Una ola de cálido silencio
Leer pdfUn retrato del teniente Héctor Rodríguez Díaz cuelga en el estudio de mi padre. En la fotografía, mi abuelo (del que no tengo memoria alguna) aparece uniformado en un encuadre a medio torso. Entonces, el dolor de mi abuelo aún está en ciernes: creo entrever una suerte de hartazgo en su rostro, como si estuviera a punto de perforar la imagen. No es raro verlo en uniforme; lo que sí es extraño es asomarme a la juventud del Teniente: un niño con la corbata tirante y la placa ligeramente ladeada a la derecha. Pienso, por un momento, que ese muchacho desalineado no es mi abuelo, el que yo conocía en palabras: hay, en su juventud y en su hastío, algo que me recuerda a los míos. En su rostro he visto otros tantos. En esos ojos, repartidos por sabe cuántos hombres de mi tierra, debió haberse inventado un sistema solar. Miro las grietas en la piel del teniente Rodríguez. Miro el reflejo de la cámara en la visera del quepí, y un retrato de mi abuelo cuelga en la pared de mi memoria.
Centro de cuatro bocacalles como abiertas puertas de horno: Jordán; como siempre, es un recuerdo lo que me trae de regreso a la ficción. Paso las páginas de Donde el gimnasta (1999), la última colección de relatos publicada por Jesús Gardea (1939-2000); doy vuelta hasta llegar a la página veintinueve, donde aparece el que busco. En el relato, Jordán, un incipiente oficial de tránsito comisionado a marcar el alto en un crucero de cuatro calles, mira de lejos a los amigos que vienen a verlo en su primer día de trabajo. No hace falta pasar de esas primeras líneas para encontrarse con el asfixiante ambiente de un pueblo árido, apabullado por el día más caluroso del verano (Los ojos de los amigos, por el fuego de la calle, son como ascuas en la sombra). Jordán marcha bajo el acecho de un sol macabro que amenaza con partirlo en dos. Mientras tanto, sentados al filo de la banqueta, sus amigos lo observan, acompañados de una enorme garrafa de agua cuyos destellos juegan con los de la placa en el quepí de Jordán. Nacido en Delicias, una pequeña ciudad a una hora de la capital de Chihuahua, Jesús Gardea combinaba la escritura con su ejercicio como dentista en Ciudad Juárez; contrario a lo que pueda creerse, fue bien leído y reseñado en su época, aun cuando prefirió mantenerse alejado de las capitales culturales del país. No soportaba los encuentros de escritores: les llamaba una quema de incienso colectiva. Todas las veces que le fue posible, repudió la etiqueta de escritor del desierto. “¿Qué es eso de novela del desierto?”, espetó alguna vez en mitad de una mesa panel. “Yo no entiendo eso de novela del desierto, en primer lugar porque eso me importa un cuerno; y, en segundo, porque no todo puede ser novela del desierto […]. Parece que esta otra visión nos la dan los críticos del centro de México. Ustedes la llaman novela del desierto porque viven entre puros edificios y pavimento.”1 Con todo, Gardea se planteó la posibilidad de narrar historias que sucedían lejos de la mancha urbana y que, por otro lado, tampoco buscaban replicar el realismo mágico de Rulfo. Escribió lejos de todo centro; sus atmósferas, tan desprovistas de esperanza, suelen tomar al paisaje como un pretexto para narrar la desolación humana. Más allá de fabular sobre el desierto (en el que, como bien dice, nunca vivió), Gardea logra que sea el entorno el que atraviese a sus personajes, y no al revés. Es cierto que no imaginamos lo que pesa el sol de esta tierra hasta que venimos a ella; hasta que llegamos y sentimos que la piel se agrieta y el cansancio pega más fuerte a ciertas horas. Por más que Gardea rechazara aquella taxonomía, es indiscutible que el sol que más le gusta retratar es despiadado e indolente (el pañuelo despide sombras de color que luego, en llamas, se desploman). Y vaya que lo hace con soltura: no arranca de tajo las voluntades de sus personajes, sino que las va moldeando hasta hacerlas caer. Es barroco incluso cuando se permite describir el paisaje que lo rodea, demasiado espeso como para separarlo de unx mismx. Cuando Gardea viene a describirnos el calor, presenciamos también la fundación de un sistema solar. ¿Es que este espacio, poblado de vacíos, condiciona tanto la lengua de quienes lo habitamos? ¿Nos será posible aprender una nueva, aunque venga atravesada por la lumbre? Encomendado a marchar de lado a lado por el mismo cruce, fatigado por la sempiterna presencia del calor, Jordán pareciera de repente que va a derrumbarse, aunque nunca termina de hacerlo. Todo en él es un caer y un caer, pero también todo en Jordán es un arder y un arder (estira el cuello Jordán para limpiarse el sudor arriba del nudo de la corbata: el pañuelo convertido ya en esponja). Pasará poco tiempo para que tome conciencia de su condición finita y la luz del sol refleje la magnitud de su vacío. En la historia, Jordán sigue marchando un buen rato, ya casi al borde de la insolación. Y aunque sus amigos le insisten en que tome de la garrafa, no basta el agua para colmar su carencia.
Sovereign Citizen, 2026.
