Orgasmos de vida o muerte

Sexo / dossier / Julio de 2020

Gabriela Wiener

Pedí una cita con la ginecóloga porque desde hace algunas semanas mis orgasmos duelen. He leído que le llaman disorgasmia —algo que suena a que se nos ha desorganizado el disfrute— y es una afección temporal relacionada con posibles quistes, inflamaciones pélvicas, endometriosis o la proximidad de la menopausia, es decir que, por la baja producción de estrógenos, un orgasmo puede ser desde doloroso hasta devenir en un miserable espasmo sin gracia en el útero, aunque, advierten los expertos, no es algo que le pase a todo el mundo. La escandalosa idea de que algún día me pase a mí me mantiene hoy en vilo y leyendo sobre asexualidad, pero puedo asegurar que por ahora mi excitación todavía es la misma, sube y baja, y el ligero nuevo dolor —qué es madurar sino ir sumando dolores y placeres— no eclipsa en ningún caso el goce, que en mi caso sigue siendo múltiple, explosivo, algunas veces hasta trascendente y conmovedor, otras tantas solitario, moderado o mediocre. Sin embargo, allí está, no puedo negar ese apretón justo al inicio del orgasmo, como un calambre leve, un amago de cólico menstrual que luego se disipa. En este punto de mi testimonio debo decir que, aunque no se haya notado ya, intento aquí transmitir la ironía de que me esté pasando esto a mí. A una periodista tan relacionada con los temas sexuales y que ha contado en primera persona sus avatares eróticos, a alguien que escribió el horóscopo sexual de una revista prometiendo alineada con los astros cosas que no se iban a cumplir. A una que se ganó por mucho tiempo la vida en estos menesteres, en fin, a alguien a quien se le ha imaginado una vida sexualmente mucho más activa de la que realmente tiene, ahora le duelen los orgasmos. Alguna vez dije que el orgasmo era todo para mí. Alguna vez fui a buscar a un tipo especialista en squirting para aprender cómo se hace. Alguna vez conté que lloraba de plenitud en algunos de mis orgasmos. Alguna vez asistí a un taller de autoexploración vaginal llamada “Mi vulva, mi vagina”, que te ofrecía reconectar con esa parte. Ahora me duelen.

Helen Beard, The Song of Self, 2019 © Helen Beard

Siempre he pensado que el orgasmo es una conexión con el más allá, como cualquier religión. Recuerdo que me encantó cómo tituló cierto diario la noticia, hace unos años, del deceso de David Carradine mientras practicaba el autoerotismo por asfixia colgado de un armario en un hotel de Bangkok: “Muerte en el acto.” Morir en el acto sexual e inmediatamente después de haberse corrido es uno de esos miedos-fantasías que uno alberga cuando ya supera los 35 años de edad y en general se ha pasado un poco de todo en la vida. Admito que me encuentro en esa franja en la que ronda gente que tiene miedo a morir de lo que sea y que más de una vez, debido a una vergonzosa condición física —en mi caso achacada a la sedentaria vida literaria— se ha encontrado sin aliento después de una performance sexual sólo un poco exigente. Eso por la parte del miedo. En lo que concierne a la fantasía, reconozco que en ese divertido jueguito de imaginar cómo sería para uno la forma menos ruin de morir, a mí me gustaría que mi corazón se detuviera —si tiene por fuerza que detenerse— durante la violenta evolución de un orgasmo. Morir así es morir de amor. La muerte fascina, el sexo también, pero si de alguna manera se cruzan entonces encienden nuestra imaginación hasta lo insoportable. A mí todo aquello de colgarse de los huevos y apretarse la garganta me rechina un poco, aunque por lo visto tiene más adeptos de lo que una podría imaginar. En Estados Unidos hay hasta mil muertes al año por esta razón. Un orgasmo que duele debe ser el sueño de un masoquista, pero un orgasmo que mata supera todas mis apuestas. Otro que se colgó en busca del orgasmo total fue Michael Hutchence, el vocalista de los australianos INXS. Todos creían que se había suicidado cuando lo encontraron colgado de la puerta de su habitación, pero su novia salió a decir que él era un hombre feliz, su único problemilla es que le gustaba experimentar con todo y ya está. La ex mujer de Carradine también desmintió a los que insinuaron que podría haberse tratado de un asesinato. Por lo visto, en los papeles del divorcio ella ya anunciaba que se alejaba de su marido debido a su afición a prácticas sexuales muy rarunas y que rayaban en un riesgo fatal.

