Byung-Chul Han o el arte de hacerse famoso

Corea / crítica / Julio de 2022

Gabriel Leiva Rubio

Víctor es un estudiante de medicina, un muchacho ávido y curioso, obsesionado con los secretos más recónditos de la condición humana. Una suerte de “sabio juvenil” que quiere resolver uno de los principales enigmas ontológicos mediante una reduplicación. El resultado es bastante conocido: una criatura enorme, zurcida a partir de fragmentos y con un carácter insoportable. Quizás aquel famoso aforismo de Goya, tan llevado y traído, El sueño de la razón produce monstruos”, encuentre en esta parábola, finalmente, la horma de su zapato.

​ Pero lo interesante, lo verdaderamente excepcional y por desgracia poco conocido, es que Víctor, el padre de ese Prometeo moderno (subtítulo de la famosa novela de Mary Shelley), tiene un sobrino lejano, un pariente surcoreano con pasaporte alemán que a dos siglos de distancia ha repetido su experimento: Byung-Chul Han.

​ Si bien Víctor procuró ocultarle al mundo el recetario de su inventiva, el know how de su procedimiento, Han no solo parece haber dado con la fórmula en cuestión, sino que ha conseguido lo que Víctor siempre quiso y jamás pudo alcanzar con su experimento: fama, reconocimiento, popularidad.

​ Pero, ¿cómo se las ha arreglado Han para desbordar librerías, salas de conferencias, acaparar titulares?, ¿cómo se ha hecho famoso el Fran­kenstein filosófico y político de Han?

​ Una primera recomendación para arrancar la lectura de cualquier obra de Byung-Chul Han es saber que no hay ahí, metodológicamente hablando, principio o final alguno. No existe eso de “léete tal libro suyo que de ahí en adelante entenderás todo con mucha más claridad”, o aquel otro consejo de “a partir de tal idea puedes conectar las partes con el todo”. No. En la acaparadora obra de Han no hay nada de eso. Por el contrario, toda su producción intelectual parece estar guiada más por un ánimo apocalíptico de anunciaciones fatalistas que por un sistema lógico de relaciones de ideas. La palabra, como medio para comunicar y enunciar ideas con cierta claridad, es (re)emplazada en su obra por un discurso emotivo donde prima la cicatriz sobre la herida, el moretón sobre el golpe, el efecto sobre la causa.

​ A este pequeño inconveniente viene a sumársele el efecto visual de una ráfaga que simula su escritura, o una escritura que simula una ráfaga, no queda del todo claro. Lo cierto es que Han apuntilla sus excursiones filosóficas en libros muy breves, capítulos cortos, párrafos estrechos y oraciones diminutas y compactas. Este estilo minimalista y contundente a la vez recuerda a esos post-its de colores que, mal pegados, penden en los murales de algunas oficinas. Incluso, si uno pretendiese arriesgar una hipótesis vanguardista sobre el estilo, podría decirse que Han escribe como si estuviera publicando en Twitter o en Facebook. Sus párrafos son fugaces, contundentes, sensacionales y epidérmicos, ajustables y desajustables a partir de citas y referencias que el surcoreano usa a su antojo, siempre para afincar sus posiciones o para negar las de otros respecto al tema que discute. No obstante, y muy a pesar de la sencillez de sus oraciones, estas no carecen nunca de esa aura cuasi divina que tienen las conclusiones más definitivas. Un par de ejemplos al respecto pueden ser aclaratorios. En La agonía del Eros, uno de sus súper best-sellers, dice Han sin tapujo: “La crisis actual del arte, y también de la literatura, puede atribuirse a la crisis de la fantasía, a la desaparición del otro, es decir, a la agonía del Eros”. Otro ejemplo, tan al azar como el primero, reza:

La libertad del poder hacer genera incluso más coacciones que el disciplinario deber. El deber tiene un límite. El poder hacer, por el contrario, no tiene ninguno. Es por ello por lo que la coacción que proviene del poder hacer es ilimitada. Nos encontramos, por tanto, en una situación paradójica. La libertad es la contrafigura de la coacción. La libertad, que ha de ser lo contrario de la coacción, genera coacciones.

​ Sin entrar a discutir algunos detalles propios de la argumentación o de las distintas formas en que se apropia Han de los ríos de tinta que se han vertido sobre estas temáticas desde hace siglos, no puede obviarse cómo la espectacular enunciación de cada uno de estos fragmentos entusiasma enormemente. Y es que ante el definitivo torbellino escritural que Han deja escapar de su pluma es inevitable no sentir el golpe grave del mazazo sobre el púlpito o el estrado al llegar cada punto final… se haga justicia o no. Pero este tipo de fragmentos no son únicos, de hecho los hay mucho más ilustrativos, cientos, miles…

​ Otro aspecto digno de destacar de este filósofo superestrella es su productividad. De entre todos los filósofos contemporáneos vivos que se disputan la corona de ser el más productivo, el caso del surcoreano sobresale particularmente: un libro por año como mínimo. Stephen King tiene competencia. Ni el excéntrico de Žižek, ni el sabio de Sloterdijk, ni el joven y talentoso Markus Gabriel, ni el polifacético y prolijo Agamben o el gentleman de Harvard, Michael Sandel, han logrado acaparar cámaras y desbordar anaqueles de librerías de la forma impactante en que lo ha hecho Han. Su ritmo de escritura es abismal, como si de una máquina se tratara.

