Identidad en la selva de asfalto. Jóvenes que trabajan en la calle

Identidad / dossier / Septiembre de 2017

Sonia Gojman, Salvador Millán

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Ni la literatura se encuentra tan ajena a las ciencias sociales como cree, ni las ciencias sociales tan alejadas de la literatura como afirman.

Dra. María Eugenia Sánchez.



En San Genet, comediante y mártir, Jean-Paul Sartre analiza los motivos ocultos de un hombre que fue huérfano desde su nacimiento, un hombre para quien no están dirigidos los productos e instituciones de la civilización occidental. Rebelde, autoafirmativo en la negación de su ser, el personaje descrito por Sartre es inteligente, suspicaz, sensible e interpretativo. Vive en lucha permanente. Personifica la problemática de nacer en un mundo que no acepta a un individuo, que no lo reconoce ni lo ampara como un ser humano con su propia existencia. Jean Genet se convirtió eventualmente en un creador productivo que era capaz de expresar —como Samuel Beckett lo hiciera en Esperando a Godot— su experiencia traumática a través de una visión original de todo lo que a su alrededor sucede. En este artículo exploramos cómo se puede forjar la propia identidad luego de pasar por experiencias extremadamente adversas al desarrollo humano. Lo hacemos analizando los resultados de una investigación psicoanalítica-social y de la intervención terapéutica asociada con ella. Trabajamos de cerca con jóvenes que laboran por su cuenta en las calles, sea en riesgo o habiendo abandonado sus moradas familiares desde pequeños. Ellos viven en las calles y buscan sus medios de subsistencia desde edades muy tempranas. En muchos casos han procreado hijos desde sus años adolescentes; una manifestación de su enorme deseo de “tener una familia propia”. Exploramos el sentido de identidad que se forja en la desesperanza y el caos inherentes a comunidades económicas extremadamente desfavorecidas; en ellas las personas viven en un estado crítico perpetuo y la supervivencia está constantemente amenazada por el abandono, la violencia y la muerte. Un sentido de identidad que aparece contrastado con el que surge de la confianza y el reconocimiento mutuo entre generaciones que, desde el punto de vista de Erikson, son inseparables del desarrollo, como también de la seguridad y la autonomía que brotan de un vínculo progenitor-niño. La mayor satisfacción de estos niños y adolescentes es la paternidad temprana (43% de ellos de hecho tienen sus propios hijos, algunos incluso antes de alcanzar los 12 años de edad); una fantástica, sublime e idealizada realización y una compensación simbólica de su propio origen, ante una realidad que los igno­ra por completo.

