Y eso que sólo unos minutos antes se guardó dos diamantes pensando que no lo había visto nadie. Pero los ojos de aguilucho de Macías, que han visto todo alrededor, lo han registrado: “¡Mire, a mí no me cuente!… Ya sabemos que lo tuyo, tuyo, y lo mío, mío. A usted le tocó la cajita, bueno; a mí el reloj de repetición”. Los revolucionarios llaman avances a sus trofeos. En sus manos, todo aquello que significaba el poder y la riqueza se transforma. Pronto, en medio de la destrucción, todo eso —telas, adornos, vestidos— se convierte en cosas sin sentido, juguetes, basura. Vistas desde lejos, las acciones de la Revolución ya no son hechos inocentes y repentinos. Son símbolos, son momentos a los que volvemos para explicárselos a la Posteridad. Ésta, generalmente, necesita voltear atrás pues no sabe cómo ha llegado hasta aquí ni sabe por qué es la Posteridad. Mientras la leía, la obra de Azuela me sugería varias cosas: la pertinencia de llevar una libreta para retratar el instante cuando está frente a uno y apuntar sus rasgos antes de que desaparezca para siempre. Pensé que el novelista había copiado sus escenas “del natural” —es decir, con la técnica naturalista—, y que había tenido tiempo para organizar sus observaciones con la tranquilidad de quien tiene un estudio lejos del ruido. Pero, ¿será posible eso?, ¿pudo tener silencio para reposar el estilo? No lo sé. No hay desaliño ni fallas estructurales. Lo que contiene este libro es el retrato del desasosiego: las fuerzas de Macías se quedan esperando en un pueblo, luego de derrotar a los federales. Por otra parte, los sucesos siempre se miran a distancia, nunca pasa nada fundamental frente a sus ojos. ¿Pancho Villa? Ni de lejos. Quién sabe si exista. Es el viaje sin rumbo. Y es la condena de vagar y vagar. Demetrio vuelve a su casa pero sólo es para despedirse, para darse cuenta de que la revolución es también un destino. Ya dije que la sorpresa de la realidad impide crear el suspenso de las acciones, pero no por eso los acontecimientos decepcionan. La realidad siempre tiene recursos para sorprender. Hay algo más: el carácter de los personajes también está trazado con las líneas más rápidas, pero no por ello se construyen seres de cartón. Por esos relámpagos se asoma una personalidad. Luis Cervantes escribe: “Lamento la suerte de Pancracio y del Manteca; pero no me extraña que después de una partida de naipes se hayan apuñalado. ¡Lástima: eran unos valientes!” Los personajes se ocultan entre sus facciones inamovibles, pero se muestran en la representación de su papel ante la Historia. Dije que hay una narración circular porque Demetrio vuelve con sus tropas al lugar de donde salieron, pero sólo para ser abatido. Cae en el mismo sitio en donde nació su fama de combatiente indetenible. Mientras tanto, la Revolución se descompone, el ímpetu del principio se apaga. Quién sabe para dónde vaya la Historia, es algo que ya no le interesa a ninguno de los personajes. Hasta aquí han llegado. ¿Cómo termina esta narración?, ¿con la construcción de un momento trágico? No, ni siquiera entonces la maquinaria del mundo lo permite. Los cadáveres caen entre el humo y los ruidos de balas. Pero las cigarras entonan su canto misterioso, las palomas arrullan con dulzura. Los muertos con sus ojos fijos en la nada. Y la naturaleza, ella se levanta sobre la muerte y sigue con su paso imperturbable.

FCE, México, 1960

Imagen de portada: Diego Rivera, detalle de uno de los murales en Palacio Nacional.