Tarumba y otros poemas de Jaime Sabines
Jaime Sabines, poeta esencial
Leer pdfSobre el proceso de escritura de Tarumba, este autor, único en la historiografía de la poesía mexicana, expresa el valor de la palabra humildad: en ella encontró el privilegio de alejarse de la vanidad al descartar la idea de que el poeta es un ser sagrado. Así nos explicamos el uso de la tercera persona, que le permite desarrollar un yo matizado; en ocasiones hasta diluido. La conciencia del poeta es su interlocutora. Qué bella y sonora palabra recupera Sabines: tarumba, que ya había aparecido en García Lorca. En la detección de familiaridades de nuestro idioma, sorprende observar que en esta poesía de línea nerudiana también hay ecos de César Vallejo. Todo ello cuando se hablaba, en nuestro continente, de una separación tajante entre dos líneas poéticas: Vallejo y Neruda, distanciados ideológicamente por el surrealismo. Sabines obtuvo elogios para Tarumba: uno lo escribió el enorme poeta español avecindado en México Pedro Garfias (1901-1967) y otro, Elías Nandino (1900-1993) en una carta en la que el poeta nacido en Cocula, Jalisco, y vinculado al grupo Contemporáneos, le dice: “Su paraíso es su angustia”. La muerte es un tema universal que está presente en los escritores latinoamericanos y de una manera claramente descobijada en los mexicanos. Muchos tópicos en torno a esta materia ya los encontramos en los poetas del mundo prehispánico, sobre todo en la poesía náhuatl. Aunque los poemas originales fueron intervenidos por los compiladores españoles de la época colonial, algunos versos de Algo sobre la muerte del mayor Sabines reflejan distintas maneras en las que los poetas prehispánicos cantaban a la muerte. Era 1982 cuando tuve ocasión de tener en las manos una libreta manuscrita de Jaime Sabines de los años cincuenta… era larga, de forma francesa y pasta dura. Ese tipo de libretas eran usadas habitualmente para la contabilidad. Al abrirla había un dibujo hecho por el propio poeta: un autorretrato sin rostro en el que se veía, recostado en la cama —la posición en la que Sabines escribía—, un cuerpo masculino semidesnudo desde el pecho a los pies. La libreta también tenía unos poemas, que pasaron a ser parte de sus libros, prácticamente iguales a su forma manuscrita; algunos otros fueron cruzados con una línea diagonal y, seguramente, continúan inéditos. Entre ellos, los que hablan del mayor Sabines, su padre, en vida. En estos textos el poeta no consiguió cantar lo que deseaba para la raíz de su estirpe… Para mí, uno de los misterios de su acto poético sigue siendo por qué no dejaron satisfecho al autor los versos escritos para su padre cuando estaba vivo y cómo logró expresarlo solamente en el proceso de su tránsito final. Sabines es uno de los poetas fundamentales de nuestro actual mapa poético. Encontró desde su primer libro una voz contundente que renovó el ambiente literario de su tiempo: tenía cosas que decir y lo hizo de manera novedosa. Cuando propuso su poesía de estreno en Horal, publicado en 1950, justo a la mitad de siglo, trasladó el discurso a un nuevo periodo estético y, con un hasta entonces ignorado modo de hacer versos, señaló el camino para futuros poetas que encontraron en el lenguaje coloquial —que ya se había ensayado en nuestro idioma y en lengua inglesa— la expresión directa, tomada de la calle, la expansión de la cotidianidad transformada en literatura mediante el toque mágico de la poesía. José Emilio Pacheco (1939-2014) sugirió en 1977 que “Sabines se equivoca como todos, pero acierta como pocos”; y como bien anotó: “gracias a que Sabines no tuvo el pudor del silencio, nuestras vidas se enriquecieron con dos grandes elegías”. Pacheco se refiere a los poemas sobre el mayor Sabines y doña Luz, la madre del poeta. Es verdad que ellos se convierten, de muchas maneras, en el padre y la madre de los lectores.
Jaime Sabines, Algo sobre la muerte del mayor Sabines, Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades UNAM, México, 2012.
La biografía del poema puede resultar de mayor interés para un lector que la biografía del poeta. La lectura debería mantener al centro de la reflexión las obras literarias. Con frecuencia, la poesía no representa el aprecio principal de los lectores, pero recompensa a quienes visitan este territorio gozoso o dolorido, aunque siempre verdadero. Tengo para mí que Sabines nos lleva en cada verso a la biografía del poema. En la lectura de su obra tenemos, en inspiradora percepción, la propuesta de una vida entera. Algunas hipotéticas o provisionales famas suelen tener un apoyo sustantivo —y adjetivo— en la socialización de la vida literaria, sin embargo, la verdadera cavilación sobre un autor está en su obra. Ahí está su valor real. La paciencia que la poesía tiene con nosotros nos lleva a aprehender con mayor nitidez la biografía de los poemas de Jaime Sabines.
Jaime Sabines, Tarumba, Metáfora, México, 1956.
Los abuelos Sabines vinieron de Líbano. México está integrado por agregaciones raciales de igual manera que numerosos países de nuestra América Latina. Somos una suma de convivencias culturales y vitales, indagaciones que devienen perfiles genealógicos, inimaginables búsquedas de los migrantes que participan en la construcción de países como los nuestros. Así se detallan nuestras historias familiares: generosas, valientes y heroicas lecciones de supervivencia que prácticamente toda la población lleva en la sangre. La herencia de Sabines tiene una orgullosa estampa en sus venas y en el corazón de sus poemas. Este poeta dice lo que todos hemos querido decir. Ése es el sentir de la gente que lo lee, que es mucha y diversa. Y no sólo lectores habituales de poesía. Si en México alguien tiene un solo libro de poesía en su casa, seguramente es el Recuento de poemas, la obra de Sabines reunida.
