El poco mundo

(notas sobre el insomnio)

La noche / dossier / Junio de 2021

Guillermo Fadanelli

Como si durmiera sobre un aforismo cómodo y modesto, prefiero mantenerme alejado de los ostentosos lechos de las obras de largo aliento. El aforismo es la conciencia del insomnio; la novela, en cambio, lo es del sueño profundo y explorador de realidades imaginarias. “Me voy quedando sin necesidades”, escribió de un trazo el poeta argentino Franz Moreno, y en ese gesto breve y profundo, su aforismo describió mi inclinación por las ausencias. No extraño las visitas del sueño porque he aprendido a vivir como un cadáver insomne. Las necesidades se marchan y dormir plácidamente es una de ellas. No puedo aspirar a dormir más allá de unas pocas horas porque después de mantenerme en pie y respirando más de lo que indica el mínimo decoro, el insomnio representa otra forma de vivir, una especie de confort maldito y una pedrada a los buenos hábitos. Si para descansar es necesario renunciar a los placeres, al desorden, a los accidentes nocturnos e implantar la tiranía de los buenos hábitos, entonces prefiero sufrir un agotamiento que no sea demasiado doloroso: el insomnio más que agotamiento es travesía dolorosa. Si la enfermedad es el lado nocturno de la vida, como escribió Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas, el insomnio es un mal que debe tomarse con resignación y sin mayores escándalos: se prepara uno para habitar una gravedad distinta e imponer al horizonte un ocaso constante. Relacionar o hilar la noche, el placer y la enfermedad es un gesto romántico, pero me resulta imposible evitarlo; tal vez el insomnio suplante la puesta en escena del oriente eterno al que aspiraban poetas románticos como Friedrich Schlegel o Novalis, a quien las ataduras de la luz no le permitían liberarse del miedo a la noche y le impedían ver en la oscuridad la claridad del amor que lo llamaba a su lado. Si uno cree, honradamente, que la vida no es lo más valioso que podemos perder, entonces el sueño tampoco lo es, y el insomnio del alma se instala como una sonámbula melancolía en el ánimo romántico.

Paul Gauguin, _Eva (La pesadilla)_, 1899-1900. The J. Paul Getty Museum Paul Gauguin, Eva (La pesadilla), 1899-1900. The J. Paul Getty Museum

