Los aborígenes del apocalipsis
Leer pdfBertolotto me pregunta si culearía con él. Está chorreado en el sofá de tres cuerpos, con una mano sostiene una copa de gin y con la otra se abanica la entrepierna. Yo estoy chorreado en el sofá de al lado, y aunque me gustaría creer que sólo el alcohol es responsable de su calentura, lo más probable es que se deba a que nos hemos quedado en ropa interior. Pero es que tampoco había de otra. Anoche tuvimos esa lluvia finita de verano y el ambiente quedó pegajoso: sudamos de la camisa a las medias, se nos transparentaron pechos y axilas, los pies se nos mojaron como si hubiésemos pisado un charco. Y a pesar de que ya nos hemos quitado todo lo que el heteropatriarcado permite, todavía siguen dando ganas de arrancarse hasta la piel. Rum rum rum, hace el ventilador en medio de la sala; gira de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, en su vano esfuerzo por redistribuir el aire a nuestro alrededor. A Bertolotto le parece que eso es comunismo. Hace un rato dijo que cada uno debería tener su propio ventilador, para regular su propia temperatura, y cuando le recordé que vivo solo, que para qué tener más de uno, me explicó que podría alquilar el otro entre mis vecinos, y con las ganancias, obvio, comprar más ventiladores, la cosa era expandir el negocio; si no fuera yo un zurdito de mierda que sólo sabe quejarse del calentamiento global en lugar de sacarle provecho, en unos cuantos veranos podría ser dueño de una concesionaria de ventiladores, o quizás hasta de mi propia fábrica. Incluso, en el peor de los escenarios, dijo, no tendríamos que habernos quedado como Tarzán y Eva. Por cómo me viene mirando desde hace rato, y por la pregunta que me acaba de hacer, no sé si creerle que el escenario actual le resulte tan desagradable (y tampoco me queda tan claro cuál de los dos es Eva). Yo creo que más lo dice porque lleva unos calzoncillos blancos como de abuelito, con todo y la abertura en medio, y en cambio yo llevo un bóxer negro más sobrio, más de hombre-maduro-sexualmente-activo, pero también creo que no se avergonzaría tanto en comparación si supiera que desde hace meses no tengo nada con nadie, ni siquiera con las agentes inmobiliarias de Property Sex, ni siquiera con las madrastras de Brazzers, porque hace meses también que mi ex me obligó a leer un ensayo muy incendiario, de una filósofa finlandesa abolicionista del porno, y ahora siento que ambas me juzgan apenas me toco, incluso cuando tengo que hacerlo en la ducha por cuestiones de higiene. Así que Bertolotto no es capaz de imaginar lo desprevenido que me coge su pregunta. Asumo que ahora mismo no quieres, dice, luego de refrescarse la frente y las mejillas con el borde de la copa de gin, y en eso estamos de acuerdo, si yo respeto muchísimo a mi mujer, ni que fuera tan hijo de puta como para ponerle los cuernos con un hombre, y menos ahora que la gorda está encinta y parece que va a reventar. Por cosas como ésas la gente se va al infierno, huevón. Pero escúchame bien, incluso en el supuesto negado de que yo me dejara llevar por esas pasiones desviadas, tampoco es como que me vaya a abalanzar sobre ti sólo por verte medio calato. Mírate lo feo que estás, huevón, todo mofletudo y avejentado, y ni me hagas hablar de esa cabecita tuya tan repleta de marxismos y leninismos. Yo creo que si hubieras nacido antes de la caída del Muro, de seguro hasta te habrías metido a una guerrilla, y yo jamás podría culear con un guerrillero, huevón, qué asco culear con trova de fondo, y peor aún, en medio de la selva, ni siquiera podría calatearme bien por los mosquitos. ¿Entonces?, pregunto. Sólo le estoy dando cuerda para distraerlo. La vecina de la torre del frente, la que siempre deja las cortinas abiertas, acaba de prender la luz de su cocina. Puedo verla desde mi ventana preparándose un batido proteico en la licuadora. Sé que es proteico porque le echa un polvo blanco como en las recetas de TikTok. Lleva ropa muy ceñida a su insolente voluptuosidad de mujer-divorciada-que-madruga-para-ir-al-gimnasio. Supongo que ya no falta mucho para que amanezca. He malgastado toda la noche bebiendo y transpirando con Bertolotto. Yo no te preguntaba si quieres, insiste. Sólo quería saber si estarías dispuesto, dadas las circunstancias, obvio. Ponte que a los chinos se les vuelve a escapar un arma química, por ejemplo. Algo así como una nube tóxica que estaban desarrollando junto con los rusos para amenazar a los gobiernos que se nieguen a instaurar su régimen socialista empobrecedor. Ponte que se les escapa la nube del laboratorio, y empieza a matar a todo el mundo, y al final somos nosotros dos los únicos que sobreviven. Huevón, en una circunstancia como ésa, en la que no existe otro miembro de nuestra especie con un orificio cálido y susceptible de ser penetrado, ¿acaso no te provocaría culear conmigo?
