Chernobyl

Chernóbil o la silueta del miedo

Infancia / crítica / Octubre de 2019

Camilo Rodríguez

Trabajamos para procurar la felicidad de toda la humanidad. Propaganda política soviética


No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? Testimonio de la viuda Liudmila Ignatenko, recogido por Svetlana Alexiévich en Voces de Chernóbil


Tras la inconcebible explosión del reactor cuatro de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, el aire de Chernóbil brillaba con un hermoso degradé azulado.1 Los curiosos habitantes, que despertaron esa madrugada por el impacto de la explosión, se agrupaban en el puente ferroviario para contemplar el insólito espectáculo mientras el viento soplaba unas cenizas blancuzcas sobre sus rostros. Minutos antes había incluso dos pescadores furtivos quienes, ebrios de vodka y de noche, tiraban sus anzuelos en el río Prípiat, a escasos metros del reactor, valorado como una de las infraestructuras nucleares más seguras del planeta. A partir de aquel 26 de abril de 1986, miles de personas estuvieron expuestas a una radiación varias veces mayor a la que un cuerpo humano puede recibir durante toda una vida. Como es evidente, ninguno de ellos —ni siquiera los especializados operarios de la central— podía sospechar que estaban delante del desastre atómico más grave en la historia de la humanidad. A comienzos de mayo, HBO estrenó la miniserie de cinco episodios Chernobyl, un espléndido relato inspirado en los hechos ocurridos en la antigua Unión Soviética después de la catástrofe. La producción, catalogada por IMDB como una de las mejores series de todos los tiempos, retoma algunos testimonios de Voces de Chernóbil: crónica del futuro, un extraordinario compendio de relatos firmado por Svetlana Alexiévich, escritora bielorrusa galardonada con el premio Nobel en 2015 —quien, pese a la gran deuda, no aparece en los créditos—.

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En su análisis Sobre la muerte y los moribundos, Elisabeth Kübler-Ross afirma que cuando alguien se entera de que padece una enfermedad terminal pasa por tres etapas primarias: la negación, la ira y la negociación. Ese complicado proceso, que incluye aceptar una realidad aterradora y tomar las medidas respectivas, es retratado con gran destreza en la teleserie dirigida por el sueco Johan Renk y escrita por Craig Mazin, quienes realizaron una minuciosa investigación sobre los sucesos antes de aventurarse al rodaje. Como resultado, Chernobyl hace gala de una precisión artesanal en su retrato de la atmósfera de la URSS durante los años ochenta: los trajes, las fachadas, los usos y costumbres, y hasta el más mínimo detalle de decoración fueron adaptados con el mismo esmero al que nos tienen acostumbrados las grandes teleseries de época, como Mad Men, Stranger Things, Boardwalk Empire y un larguísimo etcétera. El llamado de la nostalgia tuvo tal éxito que muchos sobrevivientes de este lamentable hecho histórico compartieron sus traumáticas experiencias en redes sociales y elogiaron la manufactura impecable de la dirección artística de la producción. Sin embargo, vale la pena responder a gran parte de la crítica, que ha visto (o ha querido ver) en Chernobyl el intento de esclarecer las verdaderas causas del desastre nuclear. Desde luego, es probable que Mazin y Renk tengan la intención de denunciar ciertas situaciones que permanecieron ocultas por conveniencia política, pero no hay que olvidar que el objetivo principal de las teleseries es el divertimento. Más que llenar un hueco de la memoria colectiva, la emisión utiliza un acontecimiento traumático y poco conocido de la historia para que el espectador lo entienda de una manera afectiva y logre saciar su eterna sed de justicia. De hecho, en un contexto como el actual, donde el advenimiento del cambio climático ha acentuado la conciencia ecológica, una narrativa judicial y humanitaria que mantiene el suspenso como hilo conductor es un mecanismo ad hoc para cautivar a la joven teleaudiencia.