Jaime Sabines, Adán y Eva/Tarumba/Diario semanario y poemas en prosa, Joaquín Mortiz, México, 2012.
Mi cercanía con el poeta fue casual y modesta, pero entrañable y significativa. Por distintas y afortunadas razones viajé con él más de una vez a Chiapas, su estado natal. Cuando ocurrió su viaje a China, que recordó en una intensa entrevista, lo acompañé a su salida y lo extravié en el aeropuerto en mi desatinado afán por facilitarle el acceso a los salones donde la comitiva lo esperaba. Era yo un cicerone confundido, desorientado en un aeropuerto sin señales, sin información, sin precisiones; un Virgilio del tercer mundo. Cuando logramos encontrar la entrada donde lo esperaban, me dijo “Gracias”; y dándome una palmada en el hombro agregó: “con un joven poeta sólo se puede ir al infierno”. De los viajes con Sabines conservo dos o tres fotografías en el aeropuerto de Tuxtla, en la vieja terminal aérea, donde el viento sí permite el aterrizaje. Tengo una más alrededor de una mesa de centro en una terraza al aire libre, en algún lugar de Chiapas; Sabines, al centro del grupo, enciende un cigarro con uno de sus ademanes más personales.
Sé que leyó poesía mozárabe. En una lectura renovada, pienso que La señal, de 1951, podría ser la segunda parte de Horal. Lo humano, lo fraternal y lo solidario se hacen visibles en todo el conjunto. Se nota que los caminos sustentados en el tipo de metáfora frecuente en la poesía mexicana de la primera mitad del siglo XX habían dado de sí y resultaba necesaria una vuelta de tuerca que Sabines ejecuta: “El mar se mide por olas,/ el cielo por alas,/ nosotros por lágrimas”. Recuerdo haberlo escuchado hablar con emoción de la poesía española. Tiene además cercanías con otras poéticas: Tagore está presente, como escribe en uno de los poemas del Diario semanario y poemas en prosa: “Hay que llegar a esa ternura de Tagore”; Neruda, desde luego, aunque en algún momento, como todo joven, decide denostar a su maestro.
Jaime Sabines, Recuento de poemas 1950/1993, Joaquín Mortiz, México, 2014.
Diario semanario es un puntual cuaderno de apuntes, notas poéticas —poéticas por naturaleza— de sus lecturas, de sus reflexiones, que en prosa también tienen implícitamente una búsqueda rítmica. Algunos textos de ese libro se podrían editar como si estuvieran escritos en verso debido a las líneas rítmicas independientes que en conjunto producen estructuras de verso libre. Otra de las apropiaciones iniciales y determinantes de Jaime Sabines proviene de Gustavo Adolfo Bécquer, de quien recupera imágenes y el soporte rítmico y sonoro del romance. Sabines también se resuelve desde el romancero. En una lectura de los poemas menos leídos del chiapaneco, como “Caprichos”, podemos apreciar su propositiva cercanía con esa forma poética. A una larga tradición bien conocida por el poeta, a su proverbial recurrencia de asonancias en los versos impares y a su voz personalísima, debemos que los poemas de Sabines se graben en nuestra memoria y que permanezcan en el tiempo y en sus lectores.
El lector común, inapreciable, deseable, a quien uno debería agradecerle siempre su compañía, suele considerar a Sabines un poeta sencillo. Aunque lo comprensible de su poesía no contiene simplezas. La sencillez no es simpleza. Sus lecturas están inmersas en ese profundo proceso personal de síntesis. El autor recoge y procesa el lenguaje cotidiano del habla popular y lo condensa con la emoción estética; crea un público lector para la poesía y se instala en el nuevo estremecimiento, sin dubitaciones.
Jaime Sabines, Los Amorosos/Cartas a Chepita, Planeta, México, 2014.
No es usual que un poeta tenga acceso a un público masivo. Entre los mexicanos, tal vez Manuel Acuña en el XIX; o Amado Nervo, quien, célebre en Uruguay algo más que en otros países sudamericanos, tuvo, en las dos primeras décadas del siglo XX, el privilegio de ser reconocido en vida. No obstante, las lecturas públicas de Jaime Sabines se volvieron míticas, sobre todo aquella, en 1996, en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, donde el público se le ofrecía con las manos plenas de aplausos. La lectura en su propia voz tenía ese algo o ese más allá que conmueve, las palabras dichas en voz alta resonaban en el pecho; tal vez porque producían una vibración en los huesos compatible con el sentir más emotivo, el sentir del poema. La experiencia vital del poeta al margen de lo que habrá de escribir. Cómo hacer para que el poeta tenga su obra al centro. ¿Hay una biografía para la crítica? Sabines es el compañero, el amigo que sintetiza el sentir colectivo. Un amoroso. En las tres heridas, la del amor, la muerte y la vida, cantadas por Miguel Hernández, están los temas de la poesía. En el caso de Sabines se cumple a cabalidad. Él consuma una renovación íntima de la poesía de México y de nuestro idioma. Con él se conquistaron nuevas regiones de lo indecible. Forma parte de un muy pequeño grupo de poetas que transformaron la poesía de su tiempo. Sabines marca una diferencia con su generación cuando elude transitar por el camino aprendido y ofrece una nueva ruta que habrán de continuar las generaciones que le siguen. Sabines es un poeta esencial. El lector consigue tener ante su vista o en la sensible apreciación de los oídos una voz inconfundible, cercana, con la que habrá de conversar largamente.
Jaime Sabines, Tarumba y otros poemas. Antología, Editora Patria Grande, Buenos Aires, 2015.
Imagen de portada: Barry Dominguez.