La noche de Itaewon

(en que anduvimos como tetas sin sostén)

Fiesta / dossier / Diciembre de 2021

Verónica González Laporte

Rostro enmascarado, corazón desnudo. Víctor Hugo


Jesucristo quiere entrar a una miscelánea de franquicia, pero no cabe por la puerta. Su cruz es un armatoste de cartón pegado con cinta canela del que no quiere desprenderse. Dilema. Busca a alguien en los alrededores para encargarle la compra, mas no encuentra a nadie. Se resigna, con el dorso de la mano se echa los largos bucles pelirrojos para atrás y desmonta los brazos de la estructura. Consigue pasar de perfil. Retintinea la campanilla de la tienda, sale triunfante unos minutos después con una botella de soju. Jesucristo se acomoda la túnica pringada y la capa de terciopelo raído, la corona de alambre, junta de nuevo sus cajas y se apura a beberse de golpe la botella para poder cargar su cruz. Desciende por la callejuela empinada y alcanza la marea humana que ha inundado la zona más prendida de Itaewon, el barrio más popular de Seúl, en la noche más esperada del año. Más bien, la más esperada de los últimos veinte meses. En la esquina se halla frente a otro Jesucristo, de atuendo más cuidado: su cruz es de triplay, su túnica nueva y su corona de juncos trenzados. Ambos se miden con la mirada, aun cuando se saben imitadores. El contrincante está respaldado por un coro de señoras cantando desafinados aleluyas con micrófonos de karaoke y repartiendo folletos a destajo: “Jesus loves you”. Forman parte de una de las múltiples sectas derivadas del protestantismo y han venido a este lugar de perdición para intentar devolver a las ovejas extraviadas al redil. Las faldas largas de las coristas contrastan con las faldas insignificantes o inexistentes de las jóvenes que las rodean con curiosidad.

Fiesta de Halloween en Itaewon, 2021. Cortesía de la autora Fiesta de Halloween en Itaewon, 2021. Cortesía de la autora

