Entrevista con Angélica Freitas

Poesía en los puños

Feminismos / dossier / Noviembre de 2019

Joca Reiners Terron

Traducción de: Paula Abramo

En septiembre un diputado evangélico presentó una moción de repudio contra el libro Un útero es del tamaño de un puño, de la poeta Angélica Freitas (Pelotas, Brasil, 1974), ante el parlamento de Santa Catarina, estado del sur de Brasil, como una reacción contra el hecho de que ese título consta en la lista de lecturas obligatorias para presentar el examen de admisión a las universidades en 2019.

¿Qué te motivó a escribir poesía? ¿Puedes recuperar tus primeras motivaciones?

Me motivó que me gustó mucho leer el primer tomo de la enciclopedia El mundo de los niños que una tía me regaló. Era una enciclopedia estadounidense traducida al portugués. El primer tomo incluía puros poemas y había cosas como Edward Lear. Me hizo gracia aquello y empecé a escribir mis propios poemas. La gente se reía de lo que escribía y eso me pareció bien. Entonces me puse a escribir poemas dirigidos a algunas personas, en los que me burlaba de mi familia, de mi papá. Mi papá era mi víctima favorita. Un día encontré una cosa que escribí cuando tenía unos 16 años y se la enseñé a Juliana [Juliana Perdigão, música y compañera de Angélica]: mi padre y yo nos peleamos porque yo estaba oyendo música muy fuerte y él dijo: “uf, a ti nomás te gustan esas canciones que no tienen ningún sentido” y arremedó “mi madre no nació”, etcétera. Entonces escribí la letra de una canción que decía: “mi mamá no nació”, de la banda imaginaria Renato & Sus Hemorroides. Renato era mi papá. La letra dice así: “Mi mamá no nació / soy un espermatozoide autosuficiente / Mi mamá no nació / soy un debiloide demandante”, y así. Luego luego me di cuenta del poder de aquello. Mis maestras, incrédulas, me preguntaban si de veras lo había escrito yo. Yo les contestaba que sí.

¿Pero Renato también fue tu primer lector, o sólo fue tu primera víctima?

Fue mi primera víctima. Mis primeras lectoras fueron mi mamá, mis hermanas y mis maestras. Tuve la suerte de tener algunas maestras que me motivaron, les parecía maravilloso todo lo que yo escribía. Yo les decía “ay, no es para tanto, ¿eh?”.

Además de la enciclopedia El mundo de los niños, ¿qué otras lecturas formaron a la pequeña Angélica?

Los libros de mi abuelo. Yo de algún modo heredé su biblioteca. Mi abuelo era portugués; llegó a Brasil a los 13 años. No estudió mucho, pero le gustaba leer, y leía cosas como el Selecciones del Reader’s Digest de los años cuarenta, de la época de la guerra. A mí me encantaba una sección titulada “La risa, remedio infalible”, porque me gustaban mucho las máximas. A los 10 años, en un tianguis de la escuela, me compré un libro precioso titulado Otimismo em gotas [Optimismo en gotas] un libro de máximas. Aquello me pareció, uf, tan lleno de sabiduría, con tanto contenido en tan pocas palabras. Otro libro que me gustaba mucho era el Manual do secretário moderno [Manual del secretario moderno], que también era de mi abuelo y enseñaba desde a negociar la compra de una vaca hasta cortejar a una niña. También enseñaba a terminar un noviazgo, un compromiso. Me encantaba aquel lenguaje.

Carolina Monterrubio, Colectiva, 2019. Cortesía de la artista

Cuando llegaste a la carrera de periodismo, ¿aplicabas un enfoque semejante al que aplicabas a tus poemas? ¿Algo así como Edward Lear aplicado al periodismo?

No, para mí fue un gran conflicto aprender a escribir artículos periodísticos, que tenían una fórmula de la que no estaba bien alejarse mucho. Al final aprendí y empecé a trabajar en el periódico O Estado de S. Paulo, donde estuve cuatro años. Pero durante toda la carrera de periodismo lo que hicieron los maestros fue básicamente convencerme de que yo no servía para eso. Así que fue una gran sorpresa lograr trabajar para ese periódico, porque alguien me había dado un empleo.

Siempre haces viajes asociados a compromisos en universidades extranjeras. ¿Crees que hay más gente estudiando tu trabajo y un interés creciente por la poesía contemporánea en el medio académico? ¿Más que antes?

Yo creo que sí. De vez en cuando me entero de que alguien está escribiendo sobre mis libros. No sé si algo ha cambiado. A mí me gusta mucho viajar, entonces, si me invitan a leer, no sé, en Buenos Aires, si me piden que lea en Alemania, voy, pero porque me gusta eso de recorrer caminos. Así que es una maravilla, porque lo que hago me permite cambiar de paisaje.