Horses, 2015.
Le digo que no lo sé (aunque ya me queda más claro cuál de los dos es Eva). Tampoco entiendo cómo es que sólo nos salvamos nosotros. Perdona, no lo hago por evadir tu pregunta, le explico, pero es que el escenario me parece poco verosímil. En realidad, lo que no entiendo es por qué lo he traído a mi departamento, si siempre que toma se pone aún más insoportable. Pero es que ya no quedaba nadie más en el bar. Ya todos los de la oficina habían vuelto a sus hogares porque tenían familias o parejas monógamas o redes poliamorosas a las cuales volver. Yo no tenía ni siquiera a quién lucirle mi bóxer.
En esas circunstancias, me dice, yo creo que incluso podríamos enamorarnos. Tú serías todo para mí y yo sería todo para ti. No me digas que no podríamos culear en el fin del mundo, huevón. No me digas que no somos buenos amigos.
Por supuesto, también quiero evadir su pregunta. La vecina acaba de levantar la mano para saludarme. No parece ofendida por mi repentino exhibicionismo, sólo un tanto ruborizada. Se abanica el pecho con ambas manos y junta los labios como si me estuviera mandando un beso. Ufff, parece decir, en complicidad. Es cierto, asiente Bertolotto, y se levanta del sofá para ponerle más hielo a su gin. Supongo que quiere alargar el trago porque ya intuye por mi cara que será el último. Si no concibes el escenario, tampoco la acción, reflexiona. Pues yo asumiría que nos escondemos en un búnker hasta que la nube tóxica se disipa y el aire vuelve a ser respirable. Y obvio que no llegamos a ese búnker de casualidad, huevón, si tú eres el único huevón que conozco que habla finés. Uy, me dice, al notar mi desconcierto. Asumo que el señorito universitario sabe que Finlandia es potencia mundial en la construcción de búnkeres, ¿no? Si alguien tiene un búnker en este país de mierda, no sería raro que se lo haya mandado traer desde allá y que el manual con las instrucciones le haya llegado en finés. Pero, a ver, no creo que nadie se mande a traer un búnker para armar desde Finlandia, lo interrumpo, aunque reconozco que tampoco soy un especialista en el tema. Carajo, reniega Bertolotto, que ha aprovechado en coger papel toalla de la cocina para secarse el sudor del cuello. Olvida por un segundo tu xenofobia hacia la importación; ni que mandarse a traer un búnker desde el extranjero vaya a generar un colapso en el mercado local de búnkeres. Lo importante es que eres uno de los pocos huevones que habla finés en este país de mierda, así que no me extrañaría que te contactaran por LinkedIn para traducir el bendito manual, y como de seguro tú piensas que el trueque es más ético que el capitalismo, en lugar de exigir que te paguen en criptomonedas, que hoy en día es lo más inteligente a largo plazo, que es a donde yo he metido todos mis ahorros, obvio, pues tampoco me extrañaría que estuvieras dispuesto a chambear a cambio de un lugar asegurado en el búnker llegada la hora del apocalipsis. ¿Y cómo es que tú terminas allí también?, lo cuestiono, en lo que detengo la ruta del ventilador para que se concentre sólo en mí. Quiero probarle a Bertolotto que puedo ser egoísta cuando me conviene, aunque también es verdad que me urge aliviar cierto ardor indiscreto luego de mi breve interacción con la vecina. Más aún, le reclamo, ¿cómo es que sólo nosotros dos terminamos allí?, ¿qué pasa con la gente que me contrató para la traducción? Ay, huevón, y tú quién crees que te consiguió la chamba, replica. Yo logro entrar al búnker porque soy el intermediario, obvio. Qué vas a saber tú de networking, si ni siquiera has puesto en LinkedIn que hablas finés. Yo sólo lo sé porque es una de tus extravagancias de señorito universitario. Una de esas pocas extravagancias con la que todavía puedes lucrar, dice, aunque yo hace rato que te habría reemplazado con la IA. Algo más dice sobre lo inútil que le parece mi educación universitaria, pero ya no soy capaz de prestarle atención. La vecina de la torre del frente, ahora sí, me acaba de mandar un beso volado. Se ha manchado los dedos al hacerlo, pues le había quedado un bigote de batido proteico sobre los labios. Sin quitarme la mirada de encima, se relame el bigote con la punta de la lengua, se chupa uno a uno los dedos manchados. Me guiña un ojo. Es la primera vez que muestra interés en mí más allá de un saludo protocolar en las áreas comunes del condominio o una tibia sonrisa cuando nuestras miradas se encontraban casualmente desde nuestras ventanas. Ahora actúa como una de las agentes inmobiliarias de Property Sex cuando se malogra el aire acondicionado. Como una de las madrastras de Brazzers, ansiosa por bañarse desnuda en la piscina mientras su marido sale a trabajar. Ha de ser el bóxer, supongo.