Halloween, antigua celebración de origen celta asociada a las cosechas y a la creencia en el retorno de las almas de los muertos al mundo de los vivos, llegó a Corea en las mochilas de los soldados norteamericanos, entre los chocolates Milky Way, los discos de vinilo y las municiones de alto calibre. Tras la Segunda Guerra Mundial y la división del territorio en dos, el ejército estadounidense asentó su base más importante en el barrio de Yongsan, en el corazón de la capital. Este alojaba a unos veinticinco mil militares y sus familias hasta hace cuatro años, cuando la base fue trasladada varios kilómetros al sur, algo más lejos del alcance de los misiles norcoreanos, en Pyeongtaek. Como esos soldados, los viajeros solemos cargar con antídotos contra la nostalgia: no falta por estos lares el compatriota que saca de su bolsa una botellita de salsa de habanero para aderezar los sushis, porque el wasabi sí pica. Así los obreros coreanos que hoy trabajan en la construcción de la refinería de Dos Bocas: comen arroz cultivado y empacado en su patria, fletado por barco. Ahora, esos boys tienen todo para divertirse sin salir de casa, pero antes se reventaban en Itaewon. Les quedaba lo suficientemente cerca para llegar a pie y volver a gatas después de la parranda, y lo suficientemente lejos para escapar a la vigilancia de sus sargentos. El patio de recreo de las tropas ha visto de todo desde los años cincuenta: restaurantes, bares, clubes, burdeles y hoteles de paso. Se dice que, al principio, los seulitas se asustaban ante la diversidad étnica de los soldados: anglos, afros y latinos. Después, que algunas jóvenes buscaban entre ellos a sus futuros esposos. Era cuando el país estaba sumido en la pobreza y la gente hurgaba en los basureros de la base para hacer una sopa con las sobras. Casarse con un extranjero equivalía a obtener un pasaporte y una vida mejor, aunque la familia tuviera que hacer de tripas corazón sobre la pureza de sangre de los nietos por venir. Así, Itaewon se constituyó como el barrio de los extranjeros y la tolerancia. Desde los primeros días de enero de 2020 cundió el rumor: un extraño virus mortal azotaba China. Más me tardé yo en escribirlo que el coronavirus en propagarse. De inmediato, se establecieron las primeras medidas sanitarias, contundentes. Con el tiempo, se volvieron incluso más estrictas: quedó prohibido bailar, gesticular en la silla o incluso hablar. Se volvió una práctica común denunciar a un vecino que recibiera en su casa a más de las cuatro personas permitidas. Las multas impuestas entonces equivalen a tres mil dólares, de los cuales dos mil son para el delator y mil para el gobierno. Se acabó el chuseok en familia, la celebración en honor a los ancestros en la época de las cosechas —se les brinda un altar con comida especial, frutas, flores y velas—. Se suspendió el baegiljanchi: cuando un bebé cumple cien días, se le corta el pelo por primera vez y se le desea larga vida; también su versión más moderna, el primer cumpleaños. Menguaron las bodas: a los novios urgidos se les dio dos horas para la ceremonia, siempre y cuando tuvieran menos de cincuenta invitados dispuestos a no interactuar. Para ello, los hoteles instalaron enormes pantallas en los salones, zoom al anillo de bodas o a los zapatos de raso, así ya nadie se acercaba a la pareja. Los funerales, donde habitualmente se sirve, dentro de la misma funeraria, un banquete para acompañar al alma del difunto en su viaje al Más Allá, se hicieron discretos. Los bares y clubes de Itaewon, antes saturados, codiciados por una clientela de entre veinte y treinta años que hacía cola en la banqueta para entrar, acumularon polvo detrás de sus vitrinas cerradas. Apagados los neones, se multiplicaron los anuncios de renta. No obstante, el hastío se cuela hasta en las mejores voluntades. Después de tantos meses de encierro y de silencio, de denuncia y de renuncia, la gente está dispuesta a desafiar a las autoridades, aun en un país tan obediente como este. La Agencia de Prevención y Control de Enfermedades de Corea parece haberse hecho a la idea de vivir con el virus y ha establecido nuevas normas a partir del primero de noviembre —la fecha no es casualidad—, tales como reservar las camas de los hospitales solo a los casos graves, permitir una reunión de hasta diez personas en un restaurante y el regreso de los niños a las aulas. Las autoridades no pudieron, a pesar de las campañas publicitarias, evitar la fiesta de Halloween. Por lo tanto, la limitaron: colocaron arcos desinfectantes y botellas de gel antibacterial en las calles más concurridas y obligaron a los establecimientos, donde solo podían acudir personas vacunadas, a cerrar a las diez de la noche. Días antes, circularon rumores entre los extranjeros —alrededor de dos millones en todo el país— de que serían deportados si no cumplían con las reglas. Según los datos, se reunieron 170 mil personas para entregarse al delirio. Hace mucho que en Corea Halloween dejó de ser una velada de fantasmas, calabazas y gatos negros para convertirse en un verdadero carnaval, la única fiesta colectiva del año donde se infringen las reglas que rigen la cotidianidad (y hay muchas). Un espacio transgresor donde todo es posible, o por lo menos, donde se crea la ilusión de los posibles, aunque sea hasta las diez de la noche. Paso por el arco desinfectante, voy de Catrina. Un flamingo de peluche rosa le da la mano a Winnie Pooh, se cruzan con varios médicos medievales especialistas en la peste negra, de caretas picudas como salidas de un cuadro de Brueghel. Kaonashi, sombra negra de máscara blanca, personaje de El viaje de Chihiro, abraza a Harry Potter; un diablo andrógino de pelo color zanahoria besa a un hombre de minifalda y tacones muy altos. Un grupo de princesas de Disney, mujeres, posa para la cámara. A unos metros, un grupo de princesas de Disney, hombres, también. Meseras sexis con medias de encaje, conejas de escotes pronunciados, fisicoculturistas en tangas fosforescentes, brujitas a medio camino de su transformación transgénero. En este espacio liminal no caben los atuendos grises de todos los días. Como en todo carnaval, los personajes encarnados evolucionan en función del momento, así, el disfraz más popular es el relacionado con la serie de Netflix más vista hoy en el mundo: Squid Game. Abundan los guardianes de overol rojo y máscara negra marcada por una figura geométrica, el maestro del juego de acero mate, los cerdos dorados y rosas, los jugadores de pants verdes y los puestos ambulantes de dalgona, golosina de caramelo con bicarbonato de sodio rescatada del olvido: forma de paraguas, yo paso. Mejor un corazón, será más fácil de lamer y de zafar sin romperlo.

Fiesta de Halloween en Itaewon, 2021. Cortesía de la autora Fiesta de Halloween en Itaewon, 2021. Cortesía de la autora

