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Alberto Barrera Tyszka

Venezuela: ¿transición o simulacro?

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La imagen de Nicolás Maduro, la madrugada del pasado 3 de enero, esposado en un helicóptero de las fuerzas militares de los Estados Unidos, parece el final cinematográfico de un relato que, también con una gran puesta en escena, comenzó el 8 de diciembre del año 2012. Aquella noche, junto a todos sus ministros y en una transmisión “en cadena” por todos los medios de comunicación del país, Hugo Chávez reconoció que, aun a pesar de las operaciones y las sesiones de quimio y radioterapia, las células malignas habían vuelto a aparecer y su lucha contra el cáncer lo llevaría de nuevo al quirófano. Por primera vez, en ese momento, el mandatario venezolano asomó la posibilidad de un futuro sin él. Sentado entre Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, Chávez habló con la misma seguridad y el mismo histrionismo de siempre. Pero adelantó una hipótesis que nunca antes había mencionado: “Si algo ocurriera que me inhabilitara de alguna manera, Nicolás Maduro no sólo debe concluir, como manda la Constitución, el periodo, sino que mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que, en ese escenario, que obligaría a convocar a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente […]. Yo se los pido desde mi corazón”. Delante del país, y unas horas antes de viajar a La Habana para someterse a una nueva operación, Chávez ungió a su sucesor, puso en manos de Maduro el destino y la permanencia de “La Revolución”. Maduro escuchó en silencio, con una leve expresión de desconcierto. Como si ponderara el peso abrumador de la herencia que estaba recibiendo. ​ Son muchas las especulaciones sobre los motivos que llevaron a Chávez a elegir como su sucesor a Nicolás Maduro, quien no provenía del ejército ni formaba parte del grupo original que intentó el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez en 1992. Su acercamiento al movimiento vino después, cuando los golpistas estaban en la cárcel. Pero, durante todos los gobiernos de Chávez, fue creciendo en responsabilidades, en importancia y en cercanía al líder. Una de las teorías más recurrentes sostiene que Maduro era “el candidato de los cubanos”. Es un argumento nada desdeñable. Como lo documenta de manera minuciosa el libro La invasión consentida,1 Chávez permitió una influencia inmensa —en todas las esferas y ámbitos— del gobierno cubano en Venezuela. Su confianza en Fidel Castro era tanta que decidió entregarle su salud a la medicina de la isla. Pero, aparte de esto, Maduro y Chávez eran muy unidos. Es probable que Hugo Chávez sintiera que, de todo su entorno, Maduro podría ser genuinamente el más leal y, en caso de morir o de quedar gravemente afectado, era una garantía de seguridad para él, para su familia, para su posteridad.

Desfile por el Bicentenario de la Independencia de Venezuela, 2010. Fotografía de Damián Fossi Creative Commons 2.0.

​ En las calles, sin embargo, la figura de Maduro generaba más dudas. No tenía carisma. Trataba de imitar a Chávez pero no lo lograba. Tampoco tenía la imagen de un “hombre fuerte”. No estaba muy claro si sería capaz de enfrentar la crisis económica que se venía gestando desde años atrás, los embates de la oposición que veía en la ausencia de Chávez una gran oportunidad y las propias batallas internas del chavismo ante el cambio de liderazgo. Se decía que Maduro era como la vaca en la copa de un árbol: nadie sabía cómo había llegado ahí, nadie sabía cómo se mantenía, pero todos sabían que algún día se iba a caer.