Un retrato del cadete Héctor Rodríguez Sánchez cuelga en una de las paredes de mi cuarto. En ella, mi padre (lo que queda de su fantasma) aparece uniformado en un encuadre a medio torso. No sintió suyo el nombramiento hasta que le pusieron el quepí en la cabeza, como lo habían hecho con su padre, y se vio al espejo: vio cómo refulgía la insignia (arden como espejos la placa, la visera). Lo hizo para joder a su padre, dijo: darle donde más le dolía. Así que fue y se matriculó en la Academia de Policía y, aunque cargaba a cuestas la cruz del nombre, decidió inmolarse y hacerse a su imagen y semejanza (sus sombras, gritando, volarían por el mundo hasta perderse). Héctor Rodríguez Sánchez tenía dieciocho años cuando llegó a la Ciudad de México y se puso el viejo uniforme de su padre. Si unx mira fijamente los retratos de padre e hijo, notará que en realidad no se parecen tanto como podría pensarse; tal vez coinciden sólo en ese rictus aprendido en la escuela militar. Nacidos para doblarse sobre sí mismos; si hacemos el ejercicio de superponer la imagen de uno sobre la del otro, veremos que lo único que comparten es la extraña inclinación del quepí: ligeramente ladeado a la izquierda, en un ángulo que parecen haber ensayado el uno frente al otro.
Es innegable que existe en Gardea una pulsión para perforar la imagen y desanclarla de su lugar común. Su hijo Iván ha llamado a esta forma tan peculiar de narrar “la escuela de la mirada”. Influida por las artes plásticas, la prosa de Gardea se mueve en direcciones que podríamos describir, cuando menos, como inesperadas; sus maniobras con el lenguaje abrevan de la poesía pura de Valéry y del neobarroco de Paradiso, entre seguramente muchas otras obras literarias. La suya es una prosa erudita, oscura, difícil de penetrar; al mismo tiempo, Gardea se las arregló para representar la oralidad de los pueblos de México sin necesidad de fetichizarla (como aherrojado por los pies al suelo, Jordán, que quisiera acercarse a sus amigos, desespera). ¿Es que se puede hablar del calor de tantas formas distintas? La suya es una narrativa comprometida, sí, pero lo es tanto con su acontecer como con su paisaje. Sigo leyendo. Debajo de ese inquietante sol de agosto, Jordán insiste en mirar de nuevo a sus amigos. Incluso les juega un par de bromas para matar el tiempo, y es ahí donde los hilos de la ficción se tensan: al mirar de nuevo la garrafa (semilla gorda de vidrio, a la vista el garrafón), el novato agente de tránsito recibe de vuelta el brillo de su placa, que lo ciega y hace que su cabeza parezca a punto de incendiarse (los amigos, a veces creen ver que la ropa de Jordán, como un pabilo, humea). Sigue marchando, Jordán, por más que el calor lo obligue a secarse el sudor una y otra vez. Al notar que está al borde de un golpe de calor (creen que nada tardará en caer fulminado como árbol seco), los amigos le suplican que dé un trago del garrafón de agua. No hay vacío más grande que la falta de un propósito, y Jordán, que ha marchado todo el día bajo ese testarudo sol, les ruega que lo liberen de esa tortura. Que rompan con ese silencio y le traigan un coche para que pueda marcarle el alto.
La vida o la ficción. Pienso en aquella escena en “El primer día” donde Jordán se pone el pañuelo en la cara mientras sigue marchando, y esos segundos en que lo lleva al rostro son eternos para sus amigos, que temen que, con ese calor, pueda pasarle algo. Siento ahora que su asfixia se parece en algo a la de mi abuelo y que es también la de mi padre. En algún momento, también yo juego a ser Jordán y a ser mi padre y mi abuelo: arden entonces nuestras placas, arden las insignias y los uniformes. Quiero creer que es culpa de crecer en esta tierra, demasiado oblicua como para contenernos. Si soy lo suficientemente cuidadosa, puedo sobreponer la imagen de mi padre con la de mi abuelo, la de mi abuelo con la de Jordán, y así sucesivamente, como si por un instante todxs en el desierto compartiéramos un rostro y un mismo hartazgo. ¿Qué tanto de nosotros se esconde detrás de lo que narramos? Reconstruyo un pasado que sólo existe en los álbumes de fotos; agobiada por la aridez del aire, siento que me ahogo. La sed suele jugarnos malas pasadas, pero sé que, si me concentro lo suficiente y enfoco desde el ángulo correcto, encontraré la manera de escapar de ella. ¿Es el lugar el que nos condiciona, o somos nosotros quienes lo condicionamos? Busco insistentemente la sombra y mi padre sueña que un río le devuelve la imagen de su rostro. Veo, a lo lejos, la imagen de mi abuelo traspasando el cristal que lo separa de la lente. Veo a Jordán, calcificado por el sudor, marcando por fin el alto a un coche en mitad de ese cruce de caminos. El cuento ha terminado: algo en todos nosotros se quema y despertamos al unísono de la ficción.
Solar Circle, 2026.
Imagen de portada: Oscar Tuazon, Space Flare, 2026. Todas las imágenes son cortesía de General Expenses y forman parte de la exposición Sun Mirror Moon.
“Mesa redonda de los escritores Jesús Gardea y Ricardo Aguilar”, fecha desconocida. Disponible en: https://acortar.link/uMgemZ. ↩