Caminamos apretujados sin rumbo fijo, sintiendo nuestro calor de humanos excitados por la fiesta añorada, liberados de pronto, como tetas sin sostén. Felices de estar vivos, de brincar, correr o gritar, conscientes de que muchos no tienen nuestra suerte. Caminamos sintiendo el roce de una piel desnuda, tatuada —aquí, por estar asociados a la mafia, los tatuajes son mal vistos y no se muestran—. Percibimos nuestro aliento a través de las mascarillas y el perfume de otros cuellos. Caminamos escuchando las voces de los demás y la cacofonía donde se entremezclan el pop, el K-pop y el tecno, deslumbrados por los disparos luminosos de los antros. Ebrios, al fin. De pronto, tres o cuatro cañonazos hacen temblar la tierra. Al escucharlos, todos nos estremecemos. Pienso que se trata de la policía intentando dispersar al gentío. El cielo revienta, hados y diablas se refugian bajo los toldos decorados con telas de araña, el agua resbala sobre las fachadas. Todos miramos nuestro celular, desconcertados: no aparece en la app de meteorología ni el más pequeño cúmulo. ¿Se las habrá arreglado el alcalde para enviar aviones y sembrar nubes? Suele hacerse cuando una temporada de sequía amenaza los sembradíos. Al menos, la lluvia limpia la cascada de orines que corre por las escaleras de la calle central, con sus latas de cerveza vacías a manera de barquitos. La tormenta se extingue tan rápido como empezó y el carnaval arranca de nuevo. Un hombre lobo en minifalda arrastra a una Caperucita Roja encadenada. Infinidad de “baby sharks” de peluche o de plástico inflable, otro bestseller coreano con más reproducciones en YouTube que el total de la población mundial. Los clásicos de estas fechas: la novia con el vestido ensangrentado, los cráneos atravesados por cuchillos y los zombis verdosos. Desfilan darketos con cuernos plateados y cadenas arrastrando por el suelo, guapos militares de mejillas heridas por navajazos de silicón, un capitán de la marina británica con bicornio y en patineta. Un conejo borracho choca contra los postes. Dos tigres, brasier de encaje y orejitas aterciopeladas, se restriegan contra su domador. Una mujer lleva un vestido negro largo abierto por los costados hasta el pecho. Algunos soplan con fuerza para ver si consiguen alzar la tela y confirmar sus sospechas de que no trae pantaleta. Un youtuber famoso, pelo entre rubio y azul, firma autógrafos. Me desvío hacía el vericueto de las calles de Usando. A una la apodan Hooker Hill. Concentra los bares transgénero donde la bebida se vende hasta tres veces más cara y las chicas se promueven en lencería detrás de un vidrio opaco o se asoman insinuantes detrás de una cortina de terciopelo rojo. La otra es Homo Hill, enfocada en la prostitución gay —la actividad es oficialmente ilegal, pero tolerada—, un islote de apenas doscientos metros de largo, enclavado en el barrio musulmán, cerca de la mezquita, donde abundan los restaurantes halal y las tiendas de túnicas, burkas y chadores. Pero todo está cerrado. Las queens, las reinas de la noche, no se quieren perder el Halloween. Se pusieron sus coronas de cristales y sus mejores pelucas, se fundieron en la masa compacta que sigue andando con sus miles de patas unos metros más abajo. Se sacan fotografías, se abrazan con emoción en su búsqueda por encarnar la feminidad.

Fiesta de Halloween en Itaewon, 2021. Cortesía de la autora Fiesta de Halloween en Itaewon, 2021. Cortesía de la autora

Una semana más tarde, todo abriría de nuevo: los bares transgénero Number One, Play y Grand Ole Opry, los gay EAT ME (all night long), King Club y Trunk. El Trance, pequeño club del tamaño de una sala, presentaría su primer show drag en mucho tiempo. Los habitués del lugar ofrecerían ramos de flores y billetes de varios dígitos a sus reinas preferidas para mostrarles cuánto las extrañaron y ellas, con falso pudor, se los guardarían en la tanga bordada de lentejuelas. Las parejas de hombres bailarían entrelazadas, aventarían sus camisetas contra las butacas plastificadas para mostrar sus pectorales y frotarse los pezones. Se fumaría a destajo sin necesidad de salir a la calle y la ropa se impregnaría de un olor a tabaco frío, como antaño. Dos chicas buscarían entrar a un bar y se les negaría el acceso, una besaría a la otra en la boca, “pero si somos lesbianas”, protestarían. Nada, ustedes son mujeres, sería la respuesta. Al no existir una ley contra la discriminación, los establecimientos deciden. Mientras tanto, en el irish pub donde me refugié una agente controla mi certificado de vacunación. Apenas tengo tiempo de terminarme una cerveza cuando suena el toque de queda. Diez en punto. Cientos de policías de chaleco fluorescente silban al unísono: ni las chicharras en el verano consiguieron tan coordinado estruendo. Los antros apagan las luces, los clientes salen en tinieblas sin revisar la cuenta. Silenciosos, cabizbajos. La fiesta se muere en una desbandada a punta de macanazos luminosos, pero al menos, este año, existió.

Imagen de portada: Fiesta de Halloween en Itaewon, 2021. Cortesía de la autora