La Venezuela que dejó Chávez…

Era un país que venía de la bonanza petrolera pero que se dirigía firmemente a una enorme crisis económica. Se trata de un proceso estudiado en las economías que dependen de manera absoluta de la exportación de crudo. Durante sus distintos gobiernos, Chávez desarrolló un Estado inmenso, con un gasto público descomunal, que atendía programas sociales pero que también perdía grandes cantidades de dinero público en la promoción política, en proyectos irrealizables y en una cada vez más creciente e impune cultura de la corrupción. En el año 2012, Venezuela tenía 20 % de inflación anual, el índice más alto en toda Latinoamérica, y los desequilibrios macroeconómicos anunciaban un inminente colapso. Cuando, en 2014, los precios del petróleo cayeron en casi un 50 %, se hizo evidente que la utopía del “socialismo del siglo XXI” sólo era posible si el barril estaba a más de 100 dólares. ​ Chávez siempre fue una garantía para el espectáculo de la revolución. Su talento comunicacional había logrado —en la década de los noventa— una conexión especial con las grandes mayorías de la población. Y cada vez que enfrentaba alguna dificultad, apelaba de nuevo a esa relación carismática y lograba salvar su popularidad. Nicolás Maduro muy rápidamente entendió que no tenía ese don, que él había llegado a esa cúspide de la historia gracias a un dedazo y no al respaldo popular. Tras un triunfo electoral frágil y cuestionado en el año 2013, decidió afianzar su liderazgo en las Fuerzas Armadas y comenzó a conceder más poder y protagonismo a los militares, tanto en la gestión del Estado como en la vida social y económica del país. Aumentó el número de ellos en su gabinete de ministros y también en puestos de dirección en áreas esenciales de la función pública, como el manejo de puertos y aeropuertos, la distribución de alimentos, la gestión de las industrias básicas, el control y el desarrollo de la minería… así como en cargos diplomáticos. ​ A través de un decreto presidencial, Maduro creó una compañía anónima militar, cuyo objetivo es prestar servicios petroleros, de gas y de explotación minera, sin ningún tipo de limitación. De esta manera, las Fuerzas Armadas, aparte de su trabajo de garantizar “seguridad y defensa” y de hacerse cargo de tareas de gerencia estatal, empezaron a desarrollarse como una empresa privada, con una constructora propia, una productora de alimentos, un banco, una embotelladora de agua natural, un canal de televisión… Maduro convirtió a los militares en una clase privilegiada, consiguiendo a cambio la lealtad que necesitaba para enfrentar la crisis económica, las protestas sociales, las manifestaciones políticas en su contra, incluyendo una convocatoria del sector más radical de la oposición que llamó a la población a las calles para pedir “la salida” del heredero de Chávez. Tras meses de turbulencia social, en el año 2015 el gobierno de Maduro estableció una polémica resolución que les permite a los militares usar armas de fuego y material tóxico para reprimir manifestaciones pacíficas. Fue una forma de legalizar la represión y el abuso. Con Maduro se inició una escalada salvaje de la violencia institucional que terminó llevando al país a las salas de la Corte Penal Internacional.

Hugo Chávez, 1999. Fotografía oficial de la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela.

La represión como programa político

En su informe anual de 2023,2 Provea, una ONG que es referencia a nivel nacional e internacional por su trabajo de defensa y educación en los derechos humanos, destacó el ciclo de una “década oscura” desde la llegada al poder de Nicolás Maduro. Diez años después de haber ganado las elecciones como sucesor de Chávez, las estadísticas de Maduro eran aterradoras: “43 003 víctimas de violaciones a la integridad personal, que incluyen 1 652 víctimas de torturas y 7 309 de tratos o penas crueles, inhumanas y degradantes […]. 10 085 personas asesinadas por agentes de seguridad”. Mientras Maduro usaba la represión para enfrentar las turbulencias políticas, en los Estados Unidos lentamente la justicia comenzaba a detener a gente cercana a él, exmilitares y operadores financieros, buscando armar un caso sobre la relación del liderazgo chavista con el narcotráfico y el lavado de dinero. ​ Durante el primer periodo de Donald Trump, en 2017, el proceso se endurece y el gobierno norteamericano establece por primera vez sanciones financieras en contra de Venezuela. Maduro, cada vez más acorralado, promueve una Asamblea Constituyente que cambia las fechas de las elecciones y —en unos comicios en los que la oposición no podía participar— se proclama ganador y se reelige como presidente en 2018. Al año siguiente, desconociendo la legitimidad del mandatario, la oposición aprovecha su mayoría en la Asamblea Nacional para juramentar a uno de sus dirigentes como “presidente encargado”. Un grupo importante de naciones, encabezado por Estados Unidos, Canadá y algunos países europeos, reconocieron a Juan Guaidó como presidente. El país comenzó entonces a vivir en una suerte de realidad alterna donde (supuestamente) existían dos gobiernos… pero sólo uno de los dos bandos controlaba verdaderamente el poder, podía administrar y distribuir la violencia. Lo único que se fortalecía en Venezuela eran la censura y la represión. ​ A partir de 2017, con la hiperinflación y el colapso de los servicios públicos, comienza una crisis humanitaria que genera el proceso migratorio más grande en la historia del continente: más de ocho millones de venezolanos han salido del país desde ese entonces. Al inicio, el gobierno negó lo que ocurría, acusó a la oposición de crear noticias falsas y matrices de opinión distorsionada. Maduro llegó, incluso, a hacer chistes y a burlarse públicamente de quienes se iban al exterior… Pero cuando ya fue imposible seguir obviando la realidad, entonces el chavismo acudió al clásico y eficaz relato del bloqueo y el ataque despiadado del imperio a una indefensa y digna revolución. Sin embargo, gracias al periodismo independiente,3 obligado en su mayoría a huir al exilio, han salido a la luz diferentes casos que muestran cómo esa misma indefensa y digna revolución ha saqueado al país y ha transformado la corrupción en su única ideología.

