Pogo autotune, pasaje metrobús
Leer pdfMientras esperan, todos parecen tiesos, apenas emocionados. Faltan diez minutos. Arriba el balcón ya repleto de muchachos con sus snapsacks y sus buzz cut fade, y de muchachas con faldas de lentejuelas que brillan entre el dorado y el plateado. Las cervezas aparecen en cuanto el mesero se ondula entre las líneas mutantes en la pista. Qué duros todos, qué poca voluntad para esperar: parejas abrazadas, grupos de amigos, abriendo y cerrando Instagram, scrolleando en TikTok, mandando mensajes en WhatsApp.
Dan las ocho, porque se supone que a esa hora comenzaba el pogo, pero las luces se transmutan en cada color del arcoíris, quién sabe cuántas veces ya, casi que pretendiendo hacernos olvidar que la paciencia se retuerce con el enfilar de los minutos. ¿Y ya viste el video en el canal de Lebriah? Cincuenta minutos de circo erótico-hormonal en YouTube: 20 mujeres VS un Artista: Bhavi, de Argentina. ¿Y te acuerdas del TikTok donde va vestido de ángel? Lo alzan con un tipo de arnés, abre la boca y hace el oh shit wooo más autotuneado de la industria del trap.
Es que es el Bhavi, chingón el Bhavi, y otra vez a abrir Instagram. Vuelve la escasez de la lengua. Toca distraerse con los circulitos de stories o, mejor, que el perfil propio se convierta en una ventana: primero la selfie, luego la panorámica de paneo horizontal que simula decir miren dónde estoy, pregúntenme dónde estoy; sólo así se yerguen la expectativa y el deseo, como si cada uno intentara mantener la emoción secuestrada en el cuello de una botella. El DJ, invisible aunque presente en algún punto del recinto, desploma los bangers, los temitas del trap argento. Díganle que no ponga ésa porque el camarada de aquí a un costado se acuerda de las noches de sexo, de esa diabla que lo veía, lo besaba y luego días sin palabras. Es demasiado temprano para ponerse a berrear, dice el colega de la gorra-negra-dorada, pero hay que mantener caliente a la banda, a toda esta banda que viene desde lejísimos: ¡Bhavi, vivo en Panti!; ¡Ya sal, Bhavi, me van a cerrar el metro!; ¡Bhavi, no seas culero, mañana tengo curso de inglés!; ¡Cámara, Bhavi, ya quiero verte las nalguitas!
Para este público que conoce al Bhavi desde hace años, que lo ha seguido en los podcasts donde confunde a Van Damme con Van Gogh, no hay problema en gritarle como a un amigo, porque en todas estas cabezas lo es: Bhavi, mi güey más personal; él escribe canciones de todo lo que le cuento por mensaje directo. ¿Cuántos repiten esto cuando escuchan Te Necesito? Bhavi, te lo conté en confianza, bro. Revientan los termómetros del vínculo parasocial. Y en la antípoda de la pista: ¡Métele nitro, Bhavi, ya estoy bien adentro!
Parece que el Bhaviboi al fin se digna, porque llega el silencio y el bajón de luces eleva la expectativa de ver al amigo-de-la-pantalla en la presencialidad; sólo que aún no se le ve al Bhavi y la música nostálgica, probablemente emanada de Spotify, desperdiga sus paliativos. De las bocinas se derrama la voz de Khea y la multitud de voces la metamorfosea en coro de añoranza dulce: hoy voy a buscarte para recordarte lo que alguna vez fuimos. El DJ estira el hechizo lo más que puede, haciendo del desamor una tregua contra los quince minutos de atraso. Pero los beats no dan para tanto; apenas se apaga el canto, la desesperación regresa de golpe y hace nacer los piedrazos cantaditos del pinche-DJ-puto.
Qué tan arraigada al terruño de la consciencia está la tradición, qué tan vigoroso el ansia de elevar el grito prohibido del futbol, el de la multa internacional. Es que no queremos que desde fuera nos vean con faz de país homofóbico, pero la chavocracia es una ola automática: ¡Putos los de arriba, putos los de abajo! Cuánta memoria la de esta caja negra: apenas veinticuatro horas antes, la argentina Six Sex había calcado en la duela las suelas de sus plataformas góticas; había servido el trasero a cada oportunidad, con la minifalda de tiro bajo sacudiéndose al meneo electro-pop, demostración de que los consejos de how to make your ass bigger sí funcionan. Y ella, que canta sobre la delicia de tener cuatro novios, de derretirse semidesnuda en el indoor cycling, de lo rico que es tener squirts con un hombre más cabrón que el novio actual, recibe el mote de espantahéteros, quizá porque su placer le arrebata el mando al macho, o simplemente porque el performance aprendió a facturar la libertad sexual. Más sabroso todavía, con micrófono en mano, predicar que vayamos a las marchas en favor de la comunidad.
