periódicas Cine MAR.2026

Rosa Beltrán

Miedo

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I

Para quienes nacimos antes del nuevo milenio es evidente que, entre los cambios vividos, uno innegable es la escalada del miedo. El miedo es la carne de la que se alimentan los noticieros, las redes sociales y, cada vez más, la literatura. Pero el miedo es también la sustancia que, querámoslo o no, impregna el quehacer de nuestros días. ​ Las causas pueden ser múltiples: la situación global de guerra y amenaza económica, la retórica de los líderes totalitarios, las acciones de las mafias del crimen organizado que ganan territorios a la ciudadanía —los números de secuestrados, desaparecidos y desaparecidas—, la justicia inexistente, la amenaza real de la precarización, los ataques y violencias virtuales, las invasiones de países poderosos, las dictaduras disfrazadas de democracia. En suma: tenemos miedo porque existe una sensación creciente de que hoy las vidas humanas son prescindibles. ​ Por distintas razones, vivimos en el corazón del miedo. ​ Aunque en nuestro país la percepción de fragilidad data de tiempo atrás, es indudable que esto se aceleró a partir de la pandemia que asoló al mundo en 2020. La crisis del COVID fue ya la antesala de un pánico real antes no vivido en todos los rincones del orbe: la cercanía de la muerte. No obstante, un día salimos de la pandemia creyendo iniciar una nueva etapa, la del aprendizaje recibido a partir del confinamiento: para sobrevivir nos necesitamos unos a otros. Los meses de tensa calma nos ayudaron a pensar la no violencia desde la relación con otros seres humanos y aun el vínculo con las especies animales y con la naturaleza. Los principios constructores de paz, la resistencia civil no violenta y el diálogo comunitario, pensamos, bastarían. Después de todo, gobiernos y ciudadanos dependemos de la colaboración. Pero el estallido de la guerra fue la primera imagen con la que nos topamos al abrir la escotilla. Ucrania invadida por Rusia y, acto seguido, los ataques de Hamás y el genocidio en Gaza. ​ No aprendimos nada. Ésa fue la lección de varias corrientes filosóficas y artísticas del siglo XX y será la de lo que va del XXI (el dadaísmo, el teatro del absurdo, el nihilismo, el existencialismo; la filosofía de Hannah Arendt, Peter Wessel, David Benatar, Thomas Ligotti y la literatura de Beckett, Cioran, Camus, Kertész, entre otros). El sapiens sapiens es la única especie a la que la memoria no le sirve para no repetir los errores —y para no potenciarlos gracias a la tecnología. ​ Nuestro país no está exento de ello. El México violento de la literatura del XIX y el XX renace con fuerza inaudita. ​ Para muestra, un botón: Imaginemos un viaje bucólico de la península de Baja California a la de Yucatán. Vayamos, parafraseando a Hernán Lara Zavala, de península a península. Por carretera, porque por mar sería imposible y por aire se gana en tiempo, pero se pierde en aventura. He aquí algunos highlights de lo que encontraremos según la información más reciente: En Baja California Norte, tráfico de drogas y disputas territoriales, sobre todo cerca de Tijuana y la frontera, pero no sólo eso. Homicidios, secuestros y extorsión, sobre todo si perteneces al negocio del transporte, el turismo o la pesca, pero aun si no estás en ellos. Las autoridades británicas y canadienses desaconsejan del todo que empieces por ahí tu recorrido. Baja California Sur tiene sus advertencias. Podríamos pensar entonces en Sonora, pero ahí también están los grupos del narco y en Chihuahua, mucho peor: es uno de los estados del norte más violentos por la presencia del cártel de Sinaloa. Durango, Sinaloa y Nayarit tienen presencia histórica de los cárteles, así que es mejor obviarlos. Zacatecas, Jalisco y Guanajuato son