Cultura UNAM

En tu casa habita otro inquilino

Cultos / DOSSIER / Diciembre de 2018

Mario Bellatin

“En tu casa habita ahora otro inquilino” es la frase con la que termina Simón del desierto. Se la dice la hija del Diablo al hijo de Dios. En la columna habitan ahora miles de inquilinos.


Pienso en aquella acción conocida como el milagro de Luis Buñuel. Se trataba de un director de cine conocido por un anticlericalismo tan extremo que llegaba al punto de rozar con lo fanático. La historia se remonta a finales de los años cincuenta. Cuando Luis Buñuel acababa de terminar el rodaje de su película Simón del desierto, la cual filmó entre los límites del Estado de México e Hidalgo —película que, poco después, ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes—. Luego del rodaje —realizado con la menor cantidad de recursos posibles— el director dejó abandonada la columna, que le había servido de escenario central, en el desierto donde se había llevado a cabo la filmación. La columna sobre la cual permaneció el personaje principal durante la mayor parte del film. Muchos años después, un grupo de inmigrantes abandonó la Ciudad de México. Emprendieron la peregrinación con rumbo a Pachuca. Buscaban algún lugar donde instalarse, pues las condiciones en su ciudad de origen les impedían la supervivencia. De pronto, algunos días después de emprendida la marcha encontraron, en pleno desierto, una columna romana clavada en medio de la nada. El grupo ignoraba todo lo relacionado con la filmación, llevada a cabo cuarenta años antes, e interpretaron la milagrosa aparición como un signo religioso. Creyeron que aquella columna, salida de la oscuridad de los tiempos, era una señal que les indicaba el lugar donde instalarse. Fue de ese modo como empezó a crearse una suerte de hermandad religiosa. Un culto donde el punto de la adoración estaba centrado en una columna romana. Yo, Mario Bellatin, descubrí esta comunidad porque debido a mis constantes viajes a la zona, acompañado de una serie de galgos que entreno en prácticas de cacería de liebres, noté la presencia de ciertas estampas donde se daba cuenta del fenómeno. Es decir, láminas de orden religioso que tenían la imagen de una columna como centro.

Luis Buñuel. © Getty Images

Pero la verdadera historia de Mario Bellatin comienza antes. Cuando luego de la Gran Guerra llegué y me instalé en un país, México, donde no sólo existe una convivencia constante con la muerte y sus representaciones, sino que, muy de vez en cuando, ocurre lo que se conoce como milagros. Tras algunas lecturas, —luego de llegar a este país me transformé en una suerte de hombre culto— llegué a la conclusión de que el término milagro guarda relación con la idea del suceso que ocurre cuando todo está conformado en su contra. Uno de aquellos hechos, el milagro, me lo narró uno de los empleados del salón de belleza que instalé poco después de mi llegada a México. Aquel muchacho me informó que su familia pertenecía a una hermandad conocida como Los Devotos de la Columna. Un grupo que, en efecto, adoraba una columna romana hallada en las inmediaciones de la ciudad capital. En mitad de un desierto. Aquel muchacho me contó que, por culpa de un terremoto que asoló la ciudad, algunos de sus habitantes se vieron en la obligación de abandonar su lugar de residencia. Habían sucumbido las precarias casas que habitaban. Existía desabastecimiento de los servicios básicos. La iglesia de la zona, a la que muchos asistían con regularidad, se había derrumbado por completo. El grupo de peregrinos partió precisamente de esas ruinas con la esperanza de hallar un lugar donde proseguir con sus vidas. Comprendí que aquel empleado, quien me iba relatando aquella huida, pasó por una situación similar a la que sufrimos nosotros durante la Gran Guerra, especialmente cuando las tropas enemigas nos invadieron durante el asalto final. En este caso se trató de un grupo de refugiados que huía de las consecuencias de un desastre natural y no de un conflicto bélico. Caminaron durante algunos días. Eligieron como rumbo una zona de llanura, plana, donde les dijeron que el movimiento sísmico no había tenido una repercusión mayor. El milagro ocurrió durante la tercera jornada. En medio del desierto, mientras el peregrinaje avanzaba, la muchedumbre advirtió de pronto la presencia de la columna. ¿De dónde podría haber salido?, se preguntaron. Se trataba de una columna similar a la que aparece en los relatos bíblicos. En ese momento, apelando a sus estudios escolares, nombraron los estilos que habían escuchado: jónicos, dóricos, romanos. No sabían bien. Me parece que aquél fue el único viaje distante que he realizado desde que estoy en México, ir a ver de manera personal no sólo la hermandad creada alrededor de la columna sino los ataques de los que eran presa muchos de sus miembros —los llamados víctimas del demonio—, quienes entraban en un éxtasis patético mientras un poeta ciego realizaba una serie de sortilegios para quitarles el demonio que se apoderaba de sus seres. La única vez que me alejé de la casa que siempre he habitado desde que llegué a vivir a este país. Lugar que convertí al poco tiempo en un salón de belleza decorado con acuarios. Viajé hasta un lugar donde encontré a una comunidad que habitaba en torno a una columna construida para realizar una película. Tiempo después yo, Mario Bellatin, hice una serie de imágenes, tomé fotos en formato de diapositivas, para un proyecto: Simón del desierto, para el cual fui requerido no como estilista que regentea un salón de belleza convertido en un lugar apropiado para morir, sino en mi faceta de escritor contemporáneo. Porque soy esas dos cosas. Un escritor y, al mismo tiempo, un peluquero que ha convertido su salón en un moridero. Hace poco hablaba en voz alta acerca de mi escritura. Solo. De la manera como permanezco la mayor parte del día. Solo. Le decía, al techo por poner el caso, que deseo realizar una obra donde se nombre lo que no se puede señalar, con la narración absolutamente fragmentada y sin justificaciones mayores. Algo así como lo que hice yo mismo, Mario Bellatin, cuando fui el escritor de Jacobo el Mutante, el libro que redacté sobre una supuesta novela que el autor austriaco Joseph Roth fue creando cuando se encontraba ebrio. Aparte de tener conciencia de que se trata de un hecho que aparece cuando todo está preparado para que no suceda, no sé mayormente del tema, ni tampoco cuento con un conocimiento de la columna alrededor de la cual transcurre la mayor parte de la película Simón del desierto de Luis Buñuel. De esos temas sólo conozco lo que no sé… La historia puede resumirse en que después de filmar una de las películas con menos recursos de la historia del cine —la escenografía de Simón del desierto cuenta casi únicamente con una columna en medio del páramo—, la construcción, es decir la mencionada columna, quedó abandonada para siempre en medio de la nada. Como la filmación fue hecha lejos de alguna comunidad conocida, no quedó registro mayor de su existencia. Algunos años más tarde un grupo de personas que huía de la gran ciudad —una suerte de parias que buscaba un lugar donde establecerse— descubren la columna abandonada y parecen conferirle ciertos poderes. No comprenden la razón de la existencia de una columna semejante en mitad del desierto. Forman una comunidad a su alrededor, dirigida por un poeta ciego, el mismo que años después aparecerá en dos de mis libros: Poeta Ciego y Flores. Se forma, como en mis ficciones, una cofradía de personas que poseen peculiaridades físicas en sus cuerpos. A finales de los años noventa, con ocasión de los homenajes que se organizaron en México con motivo del centenario del nacimiento de Luis Buñuel, un grupo de investigadores culturales, quienes buscaban grabar un documental de aniversario rastreando el camino seguido por el director mientras realizó sus películas, descubrió la columna de Simón del desierto gracias a las instrucciones de uno de los choferes del cineasta.

