Las mujeres olvidadas de la generación beat

Fiesta / crítica / Diciembre de 2021

Gabriela Frías Villegas

A la memoria de mi querida amiga Ana Laura Ortega Cabrera, quien vivió intensamente, con amor y libertad.


¿Qué pasaría si Jack Kerouac, Allen Ginsberg o William Burroughs hubieran sido mujeres? La respuesta es que sabríamos muy poco sobre sus viajes o sus escritos: serían una nota al pie perdida entre las páginas de algún libro empolvado sobre los beatniks. Eso es lo que sucede con muchas mujeres que fueron parte de dicho movimiento literario y cultural, en el que un grupo de escritoras y escritores estadounidenses de los años cincuenta rechazaban los valores establecidos. Los beats hablaban sobre la experimentación con las drogas, la vida en los clubes de jazz, la libertad sexual, el estudio de las filosofías orientales y la meditación. Hasta hace poco, las mujeres de la generación beat habían sido olvidadas. No obstante, gracias a la publicación de las memorias de Diane di Prima, Elise Cowen, Joyce Johnson, Joanne Kyger, y muchas otras más, podemos adentrarnos en la vida de estas personas excepcionales, adelantadas a su época, que tuvieron vidas exuberantes, llenas de poesía y erotismo, y que se movían al ritmo de las notas improvisadas de una pieza de jazz.

Estados Unidos en la posguerra

Después de la Primera Guerra Mundial, los habitantes de los suburbios estadounidenses eran optimistas, vivían una época de abundancia y creían en el sueño americano, que exaltaba los valores de la familia perfecta: aquella en la que los hombres trabajaban exitosamente y las mujeres debían atender a los hijos y el hogar. En contraste con los cánones establecidos, las escritoras de la generación beat se rebelaron fuertemente ante los ideales de la familia perfecta y buscaron nuevas maneras de vivir y relacionarse. Su lenguaje poético expresaba la frustración que sentían por las desigualdades que venían aparejadas con su sexo: querían abrazar la libertad y la creatividad tanto como sus contrapartes masculinas, pero ellos esperaban que se mantuvieran en el papel de compañeras y cuidadoras. Las mujeres aparecen representadas en las obras de los escritores beats como chicas muy jóvenes, sexualmente desenfrenadas y sus descripciones usualmente se reducen a su aspecto físico. Dicho estereotipo responde a la caracterización que hace Jack Kerouac en On the Road acerca de las personas con las que le gustaba relacionarse al personaje de Dean Moriarty:

Las únicas personas para él eran las personas locas, las que están locas por vivir, por hablar, por ser salvadas y al mismo tiempo deseosas de todo, las que nunca bostezan ni hablan de lugares comunes, pero se incendian, se incendian como fabulosas velas romanas amarillas, explotando como arañas entre las estrellas.

No obstante, las mujeres de la generación beat fueron mucho más que las amantes o compañeras que describían Kerouac o Burroughs. Fueron grandes escritoras que formaron un grupo protofeminista que anticipó los movimientos de los años subsecuentes.

Mujeres al ritmo de la poesía, el jazz y la meditación zen

Descubrí la fuerza de las mujeres de la generación beat cuando cayó en mis manos la traducción de las Memorias de una beatnik de Diane di Prima (1934-2020), coeditado por la Dirección General de Publicaciones de la UNAM y la editorial Matadero. Di Prima fue una poeta, activista y artista visual neoyorkina que luchaba, entre otras cosas, por la igualdad de la mujer en el trabajo, en el ejercicio de su sexualidad, en el acceso al arte y los espacios públicos. En sus Memorias, Diane habla sobre su vida en Nueva York, donde frecuentaba los clubes de jazz. También narra los encuentros sexuales que tuvo con varias amigas y amigos. Es interesante observar que, en lugar de describir simplemente los actos sexuales, se detiene a observar la belleza del cuerpo masculino de un modo poético, como en el pasaje donde tiene un encuentro con su amigo Billy:

El viento empezó a perder potencia. La gente comenzó a quedarse dormida. Luego la música paró. Miré hacia la cara de Billy, esculpida a la luz del fuego, cerca de la mía. Sin pensarlo, mis brazos lo rodearon y lo arrastraron a mi lado sobre la cobija. Sin pensarlo, deshice las capas de ropa que nos mantenían separados. Era un cuerpo joven y fino, sólido, bellamente relajado, pero ansioso. Había un fino resplandor dorado del fuego, reflejado por la carne, reflejado en los parpadeos de sombras, cabellos finos atrapando la luz, volviéndose dorados.

A diferencia de los beatniks masculinos, que describían de manera superficial a las mujeres con las que tenían encuentros eróticos, para Diane el acto sexual siempre tenía un componente amoroso. Muchas veces se describe a sí misma como la cuidadora de una o más personas, en un tono casi maternal. Esto se puede observar en un episodio de sus Memorias, cuando narra el modo en que vivía en el campo con tres hombres: Big Bill, Billy y Little John. Sobre esto, comenta:

Me di cuenta de que realmente me gustaba ser la mujer de los tres hombres, limpiando, remendando y cocinando para ellos […]. Sí, era bueno ser la chica de tres hombres, y cada uno de ellos con su propio viaje, cada uno deseando cosas diferentes para que el mundo se completara, una interacción, como una foto con triple exposición, hecha un infinito espacio. Desde entonces he descubierto que, por lo general, es bueno ser la mujer de muchos hombres a la vez, o ser una de las muchas mujeres en el círculo de un hombre, o ser una de las muchas mujeres en un hogar con muchos hombres, y la relación entre nosotros siempre era cambiante y ambigua.

