Rebeldía y desilusión. Tres relatos latinoamericanos

Desierto / crítica / Mayo de 2022

Eduardo Vázquez Martín

para Blanche Petrich, María Cortina y Antonio Turok


Los años de la pandemia vieron nacer tres libros que bien pueden ser leídos como un síntoma de nuestros tiempos. Sobre la mesa los saldos de la revolución cubana, la guerrilla colombiana y la revolución sandinista. Se trata de tres narraciones autónomas, obviamente no concertadas, que sin embargo coinciden en el momento de su aparición y registran realidades interconectadas, pues sus vasos comunicantes son muchos y el gran panorama que dibujan en conjunto nos interpela profundamente a todos los latinoamericanos, pero muy especialmente a aquellos que, como los propios autores y los personajes que representan, hemos estado vinculados, de una u otra manera, a la acción política de las izquierdas.
Si en El hombre que amaba a los perros (2009) Leonardo Padura se concentra en la vida de Ramón Mercader, el asesino de León Trotski, como intersección trágica donde convergen la revolución soviética, la Guerra Civil española, el México de Lázaro Cárdenas y la Cuba de Fidel Castro, en Como polvo en el viento (2020) el autor describe los lazos que una comunidad de jóvenes en su tránsito a la madurez crea en una isla con el propósito de, a partir del triunfo revolucionario, catapultar a toda una generación del continente (e incluso del mundo) hacia una transformación social que la liberaría definitivamente de sus lastres neocoloniales y de la égida del imperialismo. Una isla que se plantea, además, la emancipación colectiva de la explotación capitalista y la construcción de la igualdad social, pero que al paso de las décadas se convierte en un mundo aislado y melancólico, al margen del tiempo global, donde el lenguaje político se petrifica como los rezos de una feligresía que ha intercambiado la fe por la costumbre. El escritor cubano envuelve a sus personajes en el afecto que proporciona una vida compartida, donde la revolución de los padres es asumida como un legado épico, una idea bella y valiosa, vivida sin embargo en el devenir cotidiano como una pausa interminable, como una impostura grotesca o un laberinto asfixiante cuya única salida es a menudo el exilio. Mientras en El hombre que amaba a los perros Padura revive los mares tempestuosos del estalinismo y la Guerra Fría para explicar el naufragio de aquella generación de militantes estalinistas —“si no es del mar de qué vamos a hablar los náufragos”, expresa uno de sus protagonistas—, en su reciente entrega el cubano intenta indagar en las motivaciones de la migración cubana:

¿Por qué todas aquellas personas, que habían vivido de modo natural en una cercanía afectiva, aferrados a su mundo y pertenencia, empeñados durante años en una superación personal y profesional a la que en su país habían tenido acceso, decidían luego continuar sus vidas en un exilio en el cual […] nunca volverían a ser lo que habían sido y nunca llegarían a ser otra cosa que trasplantados con muchas de sus raíces expuestas? ¿O llegarían a ser otra cosa, cualquier otra cosa que no fuera extranjeros, refugiados, irregulares, exiliados, apátridas?

