Tres aguafuertes

Trabajo / dossier / Octubre de 2021

Roberto Arlt

La tragedia del hombre que busca empleo

La persona que tenga la saludable costumbre de levantarse temprano, y salir en tranvía a trabajar o a tomar fresco, habrá a veces observado el siguiente fenómeno: Una puerta de casa comercial con la cortina metálica medio corrida. Frente a la cortina metálica, y ocupando la vereda y parte de la calle, hay un racimo de gente. La muchedumbre es variada en aspecto. Hay pequeños y grandes, sanos y lisiados. Todos tienen un diario en la mano y conversan animadamente entre sí. Lo primero que se le ocurre al viajante inexperto es que allí ha ocurrido un crimen trascendental y siente tentaciones de ir a engrosar el número de aparentes curiosos que hacen cola frente a la cortina metálica, mas a poco de reflexionarlo se da cuenta de que el grupo está constituido por gente que busca empleo y que ha acudido al llamado de un aviso. Y si es observador y se detiene en la esquina podrá apreciar este conmovedor espectáculo. Del interior de la casa semiblindada salen cada diez minutos individuos que tienen el aspecto de haber sufrido una decepción, pues irónicamente miran a todos los que les rodean, y contestando rabiosa y sintéticamente a las preguntas que les hacen, se alejan rumiando desconsuelo.

Erwin Wurm, _Tomar siestas en el baño de la oficina_, 2001. SOMAAP, D.R. © Erwin Wurm, Tomar siestas en el baño de la oficina, 2001. SOMAAP, D.R. ©

Esto no hace desmayar a los que quedan, pues, como si lo ocurrido fuera un aliciente, comienzan a empujarse contra la cortina metálica, y a darse de puñetazos y pisotones para ver quién entra primero. De pronto el más ágil o el más fuerte se escurre adentro y el resto queda mirando la cortina, hasta que aparece en escena un viejo empleado de la casa que dice: —Pueden irse, ya hemos tomado empleado. Esta incitación no convence a los presentes, que estirando el cogote sobre el hombro de su compañero comienzan a desaforar desvergüenzas y a amenazar con romper los vidrios del comercio. Entonces, para enfriar los ánimos, por lo general un robusto portero sale con un cubo de agua o armado de una escoba y empieza a dispersar a los amotinados. Esto no es exageración. Ya muchas veces se han hecho denuncias semejantes en las seccionales sobre este procedimiento expeditivo de los patrones que buscan empleados. Los patrones arguyen que ellos en el aviso pidieron expresamente “un muchacho de dieciséis años para hacer trabajos de escritorio”, y que en vez de presentarse candidatos de esa edad, lo hacen personas de treinta años, y hasta cojos y jorobados. Y ello es en parte cierto. En Buenos Aires, “el hombre que busca empleo” ha venido a constituir un tipo sui generis. Puede decirse que este hombre tiene el empleo de “ser hombre que busca trabajo”.

Favela Cantagalo, Río de Janeiro, Brasil. Fotografía de Stanislav Sedov Favela Cantagalo, Río de Janeiro, Brasil. Fotografía de Stanislav Sedov

