Cultura UNAM

Océano-mundo

El Pacífico / dossier / Junio de 2019

Carlos Mondragón

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Existe un océano-mundo que ocupa la tercera parte de nuestro planeta. Las dimensiones de este cosmos marítimo rebasan por un extremo considerable la superficie de todos los continentes terrestres juntos, o bien la de todos los demás océanos y mares de la Tierra. Se trata de un espacio vasto, con una profundidad milenaria y una presencia contemporánea llena de vitalidad y confianza en sí misma. Sobre todo, es una región enorme y repleta de vida —de pueblos, de lenguas, de pasados y presentes, de diásporas y migraciones, de rutas antiguas y nuevas, de islas, de tierras, de montañas y de mares historiados— y tiene muchos nombres: Moana, Te Ao, Aotūroa, Mâmani, Kaimana, Austronesia, Pasifika. En nuestra cartografía la conocemos como el Océano Pacífico, pero en este texto la llamaré Oceanía. Oceanía es un sonido que insinúa la inmensidad espacial a la que nos enfrentamos; nos recuerda que lo primero que hay que saber es que se trata de un cosmos acuático, un mar abierto, un mar de islas. Esta tercera parte del mundo, esta Oceanía, con sus más de mil comunidades lingüísticas, su pasado milenario y su sorprendente contemporaneidad, sigue pasando desapercibida para quienes habitamos sobre la periferia de sus litorales circundantes. En nuestros mapamundis, aquellos que colocan al meridiano de Greenwich como centro organizador del globo, la enormidad de este océano-mundo está siempre partida en dos, colocada en los márgenes de nuestros horizontes cartográficos. A fuerza de consignarla al borde del mapa hemos transformado a Oceanía en unas antípodas lejanas, anecdóticas, desplazadas sistemáticamente hacia la orilla del espacio y del tiempo. En las contadas ocasiones en las que se asoma entre las líneas de nuestra historia compartida, en la que privilegiamos la figura (masculina) de los grandes exploradores de la Ilustración y sus empresas civilizadoras por encima de otros procesos y agentes históricos, a Oceanía la representamos como un enorme desierto de agua habitado por unos cuantos salvajes atrapados en la Edad de Piedra. Esas narrativas reducen al mar de islas a la condición de un descomunal obstáculo medioambiental y prehistórico, un telón de fondo plano y monótono sobre el cual se extienden las largas redes de conexión comercial y política que unen a los puertos de imperios y naciones continentales. En el mejor de los casos reconocemos los peculiares encuentros culturales que se produjeron sobre ese telón de fondo durante el inicio y transcurso de la historia colonial, pero casi siempre lo hacemos anteponiendo la mirada del navegador desde la cubierta de su nave a la del salvaje indistinto, que escenifica rituales incomprensibles sobre una playa anónima.

Ilustración de Jorge Alderete, “Papúa Nueva Guinea” en Jorge Alderete, Tike’a Rapa Nui y las islas del Pacífico sur, Rey Naranjo, Bogotá, 2017