El estudio socio-psicoanalítico

Una gran parte de la población mundial ha sido afectada por la crisis socioeconómica actual. Un efecto específico de este fenómeno —no exclusivamente limitado a los países pobres— es la polarización de la estructura social y los estándares de vida del pasado, un fenómeno que ha arrojado a una gran parte de la población del mundo a una vida de pobreza extrema. Los niños y los adolescentes que trabajan en la calle han salido en busca de medios de subsistencia y con ello han dado lugar a una subclase económica por debajo de lo que alguna vez se conoció como la clase proletaria. Aunque lavando parabrisas en las calles ellos obtienen un ingreso mayor al que un trabajador estable puede ganar —un dato sorprendente que arrojó nuestro estudio—, el grado de marginalización en que las instituciones sociales los ha colocado es insoslayable. El Seminario de Sociopsicoanálisis fue invitado a tomar parte en un proyecto excepcional que pretendió facilitar el acceso de estos niños y adolescentes a artes gráficas, creación artística y escucha terapéutica. El propósito era ofrecerles un espacio en un centro establecido en el corazón de su barrio, proveyéndoles de un refugio para cuando ellos lo desearan; un ambiente dirigido a propiciar la expresión emocional e intelectual a través de sesiones terapéuticas en el que, mediante el desarrollo de la destreza manual y la expresión subjetiva, se pretendía facilitar el encuentro de los jóvenes consigo mismos y el fortalecimiento de su sentido de identidad individual. En nuestra primera visita al centro tuvimos la oportunidad de ver tumbas, cementerios y piezas con temas funerarios producidos libremente en el taller de barro que se había organizado el día anterior. Una de ellas, por ejemplo, representaba una pequeña figura humana que llevaba una soga de celofán verde atada alrededor del cuello, lo que señalaba una intención suicida. En estos trabajos prácticos se reflejaba vívidamente el proceso de duelo que estos niños y adolescentes experimentaban continuamente, lo mismo que su aguda necesidad de elaborarlo. En otras ocasiones, de forma más sutil e inconsciente, en sus dibujos y comentarios se traslucía la añoranza por la vida de campo, por el sol, los colores y el contacto con la naturaleza; ésta sólo podía ser expresada a través de fantasías y sueños, en medio de una realidad hostil sumergida en el polvo de la selva de asfalto. Nuestro proyecto de investigación incluyó la aplicación, en un mismo día, de 40 cuestionarios de carácter social, basados en el mode­lo interpretativo propuesto por Erich Fromm. La edad de los jóvenes variaba de 5 a 25 años. La mayoría (73%) eran adolescentes de 12 a 19 años de edad y un 16% era de género femenino. Confirmamos nuestras expectativas al analizar las entrevistas psicoanalíticamente orientadas. A través de la apertura para escuchar y del diálogo significativo, que ayuda a desentrañar los motivos inconscientes, fuimos capaces de reconocer el motivo central que lleva a estos jóvenes a huir de sus hogares y forjar su propio sentido de identidad en la calle: el abuso físico y psicológico por parte de uno o de ambos progenitores. Estos últimos estaban a su vez inmersos en situaciones de violencia, tanto dentro como afuera del entorno familiar, en alcoholismo y condiciones caóticas constantemente cambiantes. Confirmamos que quienes no habían sufrido el maltrato severo y sin embargo trabajaban en la calle en busca del sustento, no habían huido de la casa familiar.

Gojman-Millán1 Pablo Ortiz Monasterio, Esquina, 1988

Carácter social e identidad

La mayoría de los niños y adolescentes provenía de familias migrantes que constituyen el cinturón de miseria que rodea a la Ciudad de México y se desempeñaban lavando parabrisas, por imitación de otros niños y jóvenes. Ellos se incorporaban a pandillas lideradas por jóvenes mayores que se disputaban las esferas de acción y liderazgo. Estas actividades ofrecen una fuente de ingreso y son inevitablemente preferidas al trabajo escolar, por lo que la educación formal se suspende en épocas tempranas. También aprendimos de los jóvenes que es casi imposible sobrevivir la violencia y el miedo que enfrentan en la interacción de la calle sin sucumbir al uso de las drogas: inhalación tóxica, alcohol, marihuana y cocaína. Las calles del suburbio donde habitan y particularmente las intersecciones de las avenidas les ofrecen “refugio” y una fuente de trabajo. Sacan ventaja de los carros que paran en los altos de los semáforos para lanzarse sobre los vehículos y realizar una limpieza rápida y efectiva de los parabrisas. En las entrevistas muchos de los jóvenes nos hablaron de los conflictos que surgen con los conductores, desencadenando flagrante hostilidad y violencia. Algunos conductores están armados y los atacan o les arrojan el auto; algunos incluso tratan de atropellarlos a propósito. Los menos agresivos rechazan la limpieza de los parabrisas con insultos y humillaciones. Contestatarios, narcisistas, reactivos e impulsivos al extremo, estos jóvenes no parecen ser capaces de concebir o aceptar que los conductores pudieran no querer que sus parabrisas fueran limpiados; perciben solamente la negativa a darles dinero y sienten que cuando se aproximan a los coches son equiparados con rateros y criminales. Parecen reprimir su propia agresividad proyectándola hacia los conductores. Lo que ellos reciben es un tipo de “generosidad” que el sistema arroja desdeñosamente a los pobres, en medio de una batalla de voluntades entre quienes conducen los vehículos del “progreso” material y los que son aplastados debajo de sus neumáticos. Sin embargo, estos niños y adolescentes forjan un sentido de identidad rebelde para continuar “imponiéndose” a los otros, amedrentando a los conductores adultos y recogiendo sus cuotas sin intimidarse frente al rechazo, que es de cualquier manera un aspecto común en su vida cotidiana. Si sobreviven lo suficiente, se vuelven más experimentados. Se afirman a sí mismos compitiendo con los otros para ver quién se ha arriesgado en la prueba de drogas, en violencia, provocaciones, ira, furia y odio. Los que mejor han resistido la severidad del tiempo, el hambre y la exposición a numerosos peligros son considerados distinguidos y me­rece­dores de admiración. Más aún, se exalta a los que se han atrevido a causar intencionalmente accidentes, a los que han golpeado y sometido a otros, o salido ilesos de robos a mano armada. Su actividad tiene lugar dentro de una proyección mutua de ataque y defensa, de respuestas de ansiedad y agresión. Por una parte, la visión de “ofrecer un servicio” y por la otra, la demanda de una miseria o de ser pagados por una acción no solicitada. Estos episodios caracterizan la existencia cotidiana de los jóvenes que estudiamos: una confrontación entre actores sociales en conflicto, dentro del mundo económico moderno.

