El caliente Mundial del 94
Viernes 24 de junio de 1994. Cuando la pelota comienza a rodar sobre el Camping World Stadium de Orlando, los termómetros superan los 40 grados centígrados, con una sensación térmica que se acrecienta por la humedad de los pantanos de Florida. Las selecciones de México e Irlanda disputan ese mediodía el que hasta hoy es el juego con la temperatura más alta en el casi siglo de vida mundialista. Ni siquiera los partidos de Qatar 2022, programados estratégicamente en noviembre, alcanzarán un clima tan elevado. El calor, sin embargo, trasciende la cancha y la tribuna. El entorno del enfrentamiento de la fase de grupos entre irlandeses y mexicanos ofrece una sinopsis del que, sin duda, ha sido el Mundial de Futbol más caliente de la historia: Estados Unidos 1994. Ese verano fue particularmente cálido para América del Norte. Muchas ciudades experimentaron temperaturas por encima de las medias históricas, lo que multiplicó la demanda de aires acondicionados y de ventiladores. El invierno previo, sin embargo, fue especialmente helado y con fuertes nevadas en México, Estados Unidos y Canadá; tan sólo en el norte mexicano se reportaron 70 muertes por el frío. Estos extremos eran manifestación del cambio climático que se intensificó en el ocaso del siglo XX en la región. Los fenómenos meteorológicos conocidos como el Niño y la Niña se volvieron tópicos dominantes en la opinión pública, al lado de otros como el libre comercio y la globalización. Atrás quedaban los años de la Guerra Fría y el mundo bipolar se desvanecía ante la imponente emergencia en el escenario geopolítico de un solitario actor protagónico, los Estados Unidos, cuyo ADN de consumismo depredador y neoliberalismo alentó la emisión indiscriminada de gases y la deforestación. Que el futbol por fin llegara con toda su caravana a la inhóspita tierra norteamericana era el signo de un cambio de época total: mientras el futbol encantaba con su magia todos los rincones del mundo, los estadounidenses habían permanecido estoicamente ajenos. Desde los años 70s, personajes como Herny Kissigner se obsesionaron con llevar el balompié a Estados Unidos, casi tanto como en imponer dictaduras en América Latina. Consolidar una liga profesional plagada de estrellas y convertirse en sede mundialista, fueron metas trazadas puntualmente. El objetivo no era deportivo ni siquiera puramente económico, sino claramente político: construir un liderazgo en torno al deporte global por antonomasia. El matrimonio entre balompié y televisión tenía años de feliz convivencia, pero en 1994 se vivió la luna de miel de unas fastuosas bodas de rubí. Previendo que entre los televidentes domésticos despertaba más interés un encuentro cualquiera de hockey que la Copa de Futbol, los juegos mundialistas fueron programados para ser accesibles en tiempo real a los aficionados de Europa, América Latina, Medio Oriente y África. Sólo los surcoreanos se vieron obligados a madrugar para mirar el fugaz paso de su equipo (por la cancha). La tiranía de los horarios de pantalla impuso que buena parte de los partidos se celebrara al mediodía. Aunque en Detroit se jugó por primera vez bajo techo y en Boston el clima fue medianamente tolerable, en las sedes septentrionales de Florida, California y Texas, el calor fue un actor adicional. También lo fue en Nueva Jersey y en Chicago. Las tribunas del México-Irlanda, vestidas de verde, blanco y rojo, se vieron masivamente pobladas de gorras de beisbol que parecían rendir un tributo al Rey de los Deportes por la intromisión futbolera en sus terrenos. El trajín de los envases de Budweiser y Coca-Cola, patrocinadores oficiales del Mundial, fue una constante entre un público que trató de imponer el entusiasmo sobre el agobio de la humedad. En la cancha los jugadores peregrinaban constantemente hacia las bancas en busca de suero, mientras suplentes y entrenadores hacían malabares para resguardarse del inclemente sol. Dos goles de Luis García y un bombardeo de patadas durante el segundo tiempo rompieron la armonía que existía entre México e Irlanda desde los tiempos del Batallón de San Patricio. Aunque John Aldrige descontó a minutos del final, no le alcanzó a los irlandeses. Emulando el viejo adagio de la guerra de 1846-1848 —“si hubiera parque, no estaría usted aquí”—, el técnico de los isleños, Jack Charlton, cargó al clima el peso de la derrota: “Lamentablemente no jugamos en Europa y por eso nos ganó México, porque muchos jugadores en el segundo tiempo, que es cuando más esfuerzo hay que realizar, estaban agotados por el calor, una temperatura que en Europa no se debe soportar en ningún encuentro”. El enojo irlandés no fue excepcional, sino una constante entre los europeos. Desde su llegada a las ciudades sede, los equipos del viejo continente reclamaron en coro que la temperatura afectaba