La Gen Z conquista los museos
La conversación con el colectivo PETRA ocurrió por videollamada, pues era más práctico para todos, según me confiaron sus integrantes: Eugenia Ávila, Frisa Mesa y Manuel Pidal. Aunque esta elección se ajustó bien a sus múltiples actividades esa tarde, durante la pandemia dos de ellos prefirieron darse de baja de sus licenciaturas en arte porque les resultaba imposible concentrarse en sus clases por Zoom. Cuando volvieron al modo presencial, esa dificultad se exacerbó y ya percibían una adicción a las pantallas. Fue en ese periodo que se conocieron virtualmente y que empezaron a organizar exposiciones en Instagram, la red social que muchos artistas utilizan ahora como archivo y forma de presentación. Poco después, abrieron un perfil especial para su agrupación y convocaron a creadores fuera de la Ciudad de México a que mandaran sus portafolios. Tras varias exhibiciones, algunas de ellas en espacios físicos, el Museo de Arte Carrillo Gil los contactó para curar una exposición que funcionó como un prólogo al Encuentro Nacional de Arte Joven, el cual, a partir de 2026, ocupará cada año sus salas.
Matías Meszaros Cervantes, Ejercicios de motores y turbinas obsoletas, 2022-2025.
Scott Galván, zZ_atlas:crrc.22_25, 2025.
Manual intuitivo: No usar saliva ni soplar sobre las piezas resultó una de las muestras más visitadas del recinto en 2025; quizá porque las obras interactivas atraían a públicos de todas las edades. Y es que la sobrestimulación fue uno de los objetivos: el recorrido iniciaba con un video al estilo de un TikTok de pantalla dividida, con imágenes brainrot, en lugar de con un texto descriptivo en la pared. Continuaba con piezas activadas con sensores de movimiento y otras que incluían luces LED, sonidos, videos, instalaciones de objetos suspendidos y de otros esparcidos por el suelo. Sin duda, el involucramiento en la difusión de la muestra por parte de los artistas —era la primera vez que la mayoría presentaba en un museo— influyó en su éxito. La exposición también incluyó a artistas de la generación X que forman parte de la colección del Carrillo Gil. Había una escultura de Rubén Ortiz Torres y Jim Mendiola con un Ozzy Osbourne que “orinaba” al acercarse, y un ready-made de Mauricio Alejo con flautas dulces, sopladas por un ventilador; ambos ejemplos son muy cercanos al sentido del humor infantil de los centennials. La transición de estas obras hacia las de los nativos digitales, como un theremin elaborado con un juguete o el registro de un performance satírico sobre el cruce México-Estados Unidos en una televisión noventera, decorada con una máscara de Trump y una bandera estadounidense, fue muy sutil; las piezas de ambas generaciones casi se confundían.
Rubén Ortiz Torres y Jim Mendiola, Ozzy visita El Álamo (Fuente), 2001.
José (G.) Rivera, La ciudad de las estrellas, 2024.
Mauricio Alejo, A Suitable Song for a Final Defeat, 2017.
Las críticas menos favorables a Manual intuitivo han venido de la generación inmediatamente anterior, los millennials (en medios como Onda Mx, Arteinformado y 333), y se centraron en tres puntos. Primero, en el hilo conductor que se basa en un manual de conservación de arte ficticio y que usa la jerga de la curaduría de forma poco solemne para titular cuatro secciones un tanto caprichosas, derivadas de los materiales de las obras. Segundo, en los agradecimientos a una red importante de agrupaciones que estaba en un cuadernillo al final del recorrido, y que parecía un intento por registrar compulsivamente su presente; para PETRA, esta lista atenuaba el sentido de competencia y evidenciaba un respeto genuino por los proyectos amigos y predecesores. En tercer lugar, causó irritación que se incluyera la emblemática ¿De qué otra cosa podríamos hablar? de Teresa Margolles, una banca de concreto mezclada con fluidos de una persona asesinada, junto a piezas que refieren a la violencia de manera más indirecta. Es el caso de Debajo del cerro, mi faisán se refugia, un pedazo de aluminio galvanizado con plumas de faisán detrás —ambos componentes recolectados cerca en Jacona, Michoacán— y con un dibujo enfrente de la vista que se observa desde la ventana de Prisciliano Valencia, el artista: el Cerro de la Cruz, donde se han localizado fosas clandestinas. La pieza, por cierto, no se mencionó en los textos críticos.
Salvador Banda, Jamás una flor duró dos primaveras, 2025.
Mariana Ledesma, Van (theremin), 2022.
En algo las artistas —varias veces se refirieron a ellas como un colectivo en femenino, para enfatizar que la mayoría de las integrantes son mujeres— fueron categóricas. Cuando en sus procesos artísticos o curatoriales piensan en usar la inteligencia artificial, prefieren cambiar de ruta; si bien no ocurre así en sus trabajos godínez, en los que la usan para enlistar palabras en orden alfabético u obtener fórmulas de Excel. Quizá por esta razón, en Manual intuitivo, abundaban técnicas tradicionales, como la pintura y el dibujo, revitalizadas con aerosol y resinas, junto con métodos artesanales, como la cerámica de alta temperatura, los bordados y textiles; aunque sus imágenes aludían a lo que encontramos en la virtualidad, cuando navegamos en internet o usamos nuestros teléfonos. Llamó mi atención el hecho de que el colectivo PETRA no lanzó un manifiesto en contra de los millennials ni propuso una nueva manera de hacer arte; sino que, en cambio, optó por el diálogo intergeneracional. Cuando les pregunté por qué, me dijeron que sabían que no estaban inventando nada nuevo y que, más bien, se estaban esforzando para sortear, a partir de la horizontalidad, la dificultad de posicionarse en el campo artístico. También hicieron un comentario muy esclarecedor sobre la exposición Los grupos y otras revueltas artísticas, inaugurada el pasado febrero en el MUAC: “Ellos también eran grupos autogestivos o colectivos de artistas jóvenes, solamente que lo fueron en los setenta y en los ochenta, y estaban haciendo lo mismo que nosotros queremos hacer: conectar con tus pares y exponer tu trabajo, aunque sea en un tianguis de Tepito”. Tal vez estas palabras nos revelan cuánto la Gen Z valora la conexión con su entorno: con sus amistades, la comunidad artística y, en otro nivel, con las instituciones y la historia de sus disciplinas. A diferencia de otros tiempos, ahora, para conseguir esos lazos, es necesario estar siempre en línea, saturados de estímulos.
Emanuel Juárez, Como un sueño raro y borroso, 2025.
Roja Romo, Debajo de mi cruz, 2025.
Enrique Tapia Ortiz, Me metí en el ruedo, 2024.
Imagen de portada: Prisciliano Valencia, Debajo del cerro, mi faisán se refugia, 2025. Todas las fotografías son de Ivo Loyola y cortesía del colectivo PETRA, así como del Museo de Arte Carrillo Gil, INBA.