Bajo las mismas luces camaleónicas, continúa la espera. Antes de que una voz ganchuda, deshilada por su revolcado escapar de la garganta, alcance a asestar un último ¡huevos-culero!, para que la pista se entere de que los del balcón no van a soltar la bronca, la luz al fin se apaga.
Media hora después de lo pactado.
No fumar, 2025.
Son los Hitboys, identificados con pañuelos naranjas, máscaras naranjas, todo naranja. Precaución, informan sus banderas, porque son la unidad de pogos. La generación dorada, se dicen en Instagram, de cuál dorado hablan. ¿Y de dónde sale toda esta pinche gente?, pregunta un pobre que acaba de recibir santo tallón. Son ellos quienes inventan el espacio: lo abren a gritoneos, a majaderías. Y al mismo tiempo Bhavi se desgasta la voz voceando: piso, piso, trappers como el piso, guiso.
Que granicen más madrazos con el modo diablo: hombrazos, cerveza volando, sudor ajeno arrejuntándose a la piel, el aliento de un enmascarado y el tufo de algún toque. Pobre del señor mesero que tiene que cruzar la pista tan llena de esta chaviza que se desborda con el dame más, quiero más; y tampoco intenten parar a los Hitboys porque ya terminaron la conquista del centro: su latir, su cerrar de un círculo devenido en óvalo es ya el corazón de donde se escopeta el canto más fuerte: otra mañana en mi mente tu apodo, otra mañana que ando por el lodo, otra mañana…
Cómo es que las canciones pasan de los cuatro minutos del estudio a la fugacidad de los ciento veinte segundos; y justo es por eso que hay que levantar los celulares para registrar la existencia de Bhavi. No vaya a ser la de malas que el trapero sea apenas una invención del internet. Entonces el paisaje es una larga procesión de batallas, el concierto ocurre también en las stories dispersas en cientos de perfiles. Pero no se olviden de los Hitboys; se arrancan las camisas, uno descubre casi su humanidad entera, apenas ataviada con bermudas y pañuelos; pero la cara nada más no. Será que de sus posiciones de ataque nace el aura; será que son bandidos y bandidas que reciben el impulso de la música. ¡Ahora sí vénganse a valer madre, culeros, que el Bhavi vea que somos cabrones!
Los beats se quiebran, se rearman, catárticos. Es que te necesito, dale que la vida mucho no dura. La escena alcanza a volverse unísona, brillante, hasta parece que tiembla; ni falta hizo lograr el sold out. Y que chingue a su madre Six Sex, aguanten los chingazos, aguanten las mujeres que brillan como diamantes y convertirse en un caballero superelegante; pero por qué tanto ardor hacia una de las reinas del neoperreo, será que el pogo salvaje, este golpearse uno contra otro, es el reino de la heteronorma. El insulto se pierde cuando el suelo padece el incruste de tantos tenis, zapatos, botas saltantes. Brínquenle, porque Bhavi ya dijo que no quiere ver a nadie tranquilo; ya dijo que si nos ve brincando nos regala una playera; ya dijo que nos va a aventar la botella de agua que se está tomando. Y ultimadamente, el que no brinque es puto.
Pero que les valga madre cómo es que yo elijo divertirme, lo que importa es canturrear el uiuiui que puebla las canciones del Bhavi. El uiuiui es una piedra que genera olas harto dilatadas. El uiuiui lija el cansancio, hace sentir la finura como bisturí, y suena igual de fuerte en el foro que en el audífono de quien va cabeceando de regreso a casa.
Todo a $10, 2024.
Bhavi salió con una camisa de la selección mexicana grabada con su nombre. Qué irónico, el veintidós de la cancha, tener a un argentino portando un jersey de uno de los enemigos más acérrimos. Y canta, no canta; la pista sonora se desagua, los beats batiendo macizo. Qué importa el playback, porque ahí está Bhavi, tan de chill, haciendo caso a su propio consejo de nunca mirar al piso, de mejor fijar la vista en un punto o en la nada misma.