La notable persistencia de esta historia marginada de Oceanía, con sus estereotipos de civilización y salvajismo, su escasez de análisis crítico, su anacrónica incapacidad para extenderse hacia otras formas de pensar el pasado y producir el presente, no debe sorprendernos: cobró forma en los siglos XVIII y XIX como respuesta a la necesidad de crear alteridades contra las cuales oponemos la idea del progreso civilizatorio. Esos prejuicios siguen estando con nosotros, en las historias oficiales y nacionales, en el enorme repertorio de imágenes propias de la cultura popular global. En ese contexto, las antípodas se siguen presentando como una fuente inagotable para el escapismo de los paraísos tropicales, ahora debidamente domesticados por el turismo internacional y mistificados en la literatura de viaje; en donde la descripción de la geografía oceánica queda supeditada al léxico noratlántico del mar, esa literatura de corte aventurero, al romance de la historia náutica, con su fijación en la soledad y la bravura de la vida a bordo. En años recientes, merced al surgimiento de la historia mundial y un renovado interés en la historia marítima, algunos colegas del mundo iberoamericano han comenzado a regalar un poco más de atención al océano-mundo en calidad de espacio historiado. El Galeón de Manila, con algunos de los hilos que conducen desde la Nueva España hasta Filipinas y el litoral asiático, es el caso ejemplar de este interés reciente por la historia del Pacífico en México. Lamentablemente, aun en esta corriente renovada se observa una incapacidad de trascender las preocupaciones político-económicas, las obsesiones imperiales, y el encantamiento de la tecnología náutica, aquellos tropos tan propios de la visión histórica convencional (continental) sobre el Pacífico. La nostalgia por narrar la “gesta” de exploración de los “mares del Sur” sigue siendo poderosa. Sobra decir que los agentes del pasado de esta corriente de “historia trans­oceánica” (el propio término hace evidentes sus intereses analíticos) no son los habitantes de las islas de Oceanía. Felizmente existe otra tradición historiográfica que desde hace tres cuartos de siglo se ha dado a la tarea de recuperar la complejidad de aquel océano-mundo y poner de manifiesto la enorme influencia que ha ejercido sobre nuestra idea de nosotros mismos. Se trata de una escuela interdisciplinaria, arraigada en la preocupación de la tradición anglosajona de la historia cultural y la antropología histórica como métodos de análisis, antes que en una sola institución o grupo académico. Con los años, ha trascendido su arraigo en las diversas escuelas anglosajonas de historia y antropología (la estadounidense, la británica y la australiana, sobre todo). En este sentido, se ha erigido como una tradición multipolar que se sustenta en una gama amplia de corrientes: la historia social, la etnografía oceanista, los estudios críticos, los estudios materiales y museológicos, la historia poscolonial y, más recientemente, el giro ontológico y la teoría de la descolonización. Sus autores, sus temáticas y su producción son tan diversas como sus influencias formativas, pero bien se puede etiquetar como una tradición oceanista de estudios históricos y sociales. Su objetivo, en esencia, gira en torno al esfuerzo de poner de relieve la lógica cultural de los mundos oceánicos para mejor explorar los enredos que han unido su pasado y presente a los nuestros. Durante varias décadas esta tradición oceanista ha estado representada por autores muy diversos pero mal, poco o nada conocidos en el medio hispanoparlante,1 y también se ha visto representada por un cuerpo distinguido, y cada vez mayor, de pensadores, creadores y académicos oceánicos, herederos y residentes del mar de islas.2 Todos, oceánicos y fuereños por igual, han dado cuenta de la riqueza de Oceanía, de su pasado profundo y de su potencial para reinventarse en medio de un mundo interconectado, fluido y plural. Más aún, algunos de ellos han estado a la vanguardia de la renovación de métodos y conceptos en las ciencias sociales y humanidades, con aportes que han trascendido las fronteras regionales de su disciplina. Su legado va desde los trabajos clásicos de Marilyn Strathern acerca del estudio del género y de la persona, hasta obras más recientes enfocadas en la cultura material, la descolonización y las perspectivas indígenas en el ámbito académico, así como en relación con la política pública. Sus obras han motivado algunos de los debates más influyentes en las ciencias sociales contemporáneas: por no ir más lejos, en los estudios de Oceanía se generó el ímpetu para repensar críticamente conceptos clave como tiempo, espacio, territorio, persona, sociedad. En consecuencia, han generado alternativas importantes en las aproximaciones teórico-metodológicas de la historia y la antropología, dando lugar a nuevas formas de entender la cronología, la causalidad, y la agencia en el estudio del pasado. Estas transformaciones disciplinarias han sido decisivas para la configuración de la actual historia mundial, así como para la discusión perenne en torno a la naturaleza y la cultura. Gracias a estos debates podemos apreciar el gran reto y la enorme promesa que guarda Oceanía, ese océano-mundo del cual también formamos parte —aunque sea una parte muy distinta, ciertamente menos prominente— de lo que nos contamos en nuestros relatos de descubrimiento y conquista, de nación, imperio, poder, y mestizaje transcontinental. Los nuevos horizontes espaciales y temporales que suponen nuestros enredos pasados y presentes con Oceanía abren nuevos marcos de referencia para el análisis, el diálogo, y la creatividad. ¿Qué sucede cuando colocamos a Oceanía en el centro del mapa, y la observamos a partir de sus propias pautas, sus tiempos, sus escalas y sus valores? Un buen lugar para comenzar a responder esta pregunta es la idea de moana. En las sociedades de Oceanía remota, la zona central y oriental del Pacífico que conocemos como Polinesia, el sonido moana nos refiere al mar allende el arrecife, al océano, al mar abierto. En Oceanía el mar abierto nunca representó el límite de lo humano, del hogar y del territorio, como ocurre en la visión atávica de las sociedades del Atlántico norte para quienes la mar es una amante caprichosa, llena de misterios y amenazas desconocidas. “Esa mar brumosa, en donde el marinero fácilmente se pierde… un espacio peligroso que no se afronta jamás sin inquietud”, en palabras del historiador François Hartog. En Oceanía, por contraste, moana representa la extensión y continuidad del espacio habitable y de la actividad humana. La vida cotidiana, el intercambio, la espiritualidad, las artes y los oficios, la reproducción cultural y social, las migraciones, los traslados marítimos, todos se encuentran íntimamente ligados con el mar como medio de vida, de acercamiento y de distancias. Las sociedades oceánicas están en constante relación con moana, pues ésta las alberga, constituye y conecta. Las zonas costeras, que se encuentran entre las islas y el mar abierto, son las más fértiles para la vida marina, dado que la luz solar y la temperatura del agua son constantes en los bajos fondos. Estas zonas están compuestas por arrecifes y lagunas, y son sitios medioambientales asombrosamente ricos, diversos y productivos.

