No playa

Especial: Diario de la pandemia / suplemento / Mayo de 2020

Abraham Truxillo

Saltándonos Wikipedia y los informes técnicos ¿qué significa hoy el coronavirus? Si prestamos atención a las redes sociales y a los análisis de prensa (acaso ya para siempre digital), es posible distinguir algunas de las metáforas que quieren responder a esta pregunta:

  1. El coronavirus es un enemigo extranjero en pie de guerra (ver Susan Sontag).
  2. El coronavirus es un maestro de ecología.
  3. El coronavirus es un jinete del Apocalipsis.
  4. El coronavirus es la cura (nosotros la enfermedad).
  5. El coronavirus es la flecha que atravesará el talón capitalista (ahora sí). En la playa, el coronavirus es todas esas cosas y más.

Unos se van, otros llegan

A principios de abril los últimos canadienses abandonaron el condominio. Aunque está a unos pasos de la playa, no tiene vista al mar: otros edificios más altos lo tapan. No obstante, oblicuamente se divisa una franja de agua hacia el cabo sur de la bahía. Son jubilados, de Montreal. Algunos son italianos pero migraron a Canadá hace varias décadas. Llegan siempre a finales de noviembre y se van a mediados de mayo cuando la primavera ya ha vuelto más acogedora su ciudad. La mitad de los departamentos les pertenecen. Creo que aman Acapulco. A diferencia de los residentes mexicanos, se bañan todos los días en la alberca. Al atardecer conversan en voz alta en la terraza y toman café expreso que comparten con los vecinos que pasan. La mayoría ha alcanzado la tercera edad; un par usa andadera. Este año, debido a la pandemia del COVID-19, todos se han marchado. La última pareja fue llevada por mis padres al aeropuerto, son amigos. Pagaron cerca de mil dólares por unos boletos de avión que por poco no consiguen. “Antonella se despidió llorando”, me cuenta mi madre por teléfono. Yo no se lo digo, pero a mí lo que me preocupa es que hayan estado en el aeropuerto. Unas semanas antes cientos de turistas —la mayoría de la Ciudad de México— habían llegado a Acapulco. Decidieron hacer de su cuarentena unas vacaciones. Hoteleros y restauranteros estaban encantados con la súbita temporada alta. Pero el gusto les duró poco. El temor al contagio empezó a crecer en la ciudad. Un argentino dio el primer positivo. Enseguida se pidió a los vacacionistas que se abstuvieran de venir. Las redes clamaban: “Chilangos, ya no vengan”. Para disuadir a los visitantes, el gobierno decidió cerrar las playas del estado. Todas las playas. Quinientos kilómetros de costa clausurada. Como si se pudieran cerrar las montañas. Un día, pese a la prohibición, algunos vacacionistas empedernidos se atrevieron a ocupar una enramada de la playa Revolcadero. De inmediato fueron retirados por la Guardia Nacional disfrazada de antimotines. En las redes se celebró la disciplina. El suceso tenía algo de farsa: ninguna escena realmente distópica puede ocurrir en una playa de Acapulco, me dije para tranquilizarme. Paraíso mata todo. En la última caseta de la Autopista del Sol, antes de llegar a Acapulco, los autos con matrícula foránea eran recibidos con volantes: “Playas clausuradas”. Sin embargo, no todos son turistas. Muy lejos de la bahía de Santa Lucía, en el Acapulco Diamante (sic), se alzan sobre la playa los edificios más nuevos y lujosos de la ciudad. Ellos son residentes. Un libramiento de la autopista les permite llegar sin pasar por el puerto. Desde luego hay clases: unos cuantos llegan a ocupar las mansiones que se encuentran en los acantilados llenos de fronda junto al mar, en las zonas más exclusivas de la ciudad. Un tío que trabaja en una de ellas pasará la cuarentena allí, él y media docena de servidumbre más. Desde que llegaron los propietarios (familia de un empresario conocido), no ha salido. Mi tío sube a su perfil fotos espléndidas del amanecer en la bahía, como tomadas desde una torre. Pienso que yo también pasaría la cuarentena en una mansión si pudiera. O podría ser en un hotel. Howard Hughes pasó confinado sus últimos días de vida en un hotel de Acapulco. Según la leyenda, cerró las cortinas de todo un piso del Princess al borde de la anemia y se negó a tener contacto con nadie que no fuera su camarista personal. En la película El aviador se le puede ver —interpretado por Leonardo Dicaprio— cuando se niega a saludar de mano por miedo a contagiarse de cualquier cosa. Ahora Acapulco es buen lugar para estar. Si como algunos estudios sugieren, los rayos solares matan al virus, será un acto de justicia natural: el clima casi siempre ha jugado en contra de la salubridad pública. En estos momentos en Acapulco hay un alto riesgo de brotes de cólera y dengue. El año pasado hubo una decena de casos de lepra; la cual nunca se ha erradicado por completo. Hace cien años los infectados eran confinados en la Isla de la Roqueta (isla mágica). Anituy Rebolledo cuenta que durante el desorden de la Revolución el leprosario fue abandonado con los enfermos allí. Desesperados y hambrientos, los leprosos llegaron nadando como pudieron a la playa de Caleta. Imagino los girones putrefactos de piel sobre la arena, secándose al sol.