El hombre que busca trabajo es frecuentemente un individuo que os­cila entre los dieciocho y veinticuatro años. No sirve para nada. No ha aprendido nada. No conoce ningún oficio. Su única y meritoria aspira­ción es ser empleado. Es el tipo del empleado abstracto. Él quiere trabajar, pero trabajar sin ensuciarse las manos, trabajar en un lugar donde se use cuello; en fin, trabajar “pero entendámonos… decentemente”. Y un buen día, día lejano, si alguna vez llega, él, el profesional de la busca de empleo, se “ubica”. Se ubica con el sueldo mínimo, pero qué le importa. Ahora podrá tener esperanzas de jubilarse. Y desde ese día, calafateado en su rincón administrativo espera la vejez con la paciencia de una rémora. Lo trágico es la búsqueda del empleo en casas comerciales. La oferta ha llegado a ser tan extraordinaria que un comerciante de nuestra amistad nos decía: —Uno no sabe con qué empleado quedarse. Vienen con certificados. Son inmejorables. Comienza entonces el interrogatorio: —¿Sabe usted escribir a máquina? —Sí, 150 palabras por minuto. —¿Sabe usted taquigrafía? —Sí, hace diez años. —¿Sabe usted contabilidad? —Soy contador público. —¿Sabe usted inglés? —Y también francés. —¿Puede ofrecer una garantía? —Hasta diez mil pesos de las siguientes firmas. —¿Cuánto quiere ganar? —Lo que ustedes acostumbran pagar. —Y el sueldo que se les paga a esta gente —nos decía el aludido comerciante— no es nunca superior a 150 pesos. Doscientos pesos los gana un empleado con antigüedad… y trescientos… trescientos es lo mítico. Y ello se debe a la oferta. Hay farmacéuticos que ganan 180 pesos y trabajan ocho horas diarias, hay abogados que son escribientes de procuradores, procuradores que les pagan doscientos pesos mensuales, ingenieros que no saben qué cosa hacer con el título, doctores en química que envasan muestras de importantes droguerías. Parece mentira y es cierto. La interminable lista de “empleados ofrecidos” que se lee por las mañanas en los diarios es la mejor prueba de la trágica situación por la que pasan millares y millares de personas en nuestra ciudad. Y se pasan éstas los años buscando trabajo, gastan casi capitales en tranvías y estampillas ofreciéndose, y nada… la ciudad está congestionada de empleados. Y sin embargo, afuera está la llanura, están los campos, pero la gente no quiere salir afuera. Y es claro, termina tanto por acostumbrarse a la falta de empleo que viene a constituir un gremio, el gremio de los desocupados. Sólo les falta personería jurídica para llegar a constituir una de las tantas sociedades originales y exóticas de las que hablará la historia del futuro.

Ensalzaré con esmero el benemérito “fiacún”. Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías a hacer del elogio del “fiacún”, a establecer el origen de la “fiaca”, y a dejar determinados de modo matemático y preciso los alcances del término. Los futuros académicos argentinos me lo agradecerán, y yo habré tenido el placer de haberme muerto sabiendo que 361 años después me levantarán una estatua. No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y desde Núñez a Corrales, que no haya dicho alguna vez: —Hoy estoy con “fiaca”. O que se haya sentado en el escritorio de su oficina y mirando al jefe, no dijera: —¡Tengo una “fiaca”! De ello deducirán seguramente mis asiduos entusiastas lectores que la “fiaca” expresa la intención de “tirarse a muerto”, pero ello es un grave error. Confundir la “fiaca” con el acto de tirarse a muerto es lo mismo que confundir un asno con una cebra o burro con un caballo. Exactamente lo mismo. Y sin embargo a primera vista parece que no. Pero es así. Sí, señores, es así. Y lo probaré amplia y rotundamente, de tal modo que no quedará duda alguna respecto a mis profundos conocimientos de filología lunfarda. Y no quedarán, porque esta palabra es auténticamente genovesa, es decir, una expresión corriente en el dialecto de la ciudad que tanto detestó el señor Dante Alighieri. La fiaca en el dialecto genovés expresa esto: “Desgano físico originado por la falta de alimentación momentánea”. Deseo de no hacer nada. Languidez. Sopor. Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo. Deseos de dormir como los durmientes de Éfeso durante ciento y pico de años.

Ana Paula Castro, _Contenedores de poder_, 2019. Cortesía de la artista Ana Paula Castro, Contenedores de poder, 2019. Cortesía de la artista

