El libro de las costumbres rojas de Elisa Díaz Castelo
La disoluta costumbre del rojo
Leer pdfAsí como las primeras líneas de un cuento o una novela cifran mucho del significado de lo escrito, el primer relato de un libro dicta los temas y espacios del conjunto. Propongo un ejemplo. En una sala de cine, aunque esté en penumbras, todo parece estar en su sitio. Nadie debería temer a un lugar tan conocido. Pero Luis, que siempre llega tarde a las citas, siente que algo no está bien al llegar a su asiento. La mano de la mujer que lo espera, Leonor, puede o no ser la que lo recibe. El tacto, antes familiar, le da señales de alarma. Incapaz de ver el rostro de la dudosa Leonor, agudiza sus otros sentidos: un olor que no es el esperado, una voz que reverbera distinto, el peso de un cuerpo que no es igual. ¿Se habrá equivocado? ¿Dónde está su verdadera acompañante? Con esta premisa abre el primer libro de cuentos de Elisa Díaz Castelo. Con doce relatos, la escritora, galardonada con el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes por El reino de lo no lineal (2020), se inscribe con seguridad en la narrativa. En cinco páginas, resumidas arriba, el cuento “Dime con quién andas” consigue dos cosas. Primero, atrapar al lector por medio de una situación inquietante, en la que el titubeo rompe con “la costumbre que es siempre soberana”;1 y segundo, esbozar los recursos principales que desplegará más adelante el libro: la perturbación de lo que consideramos cotidiano causada por el extrañamiento y lo fantástico (la aparición de dobles, metempsicosis, enfermedades anormales); el juego de la luz y la penumbra —similar al de pinturas como El imperio de la luz y Las misteriosas barricadas de Magritte o Noctámbulos de Edward Hopper—; y la profundización literaria acerca del cuerpo. Cargados de sensaciones, así como de imágenes precisas, los relatos mantienen y proyectan el estilo lírico y experimental de obras anteriores de Díaz Castelo. Cuando pienso en la persistencia de este atributo en El libro de las costumbres rojas, viene a mí la voz de Lavinia en “Nunca lo fue”, texto en que la progresiva incapacidad de hablar y escribir palabras convierte una enfermedad inusual en un ejercicio de escritura plástica y poética:
10 de nov. He perdido su nombre. En lugar de desesperación, alivio. Tanto tiempo. Todo lo demás no importa. O poco. He perdido algunos artículos, he perdido mi nombre. Lavinia. Aún escribirlo. Me reza el silencio, la pérdida de los contornos. La tía hincada, sus amigas son piedras cantan el viento. Escucho sus voces pero no puedo sus palabras. El mundo pronto estará en un idioma que yo desconoceré.2
La poesía y la experimentación con la forma surgen en una actividad tan habitual como escribir un diario, uno que está condicionado por un padecimiento que hace olvidar las palabras. De esta manera se imbrican el interés literario por la mesura y la intriga de la narración. Otra evidencia del estilo poético de la autora aparece en los cambios de voces y perspectivas en algunos cuentos, recurso que exploró antes en la obra teatral Proyecto Manhattan (2021). “Las costumbres de las placentófagas” es un relato coral que ahonda en el hábito clandestino de ciertas mujeres de comer placentas con fines medicinales. Algunas se obsesionan a tal grado que matarían por seguir alimentándose de ellas. Una voz anónima dicta en su delirio una declaración:
Mi cuerpo es blanco como el mármol. Cerrado como un punto. Como la piedra. Por eso tomé parte del cuerpo de las otras. Estábamos desapareciendo. El animal que somos me dolía. Queríamos solamente creer en los otros. Pronunciar el nombre de nuestros hijos. Que nunca. Que en ningún sitio.3
Un tercer rasgo retomado de sus obras anteriores —por ejemplo de Principia (2018)— es el enlace entre la literatura y los conceptos científicos con el fin de expandir significados. En “El principio de la gravedad”, una narradora, otra vez anónima, empieza a asimilar su cuerpo al de su madre, recientemente fallecida, a punto de convertirse en ella debido a la convivencia con su padre-esposo y los objetos del hogar: “Yo me niego a deshacerme de ellos, […] pues hacerlo implicaría también borrar a la persona que era entonces, cuando los objetos existían plenamente. Son lo único que me queda de quien fui”.4 Con este cambio, el doble de la madre adquiere todas las responsabilidades de la casa y el matrimonio. A partir del concepto físico de la gravedad, la autora crea posibilidades alternativas del espacio-tiempo: “La gravedad de la casa era mayor a la de cualquier sitio. Y eso explicaba la lentitud con la que el tiempo discurría dentro de sus muros”.5 Una casa, un agujero negro y cuerpos que se transforman en otros cuerpos para hablar del duelo por una madre fallecida.