Sueños, una perspectiva social

Los sueños que estos jóvenes tienen al dormir muestran dos rutas simbólicas diferentes de sus más profundos estados emocionales. Por una parte, sueñan con sus deseos vueltos realidad y protagonizan la imagen perfecta del mundo esplendoroso del mercado que la televisión les pone enfrente. Añoran ganar fácilmente los bienes materiales que compensarían su sombría realidad; sueñan que Dios les compra “calcetines floreados”, se ven “ganando la lotería” o bien juegos de azar, o yendo a trabajar fuera y visitando parques de diversiones o jardines, comprando tierras, camionetas, casas y regresando a casa “como héroes”, “festejados y celebrados” por “parientes, novias y amigos”, y satisfaciendo plenamente las necesidades y deseos de sus madres. Por otra parte, también encontramos rastros de desesperanza expresados en las insolubles depresiones que preceden a la muerte. Estos jóvenes sueñan acerca de su terrible realidad, de su eterno y no resuelto duelo. Parecen frecuentemente desorientados, “creyendo alcanzar un lugar cuando alcanzan otro”, cayendo “de la orilla de un tejado”, “hundiéndose en un pozo”, o “en un hoyo negro”, “como el drenaje, sin poder nunca despertarse” o “envueltos en una burbuja que se hunde y está perdiendo oxígeno”; sintiendo que ellos están en una reunión “con el diablo que pasa volando en su caballo negro alado”, una visión del sueño que les “pone los pelos de punta”; sueñan con convertir a “Lucifer en pequeños muñecos que se hacen largos, con sus cuernos”, que “un animal muy feo los lleva a una tumba” , o “un perro con nariz larga” va tras ellos “con dientes filosos” y sigue persiguiéndolos aunque lo hubiesen “noqueado hasta dejarlo inconsciente”. Se ven a sí mismos “en cajas de muertos”, “en el cementerio, con destacadas cruces talladas en ataúdes de saqueo”. A veces se ven a sí mismos encontrándose con hermanos, tíos, o progenitores que perdieron la vida en accidentes o en episodios etílicos. Sueños de miedo, de ansiedad extrema: una emoción que no puede ser experimentada en su vigilia y que debe ser completamente vivida a través de la temeridad y de ejecutar actos arrojados y audaces de supervivencia. Los sueños y algunas de las manifestaciones artísticas propiciadas por el proyecto son el único espacio simbólico en el que sus sentimientos pueden emerger. Fantasías compensatorias o la total derrota e impotencia; los extremos de las experiencias vividas por estos niños, ya desde los principios de sus vidas colocados en una situación de riesgo extremo, conducidos por las motivaciones económicas de los medios de comunicación y las condiciones anónimas dictadas por las “reglas” del mercado. Los jóvenes que trabajan en la calle tienen que protegerse a sí mismos y vivir en medio de estas alternativas extremas. A través de entrevistas psicoanalíticamente orientadas, escucha terapéutica y diálogos significativos con los niños en situación de calle, aprendimos acerca de sus condiciones cotidianas de existencia, sus miedos, añoranzas y sueños que sostienen sus propios sentidos de identidad. Enfrentados al total abandono y falta de protección de sus padres y del sistema social, desnutridos, involucrados en violencia todos los días, estos jóvenes arriesgan sus propias vidas diariamente para sobreponerse al abuso omnipresente. Nuestros hallazgos comprueban tanto el carácter narcisista, agresivo e impulsivo de estos jóvenes como el esfuerzo vital que están deseosos de hacer, orientado a su propia recuperación y al establecimiento de vínculos afectivos como los que desarrollaron hacia los instructores y los terapeutas. La única e incipiente posibilidad de esperanza, de ser capaces de responder a las atenciones de los demás, de sentir la confianza en sí mismos al ser vistos y reconocidos. El trabajo de limpiaparabrisas es una tarea riesgosa que los pone en contacto con la violencia y el conflicto. La mayoría