María Conejo, Mi placer, 2016. Cortesía de la artista

Pero no sólo de juegos eróticos muere el ser humano, también hay accidentes fatales durante el sexo y está el triste factor del sobreesfuerzo físico. Se sabe que Atila, rey de los hunos, murió follando con una de sus esposas, una que le exigía más que las demás y en un faenón de órdago. Poder, sexo, drogas, mediana edad y enfermedades cardiacas no son una buena combinación para quien quiere asegurarse una larga vida. Entre los que mueren con una sonrisa en los labios hay muchos políticos, como el diputado británico conservador Stephen Milligan, encontrado desnudo y con ligueros, con una naranja en la boca, una bolsa en la cabeza y una cuerda alrededor del cuello. También murieron por lo mismo el ex presidente francés Félix Faure y el multimillonario Nelson Rockefeller, este último en la cama de su amante, a quien le había comprado una casa comunicada por un túnel secreto con la residencia que éste compartía con su esposa. Según una de esas curiosas encuestas sexuales con pretensiones científicas, de 5 mil 559 casos, sólo 34 personas murieron durante la actividad sexual, de las cuales 27 estaban en una relación clandestina. Otro médico descubrió que de 14 casos de muerte súbita durante el coito, sólo un hombre murió follando con su esposa, los demás eran unos perros infieles. “Tener un amante puede ser fatal”, se lee en las conclusiones, pero morir en el acto es sinónimo de buen sexo. La pequeña muerte se puede convertir en una muy grande. Pero el orgasmo tiene que ver más con dar vida que con darse muerte. Una leyenda recorre la conciencia uterina de las mujeres de este siglo. No son legión pero las que han vivido un parto orgásmico saben de lo que hablan. No sólo no es inmaculada la concepción, sino que la gracia de la que está llena muy probablemente sea ésta. En el primer capítulo del libro Maternidades subversivas de la performer española María Llopis, una mujer cuenta su afortunada experiencia con el parto extático, como suele llamarse al parto orgásmico. Si en el parto de su primera hija le dio por buscar la estimulación de su marido, con el segundo bebé prefirió quedarse sola para poder masturbarse tranquila. Y lo hizo con creces. Revolcándose por el suelo y el sofá tuvo varios orgasmos, hasta que el niño nació en una explosión de dolor y placer, y ella sólo pudo pensar en seguir tocándose, en que quería más, y hasta se desentendió totalmente de los primeros momentos de la criatura para seguir disfrutando de esas sensaciones. Éxtasis.

Helen Beard, The Green Rider, 2018 © Helen Beard

La entrevistada del libro de Llopis asegura haber vivido un despertar inesperado de su sexualidad a partir de ese descubrimiento casi milagroso de su cuerpo. Desde entonces sintió la necesidad de experimentar a lo bestia. Incluso dejó su poca satisfactoria vida al lado de su marido para poder dedicarse sin complejos a la exploración sexual. Quizás ésa sea una de las explicaciones de por qué hay tanto silencio en torno a este tema y qué poco conviene al patriarcado que las mujeres tomen conciencia y se empoderen de sus propios cuerpos. Mi parto fue lo más alejado de algo así. Dicen que el dolor puede llegar a ser placentero, que todo depende de cómo lo vivas, que los límites entre placer y dolor son difusos. Y una mierda. Nunca me entregué al deleite del tormento. Para mí fue una escalada de dolor que no me ofreció remansos y en los que carecí de una adecuada guía para luchar contra miedos y traumas. Lo que sí recuerdo con nitidez es la profunda dulzura que me embargó en los días posteriores al parto y que a mí me erotizó, tanto que podía follar mientras daba de mamar, algo que no tiene nada de raro porque las que dimos de mamar sabemos que todo se puede hacer dando de mamar. Y eso que aún no están listos para hablar de la erótica senda de la lactancia materna. Yo, sin ir muy lejos, tenía tales subidones de oxitocina cuando mi niñe me chupaba los pezones que mi clítoris se mantenía duro como el pico de un ave durante todo el día. Todo el proceso de dar vida es parte de nuestra vida sexual. Si fuimos concebidos follando, ¿por qué no podemos ser paridos follando?

Helen Beard, Study for Rock It Baby, 2019 © Helen Beard

Mis mejores orgasmos son como viajes de ayahuasca, los peores son los que no existen. Pero el parto, el parto orgásmico, ése que nunca viviré, se quedará atravesado en mi alma como un asunto pendiente el resto de mi existencia. Quizá lo más cerca que haya estado de él es este orgasmo doloroso que me recuerda que el sexo es vida y muerte.

Imagen de portada: María Conejo, Masturbación, 2019. Cortesía de la artista