Gottfried Lindauer, Retrato de Ihaka Whanga, 1870. Fuente: lindaueronline.co.nz. Imagen de dominio público

Así, por ejemplo, es la barrera arrecifal de la pequeña nación de Belau (Palau), en la Micronesia, en donde se han documentado nueve especies de pasto marino, más de trescientas especies diferentes de coral, y aproximadamente dos mil especies de peces. Lo mismo ocurre en los grandes arrecifes de Kanaky, conocido también como Nueva Caledonia, una nación melanesia aún bajo el mandato neocolonial de Francia, o en la laguna de Marovo, y el arrecife circundante de las islas de Rennell y Bellona, el segundo más extenso del mundo, ambos en islas Salomón. Ni qué decir de los innumerables atolones de Polinesia y Micronesia, con sus lagunas interiores y su multitud de barreras de arrecife. Moana comprende un ecosistema vasto y dinámico, caracterizado por fluctuaciones como los cambios diarios en la temperatura del agua y la altura de las mareas, en la transición anual entre estaciones de lluvias y secas, en el poder omnipresente de los vientos alisios (tanto en su presencia como en su ausencia, durante la estación ciclónica, cuando mueren las brisas diarias y el mar descansa quieto como un espejo infinito). De particular importancia son los patrones regionales de corrientes y mareas, que afectan tanto el ritmo como los tiempos del movimiento humano entre islas. Estos patrones alteran las actividades productivas, agrícolas y pesqueras de las constelaciones de comunidades oceánicas. Estos ciclos comprenden también a la flora y fauna marinas, al tiempo que han sido determinantes en la conformación de los horizontes sociales océanicos, sus ritmos y desplazamientos. Las primeras migraciones que posibilitaron la vida en las islas del Pacífico, hace más de siete mil años, llegaron por mar, y sus protagonistas tuvieron previamente que desarrollar una relación y un conocimiento íntimos con el ambiente oceánico. Más aún, esa cronología de relaciones socioambientales y de primeras migraciones se puede extender a más de treinta mil años en el pasado, si nos remontamos a la primera población humana de Nueva Guinea y sus islas, las cuales fueron alcanzadas por habitantes del Pleistoceno tardío que navegaron cientos de kilómetros en mar abierto. Hoy nos resulta fácil identificar a estos pioneros como “cavernícolas” o primitivos, pero eran todo menos eso; eran, como empiezan a reconocer los paleontólogos, humanos modernos biológicamente indistinguibles de nosotros. Pero la larga epopeya humana de Oceanía se remonta aún más: sesenta mil años antes del presente, si hablamos de los primeros arribos, deliberados y también por mar abierto, que viajaron desde Timor hacia Australia durante una de las glaciaciones del Pleistoceno. Esta línea del tiempo nos obliga a entender que los asentamientos, los intercambios, las invasiones y las resistencias, la insondable historia humana de esa tercera parte del mundo, se hicieron y se siguen haciendo por mar. Los encuentros entre diferentes culturas —oceánicas, europeas, asiáticas y americanas— se dan, también, por mar. Con esto en mente ¿cómo es que no hemos sabido reconocer la enormidad de la historia humana que nos conecta con Oceanía? Moana es al mismo tiempo un espacio de supervivencia y de actividad diaria, de continuidad y de cambio. Es uno de los grandes elementos en común que comparten las sociedades oceánicas. Pero aquí nos topamos con la primera gran paradoja que nos arroja el oceáno-mundo, pues la predominancia del agua no determina la forma de lo social, ni de los sistemas productivos de las comunidades oceánicas. La convicción determinista que encuentra en el medio físico los impedimentos de la forma que toma la cultura nos sugiere que Oceanía debe ser un mundo de sociedades de pescadores. Pero la mayoría de las sociedades del Pacífico insular no subsisten de la pesca como primera fuente de alimentos, sino de la agricultura. A lo largo del mundo austronesio observamos que las raíces de lo humano yacen en la tierra, no en el mar: “Lo que el hombre considera valioso es la calidad de sus raíces, sus lugares de origen, que son como puntos fijos en un patrón de olas en movimiento”, afirmó el geógrafo Joël Bonnemaison, durante su cuidadosa exploración de las metáforas identitarias de las islas de Melanesia. En efecto, ese moana, ese mar abierto, se ve complementado y arraigado por fanua, por el suelo, cuya manifestación más directa toma la forma de un sinfín de islas, más de 25,000, concentradas en torno a una multitud de archipiélagos extensos. Sería un error pensar que estos horizontes son minúsculos, mucho menos aislados, toda vez que algunas se cuentan entre las masas insulares más grandes del mundo: Nueva Guinea, Aotearoa (o Nueva Zelanda), e inclusive Australia, dependiendo de los