Encrucijadas de la Gen Z: feminismos, masculinidades y manósfera
Leer pdfEn las últimas décadas, el interés por las masculinidades se ha dinamizado; desde la consolidación, en los años noventa del siglo pasado en algunas universidades, del campo de estudio específico sobre el género de los hombres y las masculinidades1 hasta la formulación y circulación mainstream de etiquetas como “nuevas masculinidades” y “masculinidades tóxicas”, se ha pasado de los seminarios a los posts de Facebook, Instagram y otras redes. Hoy, más que en ninguna otra época, los jóvenes y los estudiantes se preguntan cómo ser hombre y habitar la masculinidad. ¿Dónde situarse entre los viejos y férreos modelos —de dureza, impenetrabilidad, riesgo— y un mundo vibrante —y a veces contradictorio— de nuevas posibilidades expresivas y emotivas? En las aulas universitarias y en los eventos académicos hemos venido discutiendo cómo el ser hombre no es esencia, naturaleza ni biología, sino una compleja suma de procesos culturales y sociales; de ideas y normas que atraviesan nuestros cuerpos, miradas, discursos, sexualidades y afectos. En este camino —que se debe a los feminismos—, nos hemos puesto de acuerdo, no sin diferencias, en algunos puntos, por ejemplo, que el modelo normativo de masculinidad trabaja con mandatos y pactos que afectan de manera desproporcionada a las mujeres y a los hombres que no encajan en éste, como los varones gay y las personas de la diversidad sexogenérica —sobre todo a las mujeres trans—. Aunque de igual manera, y de forma directa, perjudica a los que sí entran en el arquetipo. En el universo online, ser, pensarse y sentirse hombre no sólo es común, sino también una realidad tan vibrante como polarizada. En un lado se encuentran aquellos que imaginan y comparten formas de ser menos violentas, rígidas, cuadradas y amenazantes; mientras que en otro están los que han decidido replegarse en la manósfera y recurrir a la violencia misógina para imponer su dominación. La manósfera es el conjunto de ideas y acciones propagadas en comunidades virtuales que buscan mantener la subordinación de las mujeres, a quienes se les considera menos que humanas, menores de edad e, incluso, objetos. Esta red de redes de hombres, que se alimenta principalmente de misoginia y antifeminismo, es el reto más grande que enfrentan hoy las masculinidades.
Aoki Quiroz, Autorretrato, 2023. Todas las imágenes son cortesía del artista.
La manósfera, nacida hacia 1999, es un universo de sitios, foros, canales y cuentas digitales que, en principio, hablan sobre los hombres y sus problemas en el mundo actual. La cuestión es que lo hacen bajo una base compartida de extrema misoginia y profundos sentimientos antifeministas. Si bien ahora es más conocida por series como Adolescencia de Netflix, que en 2025 se convirtió en un fenómeno mundial que encendió muchas alarmas, lo cierto es que algo terrible ya venía sucediendo en los últimos veinticinco años: una radicalización que no sólo rondaba la vida en línea de jóvenes y niños, sino que, incluso, ha tenido expresiones en el mundo físico que siguen una lógica mortal. Son icónicos los atentados incel (célibes involuntarios) de la masacre en la Isla Vista, en California, en 2014, en la que Elliot Rodger —el máximo mártir de esta comunidad— asesinó a seis personas e hirió a trece; el atropello en Toronto, en 2018, en el que Alek Minassian mató a once y lastimó a dieciséis individuos; y el tiroteo en Plymouth, Inglaterra, en 2021, en el cual Jake Davison asesinó a cinco e hirió a dos personas. O, sin ir más lejos, recientemente en la UNAM sufrimos un incidente de terror incel a manos de Lex Ashton. Rodger, antes de atacar y suicidarse, dejó mensajes en redes con frases como: “No sé por qué ustedes, las chicas, no se sienten atraídas por mí, pero las castigaré a todas por ello”, “Me negaron una vida feliz, y a cambio yo les negaré la vida a todas”. Hoy sabemos que en la manósfera conviven subculturas como los activistas por los derechos de los hombres (MRA por sus siglas en inglés), los artistas de la seducción (PUA), las comunidades MGTOW (hombres por su propio camino) y los incel. En un inicio, estos hombres que buscan romper todo lazo legal, profesional y afectivo con mujeres, y los maestros del arte de seducirlas y desecharlas se comunicaban en lugares más bien clandestinos, privados y hasta marginales. Sucedía en las profundidades de la red mediante interacciones en foros y blogs hoy desaparecidos o clausurados por su contenido altamente violento. Tal violencia, que sigue circulando, no obstante, en memes y posts, se basa en el supuesto descubrimiento que los brocels (brothers + incels) adquieren al tomar la píldora roja. Según ellos, abrir los ojos significa descubrir un mundo ginocéntrico en el que las mujeres esencial y biológicamente hipergámicas en realidad los dominan a ellos; y el feminismo es el arma con la que, además, los culpan de todo.
