Brujas, monstruos, marcianos y agujeros negros: los mitos de la literatura y la ciencia
A Antonio Del Río, con gratitud, por invitarme a encarnar a una bruja científica en Oxford
Era una noche de luna llena y la rama de un árbol rechinaba contra mi ventana. Pasaba de la medianoche y, como no podía dormir, empecé a ver una serie británica llamada El descubrimiento de las brujas, basada en las novelas de la Trilogía de todas las Almas de Deborah Harkness. En ella, la historiadora de la ciencia, Diana Bishop, acude como investigadora invitada a la Universidad de Oxford para impartir una plática en la que explica cómo la alquimia fue precursora de la química en el mundo moderno. Al verla impartiendo la conferencia en un hermoso auditorio, sentí un ferviente deseo de ser algún día invitada como profesora a dar una charla en la Universidad de Oxford. En ese momento pensé: “tal vez mi sueño se cumpla cuando sea una anciana”. Aunque tengo una mente científica, ahora sé que los conjuros pueden ser poderosos. Apenas un par de semanas después recibí una llamada de Antonio del Río, director de la UNAM-Reino Unido, quien me dijo: —¿Te gustaría dar una plática en la Universidad de Oxford? —Claro que sí —le contesté. Mi sorpresa y alegría fueron inmensas, aunque poco después se transformaron en nerviosismo: ¿sobre qué hablaría en mi charla? Pocas semanas después, viajé al Reino Unido para asistir a un congreso sobre comunicación de la ciencia en Aberdeen, Escocia. Durante el fin de semana, en compañía de mi hija Sofía, decidí recorrer las Tierras Altas y visitar las ruinas del castillo de Urquhart, construido en el siglo XII. El lugar es sobrecogedor: me transportó al mundo de la literatura medieval inglesa. Desde la parte más alta del castillo, entre la bruma, pudimos observar el Loch Ness, donde, según las leyendas locales, habita una misteriosa criatura que los pocos testigos que hay describen como un animal de gran tamaño, sin extremidades visibles y con un cuello muy largo. En 1934, el médico Robert Kenneth Wilson tomó una célebre fotografía del monstruo del Loch Ness, conocido cariñosamente como Nessie. En esa imagen —la famosa “foto del cirujano”— se aprecia una figura borrosa, semejante a un dinosaurio, que parece nadar en el lago. Según la exposición del Loch Ness Centre, un pequeño museo local dedicado al mito, se han empleado diversos métodos científicos para encontrar a Nessie: submarinos, radares y análisis de ADN de las aguas profundas. Aun así, no se ha hallado evidencia tangible de su existencia. Los habitantes, sin embargo, mantienen la esperanza y repiten una y otra vez: “one never knows” (“uno nunca sabe”). En el imaginario popular la ciencia se entrelaza con leyendas y mitos. Estos, entendidos como narraciones simbólicas, buscan dar sentido a lo desconocido, lo impensable o lo temido. Pueden surgir de la tradición oral, de la literatura o incluso de la propia ciencia, y revelan cómo una sociedad intenta comprender el mundo y definir su relación con el conocimiento. Además, funcionan como espejos culturales que reflejan los temores de cada época ante nuevas concepciones del universo. A partir de estas ideas, decidí que mi conferencia en la Universidad de Oxford versaría sobre los mitos de la ciencia y de la literatura.
Grabado de W. Bromley basado en J. H. Füssli, Macbeth and Banquo meet the three witches on a heath. Creative Commons 4.0.
Uno de mis arquetipos literarios favoritos es el de la bruja, figura que, en el imaginario medieval inglés, oscila entre el hada benévola y el ser maligno. Mientras camino con mi hija Sofía por la orilla del lago Ness, oscuro y brumoso, pienso en Morgana le Fay, la hechicera de la magistral Le Morte d’Arthur de Sir Thomas Malory. La imagino cruzando el agua en una barca negra, llevando a su hermano, el rey Arturo, gravemente herido, hacia la isla de Avalon para sanarlo. En la literatura, las brujas aparecen como sanadoras y guardianas de los secretos del pasado y del futuro, mujeres capaces de controlar los elementos de la naturaleza con su magia. También encarnan la sabiduría femenina y el conocimiento que, en distintos momentos de la historia, les fue negado a las mujeres. Otras brujas británicas que condensan estos atributos son las de Macbeth, de William Shakespeare: allí aparecen como las Weird Sisters, hermanas del destino, capaces de ver el porvenir y de despertar la ambición de Macbeth con sus profecías. Más tarde, durante nuestro paseo, visitamos la ciudad de Inverness, cuyo nombre significa “desembocadura del río Ness”. En la plaza central puede verse la escultura de un unicornio, el animal nacional de Escocia. En la Edad Media se consideraba al unicornio un ser real, asociado con la pureza, la nobleza, el poder y la libertad: un animal indomable, imposible de someter. Los unicornios aparecen, junto con animales reales —como leones, tigres, hienas y panteras— en los bellos grabados del Bestiario de Aberdeen, del siglo XII, y en el Bestiario de Ashmole, del siglo XII. Se creía que sólo las doncellas vírgenes y virtuosas podían verlos, como se aprecia en los célebres tapices de La dama y el unicornio, hoy conservados en el Museo de Cluny, en París.