Más allá de las conexiones de este libro con otros de Díaz Castelo, ¿qué resalta de éste en particular? Considero que la diferencia, además del género, está en el manejo de la realidad. Me remito a los dos vocablos principales del título de la obra: las costumbres y el rojo. Una cita en el cine, el duelo en el hogar, el paseo diario de la mascota del vecino (en “Gimme shelter”), la vida de un anciano en un asilo (en “Agua para las flores”): cada trama parte de una situación que torna la seguridad de lo conocido en incertidumbre. Ahora bien, el rojo es el primer color que percibimos debido a su amplitud de onda, en ese sentido, es el que estamos más acostumbrados a ver, pero para Díaz Castelo lentamente adquiere connotaciones diversas. Esto dice la voz anónima de “Las costumbres de las placentófagas”:
Pero antes, sobre todo el rojo. El primer color que aprendemos. Que sabemos ver. El color que rompe nuestra boca cuando lo pronunciamos. Y me dolía el cuerpo mío que no sabía ser rojo. No sabía el arte de seguir, la fluidez, mi cuerpo. Era sólo un punto final. Porque no sabía darle vida a otro cuerpo. Abrirse. Desangrarse.6
El rojo atraviesa los cuerpos de los personajes de estos relatos y se carga de significados complejos. “Hoy también es miércoles” retrata una relación de oficina marcada por el deseo mutuo entre una mujer y un hombre joven, y se evidencian facetas distintas según el lugar donde estén. En un forcejeo, vemos lo siguiente: “Alrededor de mi muñeca afloraron, algunas horas después, las marcas rojas de sus dedos”.7 Ante el contacto violento en el trabajo, surge el rojo como guiño de lujuria, como lo prohibido y lo erótico. En “Agua para las flores” un anciano recuerda fragmentos de su complicidad en el asesinato del hermano de su esposa, cometido por ella para salvarlo del sufrimiento de una enfermedad que lo deforma. Un verso de Gorostiza ancla el recuerdo en el cuerpo de la víctima: “Tan tán tan tán tan tán. El corazón de Manuel come y escupe bocanadas de sangre”.8 Aquí, el rojo también es la anómala voluntad de seguir viviendo pese a una dolorosa enfermedad. A la vez, es el preámbulo de lo inusual, como los adornos navideños que la madre moribunda de “El principio de la gravedad” se niega a quitar: “otra esfera roja se abría como un fruto vaciado”.9 Entonces, El libro de las costumbres rojas es un catálogo del carmesí y de la batalla sutil que se emprende con los lugares conocidos, seguros antaño pero ahora sembrados de incertidumbre.
Edward Hopper, Interior de Nueva York, ca. 1921. Whitney Museum of American Art.