Diane no creía en las relaciones monógamas y le gustaba tener sexo con más de un compañero de manera simultánea, como cuando conoció a Ginsberg, Kerouac, Orlovsky y Corso en Nueva York, y los invitó a cenar a su casa, donde se organizó una orgía. De este encuentro también surgió una estrecha colaboración con los escritores beat que, a la larga, condujo a una ruptura en la dinámica entre estos escritores. En un principio, esta agrupación estaba conformada exclusivamente por hombres, con actitudes machistas y misóginas. La inclusión al movimiento beat de una activista y poeta como Di Prima abrió una brecha para que más mujeres se unieran al grupo. Tal fue el caso de Elise Cowen (1933-1962) quien nació en un barrio judío neoyorkino. Desde que era niña escribía poesía y quería emular las obras de los grandes escritores de lengua inglesa como Emily Dickinson, T. S. Eliot, Dylan Thomas y Ezra Pound. Fue estudiante del Barnard College, que era exclusivamente para mujeres, donde conoció a otras escritoras y experimentó con varias drogas recreativas. En 1953 tuvo una relación amorosa con Allen Ginsberg. Sin embargo, antes de que cumplieran un año juntos, él le confesó que era homosexual y que estaba enamorado de Peter Orlovsky, quien se convirtió en su compañero. Por su parte, ella inició una relación con una mujer llamada Sheila, aunque siempre fue una presencia muy cercana a Ginsberg. Cowen sufría de depresiones intensas. Durante una de ellas, saltó por la ventana del departamento de sus padres, que vivían en un alto edificio de Nueva York y murió al instante. Varios de sus escritos fueron quemados por miembros de la comunidad judía, que los consideraron escandalosos. Sin embargo, su amigo Leo Skir publicó sus poemas de manera póstuma en revistas como City Lights Journal y Fuck You/A Magazine of the Arts. No menos interesante es la historia de Joyce Johnson (1935), quien publicó Personajes secundarios (Minor Charactrers), traducido por Marta Alcaraz en 2008 para Libros del Asteroide. Se trata de una biografía que visibiliza a varias de las mujeres del movimiento beat mientras narra su historia personal. Johnson estudió literatura también en el Barnard College de Nueva York, donde conoció a Elise Cowen, quien a su vez le presentó a Allen Ginsberg y a los demás miembros del movimiento. En una cita a ciegas organizada por él, Joyce conoció a Jack Kerouac, con quien inició una relación amorosa que duró dos años. Acerca de esta etapa en su vida, escribió:

No tenía nada que perder. Mi estado de ánimo se acercaba a la definición original de beat. Había tocado el fondo de la conciencia, habiendo abandonado la casa paterna y la universidad sin haber obtenido un título, había tenido sexo premarital y sin duda alguna, había roto con el orden establecido.

Joyce fue testigo del periodo en que Kerouac escribió On the Road y de cómo se transformó en un ícono mediático además de un símbolo de la generación beat. Paralelamente, ella escribía Come and Join the Dance, considerada la primera novela beat escrita por una mujer. En esta, Joyce narra sus vivencias de juventud dentro del movimiento y aborda la ruptura de los roles femeninos tradicionales. Otra mujer que dejó una huella profunda en el movimiento beat fue Joanne Kyger (1934-2017), la poeta viajera que se rebeló contra las convenciones de la época y decidió emprender sola un viaje en barco hacia Japón. Ahí se encontró con el poeta beat Gary Snyder, con quien se casó. Él la introdujo a la cultura japonesa y a la práctica de la meditación zen. La casa de ambos se convirtió en un centro de reunión para los viajeros que visitaban el país asiático. Kyger publicó más de veinte libros, entre los que destacan los Diarios de Japón y la India (traducidos al español por Annalisa Marí para Varasek en 2018), donde narra el viaje que ella y su marido hicieron acompañados de Allen Ginsberg y Peter Orlovsky, y en el que conocieron al Dalai Lama.

El legado de las mujeres beat

En las historias de las mujeres que participaron en el movimiento beat, el factor común fue la rebelión ante los cánones que se habían establecido en la época. Estas mujeres vivieron libres, tuvieron varias parejas sexuales, viajaron, aprendieron sobre filosofías orientales y dejaron un importante legado en forma de memorias, arte y poesía. Sin duda alguna, Diane di Prima, Elise Cowen, Joyce Johnson y Joanne Kyger, junto con muchas otras artistas, dejaron una huella importante en la historia, cuya influencia aún podemos observar en la poesía erótica escrita por mujeres y en los movimientos feministas de nuestro tiempo.

Traducción de Rubén Medina. DGP-UNAM / Matadero Editorial, Ciudad de México, 2021 Traducción de Rubén Medina. DGP-UNAM / Matadero Editorial, Ciudad de México, 2021

Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide, Barcelona, 2008 Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide, Barcelona, 2008

Traducción de Annalisa Marí. Varasek, Madrid, 2018 Traducción de Annalisa Marí. Varasek, Madrid, 2018

Imagen de portada: Walter Silver, Beatniks, ca. 1950. The New York Library, Digital Collections ©