En esas circunstancias, ¿has escuchado o leído algo sobre tu trabajo que te haya molestado?

Sí, al principio. Cuando empecé a publicar no sabía bien cómo funcionaba la literatura, cómo se relacionaban los poetas, así que algunas cosas, tanto positivas como negativas, me sorprendieron. Pero ahora me da lo mismo. Siendo sincera, y tal vez un poco inocente, al principio sí me impresionaron las críticas virulentas, porque pensaba, “caray, pero si esto no es más que un libro de poemas”. Me sucedió algunas veces en internet, pero luego me di cuenta de que era normal. En cualquier país del mundo los poetas se pelean un montón por lo que escriben y yo no soy nada belicosa, así que no me meto en esas cosas. Si no me gusta un libro, simplemente no lo leo. Nunca he entendido esa dinámica de los poetas, pero no hay problema.

Mantuviste un blog durante un buen rato y al igual que gran parte de la humanidad, eres asidua a las redes sociales, donde despiertas curiosidad, porque tu presencia de alguna manera oscila entre lo cómico y lo irónico, pero a veces también te sumas a la militancia política, sobre todo en pro de la salud de los gatitos. ¿Tiene algún sentido el uso que les das a las redes sociales?

Sí, las redes sociales son fascinantes. La idea de escribir algo en Twitter y que cinco mil personas lo lean y algunas reaccionen es increíble. A los 15 años me compré un radio que sintonizaba ondas cortas para escuchar la BBC y la Deutsche Welle, así que para mí eso es como ¡guau! Pero ahora, con los algoritmos, son muy tóxicas. Casi no uso Facebook, lo que sí me gusta es Twitter. Y me gusta Instagram, sobre todo para postear fotos de gatitos. Últimamente, Twitter ha sido para mí casi un ejercicio espiritual de no-reacción. Qué sé yo, si se me aparece la cara de Bolsonaro, me dan ganas de agarrarlo a cachetadas, quiero que le caiga un meteorito en la cabeza. Pero ése es el sentimiento más básico que se puede tener, o el menos refinado.

Y, no obstante, eso pasa cada treinta segundos. ¿O sea que cada treinta segundos quieres que caiga un meteorito en la Tierra? ¿No te hace daño?

Ya no lo quiero. Precisamente, mi búsqueda ahora es otra. Querer eso es lo más fácil, es lo que ellos esperan, que reaccionemos y que nuestro día se eche a perder. Tengo la clara impresión de que lo que quieren es que nos sintamos de lo peor. Y he descubierto que sentirse de lo peor por Biroliro [Bolsonaro] no sirve de nada. Si queremos hacer algo, no va a ser estresándonos en Facebook.

¿Entonces usar las redes sociales para manifestarse políticamente no es más que una ilusión?

No, podemos usarlas para comunicar cosas. Bueno, un día les advertí por Facebook a las personas que votaron por Bolsonaro que no quería tener nada que ver con ellas. Me peleé con parte de mis familiares —¿quién no?— y ya no quiero volver a verlos. La verdad es que me peleé con muchos miembros de mi familia. Ahora me pregunto si vale la pena meterse a Facebook para estar mentándosela a esa gente. Debe haber alguna manera, al menos para mí, de ser más eficaz políticamente y de preservar mi energía. Lo más fácil es mandar a Bolsonaro a la chingada, pero, en cuanto a nosotros, no es lo mejor que se puede hacer.

Volviendo a los viajes, ¿cómo se reflejan en tu trabajo?

Soy de una ciudad del interior de Rio Grande do Sul y desde los siete años ya sabía que tenía que irme de allí. Crecí con la idea de partir en cuanto fuera posible. Ya hice las paces con Pelotas, hasta volví a vivir allá algún tiempo, pero sigo sintiendo ese impulso de irme. No puedo estar más de seis años en un lugar. Mi madre era una gran mochilera y me lo transmitió.

Un útero es del tamaño de un puño, publicado en 2012, coincidió con un momento importante en el que, en resumen, una nueva generación de feministas empezó a manifestarse contra la perversa lógica de la misoginia. En ese sentido, el Zeitgeist benefició mucho a tu libro. La coincidencia, en este caso, sólo podría definirse así: el libro dio voz a algo que estaba surgiendo. ¿Cómo interpretaste esta situación?