Anotación sobre la cama, 2023.
En este universo contradictorio y ambiguo, la misoginia digital no sólo amplifica el desprecio contra las mujeres y lo femenino manifestando una opinión que defiende como válida, sino que también organiza actos masivos de insulto, acoso, amenazas y campañas coordinadas de hostigamiento. Si la misoginia siempre ha funcionado como medida de control y castigo, en tiempos digitales se perfecciona, pues el antifeminismo se convierte en el sentimiento que une a muchos hombres, algunos de ellos muy jóvenes, incluso niños.2 Este sentir compartido de que el feminismo ha llegado “demasiado lejos” se alimenta de discursos parciales y acríticos —“los hombres morimos más”—, narrativas fantásticas —“el hombre es naturalmente conquistador”—, datos pseudocientíficos —“los hombres primero actúan y luego sienten”— y lecturas sesgadas de la ley, la ciencia, y, sobre todo, la biología humana —“el hombre necesita descargar su ímpetu sexual en todo momento”. El cometido actual de la manósfera —público, cínico y viral— que incluye a youtubers e influencers, es despertar a hombres supuestamente dormidos y movilizarlos; así como educar a los más pequeños. La Gen Z está entre sus prioridades. Andrew Tate es uno de estos influyentes gurús. De acuerdo con algunos estudios, sus videos son consumidos principalmente por jóvenes entre los dieciséis y veinticuatro años.3 Es una celebridad. Entre otras nefastas afirmaciones, Tate propone que las mujeres pertenecen a la casa, que son incapaces de conducir y que son propiedad de los hombres.
La Gen Z es la que actualmente cursa, de manera mayoritaria, la universidad. Frente a hechos históricos inéditos, como el confinamiento por covid, a esta generación también le ha tocado vivir un cambio de gran calado en la navegación web: el paso de una amplia y densa información circulando en la red al auge de las plataformas con contenido breve, de digestión rápida, como Instagram y TikTok. De acuerdo con estudios sobre la alfabetización digital, esto ha reducido la capacidad de atención, o ha generado otro tipo, lo cual, a su vez, ha menguado en la complejidad, la profundidad y el carácter reflexivo y crítico de los usuarios.4 Si a esto le sumamos el perverso carácter algorítmico: más clics y más intensidad a como dé lugar, la puerta para la manósfera queda abierta de par en par. La manósfera ha recibido a los hombres que ven amenazados sus roles y privilegios y ha germinado con fuerza porque ha sabido ponerle nombre al desconcierto y la incomodidad. Ha hecho, aparentemente, sencillas cuestiones complejas: si no tengo, si no puedo, si no alcanzo, si no logro, si duele… la culpa es de ellas. Largas horas de vida en línea terminan por distorsionar la vida fuera de ella. La exposición constante a materiales de violencia sexista y sexual termina haciendo mella en la propia idea que algunos de estos jóvenes tienen de sí y del mundo. Los relatos de filosofías descabelladas, como la píldora roja y la azul, otorgan el sentido mitológico más antiguo: lo fantástico y natural explican lo pueril y lo humano y, en este caso, justifican un orden misógino. En el camino a los bajos fondos manosféricos, los algoritmos van dando más y más narrativas de odio a jóvenes y niños. Primero fueron por nuestra atención y cuando la obtuvieron comenzaron a atrapar emociones, miedos y vacíos.5 Los algoritmos premian lo intenso, lo alarmante, lo que cruza los límites de lo aceptable. Un video lleva a otro. Un consejo abre la puerta a una doctrina y al extremismo sobre cómo recuperar un supuesto control perdido. El debate actual de los jóvenes y los estudiantes se encuentra en tensión, pues se articula entre la crítica feminista que nombra la violencia y la contra-narrativa manosférica que la niega. Esta polarización la aprovechan personajes y grupos nacionalistas, ultraconservadores, ultrareligiosos, de derecha, de extrema derecha y antigénero. Una de las muchas piezas que unen a estos discursos de extremismo es señalar al feminismo como un enemigo dentro de una guerra cultural del siglo XXI, como sucede en la Argentina de Milei. El profundo sentir antifeminista de los brocels conecta con relatos de nación y familia, contra el progresismo y con conspiraciones sobre los peligros de lo global y la falta de fronteras claras entre naciones, clases, etnias y, como nunca, entre hombres y mujeres y sus sexos y géneros. La manósfera está siendo algo así como un campo de entrenamiento para jóvenes al servicio de los extremismos. Antes, en la historia, conocimos el extremismo blanco. Ahora estamos ante la consolidación del extremismo misógino antifeminista.