señalados en las redes como los estados más peligrosos del país por los altos índices de desapariciones y las disputas entre territorios. Nos recomiendan no desviarnos de las principales vialidades, pero es muy probable que aun en éstas haya grupos que te detengan por fuerza y te secuestren. Tal vez no, aclaran, tal vez sólo te extorsionen. Hidalgo, el Estado de México, la ciudad de México y Puebla no están libres del crimen, nos dicen, y hay probabilidades mayores de llegar a Veracruz, salvo si sufres robo de carga o de vehículo. Si eso te ocurre ya no llegarás a Tabasco, donde existe el peligro de caer en manos de la Barredora y el Cártel Jalisco Nueva Generación. Los bloqueos en carreteras son muy frecuentes, pero si el azar te favorece, podrás llegar a Campeche, que tiene menos incidencia delictiva y menos aún Yucatán, que al fin y al cabo es tu destino. ​ En México, desde 2006, la narrativa predominante ha tenido que ver con la violencia explicada de forma simplista: el enfrentamiento entre grupos criminales para controlar el trasiego de la droga. En medio de esta narración, los grupos se multiplican, chocan con las fuerzas del Estado, con las que se confunden, y no hay rendición de cuentas ni articulación social posible. La respuesta oficial es siempre la misma: no habrá impunidad. El gobierno de EU insta al de México a terminar con los cárteles de la droga y el crimen organizado ipso facto, con la oferta de una ayuda revestida de la —a veces no tan sutil— amenaza de invasión. Mientras tanto, la lógica argumental de las series televisivas es la del gran capo rodeado de mujeres atómicas —que en México adquieren el nombre de “buchonas”, según una versión, éste deriva del whiskey Buchanan’s, supuesto favorito de estos grupos—, dándose la gran vida y enfrentándose, alguna vez, con fuerzas armadas que eventualmente terminan con el líder del cártel en el último episodio. ​ Muy distintos a las series sobre narcotráfico y migración, que tratan el tema de forma superficial e indolora y que basan su estructura episódica en la novela de aventuras, son los documentales, las crónicas y ciertas obras literarias que, en palabras de Rossana Reguillo, tratan de esta “sociedad bulímica que engulle a sus jóvenes y luego los vomita: en narcofosas, en forma de cuerpos ejecutados y torturados, en forma de cuerpos que ingresan a las maquilas, como dispositivos al servicio de la máquina, como migrantes, como sicarios, ‘halcones’, ‘hormigas’, ‘mulas’ a la orden del crimen organizado, como soldados sacrificables en las escalas más bajas de los rangos militares, como botargas acaloradas de las firmas de fast food que proliferan en el paisaje o […] como cuerpos esclavizados”. 1 ​ Esto abre una inquietante contradicción. Por un lado, es inevitable hablar de la atmósfera emocional que nos rodea y nos define y que, como seres de nuestro tiempo, querámoslo o no, nos implica. Por otro, el desgaste natural de cualquier narrativa y las formas conocidas de la ficción nos hacen correr el riesgo de volvernos insensibles ante una emoción y un modo de vida que no tendríamos que normalizar. Es imposible no vivir esta dicotomía (no sufrir el dolor de experimentar de nuevo lo que ocurre con cada informe y cada noticia, por un lado, y por otro, no caer necesariamente en un proceso de tolerancia o sedación que nos permite generar indiferencia ante el horror y seguir vivos, pero que corre el riesgo de hacernos ver como natural lo que no lo es). En resumen: no es posible vivir fuera del mundo de la hiperinformación, aun sabiendo que estas noticias nos vuelven adictos al consumo compulsivo y que nos exponen a vivir como real el mundo manipulado de las fake news. Pero tampoco nos podemos aislar. Porque quedar fuera de esta avalancha informativa es peor aún que sufrir sus embates.