Por su parte, en Volver la vista atrás (2020) Juan Gabriel Vásquez realiza una inmersión en la biografía de un hombre que desde la adolescencia se ve involucrado por su padre —refugiado español, ligado al anarquismo ibérico— en la llamada “revolución cultural” china del país que acoge a su familia con la intención de crear estructuras paralelas a los partidos comunistas prosoviéticos, y con el propósito de conducir a Latinoamérica a una revolución de corte maoísta. La novela narra la formación política y militar que reciben Sergio Cabrera y su hermana, a quienes sus padres dejan en China desde niños bajo la tutela del Partido Comunista para incorporarse a la lucha clandestina, así como su reinserción en Colombia como guerrilleros del Ejército Popular de Liberación (EPL) y el divorcio que deberán enfrentar entre la guerrilla y la realidad colombiana, el dogmatismo ideológico y la violencia que produce, hasta el rompimiento de la familia Cabrera con la guerrilla y la vida que vendrá luego. En esta novela, su autor asume la perspectiva de un Sergio Cabrera que sobrevivió a todo ello y que más adelante optó por el cine y el lenguaje audiovisual como forma de expresión —como se ve en las películas La estrategia del caracol (1993), Golpe de estadio (1998) o la serie de televisión Cuéntame cómo pasó—; un exguerrillero que apostó también por las negociaciones de paz en su país y que desde el presente observa su pasado, consciente de que el saldo no fue la liberación del ser humano, sino la muerte y el dolor de muchos.
En el centro ideológico de esta historia se halla la utopía/distopía de la “revolución cultural”, ese movimiento estudiantil y juvenil impulsado por Mao y su esposa, que frente al gran fracaso económico y la hambruna que desataron las políticas económicas, pretendió acabar de raíz con “los cuatro viejos: viejas costumbres, vieja cultura, viejos hábitos, viejas ideas”. Para ello, quienes encabezaban dicho proceso dirigieron sus armas contra el arte y la cultura —“bastiones de la ética burguesa”—, por lo que consideraron necesario “desterrar a las autoridades académicas de la reacción y defendernos a muerte de los antiguos modelos intelectuales”. Aquella trágica revolución encabezada por Jiang Qing, la cuarta esposa de Mao, sería finalmente rechazada por los comunistas chinos, pero su repercusión no solo fue perceptible ahí sino en otros rincones del mundo, como la Camboya de Pol Pot, el Perú de Sendero Luminoso, la Colombia del EPL y las FARC, e incluso tuvo manifestaciones políticas entre la izquierda mexicana, menos virulentas que en otros países, pero cuyas reminiscencias pueden aún observarse.
Por último, me refiero a la novela de Sergio Ramírez, quizá la más amarga y por eso mismo la que opta por un sentido del humor ácido y lacónico. Su autor formó parte del sandinismo que derrocó al dictador Anastasio Somoza y llevó al poder, por la vía del Frente Sandinista de Liberación Nacional, a un Daniel Ortega que junto a su cónyuge Rosario Murillo han impuesto una dictadura que nada tiene que envidiar a la que ayudó a derrocar, y no duda en reprimir, encarcelar y asesinar a quienes disienten, incluidos sus viejos compañeros de armas. En Tongolele no sabe bailar (2021) podemos ver la evolución de quienes fueron seductores jóvenes rebeldes de finales de los setenta convertidos en criminales de Estado del siglo XXI. Su humor quiere ser un remedio contra la amargura, pero entre líneas quedan preguntas que tengo la impresión de que atormentan al autor y nos alcanzan a sus lectores: ¿ese Daniel Ortega y ese Edén Pastora son seres humanos que cambiaron o fueron siempre los mismos, iguales a lo que ahora son? Y si la respuesta es la segunda opción, ¿por qué les dimos el poder que tienen?, ¿por qué no atendimos las críticas que desde un principio se dirigían contra ellos e incluso estigmatizamos a quienes las hacían?
Frente a estas novelas no faltará quien piense, como lo hiciera Jean-Paul Sartre ante las críticas de Albert Camus a la URSS durante la primera mitad del siglo XX, que sus planteamientos y argumentos sirven a las derechas y a los enemigos de los pueblos. Habrá también quien, siguiendo el pensamiento del autor de La peste —de obligada lectura el día de hoy—, las reivindique como referentes de un pensamiento rebelde ante toda forma de servidumbre. De una manera u otra la izquierda y el mundo cultural e intelectual que la ha acompañado han debatido siempre entre la negación y el reconocimiento, la censura y la autocrítica, la unanimidad y el disenso. Porque por más que se eluda el debate, las realidades están aquí, frente a nosotros, en un tiempo en que nuevas formas de violencia se multiplican y normalizan la extrema crueldad como ejercicio puro y desnudo del poder, así sea desde las esferas del Estado, la economía o el crimen. Si estas novelas son un síntoma de nuestro tiempo quiero pensar que se debe a que manifiestan, a través de la desilusión descarnada que exponen, la necesidad de concebir nuevos proyectos capaces de oponerse a la violencia, la injusticia y la desigualdad. Quizá por eso sean tan pertinentes, porque el ejercicio intelectual y literario que implican nos convoca a un pensamiento lúcido y activo, que no se piensa ni desde la derrota ni desde la reacción, capaz por lo tanto de contribuir no solo al registro y la documentación de los personajes y las circunstancias a las que hacen referencia, sino a una reflexión más amplia sobre la condición humana y la naturaleza de nuestra vida pública. Estas narraciones son manifestaciones de la desilusión porque los personajes que se narran y la propia perspectiva de sus autores tienen como punto de partida distintas formas de la ilusión y el compromiso político; hay desengaño, sí, pero también empatía y comprensión de los dramas personales e históricos que se exponen, por lo que pienso que probablemente sea ahí, en la conciencia crítica, donde se encuentra una cierta dosis, esencial y meditada, de esperanza.

Tusquets, Barcelona, 2020 / Alfaguara, Madrid, 2021 / Alfaguara, Madrid, 2021 Tusquets, Barcelona, 2020 / Alfaguara, Madrid, 2021 / Alfaguara, Madrid, 2021

Imagen de portada: Fotograma de la película Golpe de estadio de Sergio Cabrera, 1998