dossier Gatos ABR.2026

Piedad Bonnett

Reciclando

Leer pdf

Cuando papá en un ataque de rabia mató al gato, a mi gato Bartolo porque metió la cola entre su caldo y porque ya era viejo y no cazaba como debía ratones y además era caro mantenerlo, cuando papá borracho lo mató con sus manos, hubo una gran algarabía en casa. Vinieron todos, todos; mi hermana dijo: guárdenme los ojos para un par de zarcillos, y Martino, nuestro vecino, se pidió las tripitas —sirven para hacer cuerdas de violín— y mi mamá, que al principio lloró, lloró conmigo, quiso la piel para ponerle cuello a su chaqueta, y los bigotes se los pidió mi hermano Eladio el que es mecánico, y los cojines de sus patas fueron lindos alfileteros para la bruja gorda que vive atrás del patio y es modista. Lo que sobró lo hirvieron con sal y con cebolla. Se lo dieron a Luis, que duerme en nuestra calle, pues también sirve el caldo de gato para el hambre. Yo me pedí los huesos. Uno a uno los muerdo delante del espejo de mi hermana porque dijo mi abuela que al morder el que toca se vuelve uno invisible,
y eso quiero.

Este poema aparece en Tretas del débil (Valparaíso Ediciones, Granada, 2013). Se reproduce con permiso de la autora.

Imagen de portada: Frederick Dielman, The Widow, ca. 1861-1897. Dominio Público.