Quisiera decir, justo ahora, que mi insomnio carece de la vitalidad del romanticismo y se ancla en el lodo de una vida corriente. Pese a ello voy a la cama en algún momento de la noche o del día, mas no esperando dormir, sino sólo con el propósito de practicar la posición horizontal: la única postura que me hace soportar a mis semejantes bípedos, quienes apenas despiertan brincan de la cama para continuar haciendo del mundo algo cada vez menos habitable: un poco mundo. Mientras duermen se fortalecen, como verdaderos monstruos o engendros de la imaginación más temerosa, para luego despertar y clavarle a sus vecinos la dentadura renovada, el ánimo que incendia y trastorna la apacible vida de los otros. Es a raíz de ello que no me causan envidia alguna quienes duermen a pierna suelta, sumidos en el paraíso de la restauración y el sosiego. Al contrario, temo que su renovación vital se transforme de pronto en un tren desbocado, peligroso, empujado por la ciega producción, la construcción imprudente y el deseo de un éxito cada vez más depredador y poco sensato. Me es imposible no recordar que, durante mi infancia, mi madre se veía obligada a despertar antes que sus hijos y preparar la estrategia para guiar o controlar a los vástagos carnívoros. Es una imagen aterradora, puesto que no sólo interrumpíamos sus sueños, sino que encarnábamos en unas pequeñas bestias desatadas, ansiosas por vivir a pesar de que ni siquiera poseíamos un incipiente esbozo de lo que sería el futuro. ¿Cómo se atrevieron a darnos un nombre a partir del nacimiento? No lo merecíamos, éramos cosas insufladas de una vida carente de sosiego, implacables a la hora de abrir las puertas de nuestro movimiento: habíamos descansado, dormido más de ocho horas, y una vez los ojos abiertos nos hallábamos dispuestos a cobrar cara nuestra holganza. Luis Buñuel tenía razón al describir en sus memorias que la juventud termina cuando colocas tu cabeza en la almohada y ya no puedes conciliar el sueño. Hemos entrado así en un mundo desconocido, alucinante, extraño: la región de la madurez que incluso debe esforzarse para dormir cómodamente y que, en sus estados más inhóspitos, debe implorar y rogar por unas cuantas horas de sueño, acudir a los somníferos, a las prácticas amansadoras más ridículas, como la preferida de un amigo enólogo que una vez en la cama se dedica a enumerar los vinos de alguna región del continente, a recordar su sabor y sus olores, hasta terminar dormido, embriagado y abotagado por su propio saber. Lo más aterrador, pero también didáctico, del insomnio, según mi experiencia, es que te muestra del modo más sencillo posible que la eternidad debe ser insoportable y que vivir por siempre sólo tiene sentido en el seno de una pesadilla. La muerte es una pausa necesaria en toda vida que se conciba como un mero accidente al cual le damos forma, función y destino. Acompañando a esa virtud, la otra cara del insomnio es la acumulación de preocupaciones: un ejército de diminutas espinas te acosa mientras el sueño está de viaje. Las obsesiones toman un peso y grosor impensables y comienzas a recordar estrictamente aquello que no debías, eso que te torna más miserable y menos indulgente. Durante el insomnio y sin haber sido invitadas llegan a mi conciencia las visitas más deleznables: recuerdo ofensas que me habían pasado inadvertidas, personajes secundarios que se aprovechan de mi estado en vela para impulsarse a un primer plano y carcomer mi escasa tranquilidad. ¿Existe un remedio para ello? No lo creo, las pastillas que inducen al sueño me hunden en escenarios a donde no pertenezco: o me ofrecen una felicidad inmerecida, o me sepultan en un desconcierto perturbador. La única salida a este laberinto de indomable locura es la resignación, el ensueño, la espera en una sala psiquiátrica anhelando el llamado de un médico que no existe. “Hay que ser dichosos. Nos debemos esto, aunque sea sólo por orgullo”, en esta breve aseveración de Remy de Gourmont encuentro un remedio eficaz para no preocuparse por el insomnio más de lo necesario. Si le dedicas demasiada atención lo fortaleces y entonces se vuelve la causa de sí mismo: un dios mezquino y bien alimentado. No quisiera tampoco considerarlo la extensión de la noche, ya que no hago marchar la noche a un costado del sueño; al contrario, si existe una actividad que me torne un tanto dichoso es la de hacer oscura la luz matinal, despilfarrar el día, reírme tanto en las tardes como en la madrugada. En mi vieja edición de Grolier, leo que Aristóteles le concedía al sueño una necesaria función restauradora y, afectado por un dejo literario, citaba un proverbio que dice: “Los felices no son mejores que los desgraciados durante la mitad de su vida”; y continuaba: “esto acontece con bastante naturalidad, puesto que el sueño es inactividad del alma”. Para el estagirita los seres humanos que no tenemos hijos, o que somos feos, o que no poseemos la capacidad del sueño, difícilmente seremos felices. Tampoco pueden serlo los niños, quienes sólo son impulso irreflexivo y energía dispersa. Aun así, creo que los insomnes, por orgullo, podemos albergar el ridículo sueño de la felicidad durante algunos momentos no mensurables, sino sólo experimentados en la soledad inconsolable de nuestras pasiones. Por otra parte, el ruido que atormenta a la Ciudad de México no permite ni la templanza ni el descanso, y hay que vivir despiertos dentro de la garganta de un perro. Desde ese ladrido colosal y constante uno intenta ser feliz, y el insomnio ayuda a que los gritos y sonidos de los bípedos urbanos se transformen en alaridos espectrales, lejanos, más allá de toda conciencia alerta y sensible.