©Bruno Figueroa, *Seúl desde las alturas*, 2021. Cortesía del artista©Bruno Figueroa, Seúl desde las alturas, 2021. Cortesía del artista

​ Decía Wittgenstein que toda su producción intelectual giraba alrededor de una o dos ideas principales, lo demás era paja. De una forma más drástica se manejó Tomás de Aquino cuando, según cuenta la leyenda, fue sorprendido por un discípulo suyo arrojando toda su obra al fuego al constatar que toda ella era eso mismo, paja. Sin embargo, a Byung-Chul Han no le pasa, por ahora, nada de esto. De hecho, su obra puede verse como un gran mosaico de ideas particulares que se incrustan y amarran con fuerza al nervio vivo de los tiempos que corren. Ideas, eso sí, que tienen el sabor amargo de las conspiraciones más sórdidas. Lo mismo con la tesis de la transparencia como mecanismo de vigilancia y control de masas (en sustitución de aquellos panópticos de los que Foucault habló largo y tendido), que con la idea del cansancio no ya como síntoma de una falta de rendimiento o funcionalidad, sino como indicio de una aspiración al triunfo (creada por el sistema capitalista con su propia lógica), inclinada hacia una excesiva positividad que detona las capacidades humanas hasta el extremo. La archiconocida fórmula de la explotación del hombre por el hombre se trastoca aquí en una explotación del hombre por sí mismo cuando la depresión, el estrés y el agotamiento hacen mella en su cuerpo y en su mente. A las ideas de la transparencia y del cansancio se suman las de hipercomunicación, hiperculturalidad y dataismo, por solo mencionar algunas más. Pero la lista es larga y no parece que vaya a detenerse. Al menos por ahora.

​ Todos estos conceptos y etiquetas que transitan la obra de Han se expresan en temáticas con un swing tremendo para discutir y polemizar. Asuntos como el Internet, la cultura pop, el poder, la religión, la violencia o los medios de comunicación tienen muchísima tela por donde cortar. Y eso hace Han, cortar, cortar, cortar… y sí, por qué no, también pegar y pegar. Y no es que resulte esto una irresponsabilidad o deshonestidad intelectual del filósofo, sino que su acelerado ritmo escritural y procesual a veces le causa traspiés de este tipo. Además, la lista de autores con los que dialoga es tan larga y abarcadora que resulta completamente normal que se confunda en el mar de conceptos y definiciones en las que navega. Permítanme mencionar unos cuantos (en un orden completamente caótico) de sus interlocutores para convencerlos de que necesariamente nos vemos impelidos a excusar sus deslices de buena manera: Platón, Badiou, Gadamer, Bataille, Derrida, Rosen­kranz, Kant, Hegel, Nietzsche, Hölderlin, Schmitt, Agamben, Foucault, ¡mucho Heidegger!, Baudrillard, Benjamin, Adorno, Lacan, Merleau-Ponty, Arendt, Blanchot, el Premio Nobel de literatura Peter Handke, Roland Barthes, Rilke, Edmund Burke, y Chris Anderson, el jefe de redacción de la revista Wired.

​ Pero además, como buen filósofo, Han se sabe por encima de su época. De ahí que explicar el proceso de cosificación instrumental de lo real a partir de las herramientas que usa Mickey Mouse en la última temporada de su serie animada no sea una burla desfachatada a nuestra inteligencia, sino la constatación manifiesta de que el autor es capaz de tomarle el pulso a lo real desde cualquier lugar y desde cualquier tiempo.

​ Pero amén de cualquier consideración envidiosa, irónica o sarcástica, hay que aceptar algo: Byung-Chul Han ha hecho mediática la filosofía planteando una filosofía antimediática. Su nombre arroja casi cuatro millones de resultados en Google mientras pontifica contra Internet y las redes sociales; detesta la sumisión a la hegemonía de los medios y las plataformas digitales, aunque justamente eso haya ayudado a su fama; espeta conclusión tras conclusión y de él no llegamos a tener conclusión alguna, pero no podemos dejar de leerle.

​ Entonces habría que decirle a Víctor, quien escondió su fórmula previendo que nadie incurriera en su mismo error, que Han no solo la ha encontrado y reformado, sino que dio vida a un “monstruo” que el mundo entero admira y que no se detiene a dudar de su humanidad. ¡El experimento, finalmente, ha sido un éxito!

Herder, Barcelona, 2017.Traducción de Arantzazu Saratxaga Arregi y Alberto CiriaHerder, Barcelona, 2017. Traducción de Arantzazu Saratxaga Arregi y Alberto Ciria

Taurus, Madrid, 2021. Traducción de Joaquín Chamorro MielkeTaurus, Madrid, 2021. Traducción de Joaquín Chamorro Mielke

Herder, Barcelona, 2018. Traducción de Raúl Gabás y Antoni Martínez RiuHerder, Barcelona, 2018. Traducción de Raúl Gabás y Antoni Martínez Riu

Imagen de portada: ©Bruno Figueroa, Seúl desde las alturas, 2021. Cortesía del artista