de ellos ha sufrido pérdidas directas o indirectas por la muerte de hermanos o miembros cercanos de la familia, además de vivir atenazados por la ansiedad extrema antes descrita y bajo el influjo constante de las drogas. A pesar de ello, y de que muchos de estos jóvenes sufrieron abuso, tienden a describir a sus padres y madres de manera idealizada, disminuyen sus propias experiencias y sentido de valor personal. Se nulifican a sí mismos como una forma de mantener el imprescindible vínculo con sus figuras de apego. La imagen positiva de éstas les permite crear una “idea” de lo que sus padres fueron —desconectada de recuerdos y de experiencias efectivamente vividas— evitando conectar la idea de éstos con sus propios sentimientos y necesidades afectivas, que permanecen inconscientes, dormidas, insatisfechas, inactivas. Se ha documentado además que progenitores que presentan este tipo de “idealización” de sus propios padres y experiencias, son frecuentemente insensibles en el cuidado de sus hijos y que los niños a su vez muestran una conducta evasiva. Las correlaciones encontradas denotan que la “idealización” pudiera ser una estrategia adaptativa inconsciente que le permite al sujeto evitar los sentimientos provocados por la ausencia de cercanía, de atención o cuidado afectivo cuando fueron requeridos. Esto ha sido propuesto y sistemáticamente demostrado en varias investigaciones. Ha sido también identificado como la manera inconsciente de transmitir los patrones de crianza a través de las generaciones, particu­lar­mente cuando hay una importante idealización como una muestra de falta de coherencia. Por el contrario, sujetos que han padecido cuidados deficientes y los han reconocido como tales y han confrontado sus sentimientos, pueden efectivamente transformar sus propias experiencias de crianza original al procrear y atender a sus hijos. A pesar de sus mejores intenciones, estos jóvenes, como lo documentan los estudios sobre el apego, tienden a repetir el cuidado insensible que recibieron con su propia descendencia, a menos que hayan elaborado sus experiencias y superado la idealización. Uno de los beneficios de la expresión artística como canal de comunicación simbólica, no necesariamente verbal, de los propios sentimientos, y la atención terapéutica del diálogo significativo, pretende crear el espacio emocionalmente cargado de lo vivido, en el cual la idealización de las figuras parentales y los efectos negativos del propio sentido de identidad ya no se tomarían más a la ligera. La escucha terapéutica y el diálogo significativo buscan integrar las manifestaciones oníricas y artísticas de los jóvenes, manifestaciones cargadas de emoción, y pretenden facilitar la búsqueda y recuperación de las experiencias reales tanto de la infancia como de su vivir actual y su integración coherente. Esta coherencia en el sentido de identidad y el reconocimiento de las diversas corrientes y contracorrientes afectivas particulares, podría permitirles reconocer además de sus propias experiencias, las necesidades de sus hijos, para responderles en una manera cooperativa, no interferente y sensible. Inteligentes, suspicaces, sensibles e interpretativos, los jóvenes generan una visión original de la civilización occidental, de sus productos e instituciones.

Este proyecto fue desarrollado con la participación activa de los miembros del Seminario de Sociopsicoanálisis A.C; el reporte pormenorizado de la investigación se publicó en International Forum of Psychoanalysis #13 (254-263) 2004. Aquí se reproduce una versión simplificada en la que se prescinde del aparato crítico y la profusa bibliografía en que el estudio se sustenta. Los autores agradecen a Verónica Espinosa de Artistas por la Calle y a Guadalupe Sánchez y Patricia Gonzáles del Semsoac, su participación fue crucial para la realización del proyecto.
Imagen de portada: Pablo Ortiz Monasterio, Esquina, 1988.