Uno tras otro, 2025.
En muchas universidades de México, América Latina y el mundo, el activismo de las estudiantes reveló prácticas arraigadas de violencia sexista y sexual. En consecuencia, ellas exigieron la creación de espacios para su visibilización y discusión. Para los estudiantes hombres esto significó pensar no sólo en lo que se dice —una broma, un ejemplo—, sino en lo que se hace. Hace muy poco tiempo, apenas unos años, que los hombres se han puesto a hablar sobre temas que, de manera muy conveniente, estuvieron clasificados como “temas o problemas de las mujeres”. Por lo menos hasta la aparición del feminismo postestructural y sus preguntas sobre el cuerpo, y hasta los activismos feministas jóvenes y sus señalamientos a la violencia sexual masculina, el género era un tema de ellas, como si los hombres carecieran de éste. A partir de una nueva encarnación de “lo personal es político”, colectivas de estudiantes plantearon estrategias creativas —tendederos de denuncia, consignas y performances— que inundaron muros y aulas. A movimientos globales siguieron respuestas locales. Hashtags como #MeToo o #VivasNosQueremos representaron formas dinámicas y novedosas de hacer política onlife.6 El feminismo de las estudiantes transformó las universidades, modificó estatutos e impulsó asignaturas obligatorias —en la UNAM, por ejemplo, se creó la Coordinación para la Igualdad de Género (CIGU) y, en muchas facultades, como en Filosofía y Letras y en Arquitectura, grupos colegiados de profesoras y alumnas diseñaron materias obligatorias con perspectiva de género—, y provocó, además, cambios inéditos en el orden de género. Así, desde el activismo feminista y los espacios formales de la academia, se les hicieron preguntas directas a los estudiantes: ¿qué son el sexismo y la misoginia? ¿Estas prácticas son formas de violencia sexual? ¿Qué tienen que ver con la masculinidad? ¿Y con su forma cotidiana de vivir la universidad? Entre otras cosas, los universitarios y las instituciones se replantearon cuestiones tan simples como aprender (de nuevo) a leer, pues, ¿qué significaba el mensaje “¡Muerte al macho!”, en una pancarta gigante?, ¿a quiénes y cómo los interpelaba?, ¿el cartel pide la extinción del machismo como estructura de la institución o cortarles la cabeza a todos los hombres?
Quiero que quepas, San Sebastián, 2025.