Sí, todas estas tentaciones son las que expresa la palabreja mencionada. Y algunas más. Comunicábame un distinguido erudito en estas materias que los genoveses de la Boca cuando observaban que un párvulo bostezaba, decían: “Tiene la ‘fiaca’ encima, tiene”. Y de inmediato le recomendaban que comiera, que se alimentara. En la actualidad el gremio de almaceneros está compuesto en su mayoría por comerciantes ibéricos, pero hace quince y veinte años la profesión de almacenero en Corrales, la Boca, Baracas, era desempeñada por italianos y casi todos ellos eran oriundos de Génova. En los mercados se observaba el mismo fenómeno. Todos los puesteros, carniceros, verduleros y otros mercaderes provenían de la “bella Italia” y sus dependientes eran muchachos argentinos, pero hijos de italianos. Y el término trascendió. Cruzó la tierra nativa, es decir, la Boca, y fue desparramándose con los repartos por todos los barrios. Lo mismo sucedió con la palabra “manyar” que es la derivación de la perfectamente italiana mangiar la lollia, o sea “darse cuenta”. Curioso es el fenómeno pero auténtico. Tan auténtico que más tarde prosperó este otro término que vale un Perú, y es el siguiente: “Hacer el rosto”. ¿A que no se imaginan ustedes lo que quiere decir “hacer el rosto”? Pues hacer el rosto, en genovés, expresa preparar la salsa con que se condimentarán los tallarines. Nuestros ladrones la han adoptado, y la aplican cuando después de cometer un robo hablan de algo que quedó afuera de la venta por sus condiciones inmejorables. Eso, lo que no pueden vender o utilizar momentáneamente, se llama el “rosto”, es decir, la salsa, que equivale a manifestar: lo mejor para después, para cuando haya pasado el peligro. Volvamos con esmero al benemérito “fiacún”. Establecido el valor del término, pasaremos a estudiar el sujeto a quien se aplica. Ustedes recordarán haber visto, y sobre todo cuando eran muchachos, a esos robustos ganapanes de quince años, dos metros de altura, cara colorada como una manzana reineta, pantalones que dejaban descubierta una media tricolor, y medio zonzos y brutos. Esos muchachos eran los que en todo juego intervenían para amargar la fiesta, hasta que un “chico”, algún pibe bravo, los sopapeaba de lo lindo eliminándoles de la función. Bueno, esos grandotes que no hacían nada, que siempre cruzaban la calle mordiendo un pan y con un gesto huido, estos “largos” que se pasaban la mañana sentados en una esquina, o en el umbral del despacho de bebidas de un almacén, fueron los primitivos “fiacunes”. A ellos se les aplicó con singular acierto el término. Pero la fuerza de la costumbre lo hizo correr, y en pocos años el “fiacún” dejó de ser el muchacho grandote que termina por trabajar de carrero, para entrar como calificativo de la situación de todo individuo que se siente con pereza. Y, hoy, el “fiacún” es el hombre que momentáneamente no tiene ganas de trabajar. La palabra no encuadra una actitud definitiva como la de “squenun”, sino que tiene una proyección transitoria y relacionada con este otro acto. En toda oficina pública o privada, donde hay gente respetuosa de nuestro idioma y un empleado ve que su compañero bosteza, inmediatamente le pregunta: —¿Estás con “fiaca”? Aclaración. No debe confundirse este término con el de “tirarse a muerto”, pues tirarse a muerto supone premeditación de no hacer algo, mientras que la “fiaca” excluye toda premeditación, elemento constituyente de la alevosía según los juristas. De modo que el “fiacún” al negarse a trabajar no obra con premeditación, sino instintivamente, lo cual lo hace digno de todo respeto.

Ciudad que trabaja y que se aburre

En el concepto de todo ciudadano respetuoso de los derechos de la fiaca, porque también la fiaca tiene sus derechos según los sociólogos, el café desempeña un lugar prominente en la civilización de los pueblos. Cuanto más aficionada es a tirarse a la bartola una raza, mejores y más suntuosas cafeterías tendrá en sus urbes. Es una ley psicológica y no hay qué hacerle: así baten los sabios.

Aquí se labura

Nosotros, habitantes de la más hermosa ciudad de América (me refiero a Buenos Aires), creemos que los cariocas y, en general, los brasileños, son gente que se pasa con la panza al sol desde que “Febo asoma” hasta que se va a roncar. Y estamos equivocados de medio a medio. Aquí la gente labura y sin grupo. Se gana el marroco con el sudor de la frente y de las otras partes del cuerpo, que también sudan como la frente. Yugan, yugan infatigablemente y amarrocan lo que pueden. Sus vidas se rigen por un subterráneo principio de actividad, como diría un señor serio haciendo notas sobre el Brasil. Yo, a mi vez, digo que doblan la esquena todo el santo día y que de sábado inglés, ¡minga! Aquí no hay sábado inglés. El domingo como Dios manda, que Dios no inventó el sábado inglés. Y allí se terminaron las fiestas. Trabajan, trabajan brutalmente, y no van al café sino breves minutos. Tan breves, que en cuanto se queda usted un rato de más, lo echan. Lo echan, no los mozos, sino el encargado de cobrar.