límites formales que asignemos a Oceanía. Fanua es un vocablo panoceánico que se asocia con la tierra, pero en particular se refiere al suelo que se vuelve fértil a través del esfuerzo humano. En este contexto puede denotar isla, pero su significado básico nos refiere a los sitios de origen sobre los cuales sembraron sus primeros cultivos las ancestras fundadoras de diferentes linajes y familias (una mayoría de las sociedades insulares de Oceanía son matrilineales), y sobre los cuales se arraigan las comunidades actuales. El suelo ancestral representa un espacio de cultivo, fertilidad y residencia desde el cual emergen los alimentos que dan continuidad al linaje y a los grupos de parentesco. Fanua evoca la fecundidad y continuidad generacional que enlaza territorio con persona a lo largo del tiempo. El cultivo de personas y alimentos sobre un mismo territorio se presenta, en diversos imaginarios oceánicos, a la manera de una gran cadena de seres que se entrelazan mediante actos mutuamente constitutivos. Es importante insistir en que moana y fanua no representan conceptos ahistóricos, ni términos milenarios o estáticos propios de una “cosmología milenaria”, mucho menos unificada, de Oceanía. Para empezar, Oceanía se compone de cientos de sociedades con una diversidad lingüística, estética, y conceptual formidable. Imposible categorizarla como una región con una tradición cultural “milenaria”. Es como cualquier otra parte del mundo, una macrorregión plenamente actual, que enfrenta cambios y retos compartidos con el resto de la sociedad global. Eso, sin embargo, no significa que no exista la diferencia cultural, y por lo tanto la existencia de valores y dinámicas con un arraigo temporal muy largo y determinante. Fanua, en cuanto territorio de arraigo y generatividad, guarda una vigencia central en el imaginario de muchas sociedades oceánicas; se expresa, se despliega, y se resignifica de maneras múltiples por personas de diversa índole. Pero eso no lo hace menos distintivo de las condiciones de posibilidad oceánicas en comparación con las de otros horizontes culturales. La imaginación del territorio y de la persona siguen estando fuertemente influidas por la imagen de una cadena de seres mutuamente constituida por antepasados y por generaciones presentes, cuya motivación se vuelca hacia dinámicas de crianza y reproducción colectivas. Estas preocupaciones se observan, por ejemplo, en las formas domésticas, rituales y comunitarias de renovación cultural que practican las diversas diásporas del Pacífico Sur en Australia, Nueva Zelanda o Estados Unidos. Un dato significativo en relación con estas diásporas es que existe una mayor proporción de comunidades oceánicas residentes en las grandes ciudades de la cuenca del Pacífico que en sus archipiélagos nacionales de origen. Pero eso no hace menores (en algunos casos incrementa) la renovación, expresión y representación culturales de Polinesia allende el mar de islas. Existen ejemplos constantes de esta renovación y despliegue de conceptos oceánicos clave. En Aotearoa la imagen de la cadena de seres relacionada con fanua se cifra en el término maorí whakapapa, un sonido que conjunta regímenes de temporalidad, paisaje e identidad territorial que fueron indispensables, en años recientes, para poder clasificar legalmente a ciertos ríos y rasgos geográficos como personas nativas con derechos propios —en efecto, como personas en tanto miembros por parentesco de cadenas de pertenencia a las que alude el concepto de whakapapa—. Esta misma vigencia de conceptos panoceánicos de persona y territorio la observamos en Hawái, en donde el vocablo ’āina funciona como raíz para toda una serie de reivindicaciones afectivas y legales con relación a la persona y el territorio; o bien en Rapa Nui, en donde henua se ha desplegado en conjunción con tangata (“persona de la tierra”) en el contexto de las luchas autonómicas y de reconocimiento indígena que actualmente se desarrollan en el contexto del sistema político y legal chileno y de la esfera cultural más amplia de Polinesia francesa. Asimismo podemos encontrar variantes lexicales de fanua en Vanuatu (vanua), en Fiji (banua o fanua), en las islas Bisayas (banwa), o en Sulawesi (banua), y en cada caso estos términos son susceptibles de usos y apropiaciones que traen al presente una serie de referentes culturales con un pasado largo. Conviene señalar que cada uno de los sitios nombrados está separado por distancias enormes, tanto en la historia como en el mapa del Pacífico, pero siguen guardando nociones compartidas de grupo, territorio, continuidad y pertenencia, tan vigentes hoy, con sus variantes contextuales, como lo han sido en distintos momentos del pasado. Más importante aún es descubrir que esta historia también se enlaza con la nuestra.