II

El 22 de octubre de 2025, visité el National Museum of Mexican Art en Chicago con la intención de concretar algunos intercambios con la UNAM. Lo primero que llamó mi atención fue la capacidad del museo de interpelar al público que asistía. Los jóvenes estaban elaborando unas “calaveritas” para los altares de muertos; los niños asistían con sus papás; había turistas y algunos estadounidenses locales. El museo se encuentra en el barrio de Pilsen, en Harrison Park, un enclave de la comunidad hispana. Ha sido un lugar de reunión desde que abrió sus puertas en 1987. Comenzó siendo apenas una habitación y hoy tiene varias salas y un repositorio que cuenta con más de once mil piezas emblemáticas de arte mexicano, desde el periodo prehispánico hasta nuestros días. Varias de sus exposiciones han itinerado por Estados Unidos y México, así que es un ejemplo de lo que ocurre en los dos lados de la frontera, como reza un libro-catálogo publicado en El arte del otro México. Recuerdo haber pensado: un museo tiene que ser esto, un lugar que establezca un diálogo constante con su comunidad. Lo segundo que llamó mi atención fue que el curador del museo y director de artes visuales, Cesáreo Moreno, en un mensaje de bienvenida dijo que varios de los letreros a la entrada con la leyenda “Private property” habían sido puestos ex profeso para evitar que la policía “secuestrara” (ése fue el verbo que usó) a los mexicanos, a quienes ICE estaba “levantando” todos los días. Si tenían algún aviso de que esto fuera a ocurrir, nos dijo, ellos usarían el museo como un refugio.

Ali Ananda Sandoval, Nacha Ceniceros, 2025. Cortesía de la artista.

​ Dos días después, la conferencia magistral en la Northeastern University, donde fui invitada a hablar de mi novela Radicales libres, inició con un mensaje del profesor Brandon Bisbey, quien me presentaba. Dijo que esa mañana habían secuestrado —usó también ese verbo— a tres personas en los alrededores de la universidad. Durante los días de mi estancia en Chicago, me di cuenta de que mucha gente tenía una app en su celular en la que podía estar informada sobre los lugares y las personas levantadas por ICE. Nunca en mi vida he estado tan convencida del papel fundamental que juegan la cultura y la educación en los procesos de sobrevivencia y en la construcción de la conciencia crítica de nuestro tiempo. Nunca tampoco sentí el terror de tanta gente amenazada y expuesta a esta cacería, indiscriminada y feroz, injusta y racista. ​ Las decisiones recientes del gobierno de EU sobre geopolítica marcan una nueva dirección, pero sobre todo nuevas formas de ejercer el poder, donde las instituciones y los acuerdos colegiados que impedían la actuación unilateral de países contra la soberanía de otros se han visto vulnerados. Un nuevo motivo de incertidumbre se ciñe sobre el ciudadano común, que percibe un reacomodo en las piezas de un juego que ha empezado a ser desconocido.

III

Uno de los mayores miedos del individuo contemporáneo es el de ser dejado fuera. El FOMO (Fear of Missing Out) es la forma más terrible del destierro, sobre todo para los jóvenes, cuya vida transcurre en buena medida del otro lado de una pantalla, a través de las redes sociales. ​ El destierro, con todas sus agravantes de imposibilidad, falta de pertenencia y recursos, órdenes explícitas de aislamiento y cancelación, es un dolor antiguo escrito en las fábulas infantiles que van desde la maldición del padre hasta los cuentos medievales sobre el designio de un monarca. ​ Así es como empieza la historia del Cantar de mío Cid:

De los sos ojos tan fuertemientre llorando, tornava la cabeça, e estávalos catando […] Sospiró mio Cid, ca mucho avié grandes cuidados, fabló mio Cid bien e tan mesurado: —¡Grado a ti, Señor, Padre que estás en alto! ¡Esto me an buelto mios enemigos malos!—

No sólo es un dolor terrible el que experimenta el Cid por el destierro —un dolor descrito como el de la uña al separarse de la carne—, sino que al abandono del territorio, la mujer y las hijas, se suma el de ser repudiado por su señor y por su tribu. Fuera su participación en la vida pública de su tierra, fuera el reconocimiento de los otros (que hoy se busca desesperadamente a través de likes), fuera el favor del rey. ​ En la era actual, las redes sociales potencian la certidumbre de que la vida nunca es tan atractiva y excitante como la de los otros que aparecen en Instagram y Facebook o en los grupos de WhatsApp, donde el lenguaje es triunfal siempre. Viajes, comidas en restaurantes de lujo, retos físicos en sitios inaccesibles, todo abona a una vida que en nada se parece a la propia. Y si la imaginación fuera poca, la tecnología permite, a través de filtros, que quien postee una imagen aparezca idéntico a cualquiera menos a sí mismo.