Yo quiero ser como él, una voz surge desde atrás. Es la devoción que despierta el origen: el pibe que inventó su sonido encerrado en su cuarto y que sacó su primer disco a los diecisiete; el mismo que un par de años después dejó la compu cargando tres días seguidos hasta que el cortocircuito repletó de fuego la casa de madera donde vivía. Un disco revolado, y lo perdí todo eso. Pero hay que seguir adelante, y este muchacho de padre belga y madre argentina, que fue para allá y vino para acá, tuvo un abuelo que era un capo, alto hombre de negocios; el chabón le ponía un poquito de plata en la cuenta de banco con el que luego se compró el home studio. Cuántos no se inventan en el silencio y la libertad de la recámara; cuántos escritores, cantantes e influencers no riegan sus aspiraciones, teclean hasta caer rendidos, regraban tras haberse revolcado con la ansiedad por setenta pesos al día.
Recuerden, dice Bhavi blandiendo el vaso rojo que trae por accesorio y al que no le ha dado ni un solo trago: no importa lo que quieran ser, si constructor o doctor, lo que importa es ser buena persona. Si lo dice Bhavi pega machín, porque él sabe lo que es trabajar hasta que al fin se despeña el hit; sabe lo que es erigir un mundo y, después de cientos de días, ver desde la distancia cómo las visualizaciones se apilan en la pantalla. Lo dice en su música: Logré que escuchar a Bhaviboi sea un viaje de ida. Ése es el sueño: que no gane la paja, ganar la guita suficiente para comprar lo que veas en la tienda, rechazar los planes si el presupuesto no gusta; poder comprarle una casa a la mamá, poder gozar la casa propia; tener mucho y querer más. Es que el Bhavi es mi papá, nomás que él no lo sabe. Imagínate que te jale para colaborar con otros cinco cabrones: ponle YSY A o Khea o Ecko o, qué importa, la comunidad completa, viajar y no tener horario, llenar un estadio y que tú seas la única en verme.
Sigan los madrazos, siga el dichoso pogo. Porque por ti le echo ganas a la escuela, Bhavi; por ti no me he dado de baja de la vida. Ahora vemos al Bhavi, sacándose la selfie, el videíto para el recuerdo. Ahí tan fresco con su jersey de México y su mariconera negra; parece del barrio, dando concierto él solito porque la pantalla no funcionó. Y a falta de visuales, pues quítese la playera y muestre ese cuerpo escuálido y delicioso por real, por accesible, porque varios de los Hitboys se ven como él. Y el espectáculo es deleitarse con Bhavi siendo él mismo: buena persona, honesto, alto artista, huacho; sin miedo a ir con los ídolos, por eso fue capaz de sacarle el contacto a su ídolo Drexler.
Eso de tocarlo se lo toman muy en serio, porque alguien se atreve a subirse al escenario para derrumbar a Bhavi. Nomás que Bhavi no tiene enemigos, puro flow, y ahí se queda en el piso, absorbiendo la alegría de la gente. El mundo es suyo; porque, al final, ser buena persona, estar activo y colaborando es una forma de no morir en el pogo de la existencia.
El espantoso, 2025.
Hay que salir en friega: ¡yo voy a Xochi!; ¡yo voy a Ecatepec!; ¡yo voy hasta Panti! Pero todavía hay tiempo para la foto: posar contra las paredes negras del Foro Puebla, tomarse la foto en los enormes espejos del lobby, retratar las letras brillantes de Bhavi en la marquesina. Letras que, todavía una semana después, continuarán luciendo ya oscuras, ya pasadas, bajo el calor lluvioso de marzo.
Otros hablan a los padres, al Uber, al Didi. No mames, sale recaro, mejor apúrale y nos vamos en metro. La comitiva se enfila hacia la glorieta de los Insurgentes y se va perdiendo entre el resto de las personas. Entre los trajeados, los que cargan mochilas, los que visten cotidianos; atuendos de fiesta mezclados con los de la chamba. Ya nadie se reconoce, cada vez más callados ante la mirada ajena, cada vez más guardado el recuerdo. Ojalá olvidarse de lo que es hacer una fila; ojalá vivir lo mismo que Bhavi en su single No te enamores de un artista.
Ni modo: toca rumiar desde ahora los mil quinientos de la semana. Mañana los audífonos forzarán la sordera; será ése el remedio contra la dichosa depresión posconcierto, ése y el bucle de los videos en la galería, mientras los estertores de camiones y metros se adornan con el autotune.
Cartel del concierto de Bhavi, 2026.
Imagen de portada: Emilia Quintero Rodríguez, Emisopa, Pongan tribal, 2025. Las imágenes son cortesía de la artista.