Fotograma de Simón del desierto, 1965

El grupo de investigadores culturales pareció hacer caso omiso a la presencia de los habitantes adoradores de la columna, muchos de los cuales, en efecto, padecían males físicos que creían ver apaciguados pidiendo la cura en aquel lugar. Luego de una primera visita, ese grupo regresó al lugar con una serie de obreros y vehículos. Dinamitaron el símbolo de la película, la columna, con la intención de llevarla como testimonio al centro de los homenajes que se le organizaban a Buñuel: el Palacio de Bellas Artes. En ese momento, en el trance de destruir la base de la estructura con el fin de transportarla, ocurrió el primer milagro. Pese a ser dinamitada y caer en dos, fue tal el peso que presentaba el material con el que estaba construida que hizo imposible su traslado. Los integrantes de la cofradía, al ver mancillada su intimidad, su huida primigenia, al sentirse descubiertos y proclives a caer nuevamente en el oprobio de la gente, dejaron abandonado el lugar donde se erigía la columna y se dispersaron hacia distintos puntos. Algunos regresaron a la ciudad capital. Otros se dirigieron a la costa o a las zonas fronterizas. Todos, sin embargo, fueron conscientes tanto del mensaje como del milagro de la columna mágica, que aparte de haber aparecido de la nada se negó a ser trasladada. Yo, Mario Bellatin, escucho esta historia. La narración de un grupo de personas que se congrega alrededor de cierta columna y del posterior intento de destrucción del famoso vestigio. Llegué a la zona —como advertí, se trató de una de las pocas ocasiones en que dejé abandonado el salón de belleza que monté poco después de llegar a México— y, en efecto, constaté personalmente los fragmentos visibles de esta historia. Retazos de una columna y de una comunidad que se había levantado a su alrededor. Emprendí entonces un lento regreso, caminé preguntándome dónde podían haber huido los habitantes después de dinamitado el monumento. Recorrí diversos lugares y, pese a no haber albergado ninguna esperanza, descubrí, en cierto momento de mi recorrido, no sólo a los adoradores originales sino a una serie de nuevos creyentes. Algunos accedieron incluso a ser retratados por la cámara del celular que portaba conmigo. Me mostraron algunos de los objetos que componían sus rituales. Una gran estampa enmarcada que representaba la columna, un pequeño florero, una jarra para las abluciones y una humilde túnica blanca. Una de las feligresas, pero sólo una, me hizo una demostración práctica de los ritos por medio de los cuales se suele pedir la sanación a los males. No deseo aparentar que poseo una respuesta al fenómeno, que trato de demostrar cómo uno de los artistas más místicos-ateos-contemporáneos, por llamar de alguna manera al director de cine Luis Buñuel, sea el eje, sin saberlo y, además, muchos años después de su muerte, de una cofradía que se forma a partir de la ruina más notoria de una de sus películas. Yo, Mario Bellatin, poseo una imagen original de la fotógrafa Graciela Iturbide, quien no considera esa imagen como parte de su trabajo, sino sólo como material de tanteo. La enmarco con motivos religiosos, compro un pequeño jarro con flores y me dedico a recorrer el mercado popular situado al lado de mi casa. Hago fotografías de mis vendedores de confianza, a quienes muestro sosteniendo el cuadro y las flores. Una vez revelado el rollo y montado el trabajo en diapositivas les hago pequeñas biografías y la descripción de sus supuestas e incurables enfermedades. Añado que hacer todo esto me produce una creciente nostalgia. Debe ser porque estoy enfermo, pienso.

Éste es un fragmento de un relato más extenso. Lo recortamos cuidadosamente como una invitación a leer la versión com­pleta en nuestro sitio web. Sin embargo, buscamos mantener un sentido unitario. [Nota de los editores]

Imagen de portada: Fotografía de Los Devotos de la Columna, Pachuca, Hidalgo. © Mario Bellatin