Birger Carlstedt, _Mardröm_, 1945 Birger Carlstedt, Mardröm, 1945

Poco después de cumplir cuarenta años escribí una novela que intentaba describir mi horror al sueño. Cada vez que el insomnio era vencido una iguana se aproximaba a mis labios para morderlos e irlos corroyendo o minando. Conforme el sueño se hacía más profundo, este animal buscaba adentrarse en otros órganos hasta que algún día lograba devorarme por completo. Dentro de mi relato, aquella iguana representaba la ciudad asediada por su propio ruido demoledor. Auxiliado por una imagen semejante el insomnio se trocaba en una bendición y una buena manera de habitar la circunstancia insoportable: la inevitable sospecha de estar rodeado de enemigos. El insomnio se aproximaba a ser la única droga que te permitía convivir con los monstruos que tus contemporáneos habían creado y alimentado para después, una vez aligerados de su correa, permitirles vagar en las calles de una ciudad que desconocía el silencio. En su Breviario del caos, Albert Caraco acusa a varios seres humanos de organizar metódicamente el infierno en las ciudades que edifican; y con el fin de mantener a la mayoría sumida en la barbarie organizan espectáculos aberrantes que disuelven su entendimiento. Caraco se suicidó en 1971, un día después de la muerte de su padre, tal como lo había planeado. Así terminó con el mal sueño de vivir y de habitar un sufrimiento quizás sólo comprensible a partir de la escritura de su libro ahora citado. El insomnio, en el caso de otros escritores, hace del suicidio una extravagancia porque de alguna manera te lleva a establecerte en otra región del espíritu o de la conciencia. Se trata de una experiencia inclemente; y pobre del escritor que no haga de ella un relato para así lograr sobrevivirla o convivir a su lado. A principios de este siglo viajé a Tijuana con el objetivo de presentar algún libro y, como era de esperarse de alguien como yo, me adentré en la noche y sus honduras. Olvidé que debía descansar y que el sueño era lo más propicio en aquella ciudad que no conocía los placeres que ofrece la luz solar. Después de peregrinar durante más de cincuenta horas me metí en un motel en la periferia, encendí el televisor, me despojé de los zapatos y recostado en un modesto camastro divagué despierto durante dos días más. Tal es una experiencia que no he podido relatar con cierta profundidad o decoro, no exactamente la experiencia, sino su mito. Estaba solo en la habitación, boca arriba, y de vez en cuando escuchaba los gritos de un huésped o el motor exagerado de un automóvil. ¿Qué sucedió durante aquellas noches en las que estuve muy próximo a conocer la eternidad? No tengo la menor idea; recuerdo también sonidos furtivos y el susurro proveniente de la pantalla que carecían de realidad. No considero precisamente una casualidad que este pasaje me haya sucedido en Tijuana, una ciudad fronteriza que separa el sueño de la vigilia, metáfora territorial y onírica. Comparado con aquella experiencia todo lo que pueda yo escribir sobre el insomnio no es más que el deseo de un sueño que se quiere escritura y libertad: una utopía. Si el insomne no puede escribir en su vigilia forzosa entonces su experiencia es intransmisible. Si uno lee, aliado de cierta minucia, La metamorfosis de Franz Kafka, se encontrará con que Gregorio Samsa pondera bien el sueño y le parece necesario para vivir. Si un personaje despierta convertido en un asqueroso bicho y aun así desea el sueño es que la realidad merece una ruptura, una fisura, un mínimo exilio. Es natural suponer que si Kafka deseaba ese necesario exilio es porque sabía que de cualquier forma despertaría convertido en un ser humano, es decir en un bicho provisto de conciencia. Tal es el tema kafkiano por excelencia y todas las obras del famélico escritor apuntan en esa dirección. “Sé que hay más mundos que este poco mundo”, reza un poema de Fernando Pessoa. Yo creo que mientras no poblemos esos otros mundos habrá que hacerse amigos de la resignación. Yo sólo descanso cuando escribo, a veces me siento ágil y propenso a emprender empresas de cualquier clase, en otras ocasiones camino despacio, distraído y sonrío si encuentro la palabra que se ocultaba a mi mirada. Jamás he escrito insomne puesto que algo así, en mi caso, es imposible y contradictorio. El escritor obtiene provecho de la enfermedad y de su mirada parcial del mundo que le atañe. Me bastan dos o tres horas sumido en un sueño titubeante para descansar y escribir varias páginas durante un día. Estoy conforme, temo a la pausa trascendental y a la vez espero su presencia. Mientras tanto “me voy quedando sin necesidades”.

Imagen de portada: Las consecuencias del sueño (detalle), imagen publicada por Ezra Bisbee, 1833. Library of Congress