Una “extracción” tan clara como ambigua

El 28 de julio de 2024, confiado en el control disciplinado que tenía sobre la sociedad y en su manejo a discreción del sistema electoral, el chavismo volvió a presentarse a elecciones con Nicolás Maduro como candidato. No contaban con que la oposición, liderada ahora por María Corina Machado, había diseñado un operativo secreto para demostrar un fraude electoral. Con copias de las actas electorales de cada centro de votación del país, transmitidas al exterior, la oposición puso en jaque el supuesto triunfo de Maduro. Ni siquiera sus aliados históricos, la izquierda continental, pudieron o quisieron defenderlo. Tanto Lula como Petro y López Obrador le pidieron a Maduro que mostrara las actas que dieran prueba de su victoria. Jamás lo hizo. Su respuesta, por el contrario, fue más represión. Dos mil personas, incluyendo adolescentes, fueron encarceladas por exigir transparencia electoral y manifestarse en contra de los resultados oficiales.

Nicolás Maduro en el buque USS Iwo Jima tras su captura, 2026. Departamento de Defensa de los Estados Unidos de América.

​ El fraude descarado dejó al descubierto la falta de legitimidad de Nicolás Maduro. Su imagen se deterioró rápidamente a nivel mundial. Esta caída, junto al proceso judicial ya armado en la corte, junto a los intereses de Trump tanto por el negocio petrolero como por recuperar el control norteamericano de la región y junto al liderazgo de María Corina Machado, radical y liberal, aliada de la derecha internacional, crearon un escenario potable para una intervención militar. ​ El término “extracción” es peculiar. Alude más a una sesión de ortodoncia que a una acción política. Esa ambigüedad del lenguaje, que evita hablar de secuestro y elude la palabra “captura”, contrasta con la rapidez y la eficacia fílmica de la operación que sacó a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, de su casa y los llevó a una cárcel en Nueva York. Para la mayoría de los venezolanos, el 3 de enero es una fecha enigmática. Seguimos sabiendo muy poco o casi nada de lo que realmente ocurrió ese día. No hay informaciones claras, no se sabe qué pasó ni cómo. No hay cifras oficiales de muertos y heridos. No hay ni siquiera un informe que explique el fracaso de las fuerzas de seguridad ante una invasión extranjera. El gobierno norteamericano habla y actúa como si Venezuela fuera ahora su protectorado. El chavismo actúa obedientemente y se reordena alrededor de los hermanos Rodríguez. Aunque han sido liberados más de seiscientos presos políticos, quedan todavía muchos detenidos y el sistema represivo permanece activo, intacto. ​ Mientras cada día aparecen nuevos escándalos de corrupción chavista (la trama de lavado de millones de dólares en Bulgaria, el caso de la venta de oro a Turquía…), Trump sólo se muestra interesado en los negocios petroleros y el oficialismo hace cualquier cosa por mantenerse en el gobierno. Es un proceso donde los ciudadanos no cuentan, donde el pueblo venezolano parece estar al margen. Hay, alrededor del 3 de enero, una suerte de hechizo que mezcla el miedo y la ilusión. Los venezolanos —desesperados por las distintas violencias de la dictadura— sólo tenemos dudas y temor. En el fondo, todavía no sabemos si estamos ante un verdadero periodo de cambios o ante un nuevo simulacro.

Imagen de portada: Nicolás Maduro emite su programa dominical en el Palacio de Miraflores acompañado de sus ministros, 2016. Fotografía de Eneas de Troya Creative Commons 2.0.

  1. Diego Maldonado, La invasión consentida, Debate, Penguin Random House, Ciudad de México, 2019. 

  2. Informe Provea (Programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos), 2023. Situación de los derechos humanos en Venezuela. Consultado el 17 de marzo de 2026, disponible en acortar.link/9G52rw. 

  3. Pueden consultarse proyectos periodísticos como armando.info o las investigaciones de Transparencia Internacional y varios medios, organizados en la ARI (Alianza Rebelde Investiga), disponible en acortar.link/IYtLG0.