Luz del sol
¿Qué hacer?
Deja que trague la saliva
y la desdicha.
A esta diminuta celda, que da al norte,
llega un ilustre visitante.
No es el guardia haciendo su ronda,
sino la luz del sol que permanece un instante antes de caer la tarde.
Entra un destello de sol, minúsculo como una papeleta doblada una y otra vez.
Es como el primer amor que enloquece.
Acerco la palma de la mano allí donde se posa
y dejo que acaricie los tímidos dedos de mi pie desnudo.
Entonces, me arrodillo y,
cuando sin devoción alguna, le ofrezco un rostro seco y agrietado,
ese pequeño retazo de luz se desliza hasta desvanecerse.
Una vez que el visitante se aleja tras las rejas
la habitación se vuelve todavía más fría y sombría.
Esta celda de aislamiento de la prisión militar es una cámara oscura.
En tinieblas, me reí como un bobo.
Un día era un ataúd con un cadáver dentro
y otro, el mar en su totalidad.
¡Qué maravilla! Aquí unos pocos sobrevivieron.
Vivir es un mar sin una sola vela en el horizonte.
Ko Un escribió este poema, que apareció en Homeland Stars (1984), después de estar encarcelado por cuarta vez, en mayo de 1980; el dictador Chun Doo-hwan lo acusó de traición e instigación a la rebelión. Al día siguiente, estalló el Levantamiento de Gwangju, en el que se estima que el Estado asesinó entre mil y dos mil personas. Se reproduce con permiso del autor.
Imagen de portada: Arturo Córdova Tovar, Luminosidad, 1977. © Archivo General de la Nación, Fondo Arturo Córdova Tovar. El último día en el Palacio de Lecumberri.