[Piedra]

El Caribe / dossier / Julio de 2021

Adalber Salas Hernández

Todo empieza con una piedra en medio de la sala de estar. Cuando despiertas la encuentras allí, previsiblemente quieta, casi inofensiva. Como el rastro de algo ya sucedido o como un cachorro abandonado por su madre. No sabes por dónde entró; las ventanas están intactas, las puertas están cerradas. No hay ninguna grieta: todo está liso como la piel lisa de la piedra. No ha podido venir del jardín (no tienes jardín). Nadie la trajo. La observas con desconfianza. Al cabo de unas horas, te parece que tal vez se ha movido o puede que se trate de las sombras que se adhieren a ella como sudor frío. Cuando anochece (no sabes cuándo ha [anochecido), decides acostarte temprano y dejas a la piedra en su sitio, con la misma precaución que tendrías con el huevo de un animal prehistórico. A la mañana siguiente, entras a la sala de estar y encuentras dos piedras, una junto a la otra, no exactamente ordenadas, sino con una especie de camaradería, como si entre ellas se partiera el pan de un secreto. De nuevo revisas puertas y ventanas, incluso revisas el techo, el suelo. Los encuentras lisos y escasos como la piel lisa [y escasa de las piedras. De nuevo decides quedarte mirándolas hasta la noche. La luz se desliza por ellas precavida, con el cuidado de un padre que vela el sueño de sus hijas. Esta vez te acuestas más tarde; has perdido la noción del tiempo. Al despertar encuentras en la sala de estar ocho piedras, distribuidas, o eso parece, al azar. La sorpresa te detiene; la quietud de las piedras te parece menos previsible. Nervioso, repasas cada pared y cada esquina de la casa, pero todo está indemne: liso y escaso y demorado como la piel lisa y escasa y demorada de las piedras. Incluso consideras inspeccionar la caja de arena del gato (pero no tienes gato). No consigues comer, has perdido el apetito. Cierras todas las cortinas; temes que el sol las esté haciendo crecer. Piedras que se multiplican con el resplandor, soles minúsculos, insidiosos. Te sientas a vigilarlas, por si hacen algo, pero las horas pasan sin sorpresas. Te despierta el amanecer, te habías quedado dormido en la silla, acodado sobre la mesa. Ante ti, cubriendo el piso casi por entero, las piedras: decenas, cientos de ellas. Corres a la habitación: están bajo la cama, en el armario. En la ducha también. Tratas de calmarte. Te preguntas si se estarán filtrando por las cañerías. Registras la cocina y el baño con cuidado, pero se ven lisos y escasos y demorados y hambrientos como la piel lisa y escasa y demorada y hambrienta de [las piedras. Por un momento consideras irte, pero temes que las piedras tomen la casa y no te dejen entrar. Esa noche sueñas que las piedras ocupan las tuberías. La casa gime como gimen los animales cuando sufren sin entender por qué. Te despierta [un estruendo: en la sala de estar, la mesa se rindió bajo el peso de [las piedras. Apenas puedes entrar; debes vadear para moverte entre las habitaciones. Montado sobre la cama, te desnudas y estudias cada resquicio y cada pliegue de tu cuerpo, buscas el lugar por el que puedan haberse colado. Pero eres liso y escaso y demorado y hambriento y amargo [como la piel lisa y escasa y demorada y hambrienta y amarga de [las piedras. Estás agotado y no recuerdas cuándo fue la ultima vez que comiste. Los párpados se te cierran (¿o hay piedras que pesan sobre ellos?). No sabes cuándo te quedaste dormido. Las piedras ya no caben en la casa; han roto varias ventanas y tumbado una de las paredes. Incluso se derramarían sobre el jardín (pero no tienes [jardín). Pronto cederá el techo y entonces la casa se derrumbará sobre sí misma. Y las piedras siguen apareciendo. Nadie las [trajo.

Imagen de portada: Fotograma de Pilar Moreno y Ana Endara, Para su tranquilidad, haga su propio museo, 2021