Otras cuestiones, mucho más complejas, se fueron haciendo visibles. Lo micro —un chiste, un gesto, una mirada, una expresión— se relaciona con lo macro —perseguir, engañar, acosar, abusar, violar e, incluso, asesinar—. Las expresiones mínimas conforman junto con las máximas una cadena —una escala— que se sostiene, básicamente, en ideales y estrategias de masculinidad. Los chistes sobre violaciones preparan y sostienen, por ejemplo, un ambiente para el acto de violar. El sexismo es siempre sexual y su violencia trabaja para la misoginia. A su vez, la misoginia descansa, sobre todo, y antes que en cualquier otra parte, en la propia masculinidad. Este camino no ha sido sencillo. En los estudiantes, en particular, abrió un mundo de emociones que muchas veces son contradictorias: enojo, miedo, cinismo, indiferencia, asombro, esperanza… En este clima tenso de malestares, reacciones y cambios, algunos jóvenes se han aproximado a círculos, talleres y espacios para la reflexión —unos organizados por la CIGU y otros por las Comisiones Internas para la Igualdad de Género—. No obstante, otros alumnos han sido atraídos, de manera preocupante, por ese repliegue digital misógino y antifeminista que ha ido creciendo con virulencia y efectos terribles. De cualquier modo, que la crítica a la masculinidad entrara en escena ha tenido un alto precio, pues se ha visto como una amenaza para sistemas, instituciones, arreglos y formas de vida. No es gratuito que líderes fascistas como Trump se vieran en la necesidad de legislar sobre el género y el sexo.7 Las enraizadas estructuras de poder se ponen en juego al interpelar a la masculinidad. Si, como dice Sara Ahmed, el feminismo es una amenaza porque cuestiona la vida tal y como la conocemos,8 el reconocimiento de la gran implicación que la masculinidad tiene en la violencia por parte de los hombres es una amenaza para la forma en que funcionan todos los sistemas. Ante esta situación, algunos informes y estudios de proyectos de investigación y de asociaciones, como el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, de la Fundación Fad Juventud, dirigidos a la contención de la reproducción manosférica, están identificando estrategias, como fortalecer la alfabetización digital crítica mediante herramientas de identificación de códigos de odio misógino y antifeminismo; lo cual permitiría desmontar el aparentemente sencillo discurso antes de que se convierta en una identidad.9 Las universidades también han de seguir promoviendo espacios para la discusión de las masculinidades, en los que se insista en mejores, más sanas y diversas formas de ser hombre; en cómo salir de la cadena de misoginia, sexismo y violencia sexual; y en cómo ser feministas; así como en la forma de establecer relaciones y grupos de pares solidarios para hablar de la frustración, la precariedad, la inseguridad y el sexo, antes de que la fuerza de la manósfera huela esos miedos y los atrape. Otra estrategia consiste en intervenir el universo digital; ahí donde el algoritmo detecte un vacío habrá que responder con la más certera arma feminista: la ocupación crítica y combativa. Participar políticamente en la red, pero también, en la propia masculinidad, porque, después de todo, ¿qué es lo que le debemos?
Ser doliente, 2024.
Imagen de portada: Aoki Quiroz, Memorias del cuarto oscuro I, 2025. Todas las imágenes son cortesía del artista.
Cf. Guillermo Núñez Noriega, “Los estudios de género de los hombres y las masculinidades: ¿qué son y qué estudian?”, Culturales, vol. 4, núm. 1, 2016. ↩
Cf. Claire Verney y Idil Mignon, “The Manosphere: Preventing Harmful Attitudes in Young Men and Boys”, DVACT-PAI, 14 de mayo de 2025; y Elisa García-Mingo y Silvia Díaz Fernández, Jóvenes en la manosfera. Influencia de la misoginia digital en la percepción que tienen los hombres jóvenes de la violencia sexual, Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, Fundación Fad Juventud, Madrid, 2022. ↩
Perla Alessandra Hernández, “Andrew Tate y las narrativas machistas en las redes sociales”, Es mental, 12 de mayo de 2025. ↩
Cf. El episodio “AI Is Breaking Education. Rebecca Winthrop Has the Blueprint to Fix It” del podcast Your Undivided Attention, 5 de marzo de 2026. ↩
Cf. “Attachment Hacking and the Rise of AI Psychosis”, de Your Undivided Attention, 21 de enero de 2026. En el episodio se discuten los poderes inesperados de las nuevas tecnologías; resulta aterradora la relación entre la psicosis, la IA, la atención y el apego. ↩
El término onlife combina online (en línea) y life (vida) para señalar que nuestras actividades, decisiones y relaciones se desenvuelven simultáneamente en los dos ámbitos; ya no es posible separarlos. ↩
Sanstuti Nath, “Reporter Asks What’s A Woman. Somebody Who Can Have a Baby, Replies Trump”, NDTV World, 30 de marzo de 2025. ↩
Sara Ahmed, Vivir una vida feminista, Bellaterra, Barcelona, 2018, p. 374. ↩
Por ejemplo, las incluidas en el reporte del Comité de Mujeres e Igualdad del Parlamento británico. Disponible en https://acortar.link/8VVLLA. ↩