Sage #89, de la serie Edge, 2018.
Salgo disparado a su encuentro, ni siquiera pierdo tiempo en esperar el ascensor, y plas plas plas, dejan huella mis pies transpirados, chapotean por las escaleras de emergencia. Unos cuantos pasos detrás, plas plas plas también, Bertolotto me persigue con su copa de gin en la mano. Y escúchame bien, huevón, prosigue, tú tendrás muchos libros en la cabeza, pero soy yo el que ha aprendido a sacarle provecho a la información: no habrá forma de que entres a ese búnker sin mí. Le digo que no puede seguirme a donde estoy yendo, y que quizás no pueda entrar a ese búnker sin él, pero al departamento de la vecina sólo me han invitado a mí. También le pido que al menos tenga la decencia de bajar un poco la voz. No quiero que los vecinos se despierten y nos encuentren corriendo medio calatos por las escaleras y se piensen que estamos huyendo espantados de una orgía. Aun así, cuando llegamos a la planta baja, Bertolotto se echa a reír. A la reja la han asegurado con una cadena y un candado, y lo mismo en la torre del frente. Subo corriendo de vuelta a mi departamento, y plas plas plas, Bertolotto detrás de mí, con su silencio expectante, y tin tin tin, chocan los hielos burlones en su copa. Llamo al conserje por el intercomunicador, pero no responde. Le escribo por WhatsApp, y aunque se disculpa por no poder ayudarme, también aclara que anoche se avisó a todos por el grupo de los vecinos, la junta de propietarios sólo ha tomado precauciones para evitar saqueos y todo aquel que haya decidido quedarse, a pesar de la orden de evacuación del gobierno, debe atenerse a lo acordado. Le explico que no tengo idea de lo que dice, hace tiempo que me salí de ese grupo, la gente se quejaba por tonterías: si una tetera con agua hervida silbaba más de diez segundos, que no dejaban dormir; si el humo de un cigarrillo se colaba por el tragaluz, que había riesgo de incendio. Yo sólo quiero salir al patio interior, le insisto, pero ya no me vuelve a escribir. Una escalera, sugiere Bertolotto. Dice que podría sacarla por la ventana para escapar de mi torre y luego usarla para llegar al departamento de la vecina. Aunque te vendría bien que alguien la sostenga mientras haces todo eso, sonríe. Para evitar accidentes, obvio. ¿Y qué pasa con la gente que me contrata para la traducción?, me resigno a preguntar. ¿Por qué es que ellos nunca llegan al búnker? Sí que van a llegar, retoma su cháchara, enardecido, pero a quien quiera entrar o se niegue a salir, pum pum pum, un balazo en la cara y dos en los genitales, para que quede claro que me reservo el derecho de admisión. ¿O acaso tú te crees que no tengo un arma? Pum pum pum, y no se admiten refugiados. Nada de derechos humanos y cojudeces oenegeras. La ley de la calle, huevón. Ahorita de seguro te parece inconstitucional, antidemocrático, fascistoide, pero ya vas a ver cómo con pum pum pum me gano tu respeto y admiración. Te apuesto lo que quieras que ahí sí me dirías para culear. Hemos traído una de las escaleras de mantenimiento desde el sótano y la hemos bajado hacia el patio interior desde mi ventana, pero los charcos, que aún no se evaporan de la lluvia finita de anoche, nos impiden mantenerla estable. La vecina me hace señas para que intentemos, más bien, colocarla de forma horizontal. Bertolotto me ayuda a hacer palanca para levantarla. La vecina alcanza a coger el otro extremo. Al principio, de seguro me vas a odiar por haberte obligado a pasar el fin del mundo conmigo, imagina Bertolotto. Ambos cruzamos el puente improvisado a gatas, aunque él con una mano en alto (tin tin tin, me recuerdan los hielos en su copa). Pero