Después de recorer Escocia, Sofía y yo viajamos a Londres, donde fui visitante de la UNAM-Reino Unido por algunos días. Durante ese tiempo, también visitamos algunos museos, entre ellos el Museo de Ciencias, donde se exhiben maravillosos aparatos científicos de la época de la Revolución Industrial; por ejemplo, una reproducción de la máquina diferencial, antecesora de las computadoras modernas, concebida por Charles Babbage y la gran matemática Ada Lovelace. Durante los siglos XVIII y XIX, el pensamiento científico comenzó a desplazar al pensamiento mágico y religioso. Aunque las nuevas teorías científicas contenían la promesa del progreso, también generaban incertidumbre. En un libro fascinante titulado The Victorian Sensation, James A. Secord, historiador de la ciencia, documentó las reacciones del público ante una polémica obra: Vestigios de la historia natural de la creación, escrita por Robert Chambers en 1844, que proponía una teoría de la evolución anterior a los textos de Charles Darwin. Según Secord, el libro causó un gran escándalo y fue considerado herético. Unos años antes de la publicación de este texto, la literatura ya había anticipado el temor a los posibles usos de los nuevos conocimientos científicos. Un ejemplo es el mito literario de transición creado por una joven británica de apenas dieciocho años llamada Mary Wollstonecraft Shelley. Ese mito nació mientras pasaba el verano de 1816 en la Villa Diodati, en Suiza, en compañía de un grupo de amigos. Uno de ellos, Lord Byron le propuso al grupo escribir una historia de fantasmas. Mary aceptó el reto. Esa misma noche soñó con un joven estudiante de ciencias que, obsesionado con los secretos de la vida, lograba animar una criatura inerte. Ese sueño fue la semilla de Frankenstein, o el moderno Prometeo, que narra la historia de Víctor Frankenstein, un estudiante fascinado por la alquimia y los avances científicos de su tiempo, capaz de crear un ser vivo a partir de restos humanos. Muchos dudaron de que la novela, publicada en 1818, hubiera sido escrita por una joven sin formación académica. Sin embargo, Mary Shelley conocía los experimentos de Giovanni Aldini, quien realizaba demostraciones públicas aplicando electricidad a cadáveres humanos, logrando movimientos en brazos y rostros. La novela de Mary Shelley expresa el temor de la sociedad de su época frente a los avances científicos y sus posibles consecuencias negativas.
Henry R. Robinson, A galvanized corpse , 1836. Dominio público.
Unos días después, recorrimos el Museo de Historia Natural de Londres, donde había una exhibición titulada “Espacio: ¿podría existir la vida fuera de la Tierra?”. Esta es una pregunta que se han hecho tanto escritores como científicos. Entre ellos, Ray Bradbury imaginó vida en Marte en su novela Crónicas marcianas. El planeta, en la obra, es un lugar desértico, con cielos inmensos y canales que transportan agua, lleno de ciudades abandonadas con edificios de cristal. Es un sitio bello y melancólico, habitado por seres altos, de ojos dorados, con habilidades telepáticas. Aunque esta imagen resulta sugerente, hoy en día la astrobiología investiga si realmente podría existir vida en nuestro planeta vecino. Por ello, en años recientes se han enviado varias misiones para explorarlo, entre ellas Curiosity (2011), en la que participó el investigador mexicano Rafael Navarro González (1959-2021), y Perseverance, que amartizó en 2021. Estas misiones nos han permitido aprender mucho sobre Marte, aunque hasta ahora no han encontrado evidencia de vida. No podíamos dejar Londres sin visitar el Museo Ciencias de Londres, donde se expone una reproducción de la oficina del gran científico Stephen Hawking, cuyas investigaciones fueron fundamentales para comprender a los grandes monstruos cósmicos de la ciencia: los agujeros negros. En el imaginario popular se han representado como terroríficas aspiradoras cósmicas, capaces de acabar con todo lo que existe en el universo. Un ejemplo literario es la novela Eater (2000), de Gregory Benford, donde un agujero negro microscópico intenta devorar la inteligencia de la humanidad. Sin embargo, la ciencia ha mostrado que los agujeros negros sólo pueden atrapar aquello que cruce su límite de entrada, conocido como horizonte de eventos. Finalmente, al término del viaje se cumplió mi deseo, pues impartí una conferencia en el XXI Simposio de Estudios y Estudiantes Mexicanos del Reino Unido, en la Universidad de Oxford, donde hablé sobre cómo los mitos literarios y científicos buscan dar sentido a nuestro conocimiento del universo. Concluí mi charla comentando que, aunque a veces nos presentan escenarios terroríficos, la comunicación de la ciencia puede transformar el miedo en asombro al ayudarnos a comprender mejor las maravillas de nuestro Universo.
Este artículo se realizó con apoyo del Proyecto PAPIIT IA401525 Ciencia, Tecnología, Sociedad, Comunicación y Derechos Humanos.
Imagen de portada: “The planet Mars: Observed September 3, 1877, at 11h. 55m. P.M.” The New York Public Library Digital Collections, 1881 - 1882. Dominio público.