La esperanza muere al último

Como otros lugares, Acapulco vive sus propias maravillas. Pronto circulan por las redes fotos de las playas completamente limpias y desocupadas; en algunas el agua ha adquirido sospechosos tonos turquesa. “No es Cancún, es Acapulco” se presume con orgullo. Alguien graba una ballena jorobada que salta del agua a mitad de la bahía. (En playa Majahua hay un petrograbado milenario con la misma escena). Después, la naturaleza se torna verdaderamente prodigiosa: una noche las olas de Puerto Marqués se llenan de bioluminiscencia. Nadie ha visto algo así. La belleza del planeta nos sirve de consuelo durante la Semana Santa vacía. La celebración muy pronto trasunta xenofobia: “Miren, turistas cochinos, cómo está el mar sin ustedes”. Los acapulqueños nos hemos olvidado por un momento de nuestras propias heces fecales que se vierten al mar ahora mismo, algunas directo desde los condominios. Aunque oficialmente los restaurantes están cerrados, en algunas zonas hay ambiente festivo. En el centro de la ciudad varias pozolerías siguen abriendo cada jueves, con pista de baile y karaoke —cualquiera que haya vivido en Acapulco sabe que el verdadero corazón de la ciudad late en las pozolerías, lejos de la playa—. Los domingos desde las siete de la mañana se vende chilate y relleno de puerco, me cuenta mi tía. Ansío comer ese manjar. No es ni más ni menos que un lechón filipino, cuya receta nos llegó con generosidad de Asia junto a muchas otras suculencias que son de agradecer. Pienso en los contagios que vendrán. ¿Acaso la gente seguirá bailando en las pozolerías? ¿O es que el pánico se desbordará en la antesala del diluvio? Según los registros, hay alrededor de cincuenta respiradores artificiales en el estado. Deseo que la mortandad no llegue. Sea como sea, con seguridad algunos acapulqueños seguirán bailando y cantando en las pozolerías siempre. Y el sol también se asoma. Al igual que en otras ciudades, el primer paciente es dado de alta en su silla de ruedas, entre aplausos. El periódico no revela su identidad pero en la fotografía se adivina un hombre de mediana edad que sonríe tras el tapabocas. Lleva sandalias y un short de playa verde limón. La nota dice que se terminará de recuperar en casa. A mí me parece que está listo para meterse a nadar.


24 de abril de 2020


Abraham Truxillo nació en Acapulco, en 1983. Estudió letras hispánicas en la UNAM. Es autor del libro de poemas Postales del ventrílocuo (Ediciones Sin Nombre, 2011). Ha colaborado en medios impresos y electrónicos como La Jornada Semanal, Casa del Tiempo, Tierra Adentro, Cultura Colectiva y Periódico de Poesía, entre otros. Algunos de sus textos han sido traducidos al francés.

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Imagen de portada: Atardecer en Acapulco. Fotografía de lforce, 2018. CC