¿Y el llamado café “express”?

Ante todo no se conoce el café express, esa mezcla infame de serrín, pozos de express y otros residuos vegetales que producen una mixtura capaz de producirle una úlcera en el estómago en breve tiempo. Aquí, el café es auténtico, como el tabaco y las naturales bellezas de las mujeres. Los cafés tienen sillones en las veredas, pero en la vereda no se despacha café. Hay que tomarlo adentro. Adentro las mesas están rodeadas de sillitas que dan ganas de tirarlas de una patada a la calle. He visto sentarse un gordo, del cual cada pierna necesitó de una silla. La mesita de mármol es reducida; en fin, parecen construidas para miembros de la raza de los pigmeos o para enanos. Usted se sienta y empieza tirar la bronca. Una orquesta de negros (en algunos bares) arma con sus cornetas y otros instrumentos de viento un alboroto tan infernal que usted no terminó de entrar cuando ya siente ganas de salir.

Germán Paley, Neolibérame 04, de la serie Neolibérame (Billetes intervenidos), 2018. Fotografía de Viviana Gil. Cortesía del artista Germán Paley, Neolibérame 04, de la serie Neolibérame (Billetes intervenidos), 2018. Fotografía de Viviana Gil. Cortesía del artista

Se sienta y le traen el feca. Sin agua. ¿Se da cuenta? En un país donde hace tanta calor, le sirven el café sin agua. Usted ahoga una mala palabra y bramando dice: —¿Y el agua? ¿Se vende el agua aquí? —O senhor quere acua yelada… Un vaso de acua yelada. Y le traen el “acua yelada” con un pedacito de hielo. El vaso es como para licores, no para agua. No termina de tomar el café, cuando un turro vestido de negro, que se pasa el día haciendo juegos malabares con monedas, se le acerca a la mesa y le golpea con el canto de una chirola de mil reis el mármol. Mil reis son treinta guitas. Usted que ignora las costumbres lo mira mal turro y este lo mira a usted. Entonces usted dice: —¿Por qué no se golpea la jeta en vez de golpear el mármol?… Hay que palmar e irse. Pagar los seis guitas que cuesta el café y piantar. Si usted quiere hacer sebo, tiene los sillones de la vereda. Allí se despachan bebestibles que cuestan un mínimo de 600 reis (18 centavos argentinos).

Pas de propina

El mozo no recibe propina. Mejor dicho, nadie la da con el café. El hombre que hace juegos malabares con los cobres es el encargado de cobrar y de consiguiente el único que afana… si es que roba, porque éste es un país de gente honrada. De modo que el espectáculo que el ojo del extranjero puede gozar en nuestra ciudad, y es el de robustos vagos tomando la sombra dos horas en un café bebiendo un “negro”, es desconocido aquí. La gente concurre a la hora de moda a los sillones de las veredas. El resto de la multitud entra al café para ingerir una tacita de feca y raja. Aquí se labura, se trabaja y se ha tomado la vida en serio. ¿Cómo hacen? No sé. Hombres y mujeres, chicos y grandes, negros y blancos, trabajan todos. Las calles hierven como hormigueros a la hora del bullión.

Conclusiones

Si no fuera un poco atrevida la metáfora, diría que los cafés son aquí como ciertos lugares incómodos, donde se entra apurado y se sale más rápidamente aún. Ciudad honrada y casta. No se encuentran “malas mujeres” por las calles; no se encuentra ni un solo café abierto toda la noche; no se escolaza, no hay levantadores de quinielas. Aquí la gente vive honradísimamente. A las seis y media todo el mundo está cenando; a las ocho de la noche los restaurantes están ya cerrando las puertas… Es como dije antes: una ciudad de gente que labura, que labura infatigablemente, y que a la hora del raje, llega a su casa extenuada, con más ganas de dormir que de pasear. Ésta es la absoluta verdad sobre Río de Janeiro.

Tomado de Aguafuertes porteñas, Libros de la Vorágine, Barcelona, 2013, pp. 185-187 y 37-39 y Aguafuertes cariocas: Crónicas inéditas desde Río de Janeiro, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires,2013, pp. 73-76.

Imagen de portada: Protesta en Buenos Aires, Argentina. Fotografía de Hernán Piñera