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La trama de la serie es fascinante. A través de la investigación que llevan a cabo el profesor Valeri Legassov (interpretado magistralmente por el actor inglés Jared Harris), y el vicepresidente del ministerio de la URSS Borís Shcherbina, el espectador se va adentrando no sólo en los oscuros meandros del peligro radioactivo sino sobre todo en las malsanas relaciones del poder que aquejaban a la burocracia laberíntica del comunismo soviético: la paranoia totalitaria de la KGB en su intento por evitar el escándalo mediático, los abusos de poder del apparátchik promedio, y una carrera contra el tiempo que desencadena la angustia desmedida por la amenaza de un enemigo inmaterial y mortífero. La fotografía de Jakob Ihre presenta una magnífica poética del claroscuro, escenas de planos cortos dominadas por tonos grisáceos y descoloridos (exceptuando el rojo saturado, emblema de la simbología comunista), y un manejo muy correcto del suspenso, heredero de Hitchcock y del montaje más clásico del efecto Kuleshov. Por supuesto, la serie no es perfecta. Su necesidad de captación llevó a sus creadores a fabricar un entramado maniqueo y una serie de conflictos que “tienen una gran deuda con la verdad” —como afirma su protagonista en un emotivo discurso final—. Entre otros detalles, molestan la poca (o nula) diferenciación entre las condiciones sociales de los personajes, la imagen caricaturesca del soviético rudo y malhumorado que no hace más que fumar y beber vodka, pero sobre todo la manera en que fueron moldeados ciertos personajes. En especial, los operarios y directivos de la planta nuclear, perfectos villanos que buscan un ascenso y en su desmesurada ambición llevan el reactor al colapso constituyen una salida fácil de los guionistas para afrontar lo real en su complejidad: que la catástrofe fue un fallo provocado por las mentiras del sistema soviético y la negligencia de un puñado de hombres. No es casual, entonces, que la producción rusa esté preparando una serie para “desmentir” las invenciones de HBO.

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Con todo, Chernobyl confirma la tendencia audiovisual que fusiona el género documental y la ficción bajo el formato de miniserie (al estilo de Los últimos zares o El imperio romano) y, más importante aún, revive el debate público sobre la energía nuclear y el perjuicio social que implican los engaños y los secretos de Estado. El relato de este suicidio colectivo desarrolló un nuevo sentimiento de culpa que toca a toda la humanidad. La historia nos enseñó que los responsables actuaron de acuerdo con la educación, la filosofía y el ethos de su sistema, lo cual los enmarca en una ambigua brecha de víctimas, verdugos y en muchos casos, héroes de la Unión Soviética. De este triste fenómeno se desprenden dos curiosas situaciones geopolíticas, que vale la pena mencionar para abrir una reflexión frente al panorama que deja la teleserie. La primera obedece en gran parte al marco de la vanidad y el marketing que fluctúa en el universo de los influencers, las selfies y las redes sociales. Se trata de una serie de visitas guiadas a las “áreas seguras” de Chernóbil y Prípiat, que se pueden hacer por una cantidad no muy alta de dólares. La cercanía del peligro y la esquizofrénica devoción digital son acaso los disparadores más importantes de este turismo negro. La segunda responde a la extraña lógica de la historia política: gracias a la atención suscitada por la serie, el gobierno de Cuba confirmó que reactivará un programa médico que se ocupaba de curar a los niños ucranianos afectados por la radioactividad en la clínica internacional de Siboney, al oeste de la isla. Estos dos efectos contradictorios confirman que cada vez resulta más difícil cernir los efectos colaterales del cine y la televisión sobre nuestras sociedades. En todo caso, es cierto que los traumas de Chernóbil durarán algunos decenios en la memoria de Occidente, pero las huellas de la contaminación atómica tardarán unos 300,000 años en desaparecer de la faz de la Tierra.

Imagen de portada: Fotograma de Craig Mazin, Chernobyl, HBO, 2019

  1. Dicho fenómeno es conocido como la radiación de Cherenkov y consiste en un extravagante efecto lumínico que reside en un espacio cuando una cantidad de partículas radioactivas lo atraviesan y superan la velocidad de la luz.