Ali Ananda Sandoval, Las cinco de la tarde, 2025. Cortesía de la artista.

​ Pero el cambio de identidad no se limita a la transformación física: en las redes fue famoso el caso de Marilyn Cote, una mujer que se hacía pasar por neuropsiquiatra y ostentaba títulos de universidades reales e inexistentes; hablando lenguas ininteligibles, pero varias, y recetando medicamentos psiquiátricos a diestra y siniestra, diagnosticaba a sus pacientes con problemas severos de salud mental —debiendo ser ella quizá la primera paciente—. Lo que llama la atención, en este caso, es la credulidad inaudita de sus múltiples pacientes. Y una posible causa del triunfo de Marilyn, conocida como “la falsa psiquiatra de Puebla” y aprehendida en noviembre de 2024, es el miedo y sus variantes —ansiedad, paranoia, pensamientos suicidas, la pandemia de nuestro tiempo—, por lo que todos o casi todos los que la consultaban aceptaron diagnósticos como la esquizofrenia y la bipolaridad o admitieron desde la primera consulta estar deprimidos, cuando menos. ​ El 22 de septiembre por la tarde, Jesús Israel Hernández, estudiante del CCH sur de la UNAM, fue asesinado por Lex Ashton, alumno del mismo plantel quien no conocía a su víctima. En el momento del asesinato Lex Ashton portaba una máscara con el rostro de una calavera, una sudadera que decía “bloodbath” (baño de sangre) y una guadaña. Jesús Israel Hernández, de dieciséis años, estaba con su novia. Este dato, que parece irrelevante, fue sin embargo el detonador del crimen. Además de constituir un acto sin precedente en nuestra universidad, lo más inquietante fue la causa que se desprende de este tipo de violencia, un remanente que dejó la pandemia y que se refuerza con la participación creciente de jóvenes en una vida donde lo significativo ocurre casi exclusivamente a través de pantallas, en las redes. Lex Ashton, según se supo más tarde, pertenecía al grupo de los autodenominados incels, jóvenes “involuntariamente célibes” que se unen por redes a quienes no tienen relaciones afectivas ni sexuales por sentirse rechazados y, aunque desearían tener trato con mujeres, expresan una clara misoginia. La espléndida crónica de Raúl Trejo Delarbre, publicada en Nexos el 30 de septiembre de 2025, se remonta al momento en que nace el término incel en un foro digital (“Involuntary Celibacy Project” en 1997), a partir del cual surge la violencia de aquéllos a quienes sus frustraciones llevan a herir a otros, matarlos y, en algunos casos, a suicidarse. En el origen, dice Trejo, se trató de foros casi exclusivamente de hombres y el más concurrido en Reddit fue cancelado por alentar la violencia contra las mujeres. ​ Que los modos de vida producidos en las grandes urbes hayan llevado a este grado de aislamiento y desconexión y que esto genere resentimientos que se convierten en una causa-para-la-muerte es uno de los tantos ejemplos de violencia inéditos que hoy están en el centro de las patologías que nos representan. ​ Ser perseguidos sin conocer a nuestro perseguidor, ser víctimas de no saber quién o por qué, estar expuestos a un mundo cuyas reglas se desconocen. Obligarse a vivir en la dicotomía, obligarse a no aceptar la autocensura en tiempos de censura. Estar aislados o estar presentes, recibir una dosis cotidiana e inacabable de mensajes amenazantes y terroríficos y saber que el futuro se ha vuelto un rompecabezas irresoluble. ​ Cómo encontrar el salvavidas que nos rescate de este tiempo. Pero también: cómo ser capaces de escribir el miedo de manera frontal, brutal, sin que se vuelva un analgésico.

Ali Ananda Sandoval, El corazón del coronel Bufanda, 2025. Cortesía de la artista.

Imagen de portada: Ali Ananda Sandoval, Zafiro y Zequiel [detalle], 2025. Todas las imágenes son cortesía de la artista.

  1. Rossana Reguillo, “Vidas en urgencia: cuerpos, territorios y violencias”, Revista de la Universidad de México, núm. 888, p. 94.