Los poetas son una especie de antenas. Del campo, de la raza, de la plaza. Así veo yo mi oficio. Sé que hay una parte muy grande de lo que escribo que no sé de dónde viene. Lo respeto. No es espiritismo: de pronto, soy un canal. Pero tengo una sensibilidad, claro, que no siempre funciona. A veces se conecta con algo que está en el aire. Eso fue lo que pasó con Un útero es del tamaño de un puño, hice un trabajo de investigación, sabía a dónde iba a llevarme. La mayoría de los pronósticos decía que no iba a funcionar. Cuando platicaba con mis amigas y amigos, les decía que iba a “escribir sobre mujeres”, y me preguntaban qué pretendía hacer. Escribir sobre la mujer es escribir sobre lo femenino, sobre la maternidad, ¿a dónde pretendía llegar? No lo sabía muy bien, sólo sabía que cargaba con una incomodidad de décadas en torno a lo que es ser mujer, porque soy una mujer lesbiana. Muchas veces me sentí inadecuada, tal vez porque soy del interior de Rio Grande do Sul, porque nací en la década de 1970 y mi adolescencia transcurrió en los años ochenta en Pelotas. Viví mi sexualidad en el clóset hasta los 20 años porque sabía que, si la revelaba, todo iba a salir mal. Vivía en pánico. Era algo muy evidente, pero que no podía decir. De hecho creo que eso tiene que ver con mi manera de escribir. Hubo épocas en las que llevé un diario en clave. También le escribía a mi novia en clave. Porque nadie podía enterarse.

Carolina Monterrubio, Sola me gusto, 2019. Cortesía de la artista

En 2005, el grupo “Escuela Sin Partido” creó la expresión “ideología de género”, que ha estado a la cabeza de la guerra cultural en curso en Brasil. ¿Existe la “ideología de género”?

No. Como tú mismo dijiste, es un concepto que inventó esa gente, que claramente no tiene nada mejor que hacer que controlar la sexualidad ajena. Los LGBTQI+ son uno de los enemigos del momento (como en el siglo pasado lo eran los judíos, por ejemplo). Lo que hay en realidad es presión para que nos resignemos a un género, presión por parte de la sociedad. Y la heterosexualidad obligatoria, que tan bien señaló Adrienne Rich. Naces mujer y ya está, vas a tener que atar tu vida a la de un hombre. Lo gracioso —o lo trágico— es que ningún LGBTQI+ está tratando de convertir a nadie, sólo está tratando asegurar derechos básicos: el derecho de cada persona a ser sí misma.

En noviembre de 2017, alrededor de cien manifestantes, frente al lugar donde la filósofa estadounidense Judith Butler daría una conferencia en São Paulo, quemaron una muñeca en forma de bruja que tenía su rostro, y además hicieron una carta con miles de firmas contra la “ideología de género”. ¿Qué representó ese episodio?

Una payasada. Un teatrito de esos estúpidos. Claro que es preocupante, porque son personas altamente manipuladas, y quién sabe qué cosas estarán dispuestas a hacer además de confeccionar y quemar muñecos.

Más recientemente, en septiembre de este año, el gobierno brasileño caracterizó documentos que hablan de la “ideología de género” como “sigilosos”, y restringió el acceso público a su contenido durante los próximos cinco años. Esta decisión es contraria a la Ley de Acceso a la Información, que permite que el ciudadano tenga acceso a información del Estado. Con semejante censura, ¿es posible que todavía vivamos en un Estado de derecho en Brasil?

Me está costando mucho trabajo ver a Brasil como un país, una nación, un lugar serio. Todo me parece una farsa con estos políticos en el poder. Y, no obstante, los resultados son bastante reales.

En septiembre de 2019, una moción de repudio contra Un útero es del tamaño de un puño fue propuesta ante la Asamblea Legislativa del Estado de Santa Catarina como reacción ante el hecho de que tu libro consta en la lista de lecturas obligatorias para presentar el examen de admisión a la universidad. En la tribuna, el autor de la moción, el diputado evangélico Jessé Lopes (Partido Social Liberal), le dijo a la diputada Luciane Carminatti (Partido de los Trabajadores), que repudió la moción, que le regalaría el libro “para que pueda dárselo a alguien de su familia que tenga 18 años y quiera saber qué tamaño tiene un útero y si le cabe un puño adentro”. ¿Qué se siente estar en el ojo del huracán? ¿La poesía todavía tiene el poder de incomodar?

Lo primero que pensé fue: “¿Cómo pueden ser tan estúpidos?” Si prohíben la lectura de un libro, van a llamar más la atención sobre él. La intención era la autopromoción: esos(as) diputados(as) necesitan llamar la atención todo el tiempo, porque son estúpidos(as), no tienen la capacidad para ocupar un cargo público. Y es obvio que les valen los tales “valores cristianos” que dicen que yo ofendo. Lo único que quieren es dinero. No son capaces de leer un libro, ni de poesía ni de nada. A esa gente no le importa la poesía. Se están burlando de nosotros. Pero nada dura para siempre, ¿no? La historia lo demuestra.

Imagen de portada: Carolina Monterrubio, Lectura feminista, 2019. Cortesía de la artista