Litografía del puerto de Acapulco en 1628, durante el virreinato de Nueva España en el Mar del Sur. Imagen de dominio público

A manera de conclusión del ensayo y de comienzo de una nueva relación, he querido recuperar uno de los episodios perdidos de esta historia compartida. Me refiero al primer registro confirmado de personas oceánicas en tierras novohispanas, que se dio después del primer largo siglo de violencia y transformación social que siguió a los contactos entre los mundos europeo, asiático y americano. Corría el mes de noviembre de 1606 cuando apareció una nave maltrecha y de tripulación mermada en la entrada del puerto de Acapulco. Se trataba de la nao San Pedro y San Pablo, almiranta de una flota española que había partido de Callao bajo el mando del capitán luso Pedro Fernández de Quirós en diciembre del año anterior. La misión de Quirós había sido descubrir la Terra australis incognita, pero su exploración había terminado entre violencia, confusión, y conatos de motín en una playa lejana del Pacífico Sur, en el archipiélago que hoy conocemos como Vanuatu. Entre los supervivientes de esa malhadada expedición se contaban dos jovencitos melanesios. De tez oscura y cabello negro rizado, ambos habían sido secuestrados. Sus nombres e historias las desconocemos, pero Quirós los hizo bautizar Pedro y Pablo. Eventualmente llegaron a la Ciudad de México, en el seno de los altos valles centrales de la Nueva España. Según leemos en el diario de Quirós,

allí el indio Pedro, como ya estaba más ladino y entendido en nuestra lengua, hizo ciertas declaraciones muy importantes de cosas que se fueron preguntando en su tierra […] dio a entender la grandeza de ellas, y sus comidas, frutas y riquezas, y cómo había plata, oro y perlas en cantidad, y los ídolos que adoraban, y sus ritos y ceremonias, y cuán ordinario les hablaba el demonio […] dentro de breve tiempo, se nos murió él y el otro indio Pablo, que era muchacho y de muy lindo rostro y disposición.

La de estos dos jóvenes es una de las tantas historias inconclusas que han permanecido en los márgenes desconocidos de nuestra idea de Oceanía. Como ocurre con muchas otras, aún está en espera de quien la persiga en los archivos, la reconstruya y explore a cabalidad —y en el proceso desentrañe una pieza más de la riqueza y variedad que aún guarda nuestro pasado compartido con el mar de islas del que también formamos parte—.

Imagen de portada: Michael Hight, Stocktaking at Te Wera Store, 2012. Fotografía de Tobías Kraus. Cortesía del artista y de la Galería Gow Langsford

  1. James Fox, Ben Finney, Marshall Sahlins, Greg Dening, Inga Clendinnen, Debbora Battaglia, Donald Denoon, Bronwen Douglas, Patrick Kirch, Robert Borofsky, Anne Salmond, Nicholas Thomas, Robert Foster, Paul D’Arcy, Matt Matsuda, por nombrar sólo aquellos que surgieron de distintas escuelas de la esfera anglosajona global. 

  2. Vale la pena repasar algunos de sus nombres: Te Rangi Hīroa, Apirana Ngata, Epeli Hau’ofa, Ranginui Walker, Herb Kawainui Kane, Aroha Harris, Stacey Kamehiro, Kēhaulani Kauanui, Michael Mel, Tēvita Ka’ili, Teresia Teaiwa, Emmanuel Kasarhérou… la lista es larga, y su legado enorme.