Para afincar los mundos característicos de sus relatos, Díaz Castelo se vale de atmósferas y espacios que yo no puedo imaginar disociados de algunas pinturas de Hopper y Magritte. Asocio entre la autora y el primero la contemplación simultánea de lo cotidiano como algo anodino y extraño tanto por la perspectiva como por la luz artificial que impregna el ambiente; y con el segundo, las combinaciones que el ensueño es capaz de producir. De igual modo, la escritora erige espacios de luces tenues y sombras enviciadas por una bruma roja que dirige las historias hacia lo fantástico. ¿Cómo logra crear lugares que se sacuden, dudosos de lo real? Pienso en la mirada que determina que las cosas pasen, sean fantásticas o no. “Quizás todo sitio peligra cuando nadie lo ve […], el mundo necesita un testigo, al menos uno, para existir o haberlo hecho.”10 ¿Qué ocurre, entonces, con los lugares atormentados por la oscuridad, por la atractiva visceralidad del rojo, por la inquietud y la falta de certeza? En “Plantas de sombra”, leemos: “si miramos cualquier cosa con el cuidado suficiente, se devela un envés de oscuridad”.11 Apartados del curso común, los espacios de la costumbre que disuelve Díaz Castelo —el asilo de ancianos, la plaza comercial, incluso las casas— cobran un papel central por su capacidad transgresora, similar a las heterotopías sobre las que teorizó Michel Foucault.12 En estos lugares fuera de lugar, el tiempo transcurre de modo distinto al cotidiano. La disolución de la rutina radica en abandonar los límites de lo normal, como le sucede a la mujer que relata su enfermedad en un diario: “Ahora, al perder el lenguaje, comienzo también a perder los límites […]. Se corroen las fronteras entre las cosas, se superponen, no sé dónde termina algo y empieza lo otro”.13
El día a día se resquebraja en estas ficciones, y en las fisuras es urgente tomar decisiones siniestras, dolorosas, dictadas muchas veces por placeres fuera de regla: convertirse en la propia madre, ingerir órganos humanos para mantenerse joven. Pero Díaz Castelo va un paso adelante. Sus relatos me parecen sobresalientes porque van más allá de las tradicionales historias fantásticas sobre el doble, la transferencia de la consciencia o la obsesión que termina en locura. Al escapar de las fronteras de ciertas fórmulas literarias, la autora presenta una serie de reflexiones críticas sobre la experiencia femenina y lo hace a partir de la actitud de las protagonistas ante el derrumbe de las costumbres. Así, a partir de lo fantástico y el extrañamiento, también pone en entredicho las convenciones sociales: ¿qué implica ocupar el lugar de la madre fallecida?, ¿de dónde surge la necesidad (impostada o no) de convertirse en madre?, ¿qué significa el silencio en un diario?, ¿en qué punto el cuidado se convierte en esclavitud?, ¿qué dice de una sociedad el imperativo de aparentar juventud? El libro de las costumbres rojas ofrece un placer inquietante: sondea, en los matices del rojo y en los mantos de oscuridad que abrigan el cuerpo, lo que solemos callar ante el mundo. Díaz Castelo sorprende favorablemente en su salto a la narrativa por la solidez y la agilidad de su escritura; todo se engarza en una prosa que aglutina el ritmo poético y las ideas científicas, los espacios habituales y las reacciones más viscerales del ser humano.
Elisa Díaz Castelo, El libro de las costumbres rojas, Elefanta Editorial, Ciudad de México, 2023.
Imagen de portada: Edward Hopper, Un cine en Nueva York, 1939. The Museum of Modern Art .
Elisa Díaz Castelo, El libro de las costumbres rojas, p. 12. ↩
Ibid., p. 89. ↩
Ibid., p. 52. ↩
Ibid., p. 76. ↩
Ibid., p. 71. ↩
Ibid., p. 52. ↩
Ibid., p. 18. ↩
Ibid., p. 34. ↩
Ibid., p. 69. ↩
Ibid., p. 58. ↩
Ibid., p. 120. ↩
Si bien el concepto es más conocido por aplicarse a sitios como psiquiátricos y cárceles, en realidad, es más amplio: “están fuera de todos los lugares, aunque sean sin embargo efectivamente localizables”. Entre sus características, se aprecia la dislocación temporal (heterocronía) y la imposibilidad de acceder si no es a través de un rito. M. Foucault, “De los espacios otros”, Architecture, Mouvement, Continuité, núm. 5, octubre de 1984, P. Blitstein y T. Lima (trads.), disponible en: acortar.link/5FKaZg. ↩
Op. cit., Díaz Castelo, p. 88. ↩