su juego. Los alemanes redujeron sus entrenamientos, los belgas anunciaron que utilizarían un gel protector contra el sol en el cabello y los búlgaros señalaron las dificultades para respirar en los campos texanos. Los suecos, por su parte, atribuyeron un sorprendente empate a 2 con Camerún no al buen juego de los africanos, sino al calor. Italia, otro rival de grupo de México, advirtió en voz de su capitán, Franco Baresi, antes de iniciar el torneo: “Vamos a sufrir en este Mundial”. Un presagio de la deslucida final, considerada como “la peor de la historia”, en la que tras un empate a ceros, los italianos cayeron derrotados en penales ante Brasil. El timorato juego fue achacado al sofocante clima de Pasadena. Solamente el técnico de España, el vasco Javier Clemente, quitó peso a los termómetros y reivindicó el origen plebeyo del futbol: “Más calor hace en las fábricas” . La quejumbre con la que se justificaron reveses y se insinuaron ventajas para los no europeos, fue repelida con contundencia. El técnico de Brasil, Carlos Alberto Parreira, señaló con puya que sus seleccionados también eran humanos, no robots, e incluso la mitad de ellos jugaba en Europa. Miguel Mejía Barón, el entrenador de México, apeló a la empatía del gremio y cargó contra los directivos de la FIFA: los retó a quitarse el traje y jugar en un campo al mediodía. Hasta el técnico de los gringos, el trotamundos Bora Milutinovic, palió la narrativa de la ventaja al local e hizo eco con ironía de los lamentos de sus rivales suizos antes del encuentro entre ambos: “Mis expectativas son una temperatura de 300 grados Fahrenheit y 2 mil por ciento de humedad”. Nada tan democrático como el calor en la cancha. Diego Armando Maradona no habló del clima, pero protagonizó uno de los momentos más calientes del Mundial. Tras bajar 14 kilos y prepararse a fondo, fue expulsado de la Copa al dar positivo en un control antidopaje después del juego en que Argentina derrotó a Nigeria. Maradona muchas veces reconoció sus adicciones, pero por este caso proclamó su inocencia hasta su muerte y advirtió sobre un posible complot para ponerle de ejemplo en la campaña estadounidense contra las drogas. Esculpió su caída en una frase: “Me cortaron las piernas”. El escritor Eduardo Galeano, por su parte, sintetizó el paso del otrora campeón del mundo con un paralelismo cesariano: “Jugó, venció, meó, perdió”. Otro protagonista inesperado fue el defensa colombiano Andrés Escobar, asesinado al regresar a su país tras marcar un autogol autogol que costó la eliminación a su selección. El fantasma del narcotráfico marcó así el Mundial del 94, celebrado en el epicentro global del consumo de drogas.
Selección de Colombia en el Mundial Italia en 1990, Andrés Escobar al centro, 1990. Wikimedia Commons.
Más allá de si el clima jugó a favor o en contra, la victoria sobre los irlandeses y un inédito empate con los italianos provocaron una avalancha de festejos en México. La derrota contra Noruega, con la que inició la participación mundialista, quedó relegada al olvido. En tiempos del estreno del TLC, Televisa había articulado una vigorosa campaña para hacer sentir el Mundial como propio: un evento “norteamericano”. El himno comercial de la selección fue una arrítmica canción interpretada por Kabah con un agónico estribillo en inglés: “México Let’s Go”. La Copa fue el artefacto mediático ideal para distender la tensión que se había acumulado por la irrupción del EZLN y los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. Precisamente el día que el Tri derrotó a los irlandeses, el gobierno de Salinas de Gortari experimentó una de sus mayores crisis con el amague de Jorge Carpizo de renunciar a la Secretaría de Gobernación, a semanas de realizarse la elección presidencial. La selección ganó la batalla mediática por unos días, mientras avanzó en la Copa. El partido de octavos de final contra Bulgaria ilusionó y paralizó al país. Más que un juego de futbol, la televisión hizo sentir que la inminente victoria sobre los desvalidos búlgaros sería el tránsito definitivo de México hacia el Primer Mundo. La trágica caída en penales hundió el ánimo y provocó que la opinocracia se aventurara en un laberinto de la soledad populachero, que trazó una línea teleológica desde la Malinche hasta Mejía Barón. La derrota se atribuyó a pecados de la mexicanidad: falta de unidad, complejo de inferioridad y el peso de una tradición alérgica al cambio. Unos meses después, el llamado “error de diciembre”, sepultaría por completo la ambición primermundista. El clima, sin embargo, fue absuelto de responsabilidad alguna. Ni la ruina mundialista ni la catástrofe económica se atribuyeron al termómetro. En el México del 94, el calor fue una excentricidad que no servía ni de pretexto.
Imagen de portada:Logo de la Copa Mundial de 1994. Wikimedia Commons.