no hay mayor fuerza en el mundo que la costumbre, dice, y escúchame bien, huevón, yo creo que tú ya te acostumbraste a mí. La vecina nos recibe en su departamento con aplausos. Somos los aborígenes del apocalipsis, pienso. Somos los hombres que heredarán la Tierra. Se me ocurre que, por las noches, con la excusa de ahorrar energía, podríamos apagar la calefacción y abrigarnos con nuestros cuerpos, propone Bertolotto, mientras la vecina se pone en cuclillas, me arranca el bóxer e introduce mi miembro en su boca, lo cual me asombra, por la fuerza y elasticidad de sus músculos para mantener esa postura, pero también me decepciona un poco, y es que me hubiera gustado primero saber su nombre, me hubiera gustado primero quedarnos dormidos viendo una película en Netflix, me hubiera gustado primero pasar una noche entera bebiendo y transpirando juntos, huir espantados de una orgía, sobrevivir al apocalipsis. Incluso con toquetearnos un poco creo que me hubiese contentado. Pero el bóxer era lo de menos, supongo.
Horse, 2015.
El cielo se enciende al amanecer. Las nubes, sin embargo, no se disipan. Adquieren una turbia tonalidad mostaza con los primeros rayos del sol. Yo puedo cuidarte durante el día, promete Bertolotto, servirte el café, rascarte la espalda, lavarte los pies. Si tú prometes abrazarme todas las noches, huevón, te juro que no es necesario ni hablar. Una vez que se encuentra satisfecha con mi erección, la vecina se baja las mallas y me pide que la penetre por detrás. Me da la espalda y se inclina hacia adelante, apoyándose en el borde de su ventana, pero el pretil está hecho de aluminio, la vecina se está quemando las manos, puedo oler la piel chamuscada. Le pregunto si está bien, aunque soy yo el que se siente mareado. La vecina no responde. El conserje no responde. Ni siquiera los grupos de WhatsApp de redes poliamorosas responden. La temperatura se incrementa a niveles febriles. El departamento se convierte en un horno. No se lo digo a Bertolotto porque es probable que haga una broma muy inadecuada sobre el holocausto judío y no quisiera meterme en problemas con Israel, no tengo un búnker donde esconderme. Así que sólo le digo que hace un calor de mierda, aunque tin tin tin, resisten impertérritos los hielos en su copa, y pum pum pum, persisto en mi faena con la vecina, y plas plas plas, encharcamos el piso al deshidratarnos, y rum rum rum gira el departamento, de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda, y a punto estoy de desfallecer, pero Bertolotto está ahí para sostenerme, me abraza por la espalda, ha dejado su trago a un lado, no sé si Tarzán o Eva, y tampoco creo que le importe, tan sólo quiere fundirse conmigo. En esas circunstancias, me dice, yo creo que incluso podríamos enamorarnos. Tú serías todo para mí y yo sería todo para ti. No me digas que no podríamos culear en el fin del mundo, huevón. No me digas que no somos buenos amigos. Supongo que sí, le respondo, mientras se abrasan las ventanas y las escaleras y las rejas, hierven las agentes inmobiliarias y las madrastras, se evaporan los conserjes y las vecinas, y en un instante que persiste incandescente en la memoria, languidecen todas las formas y las ideas, como cera derritiéndose al sol. Es ahí cuando entiendo que no somos los aborígenes del apocalipsis, ni el leitmotiv de un incendiario ensayo abolicionista del porno, sino tan sólo partículas anecdóticas dentro de la viscosidad de un solitario queso camembert abandonado en la Vía Láctea hace ya no sé cuántos millones de años.
Imagen de portada: Sin título [alma mía], 2009. Fotografías con cámara termográfica de Kenji Hirasawa. © Del artista.